Sed valientes

Sed valientes

Gordon B. Hinckley
por el élder Gordon B. Hinckley
Del Consejo de los Doce

(Discurso pronunciado en la Conferencia General de Área en Múnich,
del 24 al 26 de agosto de 1973.)

“Sé que esto es verdadero y aunque me costara la vida, no podría renunciar a ello.»

Mis amados hermanos, tengo solamente un deseo y es el de aumentar vuestra fe y fortalecer vuestro testimonio. Para tal fin imploro la dirección del Santo Espíritu.

En el transcurso de los años he visto muchas cosas hermosas en Europa; sin embargo, no creo haber visto jamás una tan bella como esta congregación de Santos de los Últimos Días. Vuestras caras irradian el espíritu del evangelio. En vuestra presencia uno siente la fuerza del testimonio personal.

Este día sentís el calor de la fe de unos y otros, la fuerza de vuestra compañía. Empero, no siempre ha sido así. Como nos han recordado el hermano Luschin, el hermano Didier y el hermano Busche, la mayoría habéis pasado por la difícil lucha de la conversión. Habéis conocido la soledad y las penalidades, y cuando salgáis esta tarde para regresar a vuestros hogares, a vuestros trabajos, a vuestras pequeñas ramas o a la compañía de aquéllos que se inclinan a ridiculizaros, muchos de vosotros sentiréis de nuevo una gran soledad.

El precio de la dirección

Como miembros de la Iglesia, sois como una ciudad que no se puede esconder por estar situada sobre un monte. Os agrade o no, cada uno de vosotros ha sido escogido; sois partícipes de la verdad y eso trae una responsabilidad. El testimonio es una cosa personal y sus responsabilidades son personales.

La reina Victoria de Gran Bretaña dijo: «Intranquila reposa la cabeza que porta la corona». Esta ha sido la historia de aquellos que prestan sus servicios a la causa de Cristo.

Cuando el Señor declaró en la dispensación actual que ésta sería «la única iglesia verdadera y viviente sobre toda la faz de la tierra» (D. y C. 1:30), nos colocó en una posición de soledad, la soledad del que dirige, de la que no podemos apartarnos y la cual debemos aceptar con determinación, con valor y sin transigir. Todo miembro fiel de la Iglesia que vive y respira el espíritu del evangelio, conoce algo de esta sensación al relacionarse con los demás. Más una vez logrado el testimonio, la persona tiene que vivir con él, tiene que vivir con su conciencia, tiene que vivir con su Dios.

La soledad

Siempre fue así. El precio que paga un dirigente es la soledad. El precio de la conciencia es la soledad. El precio del testimonio es la soledad.

No existe escena más solitaria en toda la historia que la de Jesucristo sobre la cruz, solo, el Redentor de la humanidad, el Salvador del mundo, haciendo posible la Expiación.

Hace un año que estuvimos con el presidente Lee en el Jardín de Getsemaní en Jerusalén. Pudimos sentir, tan sólo en ínfimo grado, la terrible lucha que se llevó a cabo ahí, esa lucha de Jesús solo en el espíritu, tan intensa que le brotaba sangre de cada poro.

Con la imaginación presenciamos de nuevo la traición de alguien que había sido llamado a un cargo de confianza. Vimos a los inicuos maltratar al Hijo de Dios. Y luego vino a nuestras mentes la imagen de esa figura solitaria en la cruz exclamando con angustia: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27: 46).

Cuando la tiranía de la opresión religiosa sofocaba a Europa, surgieron aquí y allá hombres que permanecieron desafiantes. Creo que los reformadores fueron inspirados por Dios para colocar los cimientos para una época en la que otro ángel volaría «por en medio del cielo» trayendo «el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo» (Apocalipsis 14:6). Fue en Alemania, donde con valor, pero en la soledad, Martín Lutero publicó sus noventa y cinco tesis. Lo que él y sus compañeros y seguidores soportaron es tema histórico. Al señalar el camino hacia una época más luminosa, caminaron casi solos en medio de la burla de la gente.

El profeta de esta dispensación fue también un hombre solitario. El joven de catorce años que salió del bosque después de orar, fue odiado y perseguido. Existen pocas escenas más tristes que la del profeta José recorriendo su camino de soledad con sólo un puñado de fieles seguidores. Dio su vida por causa de su testimonio de la verdad.

