Acuérdate de tus santos que sufren, oh Dios nuestro

Conferencia General Octubre 2021

Acuérdate de tus santos que sufren, oh Dios nuestro

Por el élder Anthony D. Perkins
De los Setenta

El guardar convenios activa el poder del sacrificio expiatorio de Jesucristo para brindar fortaleza e incluso gozo a ustedes los que sufren.


El plan de felicidad del Padre Celestial incluye una experiencia terrenal en la que todos Sus hijos serán probados y enfrentarán pruebas1. Hace cinco años se me diagnosticó cáncer. He sentido y aún siento los dolores físicos de las cirugías, los tratamientos de radiación y los efectos secundarios de los medicamentos. He experimentado problemas emocionales durante torturadoras noches de insomnio. Las estadísticas médicas indican que probablemente me vaya de la vida terrenal antes de lo que esperaba, dejando atrás, por un tiempo, a mi familia que significa todo para mí.

Independientemente de donde vivan, el sufrimiento físico o emocional de una variedad de tribulaciones y debilidades terrenales ha sido, es ahora o un día será parte de la vida de ustedes.

El sufrimiento físico puede resultar del envejecimiento natural, de las enfermedades inesperadas y accidentes imprevistos; del hambre o de la falta de vivienda; o del abuso, los actos violentos y la guerra.

El sufrimiento emocional puede surgir de la ansiedad o la depresión; del engaño de un cónyuge, progenitor o líder de confianza; del empleo o de los reveses económicos; del juicio injusto de otras personas; de las decisiones de amigos, hijos u otros familiares; del abuso de diversas formas; de los sueños frustrados del matrimonio o de los hijos; de la enfermedad grave o muerte prematura de seres queridos; u otras muchas fuentes.

¿Cómo es posible soportar el sufrimiento único y a veces debilitante que nos llega a cada uno?

Felizmente, la esperanza se encuentra en el evangelio de Jesucristo, y la esperanza también puede ser parte de la vida de ustedes. Hoy comparto cuatro principios de esperanza extraídos de las Escrituras, de las enseñanzas proféticas, de muchas visitas de ministración y de mi propia constante prueba de salud. Esos principios no solo se aplican de forma amplia, sino que son profundamente personales.

Primero, el sufrimiento no significa que Dios esté disgustado con nuestra vida. Hace dos mil años, los discípulos de Jesús vieron a un hombre ciego en el templo y preguntaron: “Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?”.

Sus discípulos parecían creer de manera errónea, al igual que demasiadas personas hoy en día, que toda tribulación y sufrimiento en la vida son resultado del pecado. Sin embargo, el Salvador respondió: “Ni este pecó ni sus padres, sino que fue para que las obras de Dios se manifestasen en él”2.

La obra de Dios es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre3; pero ¿cómo pueden las pruebas y el sufrimiento —en particular el sufrimiento impuesto por el uso pecaminoso del albedrío por parte de otra persona4— adelantar en última instancia la obra de Dios

El Señor dijo a Su pueblo del convenio: “te he purificado […]; te he escogido en el horno de la aflicción”5. Cualquiera que sea la causa de los sufrimientos que tengan, su amoroso Padre Celestial puede dirigirlos a fin de que les purifiquen el alma6. Las almas purificadas pueden llevar las cargas de otras personas con verdadera empatía y compasión7. Las almas purificadas que han “salido de la gran tribulación” están preparadas para vivir con regocijo en la presencia de Dios por siempre, y “Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos”8.

Segundo, el Padre Celestial conoce de manera íntima el sufrimiento de ustedes. Al estar en medio de pruebas, podríamos erróneamente pensar que Dios está lejos y es indiferente a nuestro dolor. Incluso el profeta José Smith expresó ese sentimiento durante un mal momento de su vida. Cuando estaba preso en la cárcel de Liberty mientras miles de santos de los últimos días eran expulsados de sus casas, José procuró entendimiento mediante la oración: “Oh Dios, ¿en dónde estás? ¿Y dónde está el pabellón que cubre tu morada oculta?”. Él concluyó con esta plegaria: “Acuérdate de tus santos que sufren, oh Dios nuestro”9.

