Conferencia General Octubre 1971
¿Deben volver a escribirse los mandamientos?

Por el élder Richard L. Evans
del Consejo de los Doce
Tal vez podría dar principio con una interesante pregunta que recientemente se hizo, y la respuesta igualmente interesante que fue dada. La pregunta fue: «¿No cree usted que deben volver a escribirse los mandamientos?» La respuesta fue la siguiente: «No; deben volver a leerse.»
Lo anterior bien podría ser un buen punto de partida para considerar algunos hechos fundamentales, a saber, allí tenemos los mandamientos de Dios. Provienen de una fuente divina; la experiencia de las edades ha demostrado la falta que hacen, así como lo que sucede cuando son menospreciados.
¿Por qué, pues, pasar la vida en la frustración y desdicha, pesar y tragedia que resultan de tratar de acomodarlos a nuestra manera de actuar y considerarlos sin importancia?
Los Diez Mandamientos pueden servirnos de punto de partida tan bien como cualquier otro. Sería bueno leerlos y releerlos, Y no pasar la vida tratando de convencernos a nosotros mismos de que realmente no dan a entender lo que dicen.
Hay ciertas cosas que los mandamientos nos dicen que no harás y si eso es lo que dicen, eso es lo que significan; y hay razón para ello.
Otros dicen harás esto; y hay razón para ello.
Sería interesante en alguna ocasión hacer una lista de lo que nuestro Padre Celestial nos dice que hagamos y de lo que nos dice que no hagamos. Todo padre se enfrenta a la misma situación, cualquier médico tiene ante sí una situación, semejante.
En esencia, esto es el evangelio, consejos de un Padre viviente que dice a sus hijos: «Tenéis posibilidades ilimitadas y eternas. También tenéis vuestra libertad. De vosotros depende la forma de utilizarla. Esto es lo que podéis llegar a ser, si aceptáis mi consejo; y esto es lo que os sucederá si no lo hacéis. Vuestra es la elección.»
Todos nosotros elegimos entre lo uno y lo otro diariamente; todos tenemos que vivir con los resultados de lo que escogemos.
Así es de sencillo. No es cuestión de pararnos en quisquillas o fijarnos en pelillos, o debatir los misterios o preocuparnos acerca de las cosas que Dios todavía no nos ha dicho, mientras desatendemos lo que nos ha dicho que hagamos. Dejemos de reñir con los mandamientos y requisitos, y simplemente hagamos frente a los hechos.
¿Quién, mejor que el Creador y Padre de todos nosotros, sabe lo que es y lo que no es esencial? Hombres de mucho talento, filósofos y todos han batallado con estas preguntas a través de los siglos, y no han llegado a ninguna respuesta la que puedan concordar entre sí.
Siento un gran respeto por la erudición, por la educación y la investigación, por la excelencia académica y las magníficas realizaciones de hombres sinceros y escudriñadores. Pero también siento mucho respeto por la palabra de Dios y sus profetas, y el propósito de la vida; y se reduce al asunto de dónde hemos de poner nuestra confianza.
He tenido el privilegio de conocer a varios de los hombres más capacitados sobre la tierra, hombres de muchas creencias, muchas profesiones, muchas realizaciones, en casi ciento cincuenta países; pero jamás he conocido a un hombre con la sabiduría suficiente como para confiarle mi vida eterna.
A veces las personas debaten el significado de las Escrituras y se justifican por hacer cosas que ellos bien saben que no deberían hacer. Por ejemplo, a veces dicen que el mandamiento, «no cometerás adulterio», no abarca todos los demás géneros y grados de pecados y perversidades inmorales, o que en la Palabra de Sabiduría, por ejemplo, no están catalogadas todas las substancias y marcas, ni todos los productos, drogas y cosas perjudiciales que se han descubierto o elaborado y que no son buenas para el hombre.
Manifiestamente, no podrían catalogarse todas. Como lo expresó el rey Benjamín: «Y por último, no puedo deciros todas las cosas mediante las cuales podéis pecar, porque hay, varios modos y medios, tantos que no puedo enumerarlos» (Mosíah 4:29).
