Milagros del evangelio de Jesucristo

Conferencia General Octubre 2021

Milagros del evangelio de Jesucristo

Por el élder Carlos G. Revillo Jr.
De los Setenta

Sé que Su evangelio puede brindarnos esperanza, paz y gozo no solo ahora, sino que también bendecirá a innumerables personas de las generaciones futuras.


¡Mabuhay! Les traigo el amor y las cálidas sonrisas de los maravillosos santos de Filipinas. Este año se conmemora el sesenta aniversario de la llegada de los primeros misioneros a mi país. En la actualidad hay veintitrés misiones y más de 800 000 miembros de la Iglesia en 123 estacas, además de tener siete templos en funcionamiento, en construcción o anunciados. Esto es un verdadero milagro. Estamos presenciando el cumplimiento de la profecía de 2 Nefi 10:21: “… grandes son las promesas del Señor para los que se hallan en las islas del mar”.

Este milagro es también el cumplimiento de la profecía que el élder Gordon B. Hinckley pronunció en una oración en Manila en 1961. En esa oración, el élder Hinckley declaró: “Invocamos Tus bendiciones sobre la gente de esta tierra para que sean amigables, hospitalarios, amables y corteses con todo el que venga aquí, y que muchos, sí, Señor, rogamos que haya [muchos,] muchos miles que reciban este mensaje y sean bendecidos por ello. Bendícelos con una mente receptiva, con un corazón comprensivo, con fe para recibir los principios del Evangelio y con valor para vivirlos” (la oración dedicatoria en el cementerio conmemorativo de los caídos estadounidenses en guerra, Filipinas, 28 de abril de 1961).

Además de los miles de fieles Santos de los Últimos Días, el milagro del Evangelio ha propiciado cambios positivos en el país y sus habitantes. Soy un testimonio viviente de ello. Tenía seis años cuando mis padres se unieron a la Iglesia en la isla sureña de Mindanao. Por aquel entonces solo había una misión en todo el país y ninguna estaca. Me siento eternamente agradecido por el valor y el compromiso de mis padres de seguir al Salvador. Los honro a ellos y a todos los pioneros de la Iglesia en Filipinas; ellos prepararon el camino para la bendición de las generaciones posteriores.

El rey Benjamín, en el Libro de Mormón, dijo: “Y además, quisiera que consideraseis el bendito y feliz estado de aquellos que guardan los mandamientos de Dios. Porque he aquí, ellos son bendecidos en todas las cosas, tanto temporales como espirituales” (Mosíah 2:41).

Al vivir y obedecer los principios y las ordenanzas del Evangelio somos bendecidos, cambiados y convertidos para llegar a ser más como Jesucristo. Así fue como el Evangelio cambió y bendijo a los santos filipinos, incluida mi familia. El Evangelio es, ciertamente, la senda que conduce a una vida feliz y abundante.

El primer principio del Evangelio es la fe en el Señor Jesucristo. Muchos filipinos tienen una creencia natural en Dios; nos resulta fácil confiar en Jesucristo y saber que podemos recibir respuestas a nuestras oraciones.

La familia Obedoza es un gran ejemplo de esto. El hermano Obedoza era mi presidente de rama cuando yo era joven. El mayor deseo del hermano y la hermana Obedoza era sellarse a su familia en el Templo de Manila, pero vivían en la ciudad General Santos, a 1600 kilómetros de Manila. Para una familia con nueve miembros parecía imposible viajar al templo, pero, al igual que el mercader que fue y vendió todo lo que tenía para comprar una perla de gran precio (véase Mateo 13:45–46), esta pareja decidió vender su casa para costearse el viaje. A la hermana Obedoza le preocupaba no tener un hogar al que regresar, pero su esposo le aseguró que el Señor proveería.