La respuesta del Señor alentó a José y a todos los que sufren:

“Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento;

“y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará”10.

Muchos santos que han sufrido me han dicho cómo sintieron el amor de Dios durante sus pruebas. Recuerdo vívidamente mi propia experiencia en un momento de mi lucha contra el cáncer cuando los doctores aún no diagnosticaban la causa de un dolor agudo. Me senté con mi esposa, con la intención de bendecir el almuerzo de forma habitual. En vez de ello, todo lo que pude hacer fue llorar: “Padre Celestial, por favor ayúdame. Estoy muy enfermo”. Durante los siguientes 20 o 30 segundos, estuve rodeado de Su amor. No se me dio el motivo de mi enfermedad, ni indicaciones del resultado final, ni alivio del dolor. Solo sentí Su amor puro, y eso fue y es suficiente.

Testifico que nuestro Padre Celestial, que sabe de la caída de tan solo un gorrión, está al tanto de nuestro sufrimiento11.

Tercero, Jesucristo ofrece Su poder habilitador para ayudarlos a tener fortaleza para sobrellevar bien su sufrimiento. Ese poder habilitador se hace posible por medio de Su expiación12. Me temo que demasiados miembros de la Iglesia piensan que si son solo un poco más fuertes, podrán superar cualquier sufrimiento por su cuenta. Es una manera difícil de vivir. El momento pasajero de fortaleza que ustedes tengan nunca se puede comparar con la infinita provisión de poder del Salvador que les fortifica el alma13.

En el Libro de Mormón se enseña que Jesucristo “tomar[ía] sobre sí” nuestros dolores, enfermedades y debilidades para que Él pueda socorrernos14. ¿Cómo pueden ustedes recurrir al poder que Jesucristo ofrece para socorrerlos y fortalecerlos en momentos de sufrimiento? La clave es que se unan al Salvador al guardar los convenios que han hecho con Él. Hacemos esos convenios al recibir las ordenanzas del sacerdocio15.

Los del pueblo de Alma entraron en el convenio del bautismo. Después sufrieron en la esclavitud y se les prohibió que adoraran en público o que incluso oraran en voz alta, pero guardaron sus convenios lo mejor que pudieron clamando en silencio en el corazón. Como resultado, recibieron poder divino. “… el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad”16.

En nuestros días, el Salvador invita: “Mirad hacia mí en todo pensamiento; no dudéis; no temáis”17. Si guardamos nuestro convenio sacramental de recordarle siempre, Él nos promete que Su Espíritu estará con nosotros. El Espíritu nos brinda fortaleza para sobrellevar las pruebas y hacer lo que no nos es posible hacer por nuestra cuenta. El Espíritu nos puede sanar, aunque como enseñó el presidente James E. Faust: “Puede que parte del proceso de sanidad se efectúe en otro mundo”18.

También somos bendecidos por los convenios y las ordenanzas del templo, donde “se manifiesta el poder de la divinidad”19. Visité a una mujer que había perdido a su hija adolescente en un terrible accidente y después a su esposo a causa del cáncer. Le pregunté cómo podía soportar semejante pérdida y sufrimiento. Respondió que la fortaleza llegó de las confirmaciones espirituales de que tendría una familia eterna, recibidas durante la adoración regular en el templo. Como se ha prometido, las ordenanzas de la Casa del Señor la habían armado con poder de Dios20.

Cuarto, elijan hallar gozo cada día. A menudo, aquellos que sufren sienten que la noche continúa sin parar, y que la luz del día nunca llega. Está bien llorar21, pero si se encuentran en noches oscuras de sufrimiento, al escoger la fe podrán despertarse en mañanas brillantes de regocijo22.

Por ejemplo, visité a una joven madre que recibía tratamiento para el cáncer y sonreía con majestuosidad en la silla a pesar del dolor y de la falta de cabello. Conocí a una pareja de edad mediana que servía con gozo como líderes de jóvenes, aunque no pudieron concebir hijos. Me senté con una mujer —una joven abuela, madre y esposa— que fallecería a los pocos días, pero en medio de las lágrimas había risas y recuerdos alegres.

