¿Fue José Smith un Profeta?

¿Fue José Smith un Profeta?

élder Bruce R. McConkie

por Bruce R. McConkie
Del Primer Consejo de los Setenta.
(Liahona Octubre 1964 – The Improvement Era)


A todos aquellos que aman a Dios y quieren sal­varse, les pregunto: ¿Fue José Smith llamado de Dios? Esta misma pregunta ha surgido en cada época que ha habido un profeta. Quienes oyeron pre­dicar acerca del diluvio, se preguntaron: ¿Es Noé llamado de Dios? Los que quisieron librarse del cautiverio en Egipto debieron decidir: ¿Es Moisés llamado de Dios? Aun quienes presenciaron la vida y sacrifi­cios de nuestro Señor Jesucristo, debieron decidir, por tratarse de su propia salvación, si aquel Hombre era o no el Mesías, el Hijo de Dios.

Hoy día ocurre lo mismo. En un tiempo como el actual, en que mucha gente asegura que no puede haber más revelación, esta pregunta surge en la mente de los que buscan sinceramente la verdad.

¿Fue José Smith un Profeta? Si lo fue, entonces el evangelio que por medio de él se restauró, es el deseo y la voluntad de Dios, y el único camino por el que el hombre puede alcanzar la salvación y la vida eterna.

Por consiguiente, proclamamos al mundo que Dios ha hablado nuevamente en nuestros días; que los cielos no están sellados y otra vez hay revelación, pues el tan ansiado momento de la restauración y recogimiento ha llegado. Por eso es que enseñamos y testificamos al mundo que Dios ha restaurado la plenitud de Su evangelio. Que la Iglesia de Jesucristo, con toda su gloria, belleza y perfección, se encuentra otra vez en la tierra; que el reino de Dios está aquí, al alcance de todos los hombres.

Hablamos con certeza de que ángeles vinieron a la tierra para conferir el sacerdocio, restaurar las llaves y obrar entre los hombres. Proclamamos al mundo que Dios—que ha sido, es y será siempre el mismo y para quien un alma es tan valiosa hoy como lo fue en el pasado—ha derramado sobre Sus santos los mismos dones, bendiciones y milagros que en la antigüedad.

Testificamos que el plan de salvación ha sido dado a nosotros y que estamos haciendo todo lo posible por llevarlo a todos los hijos de Dios en todo el mundo, para que puedan así lograr paz en esta tierra y vida eterna en el mundo venidero.

Si lo que nuestra Iglesia enseña es la verdad, en­tonces testificamos, tal como lo hicieron los profetas de la antigüedad, de la divinidad de este mensaje. Si realmente la voz de Dios se ha escuchado nuevamente en la tierra; si los ángeles están descendiendo de la corte celestial; si el don del Espíritu Santo puede ser dado al hombre, entonces nuestro mensaje es el más importante que el mundo puede recibir.

Y todo comenzó cuando José Smith y otras personas sinceras como él, se asociaron. En la primavera de 1820, existía una notable rivalidad religiosa que provocaba gran confusión. Los profesores de religión proclamaban: “¡Aquí tenemos a Cristo!”, y otra voz replicaba. “¡No, Cristo está con nosotros!”

Encontrándose “en medio de esta guerra de pala­bras y tumulto de opiniones” José Smith fue inspirado por el Espíritu a preguntar: “¿Cuál de todos estos par­tidos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos está en lo justo, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?” (P. de G.P., José Smith 2:10.)

Fue entonces cuando José leyó en la Epístola de Santiago: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabi­duría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (Santiago 1:5.) Guiado entonces por el Espíritu, preguntó a Dios. Y como el tiempo había llegado para el comienzo de la última dispensación, y habiendo sido él preordinado para ha­cer la obra, José Smith recibió una revelación transcen­dental.

. . Vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gra­dualmente descendió hasta descansar sobre mí.

“. . . Al reposar la luz sobre mí, vi a dos Personajes, cuyo brillo y gloria no admiten descripción, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!”

Luego de estas palabras, José Smith recibió de boca de Jesucristo la orden de no unirse a ninguna iglesia, y la promesa de que si se mantenía fiel sería un instrumento en las manos de Dios para restaurar la Plenitud del evangelio aquí en la tierra.

En el ínterin otras revelaciones fueron llegando entre pruebas y tribulaciones. El Libro de Mormón fue entonces revelado, traducido y publicado como un nuevo testigo de Cristo y Su evangelio—una historia inspirada de las revelaciones dadas por Dios a los antiguos habitantes de América. Dios envió ángeles que vinieron a la tierra y restauraron las llaves del sacerdocio—poderes esenciales para hacer Su obra entre los hombres. Las doctrinas de la Salvación que se en­cuentran en la Biblia fueron aclaradas por medio de la revelación moderna. Nuevas luces, nuevas revelaciones abarcando todos los aspectos del mundo moderno, se agregaron a las Escrituras ya existentes.

El 6 de abril de 1830, por revelación y mandato de Dios, la Iglesia de Jesucristo fue establecida nueva­mente sobre la tierra, con la misma organización per­fecta que existió en la época de Jesús y Sus apóstoles, En ella el Señor dispuso apóstoles y profetas que reci­birían revelaciones y visiones y obrarían milagros; el don del Espíritu Santo podía concederse a los hom­bres nuevamente y la doctrina de salvación para todos aquellos que quieran salvarse y vivir de acuerdo con el evangelio, fue dada a la humanidad.

