El amor de una madre

El amor de una madre

Al terminar la Primera Guerra Mundial en 1918, una enfermera de la Cruz Roja de Estados Unidos escribió una carta a la madre de un soldado fallecido poco después de firmarse el armisticio. Había superado los terrores de la guerra sin sufrir ni un rasguño, mas ahora perdía la vida a causa de una pulmonía. Deseando que esa madre tuviera más que una notificación del Ejército, la enfermera escribió lo que ella llamó las “pequeñas cosas que tanto significan para una madre lejos de su muchacho”.

“Él fue valiente y alegre”, escribió, “y luchó sin tregua contra la enfermedad hasta ya no poder más. Ahora”, continuó escribiendo, “él duerme debajo de una cruz blanca de madera rodeado por compañeros que, al igual que él, dieron la vida por su patria. Le adjunto algunas hojas de la grama que crece cerca de su descanso en una hermosa pradera”.

La enfermera tuvo que haber sabido que aquella madre había amado a su hijo, pues ese amor se reflejaba en la forma como él había amado a los demás y en su amabilidad y consideración para con todos a su alrededor.

¿No es eso, acaso, lo que caracteriza a una madre? Un amor profundo y perdurable por su hijo. Inspiradas en ese amor, las madres son ejemplos, líderes, consejeras y mediadoras dentro y más allá de las paredes del hogar, y con ese amor, las madres dan forma al futuro, una persona a la vez.

En casi todos los casos, las destrezas de una madre se van aprendiendo a medida que ella da todo de sí: el sentido común, la paciencia, la constancia, la capacidad de perdonar y muchas otras cosas que más que aptitudes llegan a ser virtudes que sirven no sólo para unir a la familia, sino para forjar valores en la misma sociedad de la que somos parte.

La enfermera terminó su carta con un tributo a la madre del soldado que bien se aplica a todas las demás: “La nación por siempre la honrará a usted como madre de ese buen hijo”, escribió. “Sepa que su sacrificio no ha sido en vano, y que gracias a él, éste es un mundo mejor”.

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