“No Seáis Incrédulos”

“No Seáis Incrédulos”

Por El Presidente Gordon B. Hinckley
de la primera presidencia
Liahona Abril 1990

Creed en Jesucristo, El Hijo de Dios, el personaje más grandioso del tiempo y la eternidad y creed que Él, nuestro Salvador y Redentor, Vive.

 


Este mes el mundo cristianó celebra la Pascua recordando la Resurrección, cuando el Señor resuci­tado se apareció primero a María Magdalena, y más tarde ese mismo día a diez de los Apóstoles, estando Tomás ausente.

“Le dijeron, pues, los otros discípulos: al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.” (Juan 20:25.)

¿Habéis escuchado a otras personas hablar como Tomás habló? “Danos una evidencia innegable”, dicen. “Pruébalo ante nuestros ojos, nuestros oídos, nuestras manos; de lo contrario, no creeremos”. Este es el idioma de la época en que vivimos. Tomás el incrédulo se ha transformado en el ejemplo de los hombres de todas las épocas que han rehusado y rehúsan aceptar todo aquello que no puedan probar o explicar físicamente. ¡Como si pudieran probar el amor, o la fe, o aun un fenómeno físico como la electricidad!

Pero ocho días más tarde los Apóstoles se encontraban juntos nuevamente, y esa vez Tomás estaba con ellos.

“Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.

“Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis ma­nos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

“Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!

“Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creiste; bie­naventurados los que no vieron, y creyeron.” (Juan 20:26-29. Cursiva agregada.)

CREED EN JESUCRISTO

A todos los que tengáis dudas, repito las palabras dichas a Tomás al palpar las heridas en las manos del Se­ñor: “No seáis incrédulos, sino creyentes.” Creed en Jesu­cristo, el Hijo de Dios, el personaje más grandioso del tiempo y la eternidad. Creed en el hecho de que su vida sin igual se remonta a mucho antes de la creación de este mundo. Creed que El fue el Creador de la tierra en la cual vivimos. Creed que El es el Jehová del Antiguo Testa­mento, que es el Mesías del Nuevo Testamento, que murió y resucitó; que visitó este continente occidental e instruyó a sus habitantes; que introdujo esta dispensación final del evangelio, y que El, el Hijo del Dios viviente, nuestro Sal­vador y nuestro Redentor, vive.

Juan dice acerca de la Creación que “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3).

¿Puede cualquiera que haya caminado bajo las estrellas de la noche, o que haya visto el toque de la primavera sobre la tierra, dudar de la Mano divina que participó en la Creación? Observando las bellezas de la tierra, no pode­mos menos que hacer eco a las palabras del salmista:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

“Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría.” (Salmos 19:1-2.)

Toda la belleza de la tierra lleva la marca de las manos del Creador magistral, de las mismas manos que Tomás insistió en tocar para poder creer.

No seáis incrédulos, creed en Jehová, cuyo dedo escribió sobre las tablas de piedra entre los truenos del Sinaí: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Exodo 20:3). Los Diez Mandamientos, base de todas las buenas leyes que go­biernan las relaciones humanas, son el producto de Su ge­nio divino. Al observar el extenso número de leyes designa­das para proteger al hombre y a la sociedad, entended que éstas tienen sus raíces en aquellas pocas y breves palabras dadas por el sabio Jehová a Moisés, el líder de Israel.

Creed en el que fue el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, y la fuente de inspiración de todos los antiguos profetas cuando éstos hablaron al sentirse inspirados por el Espí­ritu Santo. Y hablaron en Su nombre cuando censuraron a los reyes, cuando reprendieron a las naciones, y cuando como videntes, anunciaron la venida del Mesías prometido, declarando por el poder de la revelación:

“Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.” (Isaías 7:14.)

“Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová.” (Isaías 11:2.)

“…y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.” (Isaías 9:6.)

No dudéis; creed en cambio, que fue El quien nació en un pesebre pues no había más lugar en el mesón. Un ángel preguntó a un profeta que había visto estas cosas en visión: “¿Comprendes la condescendencia de Dios?” (1 Nefi 11:16). Supongo que ninguno de nosotros puede entender eso totalmente, cómo el gran Jehová vendría entre los hom­bres, naciendo en un pesebre en un país vasallo y entre un pueblo que llegaría a odiarlo. Pero cuando nació, un coro de ángeles cantó proclamando su gloria, hubo pastores que le adoraron y salió una nueva estrella en el oriente. Más tarde, hubo reyes que viajaron desde lejos para llevarle oro, incienso y mirra. ¿Tocarían ellos maravillados aque­llas manos pequeñitas al presentar sus regalos al Rey re­cién nacido?

Herodes el Grande, que conocía las profecías, temió a esas manos y procuró destruirlas con una terrible matanza de seres inocentes cuya sangre cayó sobre sus manos y so­bre su cabeza.

Creed que Juan el Bautista habló del poder de la revela­ción cuando dijo de Jesús: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Y que fue la voz del Todopoderoso la que declaró sobre las aguas del Jordán: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo compla­cencia” (Mateo 3:17).

Creed y sabed que El fue un hombre de milagros. El, que había creado el mundo y lo había gobernado como el gran Jehová, entendía los elementos de la tierra y todas las funciones de la vida. Comenzando en Caná, cuando trans­formó el agua en vino, continuó su obra haciendo caminar al paralítico y ver al ciego; El revivió a los muertos, y fue el Médico Maestro que sanaba a los enfermos por la autori­dad que tenía como Hijo de Dios.