El Señor espera que usemos la prudencia y, el sentido, común, Y no ponerle peros a lo que patentemente no es bueno para el cuerpo, la mente, el espíritu o la moral del hombre. Y antes de cometer o ingerir cosa alguna, deteneos y preguntaos honradamente: «¿Contribuye esto a la salud? ¿Contribuye a la felicidad? ¿Agradará a Dios? ¿Me bendecirá esto y nos beneficiará, a m y a otros, o me arrastrará hacia abajo? ¿Es bueno o no es bueno?»
No importa lo que la gente llame a ciertas cosas. Lo que sí importa es lo que son … lo que hacen. Modificando un tanto las palabras de Shakespeare: «Determinada cosa, pese al nombre que se le dé, seguirá siendo lo que es y haciendo lo que hace, no obstante cómo la llames.»
Y si alguien tiene duda de que las Escrituras no condenan toda forma de infracciones y perversiones morales, permítasenos asegurarle que podrían citarse pasajes de las Escrituras que prohíben toda maldad, toda impureza y perversión, toda suciedad y exceso, todo hábito imprudente y conducta impropia.
¿Por qué ser quisquillosos? ¿Por qué no aceptar sencillamente los hechos y ser honrados con nosotros mismos?
«Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre» (Eclesiastés 12:13).
«Si me amáis, dijo nuestro Salvador, guarda mis mandamientos» (Juan 14:15).
Pero también debemos guardar los mandamientos simplemente como un favor a nosotros mismos.
Hace algunos años Ralph Waldo Emerson, escritor y poeta norteamericano, escribió un ensayo intitulado «Compensación», en el cual dijo:
«El mundo tiene la apariencia de una tabla de multiplicar o de una ecuación matemática que no importa cuántas veces le demos vuelta, sola se equilibra… todo secreto es revelado, todo crimen es castigado, toda virtud es premiada, todo daño es resarcido, en silencio y de seguro…
«Causa y efecto, medios y finalidades, semilla y fruto, no puede separarse lo uno de lo otro; porque el efecto ya está floreciendo en 11 la causa. . . el fruto, en la semilla…
¿Qué es lo que deseáis’?» —dice Dios— «Págalo y llévalo. . . Recibirás tu pago justamente por lo que hayas hecho, ni más ni menos…
«Un hombre no puede hablar sin juzgarse a sí mismo… Toda opinión reacciona sobre aquel que la expresa…
«No podéis perjudicar sin ser perjudicados…
«El ladrón se roba a sí mismo.
«El estafador se estafa a sí mismo… Es imposible obtener cosa alguna sin pagar su precio…
«Cométese un crimen, y parece que un manto de nieve cubre el suelo, así como pone de manifiesto en el bosque las huellas de toda perdiz, zorra, ardilla, o topo. La palabra que se habla no se puede recoger, no se puede borrar la huella, no se puede esconder la escalera, al grado de no dejar indicio alguno.
«Adquirimos la fuerza de la tentación que resistimos…
«Los hombres padecen su vida entera bajo la tonta superstición de que pueden ser engañados. Pero es… imposible que un hombre sea defraudado por persona alguna, sino por sí mismo.»
Escuché del presidente Lee una frase sumamente breve que expresa esencialmente lo que dijo Emerson; que no hay pecador que alcance el éxito. Son palabras notables dignas de meditarse.
En vista de que hay una ley de compensación que forma parte de la vida, siempre debemos darnos tiempo para detenernos, mirar y considerar lo que hacemos y dejamos de hacer, y lo que desearíamos haber hecho.
Ahora me dirijo a nuestra juventud: Hay personas persuasivas que os dirán que los mandamientos de Dios no son válidos, que no hay ninguna consecuencia seria cuando son violados.
Mas si deseáis una orientación para saber a quién habéis de seguir o quién está diciendo la verdad, haceos siempre esta pregunta: «¿Es lo que esta persona me está diciendo o tentándome a que haga, algo que me llevará a posibilidades más altas, o es algo que me conducirá a lo más bajo?»
