La Castidad y la Modestia

La Castidad y la Modestia

Por Élder Spencer W. Kimball
del con­cilio de los doce
Liahona Agosto 1951


Al ver esta gran reunión de gente joven esta mañana, me vino un deseo como pocas veces lo he tenido, un de­seo de esperanza de que tal vez pueda yo decirles algo que sea de ayuda e ins­piración para ustedes. Es un glorioso privilegio, mis jóvenes hermanos y her­manas, asistir a esta gran Universidad la más grande en todo el mundo; no hay ninguna otra que pueda comparár­sele. Hay muchas universidades con mayor número de matriculados, con mayores facultades y mayores facilida­des; instituciones que desarrollan las mentes, pero ésta está destinada a alec­cionar la mente, el corazón y el espí­ritu. Aquí tienen ustedes el privilegio de seguir no sólo estudios académicos, sino de aprender cómo elevarse y la’ ayuda para llegar a ser Dioses. Es un glorioso privilegio asistir a la Universi­dad de Brigham Young.

Esta institución no tiene más justi­ficación para su existencia que la de formar el carácter, crear y desarrollar la fe y hacer hombres y mujeres fuer­tes y de valor, entereza y servicio — hombres y mujeres que habrán de llegar a ser de gran fuerza en el Rei­no, que darán testimonio de la restau­ración y divinidad del evangelio — No se ajusta solo a un principio fundamen­tal académico, porque todos los parien­tes de ustedes pagan contribuciones pa­ra sostener instituciones del Edo. Esta institución fué establecida por un pro­feta de Dios para un propósito muy es­pecial.

Hace más o menos un mes, estando yo en la casa de la Misión en la ciudad de México, llegó a ella un hombre mexi­cano como de unos 40 años; vestido de lo más común, él muy humilde. Y, después de que él hubo hablado con el Presidente de la Misión por un momento, el Presidente dijo, dirigiéndose a mí: ¿le gustaría conocer a este herma­no, Eider Kimball? Y cuando yo estre­ché su mano, él me mostró un recibo de diezmo. Había él venido desde 40 mi­llas para pagar su diezmo. No eran muchos pesos, los cuales se reducirían a la novena parte convertido a dólares, pero él había hecho considerable sacrificio al venir a pagar su diezmo. Parte del diezmo de este hombre vino aquí para construir estos edificios, pagar estos instructores y a dar a ustedes, es­ta gran oportunidad.

Cuando yo fui a cubrir mi diezmo poco antes de terminar el año, un pa­dre y su hijito iban delante de mí. Al entrar ellos .en la oficina del Obispo, vi al muchacho acariciando una moneda de 50 cts. Parte de esos 50 cts. se des­tinará a la educación de ustedes jóve­nes.

Todos ustedes han oído el relato que el Hermano Cowley hizo en la Confe­rencia General, estoy seguro, con res­pecto a la mujer Maori, que vivía en las afueras y a quien el visitó. Había muy pocos misioneros a causa de la guerra, por lo que hacía mucho que ella no había sido visitada. Hno. Cowley cuenta: “Me adelanté a saludarla, (era ella una mujer ciega de 80 años) esta­ba afuera en el patio trasero cerca de su fuego, Le extendí mi mano para es­trechar la suya y cuando yo iba a fro­tar mi nariz con la de ella, dijo, “no estreche mi mano”, “Oh, dije yo, la tie­rra en su manos es limpia, yo quiero estrechar su mano”. Entonces me con­testó todavía no. Y gateando sobre sus rodillas y manos se alejó del jardín a la casa. Entonces, recogiendo una pala, siguió arrastrándose hacia una dirección definida, midiendo el espacio conforme avanzaba.

Cuando la pala golpeó algo duro, con sus manos levantó la tierra dejando al descubierto un tarro de los de fruta y de él sacó dinero Neo-Zelandés equivalente como a 100 dólares y me lo exten­dió diciendo: este es mi diezmo. Ahora ya puedo estrechar la mano al representante del Sacerdocio de Dios’. Yo dije: ‘no debe usted tanto diezmo’ a lo que me contestó: ‘lo sé. No lo debo hasta, ahora, pero estoy pagando adelantado porque no sé cuándo el representante del Sacerdocio de Dios volverá a pasar por aquí’. Yo, entonces, me incliné a apre­té mi nariz y mi frente con las de ella al tiempo que bañaba sus mejillas con mis lágrimas…. ”

Esas monedas que estaban en aquel tarro de fruta en Nueva Zelandia, vi­nieron a Lago Salado y parte de ellas fueron destinadas a esta Universidad y han ayudado a pagar el costo de la educación de ustedes.

