El anhelado regocijo

El anhelado regocijo


La mayor parte de la dicha en la vida proviene de la anticipación. ¿Quién no ha aguardado ansioso la llegada de un fin de semana, un viaje, o un día festivo? La anticipación puede ser tan fascinante como el evento en sí, aviva la esperanza y nos anima a seguir adelante cuando la vida nos golpea. En lo crudo del invierno ansiamos la cálida primavera, mientras que en los calientes días de verano soñamos con el fresco otoño; y cuando los días de la cosecha terminan, aguardamos la época más anhelada de todas —la Navidad.

Cuando el clima cambia y las noches se alargan, las luces engalanan casas y comercios. Hasta el cielo parece ser decorado con estrellas más refulgentes que de costumbre. Las luces irradian un fulgor de dicha que se hace cada día más intenso al acercarse la Navidad.

No solo las luces se ven más deslumbrantes, también el espíritu parece iluminarse. Más allá del ajetreo de la época, sabemos que la Navidad es mucho más que las decoraciones y los obsequios. Aunque recibamos o demos pocos este año, ésta igual puede ser una época de grandes expresiones de gratitud. Ya sea que estemos solos o rodeados de seres queridos, estos pueden ser días alegres. Si podemos pensar un poco menos en los objetos y un poco más en las personas, aun para quienes se sienten desconsolados y olvidados, ésta puede ser una época de regocijo.

¿Qué tal si esta Navidad pensáramos en alguien que necesita tiempo, amor, compasión y bondad de nuestra parte? ¿Qué tal si aminoráramos nuestro andar, simplificáramos las cosas, y reflexionáramos un poco más en el significado de aquella noche santa? ¿Qué tal si centráramos el corazón, los actos y las intenciones en el anticipado don que llegó al mundo aquella gloriosa noche? En estos días, aguardemos ansiosos todo lo maravilloso y lo bueno al cantar, “¡Regocijad!, Jesús nació”.


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