Este mensaje utiliza la experiencia universal del anhelo por el hogar en Navidad para señalar una verdad profundamente cristiana: Jesucristo conoce la soledad. Desde Su nacimiento lejos de casa hasta Su sufrimiento expiatorio “pisando solo el lagar”, el Salvador experimentó el aislamiento humano en su forma más intensa. El presidente Holland amplía esa realidad al recordar a misioneros, soldados, estudiantes y familias separadas, mostrando que la Navidad, aunque llena de gozo, también puede ser un tiempo de nostalgia y dolor. Sin embargo, el discurso no se queda en la melancolía; nos recuerda que el Hijo de Dios entró en esa soledad para redimirla y transformarla en esperanza.
El mensaje culmina con una invitación práctica y redentora: ser hogar para alguien más. Al compartir su propia experiencia de pérdida y crecimiento espiritual, el presidente Holland enseña que el consuelo cristiano no siempre elimina la soledad, pero sí puede santificarla mediante la compasión, la gratitud y el servicio. Al ofrecer nuestra presencia, nuestro tiempo o nuestra mesa a quienes están solos, participamos del espíritu mismo de la Navidad y reflejamos el amor de Aquel que vino a “llevar nuestras enfermedades y sufrir nuestros dolores”. Así, aunque no todos puedan estar físicamente en casa, el evangelio nos permite crear momentos sagrados en los que otros puedan sentir, aunque sea por un instante, que han vuelto al hogar. Seguir leyendo



