Se sellaron como familia por el tiempo y la eternidad en el templo en 1985. En el templo hallaron un gozo incomparable: una perla de valor incalculable. Y tal como dijo el hermano Obedoza, el Señor proveyó. A su regreso de Manila, unos amigos bondadosos les facilitaron un lugar donde alojarse y con el tiempo adquirieron su propia casa. El Señor cuida a aquellos que demuestran tener fe en Él.

El arrepentimiento es el segundo principio del Evangelio. Implica apartarse del pecado y volverse a Dios en busca del perdón; consiste en un cambio de la mente y el corazón. Como el presidente Russell M Nelson enseña, es “actuar y […] ser un poco mejor cada día” (“Podemos actuar mejor y ser mejores”, Liahona, mayo de 2019, pág. 67).

El arrepentimiento se parece mucho al jabón. Dediqué mis primeros años como ingeniero químico a trabajar en una fábrica de jabón en Filipinas. Aprendí a hacer jabón y el proceso de cómo funciona. Cuando se mezclan aceites con una base alcalina y se le agregan agentes antibacterianos, se crea una potente sustancia capaz de eliminar bacterias y virus. Al igual que el jabón, el arrepentimiento es un agente limpiador que nos da la oportunidad de despojarnos de nuestras impurezas y viejos escombros a fin de ser dignos de estar con Dios, pues “ninguna cosa impura puede heredar el reino [de Dios] (Alma 11:37).

Por medio del arrepentimiento recurrimos al poder santificador y purificador de Jesucristo, que es una parte clave del proceso de la conversión. Eso fue lo que sucedió con los anti-nefi-lehitas en el Libro de Mormón, que eran lamanitas que se habían convertido de manera tan completa que “nunca más se desviaron” (véase Alma 23:6–8). Enterraron sus armas de guerra y nunca más volvieron a empuñarlas; prefirieron morir antes que quebrantar ese convenio, y lo demostraron con hechos. Sabemos que sus sacrificios produjeron milagros: miles de los que lucharon contra ellos arrojaron sus armas al suelo y se convirtieron. Años más tarde, sus hijos —a quienes conocemos como los fuertes jóvenes guerreros— fueron protegidos en la batalla a pesar de tenerlo todo en contra.

Mi familia y muchos santos filipinos pasaron por un proceso de conversión similar. Cuando aceptamos el evangelio de Jesucristo y nos unimos a la Iglesia, cambiamos nuestros hábitos y nuestra cultura para adecuarnos al Evangelio; tuvimos que despojarnos de tradiciones erróneas. Vi a mi padre hacerlo cuando conoció el Evangelio y se arrepintió. Él fumaba mucho, pero tiró los cigarrillos y nunca más volvió a tocar el tabaco. Su decisión de cambiar bendijo a las cuatro generaciones siguientes.

El arrepentimiento nos lleva a hacer y observar convenios por medio de ordenanzas sagradas. El bautismo por inmersión para la remisión de los pecados es la primera ordenanza de salvación y exaltación. El bautismo nos permite recibir el don del Espíritu Santo y concertar un convenio con el Señor, y podemos renovar ese convenio bautismal cada semana cuando participamos de la Santa Cena. ¡Eso también es un milagro!

Hermanos y hermanas, los invito a incorporar este milagro a su vida. Vengan a Jesucristo y elijan ejercer fe en Él; arrepiéntanse y hagan y guarden los convenios que se hallan en las ordenanzas de salvación y exaltación. Esto les permitirá uncirse con Cristo y recibir el poder y las bendiciones de la divinidad (véase Doctrina y Convenios 84:20).

Testifico de la realidad de Jesucristo y de que Él vive y nos ama a cada uno. Sé que Su evangelio puede brindarnos esperanza, paz y gozo no solo ahora, sino que también bendecirá a innumerables personas de las generaciones futuras. A eso se debe la bella y cálida sonrisa de los santos filipinos; es el milagro del Evangelio y la doctrina de Cristo. De ello testifico en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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