Repito de nuevo, no hay justificación para la existencia de la Universidad de Brigham Young a menos que ustedes jóvenes, estén creciendo tanto espiri­tual como mentalmente, para llegar a ser los dirigentes de la Iglesia mañana, para llegar a ser sus profetas y reveladores, para llegar a ser miembros de su consejo general, y para llegar a ser los devotos padres o madres de una gene­ración venidera justa y virtuosa.

La hermana Kimball y yo pasamos nuestras vacaciones este año en la tie­rra de los Mayas. Usamos algunas de las economías tan duramente ganadas hace años, cuando yo estaba haciendo dinero, (risas). Pasamos dos semanas en Chichen Itzá y Uxmal, a las pirámi­des y ruinas de la antigua civilización. Y, cuando subíamos aquellos empinados escalones, o caminábamos a través de los obscuros pasajes, y al mirar hacia la vasta área, un pensamiento conti­nuo me asaltó: ¿Por qué? ¿Porque no construyen los Mayas aún templos mag­níficos y otras construcciones? Pudi­mos entrar a alguna de las pequeñas casas de los Mayas de hoy. Son casitas sin esquinas, en forma de elipse, 2 ve­ces más largas que anchas, de pisos de tierra. Están hechas de palos pegados con lodo. Tienen techos y bardas hechos de palmas y pajas que crecen en las montañas. De nuevo me pregunté, ¿por qué se arrastran hoy en la tierra, cuan­do en un lejano pasado tenían sus ob­servatorios y miraban hacia el cielo? y entonces la respuesta me vino como un fuerte campanillazo: ¡porque ellos se olvidaron del propósito de la vida! olvidaron el objeto para el cual vinieron al mundo y moraron en la tierra y vivie­ron vidas sensuales. Y vino el tiempo en que Dios no toleró más aquello y permitió que fueran destruidos por gran mortandad.

En 1937, la Hermana Kimball y yo tuvimos otro viaje interesante. Siempre hemos gozado viajando y esa vez fui­mos a Europa. Entre las cosas intere­santes que vimos, está la ciudad de Pompeya en Italia. Cuando yo era to­davía un muchacho entre los 13 y los 19 años, leí “Los Últimos Días de Pompe­ya” de la librería de mi padre. Su lec­tura me intrigó y lo leí muchas veces. Así que cuando crucé la frontera en­tre Francia e Italia, uno de mis más grandes deseos era el de ver Pompeya.

Después de pasar algunos días entre las ruinas en Roma, fuimos a Nápoles, el Vesubio y Pompeya. Subimos la mon­taña en un taxi hasta donde pudimos y luego caminamos el resto hasta la cumbre. Estuvimos en el cráter y a una yarda de nuestros pies estaba aquella hirviente masa. Podíamos sentir su a­liento ardiente, podíamos ver su rico co­lor, el Vesubio estaba aun en actividad- Y entonces recordamos que años atrás, 79 D. C., el Señor le permitió, literal y figurativamente, “volar su cima de un soplido”. .

Esta ciudad de Pompeya fué, según supimos por pronta experiencia, una ciudad mundana. Los políticos, los ha­cendados, los de la élite social, venían de Roma a Pompeya, hasta las orillas del mediterráneo, a gastar su dinero en di­sipaciones y libertinajes.

Atravesamos la ciudad de Pompeya que ahora ha sido escavada; los ca­minos de piedra están un poco más aba­jo que las aceras y podíamos ver las marcas donde las ruedas de las carro­zas habían gastado la piedra en las es­quinas de las cuadras. Entramos a sus hogares, donde vivían. Entramos a sus teatros y a sus baños. Sus burdeles y casas de prostitución vacíos se encon­traban cerrados con candados y osten­taban letreros en Italiano “solo para hombres”.