No sigáis a persona alguna que intente destruir ideales, rechazar los mandamientos o conduciros a situaciones vulgares.
Una vez escuché esta pregunta hecha por el presidente Hugh B.. Brown: «¿Queréis arrepentimos o justificamos?»
Citaré estas palabras de Cromwell (1): «os suplico … pensar si no es posible que os hayáis equivocado.»
Uno está equivocado si aquello que está haciendo lo degradará física, mental o moralmente, si le va a destruir su paz, aislarlo de su Padre Celestial o poner en peligro su vida eterna.
«El orgullo —dijo John Ruskin(2)— es el fundamento de todo grave error.”
Por lo menos, el orgullo es uno de los obstáculos principales del arrepentimiento, porque no podemos corregir un error sin que primeramente se admita que lo cometimos.
Dios os bendiga, mis amados jóvenes amigos, y esté con vosotros y os dé la humildad suficiente para vencer el orgullo, y para admitir y corregir errores.
Respetad a vuestros padres; confiad en ellos. Respetaos vosotros mismos; respetad a Dios y el conocimiento que El nos ha dado. No juguéis con la vida; es todo cuanto tenemos.
No juguéis con la tentación. No procuréis imprudentemente ver hasta qué punto podéis aproximaras al peligro y la, maldad o cuán cerca podéis llegar al borde del precipicio. Apartaos de lo que no debéis hacer, de donde no debéis ir o lo que no debéis tomar.
Y si habéis entrado en una calle sin salida o un camino equivocado, volved sobre vuestros pasos con toda rapidez —a más tardar ahora mismo— y dad las gracias a Dios por el principio del arrepentimiento.
No andéis corriendo desorientados buscando aquí y allá lo que ya se ha encontrado. No viváis de acuerdo con las sofisterías tentaciones de estos tiempos.
Apartaos de las cosas degradantes de la vida que destruyen el alma y el cuerpo. No procuréis deliberadamente una apariencia inferior, ni desaliñada, ni sucia, bien sea física o moralmente.
Padres, dad a vuestros hijos un ejemplo de honradez y honor, limpieza, rectitud y devoción al deber.
Hijos, amad y respetad a vuestros padres. Os han dado la vida; darían la suya por vosotros. Familias, allegaos los unos a los otros en amor y bondad, preservando el hogar, fundando tradiciones que os hagan sentir orgullosos el uno del otro, y agradecidos por ser lo que sois.
¿Deben volver a escribirse los mandamientos? No; deben volver a leerse y convertirse en la orientación y norma de nuestras vidas; si anhelamos la salud y felicidad, la paz y estimación propia.
Recuerdo las palabras de un presidente de estaca muy estimado, y le doy las gracias por el pensamiento que me dejó hace algunos meses, cuando dijo: «Solía ir a la sierra con mi padre en busca de ganado u ovejas que se habían perdido. Al ascender una loma, mirábamos hacia un distante barranco o un grupo de árboles, y mi padre decía: ‘Allí están.’ Y luego añadió: «Mi padre podía ver más lejos que yo, y a menudo yo no podía ver los animales; pero sabía que allí estaban, porque mi padre lo había dicho.»
Son tantas las cosas, mis amados hermanos y hermanas, que vosotros y yo sabemos que allí están porque nuestro Padre Celestial lo ha dicho. Y sé que El vive; que nos ha creado a su imagen; y que envió a su divino Hijo, nuestro Salvador, para indicarnos el camino de la vida y redimirnos de la muerte. Sé que El entrará en nuestras vidas al grado que se lo permitamos, que su Iglesia y evangelio y manera de vivir están sobre la tierra aquí con nosotros, que realizaremos nuestras posibilidades más elevadas si aceptamos los consejos que Dios ha dado, y que no lograremos lo que hubiéramos pedido o haber tenido si obramos en contra de sus mandamientos.
Dios os bendiga y esté siempre con vosotros, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
- Oliver Cromwell (1599-1658) líder inglés político, militar y religioso.
- John Ruskin (1819-1900) escritor, critico, sociólogo y filántropo inglés.
























