La genealogía y las ordenanzas del templo como una expresión viva del plan eterno de Dios para salvar, unir y glorificar a Su familia. Desde antes de la fundación del mundo, Dios preparó un propósito mediante el cual Sus hijos vendrían a la tierra, recibirían un cuerpo físico y serían probados en su disposición de aceptar la verdad y vivir conforme a ella. En ese plan, Jesucristo ocupa el lugar central como el Hijo literal de Dios, el Redentor viviente y el medio por el cual todos pueden regresar a la presencia del Padre.
La obra salvadora de Cristo no se limita a los vivos. Mediante Su muerte y resurrección, y al predicar el evangelio en el mundo de los espíritus, Él abrió el camino para que tanto vivos como muertos tengan la oportunidad justa de aceptar la salvación. Por esta razón, el juicio divino se basa en lo que cada persona es y hace conforme a la luz que ha recibido, no en lo que nunca tuvo oportunidad de conocer. Dios no fuerza la obediencia ni la aceptación de las ordenanzas; Su plan respeta la agencia humana y se fundamenta en el amor, no en la condenación.
Dentro de este marco eterno, la familia adquiere un significado sagrado. Las relaciones familiares no están destinadas a terminar con la muerte, sino a continuar más allá del sepulcro mediante convenios eternos. El bautismo, el matrimonio eterno y el sellamiento familiar son ordenanzas esenciales que deben efectuarse en la tierra, por la debida autoridad del sacerdocio, y que pueden extenderse vicariamente a favor de quienes murieron sin haberlas recibido. Así, vivos y muertos dependen unos de otros para alcanzar la plenitud de las bendiciones prometidas.
La labor genealógica surge, entonces, como una obra de amor y responsabilidad espiritual. Al identificar a sus antepasados y efectuar ordenanzas vicarias en los templos, los Santos de los Últimos Días participan activamente en la obra de redención universal. En cumplimiento de la profecía de Malaquías, los corazones de los hijos se vuelven a los padres y los de los padres a los hijos, preparando a la humanidad para la gran reunión final, cuando todas las cosas —las del cielo y las de la tierra— serán reunidas en Cristo, y la familia de Dios quedará unida para siempre. Seguir leyendo



