Estos lugares de vergüenza se con­servaban después de 19 siglos como un testigo de si degradación y en las paredes de estos edificios, se ha con­servado por cerca de dos milenios, la pintura en color de cada vicio que pudo haber sido cometido por el género humano, todos los vicios y pecados acumulados desde que, Caín empezó sus ma­las obras. Y, entonces me di cuenta de por qué Pompeya fué destruida. Llegó un tiempo en que tuvo que ser destrui­da. Y así el Vesubio, ese alto monte, hizo erupción, no más lejos de la ciu­dad que lo que esta Provo de la monta­ña que puedo ver a través de esta ven­tana. Y el volcán sopló y las cenizas su­bieron al cielo por millas y millas, por millones de toneladas. La lava rodó ha­cia abajo por la falda de la cónica estructura y pasó llevándose cuanto en­contró a su paso; quemó los viñedos, las huertas y las casas; destruyó todo en su carrera y algunas poblaciones fueron completamente quemadas o bo­rradas de la existencia.

Pero Pompeya no se quemó. No esta­ba en el camino de la lava, pero las ce­nizas y carbones volaron por los aires, asentándose después gradualmente y cubriendo por completo la ciudad. Las gentes que se encontraban en esos edi­ficios quedaron tapiadas. Sus cuerpos fueron encontrados después abrazados unos a otros en un abrazo de muerte. Perros y gatos fueron encontrados allí.

Todos fueron hallados como murieron, cubiertos de ceniza, de manera que cuando se hizo la excavación, las ca­sas y su contenido estaban en su lugar. No hubo incendio general, pero muchos de los techos sí fueron quemados. Y, entonces, de nuevo me di cuenta de por qué Pompeya fue destruida, a causa de su maldad y depravación. Creo que Pompeya tiene que haber estado en mucho, en la misma posición que Sodoma y Gomorra.

Recibió Abraham la amenaza de la destrucción de Sodoma y Gomorra, a causa de que “su pecado es muy gra­ve”. Entonces Abraham dijo a su Pa­dre Celestial: “Destruirás también al justo con el impío?” Dijo: “Sí hubiera cincuenta justos no salvarías la ciudad? El Señor dijo: “Sí” si él podía encon­trar cincuenta personas justas en la ciudad, la salvaría. Dudas sobrevinie­ron a Abraham y preguntó si aún la salvaría aunque fueran cincuenta los justos. Y entonces el Señor dijo: “Sí fueran cinco menos de cincuenta, aún salvaría la ciudad por causa de los jus­tos”. Y así bajó a cuarenta, treinta, veinte, diez y cuando ni diez justos pudieron ser hallados, vino la destrucción. “Entonces llovió Jehová sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de par­te de Jehová desde los cielos; y destru­yó las ciudades y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades y el fruto de la tierra”.

“Y Abrahán vió hacia Sodoma y Go­morra y el humo subía de la tierra co­mo el humo de un horno”. (Gen: 19:­24-25) ¿Por qué fué destruida Sodoma? ¿Por qué lo fué Gomorra? ¿Cómo pudie­ron ser tan completamente aniquila­das? ¿Fué una bomba atómica o algo por el estilo? Fuego bajó del cielo; fué permitido que un combustible extraño destruyera la ciudad. Nadie sabe ahora donde estuvieron. Ni siquiera las rui­nas han sido encontradas.

Vimos el otro día cerca de la ciudad de México, una estructura la cual, di­cen los arqueólogos, fué construida 2.000 años antes de Cristo. Indudable­mente fué construida por los Jareditas. Está aún en pie, pero de Sodoma y Go­morra, hasta donde nosotros sabemos no quedaron ni trazos. Fueron total­mente arrasadas. Bien, tal vez fué una bomba atómica o algo semejante, pero ¿por qué fueron destruidas? A causa de la maldad de la gente. Habían olvidado el propósito para el cual vinieron al mundo. Pensaron que habían venido al mundo sólo para pasar un buen tiempo y para saciar todo apetito y pasión y así perdieron sus vidas.

Regresemos al principio del mundo y encontraremos que siempre ha sido lo mismo. Cuando Daniel y todos los de­más de su parentela fueron llevados cautivos a Babilonia, Daniel era sabio porque tenía fe y era recto y porque estaba muy unido a su Padre. Celestial y recibía revelaciones de Él. El rey Belshazzar, el impío, pidió “los vasos de oro y plata que su padre, Nabucodonosor, se había llevado del templo de Jerusalén” (Dan. 5:2) estando senta­dos en el gran palacio mil de sus prín­cipes, sus esposas y concubinas; en aquella fabulosa ciudad que era enton­ces la indestructible, según ellos.

