Los más grandiosos regalos de Navidad

Los más grandiosos regalos de Navidad

Por el élder Dieter F. Uchtdorf
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

¿Qué regalo podemos darle a nuestro Salvador por todo lo que Él ha hecho por nosotros?

Los más grandiosos regalosde Navidad

La Navidad siempre ha sido una época especial para mí. Es una época para amar; es una época para dar; es una época para recordar.

Recuerdo las ricas y centenarias tradiciones navideñas de Checoslovaquia, las cuales me asombraban cuando era muy pequeño. Recuerdo los árboles de Navidad iluminados con velas, los regalos caseros, la fragancia de la preparación festiva. Recuerdo los hermosos villancicos y la majestuosa música de órgano que iluminaba las oscuras calles de Zwickau, en Alemania Oriental. También recuerdo el humilde ático en el que se aglomeró nuestra familia después de haber escapado por segunda vez de situaciones peligrosas y haber comenzado una nueva vida en Alemania Occidental, tras la Segunda Guerra Mundial.

Al contemplar en retrospectiva con dolor y gozo, quizás lo que más recuerdo de la época navideña es el amor que nos teníamos el uno por el otro en mi familia, cómo amábamos y aceptamos la Iglesia restaurada de Jesucristo, y cómo amábamos al Salvador.

Al acercarse la Navidad, me acude a la mente el recuerdo de las palabras que el presidente Russell M. Nelson compartió recientemente en cuanto a nuestro centro de atención durante la temporada navideña: “[N]o hay nada más importante que podamos hacer en esta Navidad que centrar nuestra atención en el Salvador y en el don de lo que realmente significa Su vida para cada uno de nosotros”1.

También me recuerda al presidente Ezra Taft Benson (1899–1994), a quien se asignó socorrer a los miembros de la Iglesia en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. “Por medio del divinamente inspirado programa de bienestar, el presidente Benson literalmente dio de comer al hambriento, consoló al afligido y elevó un poco más cerca del cielo a todo aquel con quien se reunió”2.

Años después, el presidente Thomas S. Monson (1927–2018) se refirió a aquellos acontecimientos en un servicio dedicatorio en Zwickau. En la reunión, se le acercó un miembro de la Iglesia anciano y le dijo: “Por favor, dígale al presidente Benson que lo amamos. Él salvó nuestras vidas: la mía, la de mi esposa, la de mis hijos y la de muchísimas personas más. Fue un ángel enviado por Dios para restaurar nuestra confianza y nuestra esperanza en el futuro”3.

Queridos hermanos y hermanas; queridos amigos, no existe mejor época que ahora, en esta temporada navideña en particular, para seguir tales ejemplos y rededicarnos a los principios que enseñó Jesús el Cristo. Siempre es el momento indicado de amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Es bueno recordar “que el que da dinero da mucho, el que da tiempo da más, pero el que da de sí mismo lo da todo. [Que esa] sea una descripción de nuestros regalos navideños”4.

Centrarnos en Su vida

Gran parte del mundo celebra la Navidad, pero como discípulos y seguidores de Jesucristo, nosotros hemos hecho el convenio de “recordarle siempre” (Doctrina y Convenios 20:77, 79). En Navidad, nos resulta especialmente sencillo centrarnos en el Niño Jesús, quien llegó a ser nuestro Salvador y nuestro Rey.

Nos centramos en Jesucristo al regocijarnos en Su nacimiento. Celebramos con familiares y amigos las “nuevas de gran gozo” (Lucas 2:10). Escuchamos música sacra que anuncia Su llegada a la tierra. Leemos la narración de las Escrituras de Su nacimiento en Mateo, Lucas y 3 Nefi. Testificamos que Jesús es el profetizado Emanuel, que nació de María, quien “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón” (Lucas 2:7; véanse también Mateo 1:23Isaías 7:14).

Nos centramos en Jesucristo al estudiar y adoptar Sus enseñanzas. Tratamos de llegar a ser mansos y misericordiosos, pacificadores y puros de corazón, prestos a perdonar y fieles. Nos volvemos lentos para juzgar, y rápidos para orar y perdonar. Tratamos a los demás como deseamos que se nos trate. Procuramos el “buen fruto” que proviene de la doctrina divina. “Hace[mos] la voluntad” de nuestro Padre que está en los cielos5.

Nos centramos en Jesucristo conforme seguimos Su ejemplo perfecto. Él nos enseñó a amar, a compartir e invitar al servir, obedecer, orar, sacrificarnos y perseverar.

Al igual que Jesús, buscamos oportunidades de bendecir a los hijos de Dios al “and[ar] haciendo bienes” (véase Hechos 10:38; véase también Mateo 5:16). Emulamos Su ejemplo de obediencia al Padre al comprometernos de nuevo a vivir de acuerdo con la palabra de Dios y renovar nuestros esfuerzos por guardar Sus mandamientos (véase Juan 14:15)6.

Aceptamos Su invitación: “… ven, sígueme” (Mateo 19:21). Invitamos a nuestros conciudadanos del mundo a venir y ver, venir y ayudar, y venir y pertenecer, aun cuando afrontamos persecución, tentaciones o tribulación.