Fue el Consolador de los apesadumbrados de su época, y de todas las generaciones que vinieron antes y han venido después de El, y que han creído verdaderamente en El. El nos dice a todos:

“Venid a mí todos lo que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;

“porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mateo 11:28-30.)

LA FE SUSTENTADORA

Un día hablé con un amigo que había escapado de su tierra natal. Cuando su país cayó, él fue arrestado y re­cluido; su esposa e hijos habían podido huir, pero durante más de tres años él había estado prisionero, sin poder co­municarse con sus seres queridos; la comida era malísima, las condiciones de vida opresivas y no había ninguna pers­pectiva de mejorar.

“¿Qué te sostuvo durante esos días tenebrosos?”, le pre­gunté. A lo que respondió: “Mi fe; mi fe en el Señor Jesu­cristo. Puse mis cargas sobre él, y me parecieron entonces mucho más livianas.”

En una ocasión, mientras el Señor viajaba por Samaría, se encontraba cansado y sediento; deteniéndose junto al pozo de Jacob, descansó y pidió a una mujer que había ido en busca de agua, que le diera de beber. En el curso de la conversación le explicó el poder salvador de sus enseñan­zas, diciendo:

“ . . . Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed;

“mas el que bebiere del agua que yo le daré . . . [ésta] será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” (Juan 4:13-14.)

Durante esa misma conversación dio a conocer su identi­dad cuando la mujer habló del Mesías prometido, “lla­mado el Cristo” (Juan 4:25). El, sin dejar lugar a dudas, le dijo: “Yo soy, el que habla contigo” (Juan 4:26).

No dudéis, sino creed que El es el Señor de la vida y de la muerte. El testificó de su poder a la afligida Marta, cuando le dijo:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eterna­mente.” (Juan 11:25—26.)

¿Dónde pueden encontrarse palabras de mayor consuelo para aquellos que han perdido a sus seres queridos? To­más se encontraba allí cuando el Señor pronunció aquellas palabras, y también después, cuando llamó a Lázaro para que saliera de la tumba. A pesar de todo, dudó del poder del Señor para levantarse de la terrible muerte que había padecido sobre la cruz, manifestando a sus compañeros en el apostolado que a menos que él pudiera palpar las heri­das de Sus manos, no creería.-No es de asombrarse que Jesús le dijese: “No seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27).

OTRAS EVIDENCIAS

Nosotros, al igual que Tomás, somos propensos a olvidar las evidencias de la vida y el poder sin igual de Cristo. Tales evidencias no se encuentran solamente en la Biblia, el testamento del mundo antiguo. Hay un testamento del Nuevo Mundo que fue sacado a luz mediante “el don y po­der de Dios . . . para convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo”. Es el Libro de Mormón y contiene otro testimonio, hermoso en lenguaje y poderoso en espíritu.

Durante su ministerio terrenal, Jesús habló de otras ovejas, de otro rebaño distinto de aquel al que El estaba enseñando, y afirmó que ellos también debían oír su voz, “y habrá un rebaño y un pastor” (Juan 10:16).

Un tiempo después de la resurrección de Cristo, aquellos que habitaban la tierra llamada Abundancia, que se hallaba en algún lugar del continente occidental, escucharon una voz proveniente de los cielos. Era la voz de Dios, y les dijo:

“He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd.

“…y he aquí, vieron a un Hombre que descendía del cielo; y llevaba puesta una túnica blanca; y descendió y se puso en medio de ellos.”

Entonces les dijo:

“He aquí, soy Jesucristo, de quien los profetas testifica­ron que vendría al mundo.” (3 Nefi 11:7—8, 10.)

Les invitó, al igual que invitó a Tomás, a palpar sus ma­nos y su costado, y al hacerlo, se asombraron y lloraron, diciendo:

“¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Más Alto Dios!” (3 Nefi 11:17.)

Ellos no dudaron, sino que creyeron, como han creído millones de personas que han leído este maravilloso testi­monio del Señor resucitado. El que lo lea con espíritu de oración, conocerá la verdad de este maravilloso y nuevo testigo de Cristo.

Y existe aún otro elemento testificador, pues tan cierta­mente como la voz de Dios declaró la condición divina de Jesús por ser Su Hijo en las aguas del Jordán, nuevamente en el Monte de la Transfiguración, y una vez más en la tierra de Abundancia, volvió a hacer esa misma introduc­ción en el comienzo de esta dispensación del evangelio en los últimos días, en una gloriosa visión en la que el Padre Eterno y su Hijo Jesucristo aparecieron y hablaron al jo­ven José Smith, que había estado buscando la verdad, y que en los años siguientes habló como Profeta del Señor resucitado, entregando aun su vida en testimonio de El.

Con tantas evidencias, y con la convicción que llevo en el corazón por el poder del Espíritu Santo, añado con pala­bras sencillas, sinceras y llenas de amor mi testimonio del Señor Jesucristo; por lo tanto, pido a toda persona: “no seáis incrédulos, sino creyentes”; creed en El, que es el Hijo de Dios y que vive, nuestro Salvador y nuestro Re­dentor. Vivid de acuerdo con sus enseñanzas, obedeced sus mandamientos y recibid su incomparable guía y consuelo en la vida. □

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