Y pidió él esos vasos de oro que fue­ron robados de la casa de Dios, que ha­bían sido consagrados para propósitos sagrados y en ellos bebieron vino. Y embriaguez y adulterio y libertinaje si­guieron luego. Y mientras ellos se en­contraban en ese estado pecaminoso, Belshazzar pudo ver en la pared los de­dos de una mano de hombre escribiendo sobre la pared. Entonces, el degenerado rey con profunda inquietud, ofreció a sus astrólogos y adivinadores cualquier premio si podían leerle aquello. Fue una experiencia frustrada para él. A pesar de que les prometió vestirlos de púrpu­ra y darles cadenas de oro para sus cuellos y darles el privilegio de ocupar el tercer puesto en importancia en el reino, ninguno de ellos pudo descifrar­lo.

Daniel fué recomendado por la rei­na quien había oído de su extraño po­der. Daniel les reveló la interpretación; la primera línea decía “Dios contó tu reino y halo rematado”, la siguiente “pesado ha sido en la balanza y fuiste hallado falto”, y la tercera “tu reino ha sido roto y es dado a Medos y Persas” y, gran destrucción vino sobre ellos.

Babilonia no existe más, ¿por qué? por su iniquidad; por su iniquidad! Podría­mos continuar por horas contando his­torias de Jerusalén con su templo des­truido vez tras vez; de Roma donde pa­samos días interesantes en el Coliseo, paseando a través de su afamados ar­cos, los pasajes subterráneos, las cata­cumbas, las grandes mansiones, las ca­sas de baño en las cuales los romanos encontraron su fatalidad en libertina­jes. Podríamos volver a Nínive y Ba­bilonia. Podríamos visitar muchos luga­res donde los Jareditas y Nefitas habitaron y cada vez, hermanos y herma­nas, ustedes encontrarían que hubo una senda que los condujo a la destrucción. Es la senda de condescendencia con la tentación -con los deseos- de la carne. Y únicamente existe un camino que pue­de alejarlo a uno de ese peligro y éste es el sendero recto y angosto que pocos encontrarán, pero que lleva hacia Dios.

Al leer el libro de Mormón, encuen­tro cuando Alma hablaba a su hijo Co­riantón, que él reconoció el gran peca­do dominante y casi universal. Él dijo a su hijo Coriantón: “No sabes tú hijo mío que estas cosas (y estaba hablan­do de la impureza sexual) son abomina­bles a los ojos del Señor. Sí, más abo­minables que todos los otros pecados, como no sea el derramar sangre inocen­te o negar el Espíritu Santo”. ¡El más abominable! ¡El más abominable!

“Y ahora hijo mío, quisiera Dios que no hubieses sido culpable de TAN GRAN CRIMEN. No me ocuparía yo de tus crímenes para lastimar tu alma, si es­to no fuera para tu bien. Más, he aquí, que no puedes ocultar tus crímenes de Dios; y, excepto que te arrepientas que­darán como un testimonio contra ti en el postrer día. Ahora hijo mío, quisie­ra que te arrepintieses y desecharas tus pecados y no fueras más tras las con­cupiscencias de tus ojos…. excepto que hicieres esto, no puedes de ninguna manera heredar el reino de Dios”. (Al­ma 39:7-9)

En aquellos últimos y héticos días de los Nefitas, días tristes y desespe­rados, cuando Mormón vió la escritu­ra en la pared también, él le dijo a Moroni que los Lamanitas eran culpables de guerras, numerosos crímenes y aún canibalismo, cuando alimentaron con la carne de los padres conquistados a las madres e hijos cautivos. A pesar de to­do esto dijo: “Y a pesar de esta horri­ble abominación de los Lamanitas, no excede en nada a la de nuestros pueblos en Moriántum. Porque he aquí que mu­chas de las hijas de los Lamanitas fue­ron hechas prisioneras y después de pri­varlas de lo que para ellas era la más cara y preciosa de todas las cosas, que era la castidad y la virtud; después de haber hecho esto, las asesinaron de la manera más cruel, torturando sus cuer­pos hasta la muerte; y después que hu­bieron hecho esto, devoraron sus cuer­pos como fieras feroces, a causa de la dureza de sus corazones; y lo hicieron considerándolo una prueba de valor”. (Moroni 9:9-10)

El mayor y más abominable de los pecados en el mundo, el cual viene a la vida de la gente con más generosidad, es el pecado del adulterio. Priva a la gente de lo que es más caro y precioso sobre todas las cosas, castidad y virtud.