Centrarnos en Sus dones

El don de lo que significa para nosotros el nacimiento y la vida del Salvador alcanza su realización en la expiación y resurrección de Jesucristo. El Salvador tembló a causa del dolor, sangró por cada poro, y padeció, tanto en el cuerpo como en el espíritu (véase Doctrina y Convenios 19:18). Su sacrificio por todos los hijos de Dios y Su victoria sobre el pecado y la muerte constituyen un gran don. A fin de entender ese inestimable don, debemos dedicar tiempo a meditar en la expiación del Salvador y lo que significa para cada uno de nosotros.

Gracias a la expiación de Jesucristo, sabemos que podemos ser rescatados del remordimiento; sabemos que podemos cambiar, mejorar y vencer; sabemos que podemos arrepentirnos de nuestros pecados y ser perdonados; y, conforme ejercemos la fe para arrepentimiento, sabemos que se satisfacen las exigencias de la justicia (véase Alma 34:16).

El presidente Nelson dijo: “El arrepentimiento es un don resplandeciente; es un proceso al que nunca se le debe tener temor. Es un don que debemos recibir con gozo; debemos utilizarlo, e incluso acogerlo, día tras día a medida que procuramos ser más como nuestro Salvador”7.

Gracias al Niño Jesús, recibimos el divino don de la expiación de Jesucristo. Gracias a ese don, podemos hallar gracia y guía; podemos encontrarle sentido al sufrimiento; podemos hallar paz, “no […] como el mundo la da”, sino como el Señor nos la concede (Juan 14:27).

Los errores pueden enmendarse; las cargas pueden aligerarse. Gracias al sacrificio infinito de Jesucristo, podemos hallar esperanza liberadora.

Y, ¿qué es lo que hemos de esperar?

Mormón responde: “He aquí, os digo que debéis tener esperanza, por medio de la expiación de Cristo y el poder de su resurrección, en que seréis levantados a vida eterna, y esto por causa de vuestra fe en él” (Moroni 7:41).

La expiación y resurrección del Salvador hacen posible el más grandioso de todos los dones de la Navidad: la vida eterna (véanse Doctrina y Convenios 6:1314:7).

No es de sorprender que cantemos: “¡Regocijad! Jesús nació”8.

Nuestro regalo para Él

Declaramos juntamente con el apóstol Pablo: “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Corintios 9:15).

Pero, ¿qué le daremos nosotros a Él?

El regalo que Él nos pide no puede comprarse con dinero. No lo encontraremos en una tienda en internet. No podemos pedir a otra persona que lo haga en nuestro lugar. No podemos dejarlo debajo del árbol de Navidad.

Lo que el Salvador nos pide es el corazón.

¿Qué podré darle,
siendo pobre, como soy?
Un cordero le daría,
si fuera yo pastor;
si Rey Mago fuera,
mi presente entregaría.
¿Qué podré darle?
Le daré el corazón9.

Para darle el corazón, primero tenemos que aceptar Su ayuda. Entregar todo el corazón al Salvador significa venir a Él con un corazón quebrantado y un espíritu contrito de arrepentimiento (véase 3 Nefi 12:19). Solo entonces podemos recibir plenamente Su don de la Expiación y hacernos merecedores del don de la vida eterna de Dios. Al arrepentirnos de manera bien dispuesta, mostramos nuestro amor y gratitud por el don de Dios y por el sacrificio del Salvador a nuestro favor.

Cuando Jesucristo nos sana el corazón, nuestro gozo es completo; y cuando nuestro gozo es completo, queremos compartir esa singular experiencia de amor, paz y esperanza con todos los hijos de Dios. Queremos servir a Dios y a nuestros semejantes, y queremos brindar a todos el don más preciado que se ha dado, sí, “el pan de vida” (Juan 6:35) y el “agua viva” (Juan 4:10).

Conforme hagamos que el Salvador y Su don divino ocupen el lugar central en nuestra vida en esta época navideña y siempre, declararemos al mundo con gozo y solemnidad que la vida de Cristo “no comenzó en Belén ni concluyó en el Calvario”10.

Todos aquellos que acepten Su amoroso don jamás tendrán hambre ni sed. Hallarán descanso para sus almas (véase Mateo 11:29) y se regocijarán de todo corazón y con toda el alma de que “Jesús nació”11.

Ruego que en esta época navideña y a lo largo de todo el año podamos recibir y dar los más grandiosos regalos de la Navidad.


  1. Russell M. Nelson, “Dones divinos” (devocional de Navidad de la Primera Presidencia, 6 de diciembre de 2020), broadcasts.ChurchofJesusChrist.org.
  2. Véase Thomas S. Monson, “Los regalos de la Navidad”, Liahona, diciembre de 2003, pág. 4.
  3. Thomas S. Monson, “Los regalos de la Navidad”, pág. 4.
  4. Thomas S. Monson, “Los regalos de la Navidad”, pág. 5.
  5. Véase el Sermón del Monte del Salvador en Mateo 5–7, específicamente en Mateo 5:5, 7–96:14–15, 19–20, 337:1–2, 7–8, 12, 15–21.
  6. La ordenanza de la Santa Cena nos da esa oportunidad cada domingo.
  7. Russell M. Nelson, “Cuatro dones que provienen del Salvador”, Liahona, diciembre de 2019, pág. 7.
  8. “¡Regocijad! Jesús nació”, Himnos, nro. 123.
  9. “A Christmas Carol”, en The Poetical Works of Christina Georgina Rossetti, 1904, págs. 246–247.
  10. “El Cristo Viviente: El testimonio de los Apóstoles”, ChurchofJesusChrist.org.
  11. Himnos, nro. 123.
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