Amaos y perdonaos unos a otros

Conferencia General Octubre 1973

Amaos y perdonaos unos a otros

O. Leslie Stonepor el élder O. Leslie Stone
Ayudante del Consejo de los Doce

Es para todos nosotros una inspiración el recordar las enseñanzas de nuestro Salvador así como las muchas cosas maravillosas que dejó al mundo. Él estuvo presente en el gran concilio de los cielos; le ayudó al Padre a formar los cielos, a crear la tierra y a formar al hombre.

En contraposición con el plan de Satanás, Él fue quien propuso otorgarle el libre albedrío al hombre dándole así el glorioso privilegio de elegir entre el bien y el mal de acuerdo con su voluntad.

Él vivió en este mundo en el meridiano de los tiempos, en la tierra prometida.

Anduvo enseñando y haciendo el bien. Los hombres le siguieron no por interés en adquirir riquezas del mundo sino por el deseo que despertaba en ellos, de ganar tesoros en el cielo.

El estableció una nueva norma de vida, de amarse unos a otros, aun a los enemigos. Nos recomendó que no juzgáramos, que perdonáramos y que le diéramos una segunda oportunidad a todos los hombres.

En la sección 64, versículos 8 al 11 de las Doctrinas y Convenios, Él nos dice que es nuestra obligación perdonarnos el uno al otro y que aquel que no perdona a su hermano será condenado por llevar el mayor pecado.

Le dejó a nuestra sociedad la fórmula más imperecedera para lograr la armonía social cuando hizo la siguiente declaración que se encuentra en Mateo 7:12.

«Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.»

Muy pocas son las personas que en realidad practican esto. Aun así, y estoy seguro todos estamos de acuerdo, si los hombres vivieran siguiendo este principio, seríamos capaces de resolver los problemas a que ahora se enfrentan las naciones de la tierra. Sí, si viviéramos de acuerdo con este principio sería fácil amar y perdonar a aquellos que nos hacen mal.

En Mateo 22:36-39, leemos acerca de una oportunidad en la cual Cristo fue interrogado por uno de los principales doctores de la ley de aquellos tiempos, quien dijo:

«Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?

Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

Este es el primero y grande mandamiento,
Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»

Debemos recordar que nuestro prójimo más cercano son los miembros de nuestra propia familia. Nuestro prójimo son los vecinos, los de la misma cuadra, los de la ciudad, los del mismo estado o provincia, los del país, sí, aun los de todo el mundo. Todos aquellos con quienes nos asociamos de alguna forma o sobre quienes tenemos alguna influencia, son nuestro prójimo.

¿Puede alcanzar el hombre el reino celestial si no ama a su prójimo como a. sí mismo? Cuando Jesús dio el segundo mandamiento dijo que era importante como el primero, y repitió ambos diciendo: «De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.» (Mateo 22:40.)

Tanta importancia les dio a estos dos mandamientos, que todas las demás leyes y mandamientos dependen de estos dos.

Pero hagámonos otra pregunta. ¿Puede un hombre obedecer o vivir de acuerdo al primer gran mandamiento si no puede obedecer el segundo? Dicho de otra forma, ¿puede él amar a Dios con todo su corazón si es incapaz de amar a su prójimo?

Juan el Apóstol dijo:

«Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?
Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.» (1 Juan 4:20-21.)

En Tercer Nefi, capítulo 11, versículos 29 al 30, encontramos la siguiente declaración:

«Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino del diablo que es el padre de las contenciones, e irrita los corazones de los hombres, para que contiendan unos contra otros con ira.

He aquí, no es mi doctrina agitar con ira el corazón de los hombres, uno contra el otro; sino esta es mi doctrina: que tales cosas cesen.»

Estas declaraciones así como muchas otras que existen en las escrituras, deberían hacernos entender sin duda alguna que el Señor desea que nos amemos y perdonemos unos a otros. Es entonces nuestra obligación dominar nuestro propio orgullo y arreglar nuestras diferencias con el prójimo. Tal como está establecido en Tercer Nefi, las contenciones y disputas son del diablo y no cuentan con la aprobación de nuestro Padre Celestial. El amar a nuestro prójimo, como a nosotros mismos nos producirá gran gozo y felicidad.

Cristo practicó el perdón. Recordemos la historia de la mujer que había pecado. La ley establecía que ella debía ser apedreada hasta la muerte. La llevaron entonces delante del Salvador para ver cómo habría de juzgarla. En Juan 8:6-7 dice:

«Más esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía con el dedo.

Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.»

Ninguno de los del grupo tenía las condiciones necesarias y todos se dispersaron. Dirigiéndose entonces hacia la mujer, le dijo: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más.» (Juan 8:11.) En verdad no aprobaba lo que ella había hecho, pero demostró el verdadero significado del perdón y dejó que el Padre Celestial la juzgara.