En 1951 el mundo se ha alejado mu­chísimo de la doctrina de mantener lim­pios el cuerpo y el alma. La incontinen­cia y la impureza sexual han llegado a ser la orden del día. Muchachos de se­cundaria y de las universidades, están siendo la presa de este insidioso pecado, el cual puede alejarlos de su Padre Ce­lestial. Yo sé que esto es verdad. Mis jóvenes hermanos y hermanas, yo no estoy hablando de algo que no conozco. Hemos entrevistado a centenares de mi­sioneros, oficiales de la Iglesia y otras personas. Falta de castidad es el gran demonio del 1950 en adelante. Evíten­lo ustedes, como evitarían la lepra, co­mo evitarían ustedes cualquier otra co­sa mala.

En el Sinaí, Dios escribió sobre las tablas: “No matarás. No cometerás a­dulterio” el segundo no viene mucho atrás del primero. Es muy importante que entendamos estas cosas y sepamos la seriedad de ellas.

Hace algunos años tuve una pareja que vino a mí, querían ser casados en el Templo. Habían sido seis meses an­tes, incontinentes, desde el día de su compromiso habían dejado de ser castos. Se los hice ver (difícilmente podrán us­tedes creerlo), me dijeron: bien, pero ¿eso no es tan malo, o sí, Hno. Kimball? ¡Eso no es tan malo! ¿ Será posible que un Santo de los Últimos Días, mucha­cho o muchacha, pueda llegar a la edad del matrimonio sin saber de éste el pe­cado más abominable, siguiente a de­rramar sangre inocente y a negar el Espíritu Santo? esto último, pocos de nosotros podremos hacer. ¿Cómo pode­mos permanecer en ese estado? ¿Cómo hemos podido llegar a ese estado?

Creo que hay muchas cosas que nos llevan a esa actitud destructiva. Voy a decirles algunas de las cosas que yo creo que quiebran nuestra moral. Pri­mero, nos volvemos descuidados e inac­tivos. El evangelio no es de ninguna importancia para nosotros. Dejamos de cumplir con nuestros compromisos. Permitimos que nuestros trabajos es­colares, nuestras vidas sociales, nues­tros negocios o nuestras profesiones, vengan y descarten las importantes actividades de la Iglesia el Evangelio, hasta que finalmente ya no sentimos tan importantes nuestras responsabili­dades y dejamos de ser entusiastas.

De ahí, hay otras cosas que animan a la falta de castidad, y una de ellas es la inmodestia que estamos observando y hemos observado desde hace algún tiempo. Hoy, los jóvenes hombres y mujeres lo saben todo. No sabíamos tanto hace 40 años. Conocen todas las respuestas. Pueden hablar acerca del sexo tal como pueden hacerlo sobre el ABC. Y un espíritu de inmodestia se ha desarrollado, al grado de que ya nada es sagrado. ¡Nada es sagrado! Un fac­tor contribuyente a la inmodestia y al quebrantamiento del valor de la moral, es el vestido moderno. Sé que voy a ser impopular al decir esto pero estoy segu­ro de que los vestidos inmodestos usa­dos por nuestras jóvenes y sus mamás, contribuyen en algún grado a la inmo­ralidad de esta era. Aún algunas de nuestras mamás, esposas y hermanas usan vestidos de escotes bajos y usan y permiten usar vestidos y trajes de noche inmodestos. ¡Aún los padres las animan a usarlos!

Yo pregunto si nuestras jóvenes her­manas se darán cuenta de la tentación que ellas están poniendo ante los jóve­nes cuando dejan sus cuerpos semidescubiertos. ¡Dudo que se den cuenta! Con frecuencia noto los talladísimos sweaters reveladores del cuerpo, sweaters, ajustados a la forma. Yo creo que pue­den usarse sweaters, pero no es nece­sario hacerlo recalcando la forma de la muchacha que lo lleva.

Veo también las jóvenes usando shorts en la calle. No hay lugar para una mujer en shorts, a menos que sea en su alcoba, o en su propio hogar. No usen shorts! Son inmodestos. El Presi­dente, Jorge Alberto Smith, nuestro profeta, ha hablado de esto muchas ve­ces. Nos ha dicho “Hermanos, cuando vayáis a las estacas, predicad contra la inmodestia”. Y, así es que yo lo hago.