Sus sucesores, incluyendo a nuestro amado presidente Harold B. Lee, han conocido igualmente mucha soledad en ese grandioso y sagrado cargo que han ocupado; pero no solamente ellos. Muchos de vosotros habéis conocido la soledad de un converso que entra en las aguas del bautismo e inicia una vida nueva.

La integridad de un converso

He estado pensando en un amigo mío que conocí al estar sirviendo en una misión en Londres hace cuarenta años. Llegó a nuestra puerta en una noche lluviosa. Escuché su llamado y le invité a entrar. Dijo:

—Tengo que hablar con alguien. Estoy completamente solo.

—¿Cuál es su problema?—le pregunté. Y me respondió:

—Cuando ingresé a la Iglesia mi padre me dijo que saliera de la casa y no regresara jamás; unos cuantos meses después mi club deportivo me dio de baja, el mes pasado mi jefe me despidió por ser miembro de la Iglesia y anoche la joven a quien amo expresó que jamás se casaría conmigo porque soy mormón.

—Si esto le ha costado tanto, ¿por qué no deja la Iglesia y regresa a la casa de su padre, a su club, al trabajo que tanto significa para usted y se casa con la joven que cree amar?

No dijo nada durante lo que pareció un largo tiempo, luego colocando la cabeza en sus manos sollozó tanto que parecía que se le iba a desgarrar el corazón. Finalmente, me miró con lágrimas en los ojos y dijo:

—No podría hacerlo. Sé que esto es verdadero y aunque me costara la vida, no podría renunciar a ello.

Recogió su sombrero mojado, se dirigió hacia la puerta y salió a la lluvia, solo, temblando y temeroso, pero resuelto. Al mirarlo pensé en la soledad de conciencia, en la soledad de fe y en la fuerza y el poder de un testimonio personal.

Sed leales a vuestro testimonio

A vosotros que estáis aquí este día y particularmente a todos los jóvenes, me gustaría deciros que podéis llegar a conocer muy de cerca la soledad como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Durante los días y meses y años que vendrán os encontraréis definitivamente entre la minoría del mundo en que vivís.

No es fácil, por ejemplo, ser virtuosos cuando todos a vuestro derredor se mofan de la virtud.

No es fácil ser sobrio cuando todos a vuestro derredor practican la libertad desenfrenada.

No es fácil ser una persona íntegra cuando a vuestro derredor hay quienes se apartan de los principios por conveniencia.

No es fácil testificar de la divinidad del Señor Jesucristo a aquellos que se mofan de Él y lo desprecian.

Sí, habrá soledad, pero una persona de vuestra condición tiene que vivir consigo misma. Una persona tiene que vivir con sus principios y con sus convicciones. Una persona tiene que vivir con su testimonio. De lo contrario, se sentirá miserable, terriblemente miserable. Aunque haya espinas y decepciones, aunque haya angustia y aflicción, tendrá paz, consuelo y fuerza.

La rectitud trae la paz

Sed valientes, mis queridos hermanos. Pablo escribió a Timoteo: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor. . .» 2 Timoteo 1:7, 8).

A aquellos que no están avergonzados y a aquellos que hablarán con valor, el Señor ha declarado: «. . . iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestros corazones y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros» (D. y C. 84:88).

Esta es una promesa. Lo creo; lo sé; testifico su veracidad en este día. Que Dios os bendiga, mis amados hermanos, vosotros que habéis salido de las tinieblas del mundo a la luz del evangelio sempiterno; vosotros los del convenio; vosotros jóvenes, que sois la mayor esperanza de esta generación.

Que Dios os bendiga para caminar sin temor aunque caminéis solos, y para conocer en vuestro corazón esa paz que llega al alinear nuestra vida con los principios, esa «paz. . . que sobrepasa todo entendimiento» (Filipenses 4:7).

Os dejo mi testimonio de que Dios, nuestro Padre Eterno, vive; de que Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor; que ésta es su obra; y que tenemos hoy entre nosotros un Profeta viviente que nos guía. Como siervo del Dios viviente, invoco sobre vosotros toda bendición para seguir adelante en vuestra vida, que aunque caminéis solos, podáis caminar con verdad y fe, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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