El perdonó a los que le quitaron la vida. En el mismo momento en que más estaba sufriendo, dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» (Lucas 23:34.)

El evangelio que trajo a la tierra y que fue restaurado en esta dispensación, nos provee con el hermoso plan de salvación. Sabemos que tuvimos una existencia previa, durante la cual fuimos valientes. Por este motivo el Señor nos permitió venir a la tierra para que pudiéramos obtener un cuerpo, lograr conocimiento, desarrollar nuestras habilidades y carácter, aprender a vencer el mal y probarnos para ver si podemos permanecer fieles a Él, y ser suficientemente diligentes y obedientes con respecto a los mandamientos para ser dignos de regresar y permanecer en su presencia.

Muchos de los problemas que tenemos que enfrentar en la vida, son sólo bendiciones encubiertas que se presentan en forma de problemas. Ellos en realidad nos permiten lograr la experiencia que debemos alcanzar en esta tierra y mediante la cual nos preparamos para enfrentar y resolver problemas en la próxima etapa de nuestra existencia eterna.-

En la actualidad, al contemplar las muchas bendiciones que hemos recibido, recuerdo las palabras del rey Benjamín en el Libro de Mormón, cuando después de enumerar las bendiciones que habían sido derramadas sobre su pueblo por el Señor, les dijo: «Y he aquí, todo cuanto él pide de vosotros es que guardéis sus mandamientos.» (Mosíah 2:22)

Sí, lo único que el Señor requiere de nosotros es que vivamos de acuerdo con sus mandamientos. Esto parece relativamente simple, ¿no es verdad? Pero todos sabemos que no es tan simple como parece, ni en ningún momento se pretendió que lo fuera. Donde mucho es dado, mucho es requerido. El Señor requiere de aquellos que moran en su presencia, la habilidad para sobreponerse a las debilidades e imperfecciones. Él requiere la auto negación y la autodisciplina.

Muchos de nosotros podemos sentir de vez en cuando, que los mandamientos del Señor son un obstáculo para lograr la felicidad en esta vida, pero no es así; y en lo profundo de nuestro corazón sabemos que mientras vivamos los mandamientos, con la misma seguridad que el día sigue a la noche, cosecharemos las bendiciones que le son prometidas a los fieles. Muchas veces no comprendemos la forma en que esas bendiciones pueden hacerse realidad, pero aun así llegará el momento en que la bendición sea finalmente recibida. El Señor dijo:

«Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; más cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis.» (D. y C. 82:10.)

¿Cómo nos sentiríamos si en el día del juicio final se nos informara que fallamos en llevar a cabo nuestra parte, que hemos sido siervos infieles del Señor porque fracasamos en guardar los mandamientos?

En Mateo 5:16, el Señor nos da un importante mensaje:

«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»

Si no guardamos los mandamientos del Señor, no solamente recibiremos condenación, sino también que nos privaremos de muchas de las bendiciones correspondientes a esta tierra, para no mencionar aquellas bendiciones eternas que todos deseamos lograr. En Primer Corintios 2:9, leemos la siguiente declaración: «Antes bien, como está escrito:

Cosas que ojo no vio, ni oído oyó,
ni han subido en corazón de hombre,
Son las cosas que Dios ha preparado para aquellos que le aman.»

Pensemos en esa gran promesa, y finalmente, la maravillosa promesa dada a todos los hombres:

«Y si guardas mis mandamientos y perseveras hasta el fin, tendrás la vida eterna, que es el máximo de todos los dones de Dios.» (D. y C. 14:7.)

El ex-presidente Heber J. Grant, nos dio la fórmula de perseverar hasta el fin cuando dijo:

«Hagamos hoy la voluntad de nuestro Padre Celestial, entonces estaremos preparados para las responsabilidades del futuro, en esta vida y en la eternidad.»

En varias oportunidades Cristo recalcó el hecho de que el evangelio es de trabajo y servicio. Para ganar bendiciones, debemos ser hacedores de la palabra y no solamente oidores. En Mateo 7:21, leemos: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.»

Esto significa que si deseamos lograr la salvación, exaltación y la vida eterna, debemos vivir de acuerdo con los principios del evangelio. Debemos amar y perdonar a todos los hombres y guardar los mandamientos de Dios.

Os dejo mi testimonio que yo sé que el verdadero evangelio de Jesucristo ha sido restaurado en esta dispensación, que José Smith fue un instrumento en las manos del Señor para que esto fuera posible. El era y continúa siendo un Profeta de Dios. Doy mi testimonio de que en la actualidad somos dirigidos por un Profeta.

Que todos podamos brindarle tanto a él como a las demás Autoridades Generales, nuestro amor y apoyo, y orar continuamente para que ellos tengan las bendiciones de salud, fortaleza, e inspiración para llevar a cabo sus tremendas responsabilidades.

Que tengamos la valentía y la’ determinación de guardar los mandamientos y vivir de acuerdo con los principios del evangelio, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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