Constantemente veo en los periódi­cos cosas que me duelen. Los tales con concursos de reinas. Parece que cada clase, cada grupo, cada club, debe te­ner una reina. La adulación resultante, es destructiva. Si yo tuviera 100 hijas, prohibiría a cada una el ser reina algu­na vez, el objeto de un desfile o de un concurso. He aquí una cita de un perió­dico de Lago Salado: “La selección de las concursantes se basará en la perso­nalidad, apariencia en traje de noche, apariencia en traje de baño y talento”.

Permítanme decir unas palabras con respecto a lo primero, la apariencia en traje de noche. Estos trajes podrían ser más bellos y modestos, si cubrieran el cuerpo. El Señor nunca dispuso que estos fueran sin espalda o sin hombros. Ahora, quisiera decirles, esto es un pe­cado. Les digo que el profeta del Señor aborrece esto. (Ya veo que no les cae muy bien a algunas de ustedes), pero es la verdad. Y yo lo traigo a la aten­ción de ustedes por instrucción de nues­tro Profeta actual.

No hay razón alguna para que una mujer tenga que usar traje únicamente porque es la moda. Podemos crear un estilo propio. Conozco mujeres que han usado trajes de noche durante décadas y sin embargo, nunca han usado uno inmodesto, y los han comprado en los almacenes. Cualquier tienda en cual­quier parte ha de tener en su existencia los vestidos que ustedes pidan. Fui una vez a un baile de la Universidad. Dos terceras partes de las jóvenes llegaron en trajes sin hombros o tirantes, o, so­lamente con ellos, es muy poca la dife­rencia y son una abominación a la vis­ta del Señor.

Yo no sé qué es lo que nuestras ma­más están pensando cuando permi­ten que sus hijas usen trajes tan inde­corosos. Repito, estoy seguro de que ustedes no se dan cuenta de cuánta tentación están ostentando ante los muchachos. Ahora, una mujer es más bella cuando se presenta vestida y con su dulce cara adornada por una cabe­llera adorable. No necesita más atrac­tivos; así se encuentra de lo mejor y los hombres habrán de amarla por ello. No las amarán más por su cuello desnudo. ¡Niñas! si ellos son decentes y dignos de ustedes, las amarán más al verlas pro­piamente vestidas. Por supuesto, si él es un vicioso, preferirá veros vestidas sólo en partes.

Ahora otra cita: “Las finalistas en el concurso para elegir Señorita Utah 1951, el miércoles por la noche, harán su último desfile de belleza y talento ante los ojos de los jueces y la multitud de la feria del Estado de Utah” “Cuán buena figura tiene la Srita…? Esa será una pregunta que podrá ser con­testada sin dificultad la noche del miér­coles. La muchacha aparecerá en el des­file abriendo el concurso preliminar, en traje de baño”.

¿Por qué una muchacha se viste en traje de baño para un concurso? ¡Segu­ramente, ella no querría poner todo en el altar por ganar popularidad o una co­rona o para ser reina! Y, de ahí, habrá allí miles de ojos de hombres deseosos de ver aquel cuerpo y jueces y cantidad de gente para evaluarlo, y para eso nues­tras jóvenes usan un traje de baño, con ¡tan poco traje! Por qué? Oh, por qué?

Aquí otra cita: “Ella ha mostrado a los jueces como se ve en traje de baño”. ¡Piensen en esto! Muchachas de los Santos de Últimos Días exhibiéndose ante jueces, ante hombres, mostrándo­le al mundo como aparecen en traje de baño. ¡Abominable! Ahora, hermanos y hermanas, voy a leerles unas pocas lí­neas de un hermano que siente como yo y como nuestro Profeta. El fué a uno de los juegos de una Universidad del Oeste y escribió:

Era una exhibición de “baton twirling”. La atmósfera cambió inmediata­mente. Las muchachas en resplandecien­tes uniformes marchaban hacia el campo de juego. Los trajes eran lo más breves, dejando a las muchachas desnu­das de las caderas abajo y con talladas y reveladoras ropas cubriendo escasa­mente sus torsos. En esta vestimenta, copiada de una función vulgar, llegaron ellas al campo y allí a la luz brillante de la tarde, giraron e hicieron piruetas ante los ojos de la enorme multitud de espectadores. Estoy seguro de que el “baton twirling” de las muchachas nece­sita considerable habilidad, pero no en­cuentro ninguna relación entre él y el exhibicionismo que trajo consigo. Las rechiflas, las otras exclamaciones que se levantaron de los graderíos de los estudiantes al lado Este del estadio, donde ambas alegres secciones estaban, fué ningún tributo a la habilidad ar­tística. Yo estaba entre el público al la­do Oeste y la experiencia fué grande­mente embarazosa para mí. Yo estoy seguro de que estas jóvenes son virtuo­sas, sinceras y sanas y no puedo creer que se hubieran sentido encantadas y a gusto con las risas burlonas, las excla­maciones sugestivas y los comentarios lascivos que llenaron el ambiente a mi alrededor ellas llevaban a cabo el acto.