Entonces llegó la orden de llevar este mensaje a todos los rincones de la tierra, y la promesa de que el evangelio restaurado se expandería como la piedra cortada no con manos, hasta cubrir toda la tierra. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días con sus millones de miembros y sus miles de misioneros, sigue trabajando arduamente para llegar a ver cumplida esta promesa.

Luego de conocer estas cosas, ¿qué podemos decir acerca de ellas? ¿Son verdaderas o falsas? En la pro­funda naturaleza de las cosas no hay término medio. Nuestra posición no es como la de otras iglesias; noso­tros somos gente muy peculiar.

Afirmamos que el Creador ha hablado en nuestros días dándonos revelaciones y mandamientos; que los ángeles de Dios han venido a nosotros dándonos el mismo sacerdocio que tenían los profetas de la anti­güedad; que José Smith fue llamado por el Señor para iniciar esta restauración y ayudar a empezar el recogi­miento del pueblo de Israel en los tiempos modernos; que tal como en la antigüedad, hoy tenemos profetas y apóstoles; que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el reino de Dios aquí en la tierra y que por y a través de ella el hombre puede lograr la salvación y la vida eterna.

Ahora bien, estas cosas son verdaderas o son falsas. O Dios ha hablado al hombre nuevamente, o el silen­cio de siglos permanece invariable. Los ángeles vinieron o no. El evangelio ha sido restaurado nuevamente en la tierra o las diversas y variadas formas de un Cristia­nismo decadente son la única esperanza de la hu­manidad. José Smith fue llamado de Dios o no lo fue.

Si José Smith fue un profeta, entonces estas afir­maciones son verdaderas. Desde 1820 hasta el presente, el nombre de José Smith ha sido centro de polémicas religiosas. Millones de personas han investigado su pro­fètico llamamiento.

Cierta vez, encontrándose José Smith en terribles y peligrosas circunstancias, la voz de Dios lo confortó diciéndole: “Desde los cabos de la tierra inquirirán tu nombre; los necios de ti se burlarán, y el infierno se encolerizará en contra de ti;

“En tanto que los puros de corazón, los sabios, los nobles y los virtuosos constantemente buscarán consejo, autoridad y bendiciones de tu mano.” (D. y C. 122:1-2.)

La salvación viene por medio de Cristo y Su sacrificio sublime. Él es el Señor Todopoderoso, el Crea­dor, el Redentor, el Salvador del mundo. Pero conoce­mos a Cristo a través de Sus profetas. José Smith fue el Profeta revelador de Cristo en nuestra época. Cuando alguien inquiere por José Smith, está inquiriendo sa­ber la verdad de Cristo revelada a través de él. Y por cierto, Jesús dijo a José: “… Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti.” (D. y C. 5:10.)

Tiempo después, cuando ya la Iglesia estaba esta­blecida, el Señor declaró, refiriéndose a José Smith: “Por tanto, vosotros, la iglesia, andando delante de mí en toda santidad, daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba;

“Porque recibiréis su palabra con toda fe y pacien­cia como si viniera de mi propia boca.” (D. y C. 21:4-5.)

Por eso es que podemos afirmar que cuando ha­blamos de la divina misión de José Smith, estamos tam­bién hablando de la divinidad de Aquel a quien el Profeta sirvió. Y cuando los hombres responsables y serios declaran con humildad y convicción que José Smith fue un Profeta de Dios, todos quienes los escu­chan tienen la responsabilidad de investigar por sí mismos si esto es verdadero o no.

Cuando Felipe se dio cuenta que Jesús era el Mesías, buscó a Natanael y compartió con él su testi­monio:         “… Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.” Pero Natanael era escéptico: “. . . ¿De Nazaret puede salir algo de bueno?”, pre­guntó.

“Le dijo Felipe: Ven y ve.” Natanael fue, investigó, aprendió por sí mismo, y hablando directamente a Jesús, dijo: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios: tú eres el Rey de Israel.” (Ver Juan 1:41-51.)

Por eso es que decimos a todos los hombres en todo el mundo: Que hemos hallado al Profeta más grande de los últimos días, quien ha sido llamado por Dios para efectuar “la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.” (Ver Hechos 3:19-21.)

Sabemos perfectamente que muchos escépticos dirán: “¿Puede acaso haber profetas de Dios nueva­mente en la tierra, que Dios dé revelaciones en la actua­lidad?” A estas personas les decimos: Venid y ved; inquirid, investigad, aprended y preguntadle a Dios. No olvidéis la promesa: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (San­tiago 1:5.)

Al extender esta invitación, sabemos muy bien que “los puros de corazón, los sabios, los nobles y los vir­tuosos,” de todas las naciones lograrán un testimonio personal de la divinidad del trabajo de los últimos días. Sabrán, como nosotros, que José Smith fue un Profeta de Dios; el Espíritu les dará testimonio, como nos lo ha dado a nosotros y a los modernos apóstoles, quienes al anunciar a la Iglesia el martirio de José Smith, dijeron: “José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, con la sola excepción de Jesús, que cualquier otro que ha vivido en él.” (D. y C. 135:3.)

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