Esos santos que sufren ejemplifican lo que el presidente Russell M. Nelson ha enseñado:

“… el gozo que sentimos tiene poco que ver con las circunstancias de nuestra vida, y tiene mucho que ver con el enfoque de nuestra vida.

“Si centramos nuestra vida en el Plan de Salvación de Dios […] y en Jesucristo y Su evangelio, podemos sentir gozo independientemente de lo que esté sucediendo —o no esté sucediendo— en nuestra vida”23.

Testifico24 que nuestro Padre Celestial recuerda a Sus santos que sufren, que los ama y que los conoce de manera intima. Nuestro Salvador sabe cómo se sienten. “Ciertamente él ha llevado nuestros pesares y sufrido nuestros dolores”25. Sé —como beneficiario diario—26 que el guardar convenios activa el poder del sacrificio expiatorio de Jesucristo para brindar fortaleza e incluso gozo a ustedes los que sufren.

A todos los que sufren, ruego que “Dios os conceda que sean ligeras vuestras cargas mediante el gozo de su Hijo”27. En el nombre de Jesucristo. Amén.


  1. Véase 1 Pedro 4:12–13.
  2. Véase Juan 9:1-3.
  3. Véase Moisés 1:39.
  4. Los usos pecaminosos del albedrío que ocasionan sufrimiento a los demás son demasiados como para enumerarlos, pero ciertamente incluyen a un cónyuge que comete adulterio, a una persona que abusa de un menor de edad o de un adulto, a un conductor ebrio que lastima o mata a un ser querido, o a un tirador en masa o un terrorista suicida que mutila o mata a muchas personas.
  5. Isaías 48:10; véase también Zacarías 13:9.
  6. Véase 2 Nefi 2:1–2.
  7. El élder Robert D. Hales enseñó: “… tenemos que desarrollar la capacidad de sentir interés por el bienestar de los demás mientras nosotros estamos sufriendo. Este es un elemento básico de nuestro progreso espiritual Si nos perdemos en el servicio de nuestros semejantes, nos encontraremos a nosotros mismos” (“Vuestra tristeza se convertirá en gozo”, Liahona, enero de 1984, pág. 118).
  8. Véase Apocalipsis -17:3-4; 21:3–4.
  9. Doctrina y Convenios 121:1, 6.
  10. Doctrina y Convenios 121:7–8.
  11. Véase Mateo 10:29–31.
  12. Véase Guía para el Estudio de las Escrituras, “Gracia”.
  13. Véanse Filipenses 4:13, 19; Alma 26:12; véase también 2 Crónicas 32:7–8.
  14. Véase Alma 7:11–13; véase también 2 Nefi 9:21.
  15. Véase Manual General: Servir en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 3.5, LaIglesiadeJesucristo.org.
  16. Véase Mosíah 24:13-15.
  17. Doctrina y Convenios 6:36.
  18. James E. Faust, “¿En qué bando estamos?”, Liahona, noviembre de 2004, pág. 21.
  19. Doctrina y Convenios 84:20.
  20. Véase Doctrina y Convenios 109:22; véase también 1 Nefi 14:14.
  21. Véanse Juan 11:35; Doctrina y Convenios 42:45.
  22. Esta idea fue inspirada por el élder Joseph B. Wirthlin en su mensaje “El domingo llegará”, Liahona, noviembre de 2006, págs. 28-30. Véase también Santiago 1:2–4 (incluida la Traducción de José Smith en la nota a pie de página 2a); 5:10–11.
  23. Russell M. Nelson, “El gozo y la supervivencia espiritual”, Liahona, noviembre de 2016, pág. 82.
  24. Hace veinte años, el élder Neal A. Maxwell, quien fuera apóstol, estaba reflexionando en cuanto a su dolorosa enfermedad que a la larga terminó con su vida. El Espíritu le susurró: “Te he dado leucemia para que puedas enseñar a los de mi pueblo con autenticidad” (véase Bruce C. Hafen, “A Disciple’s Life: The Biography of Neal A. Maxwell”, 2002, pág. 562).
  25. Mosíah 14:4; véase también Isaías 53:4.
  26. El término de las Escrituras más apropiado para beneficiarioes partícipe (véase Éter 12:6–9).
  27. Alma 33:23.
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