Ahora no necesitamos imitar a los colegios del mundo. En la Universidad de Brigham Young no hay excusa. No­sotros debemos ser diferentes cuando existe o un error, o una rectitud. No te­nemos que hacer algo que no queremos hacer. Podemos crear nuestros propios estilos y trajes. Otra cita procedente de Seatle, Sept. 13, 1950: “Una inves­tigación escolar fué hecha el miércoles en la Universidad de Washington por­que los padres objetaron a que sus hi­jas fueran fotografiadas al desnudo. ¡Gracias a Dios por algunos gentiles, buenos en Seattle! ¡Investigación esco­lar! ¡Caramba! ¡A que extremo hemos llegado! ¡Cuánto hemos, degenerado en hacer trabajo escolar!

He aquí otra frase: Acabo de recor­tar un cuadro del Deseret…. “Esta en­cantadora novia de la estación social del medio Otoño, será la Srita. Blanco. Ri­tos majestuosos se llevarán a cabo en en el Templo de Lago Salado para esta prominente pareja. El señor Blanco a­caba de cumplir una misión para la Iglesia”. Cuando ustedes vean el cuadro, sabrán de qué estoy hablando. Apare­ció en el periódico, y, porqué tiene una joven o mujer de los Santos de los Últimos Días que permitir que se publi­que su cuerpo desnudo ante cientos de miles de observadores? ¡No puedo com­prenderlo! Aquí hay otro: del periódico de la semana pasada: “¡Las ceremo­nias del matrimonio serán solemnizadas en el Templo de Lago Salado! ¡Cuerpos desnudos! Aquí hay otra mencionando el Templo de Logan. Tal vez ya he di­cho suficientes, pero es cierto, herma­nos y hermanas, que las ropas que use­mos pueden ser un tremendo factor en el gradual quebrantamiento de nues­tro amor a la virtud y de nuestra fir­meza en la castidad. Estoy seguro de ello!

A veces nos descuidamos un poco y creemos que no nos hará mucho daño entrar en una taberna. Manténganse le­jos de las tabernas! Ellas son hoyos del infierno. Nunca se permitan encontrar­se allí ni por un momento y nunca to­men el primer trago de cerveza! Uste­des saben lo que sucede. Una fumada, un vaso de cerveza y, paso a paso, ire­mos de la bebida a la embriaguez y de ello vendrá la mayor parte de nuestros problemas. Yo sé que esto es un hecho, hermanos y hermanas.

Quisiera leerles una escritura de la Sección 59 de Doctrinas y Convenios, contiene en ella un pensamiento que me gustaría dejarles. El Señor ha rei­terado aquí los diez mandamientos por medio de José Smith: “Por lo tanto les doy un mandamiento que dice así:- Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, Alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo le servirás. Ama­rás a tu prójimo como a tí mismo. No hurtarás, ni cometerás adulterio, ni matarás, ni harás ninguna cosa seme­jante” “(D. C. 59:5-6)

Qué hay semejante a fornicación o adulterio? “acariciar”, éste, si se me permite la expresión es “semejante a él y es adulterio mental” Jesús nos lo expuso con claridad cuando dijo: “Oís­teis que fué dicho en la antigüedad: No adulterarás, más yo os digo que cual­quiera que mira a una mujer para co­diciarla, ya adulteró con ella en su co­razón”. Y ésta fué la nueva y alta ley. (Mat. 5:27-28) ¡Adulterio mental!

Ahora ustedes, hermanas, sepan esto, que sus novios no las querrán ni las res­petarán si ellos tienen la libertad de acariciarlas. Algunos de ellos las pro­barán a ustedes. Si ustedes son fuertes, ellos las honrarán, pero si ustedes ce­den no las querrán por ello, no pueden ustedes distinguir entre el amor de una parte y la lujuria en la otra? ¡Satisfa­ciendo deseos! No saben ustedes que a menudo él se jactará ante sus amigos de cuán lejos ha podido llegar con ustedes? No les permitan tocarlas! Den pri­mero sus vidas en propia protección an­tes de permitir que una de estas malas experiencias llegue a ustedes. Y, para­fraseando, “quienquiera que mira a un hombre para codiciarlo, ha cometido a­dulterio con él en su corazón”. Se ajus­ta a ambos, hombres y mujeres, y es pecado. Es también un grave pecado para nuestros muchachos el poner ten­tación. Cuán bajo y degenerado es el muchacho que persiste ver el lugar de negación!

Ahora, nuestros muchachos y mucha­chas, Santos de los Últimos Días, son de lo mejor en el mundo. No hay otro grupo en ninguna parte de océano a océano que pueda comparársele. Y, sin embargo, hay tantas desgracias. Hay tantos que se pierden. Yo creo que prác­ticamente cada muchacho o muchacha crece con un deseo de ser recto y creo que son fundamentalmente buenos. Pe­ro, el diablo sabe cómo destruirlos. Él sabe, queridos jóvenes, que no puede tentar a ustedes a asesinar o a cometer adulterio inmediatamente; pero, tam­bién sabe que si él puede hacerlo beber o si puede inducirlos a ese programa de caricias, esa inexcusable, abominable y viciosa práctica que es tan común en­tre nuestros jóvenes de ambos sexos, sabe que si él logra tenerlos a ustedes en eso, suficiente tiempo, si él puede hacer que ustedes se queden en un ca­rro largo tiempo después del baile, si lo­gra hacer que se estén largo tiempo con el carro parado al final de la calle (por­que él tiene miles de años de experien­cia), sabe bien que el mejor de los mu­chachos o muchachas, termina por su­cumbir y caer. El diablo sabe bien que existe un límite en la resistencia de ca­da quien.

La mayor parte de las prostitutas y libertinas profesionales, no empezaron así. Generalmente empezaron por res­balar y caer en tentación; de ahí, ha­biendo caído, se perdieron.

Hermanos y hermanas, que el Señor, bendiga a ustedes. Esto es muy impor­tante. Este es un asunto muy difícil de tratar y yo hubiera preferido «tratar otros tópicos; pero, cuando el Obispo me viene con historias tristes de hoga­res rotos, vidas frustradas, corazones quebrantados, tristeza y remordimiento cuando me entrevisto con gente que ha tenido desgracias, les digo con desespe­ración: “Qué podemos hacer? Qué pue­de hacer la Iglesia para evitar esto? Qué podemos hacer para proteger a la próxima generación, a los jóvenes que están creciendo? Dígame! E invaria­blemente este muchacho o muchacha di­rá: “Hno. Kimball, no se nos ha dicho con toda franqueza. Obtenemos mucha educación sexual, pero esto nos hace daño. Oímos todo el tiempo lo vulgar. Nosotros necesitamos advertencia, fran­cos consejos”.

Antes de terminar quisiera decirles que el Señor nos ha dado una gran promesa. Este es un evangelio de arrepen­timiento, es el evangelio del perdón, pe­ro el perdón no viene con facilidad. Cuando uno ha caído mucho dentro de la ancha vía del mal, debe volverse atrás escalando el camino y, esto es duro, un duro tirón. El camino del transgresor es difícil; pero, si se apura bastante, si ora lo suficiente, llora y se activa bastante podrá volver atrás y la puerta, muchas de las puertas, estarán abiertas toda­vía para él; pero, nunca será lo que hu­biera sido si no hubiera habido caída.

Que el Señor los bendiga pues, mis hermanos y hermanas, para ayudar a otros. La mayor parte de ustedes, estoy seguro, son limpios y dulces y tienen solo un gran deseo, él de conservar su virtud, para ser siempre limpios y dar servicio y mostrar gratitud y por siempre mostrar devoción y adoración. Es­toy seguro de ello.

Pero, tal vez ustedes puedan ayudar a otros con quienes se encuentren en sus reuniones sociales o en pequeños grupos aquí y allá. En su propia fami­lia, tal vez sus hermanos y hermanas más pequeños, necesiten de su sostén y ayuda. Cuando ustedes hayan salvado un alma, habrán hecho el más grande servicio en el mundo.

Dios los bendiga es mi oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

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