C. G. Octubre 1972
¿Por qué construyen templos los Santos de los Últimos Días?
Por el élder Eldred G. Smith
Patriarca de la Iglesia
Fue un placer para mí sostener esta mañana al hermano Harold B. Lee como Presidente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y sostener a todas las demás Autoridades Generales.
Deseo agradecer por el sostenimiento a mi favor y prometo a todos mis líderes un apoyo total. Estoy dispuesto a hacer todo lo que se requiera de mí para ayudar a edificar el reino del Señor sobre la tierra.
Una pregunta que frecuentemente hacen muchas personas y que viene a la mente de muchos que no son miembros de nuestra fe es: «¿Por qué construyen templos los Santos de los Últimos días?»
Nuestro tercer Artículo de Fe es: «Creemos que por la expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.» El cuarto Artículo de Fe, sigue; «Creemos que los primeros principios y ordenanzas del evangelio son, primero: Fe en el Señor Jesucristo; segundo: arrepentimiento; tercero: bautismo por inmersión para la remisión de pecados; cuarto: imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.
Las leyes y ordenanzas de Dios deben cumplirse y obedecerse, Cristo dijo a Nicodemo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. «Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?
«Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo que el que no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Juan 3:3-5).
Cristo había ya confirmado la plenitud y exactitud de esta ley al cumplirla como se encuentra en Mateo: «Entonces Jesús vino de Galilea a Juan, al Jordán, para ser bautizado por él.
«Más Juan se le oponía diciendo: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?
«Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó» (Mateo 3:13-15).
Así pues bautismo, es para toda la humanidad, aun para Cristo, el Hijo de Dios, que era perfecto y sin pecado. Entonces es más necesario para todos nosotros.
Si es requerido para toda la humanidad, ¿podría un Dios justo condenar eternamente a aquellos que vinieron a la tierra en un tiempo cuando, o en un lugar donde, estas oportunidades no estaban a su alcance y por tanto era imposible para ellos cumplir con la ley?
Entonces, si Dios es justo, y sabemos que lo es, debe proveer una manera de que la humanidad pueda recibir sus ordenanzas y éstas deben ser ejecutadas de tal forma que sean aceptadas por El.
En la primera epístola de Pedro dice que entre la crucifixión de Cristo y su resurrección. El estuvo activamente empeñado en predicar a los espíritus de aquellos que habían muerto.
«En el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua» (1 Pedro 3:19:20).
Esto abrió las puertas a todos aquellos que no tuvieron la oportunidad de aceptar su evangelio en esta vida, de poder aceptarlo después de la muerte. Este hecho no provee la ordenanza del bautismo que es obligatorio para entrar en el reino de Dios.
Pablo, predicando a los corintios, tratando de convertirlos a la realidad de una resurrección, les preguntó: «De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos? (1 Corintios 15:29).
Obviamente, ellos estaban practicando una ordenanza vicaria de bautismo por sus consanguíneos muertos.
Cristo sufrió vicariamente por nosotros; ahora El nos está dando la oportunidad de efectuar una obra vicaria por nuestros hermanos.
Aun hay otros requisitos necesarios. ¿Cómo puede efectuarse esta obra si los muertos de aquellos que han muerto no se conocen?
Se pone de manifiesto la necesidad de que deben conservarse registros, deben investigarse y registrarse para hacer esta obra individualmente.
En abril de 1836 cuando se terminó el Templo de Kirtland, Ohio, E.U.A. varios enviados divinos aparecieron a José Smith y Oliverio Cowdery. Nótese, no a José Smith solamente sino a José y Oliverio. Dos atestiguaron esas visitaciones. Entre ellos estaba Elías el Profeta, que ascendió al cielo sin probar de la muerte.
Trece años antes, José Smith recibió las promesas de un mensajero celestial, llamado Moroni, de que Elías le sería enviado. El profeta José Smith describió las llaves que Elías confirió sobre ellos, con estas palabras:
«El espíritu, poder y llamamiento de Elías el Profeta, consiste en tener la facultad para poseer las llaves de las revelaciones, ordenanzas, oráculos, poderes e investiduras de la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec y del reino de Dios sobre la tierra; y de recibir, obtener y efectuar todas las ordenanzas que pertenecen al reino de Dios, para tornar los corazones de los padres a los hijos y los corazones de los hijos a los padres, aun los que están en los cielos» (Documentary History of the Church, vol. 6, pág. 251 itálica añadida).
A nuestros antepasados que no tuvieron esta oportunidad, se les prometió que ese día llegaría. (D. y C. 121:26-27.)
Desde la visita de Elías el Profeta a José Smith y Oliverio Cowdery en el templo de Kirtland, esta obra de recolectar nombres ha tomado grandes proporciones por los pueblos de todos los caminos de la vida en muchas naciones. Esta es una empresa milagrosa. Pensad en la manera que el Señor ha inspirado a los científicos de nuestros días para proveer máquinas de toda clase y así acelerar y hacer esta gran empresa.
En 1841 cinco años después de la venida de Elías, en una revelación al Profeta José Smith, el Señor dirigió a su pueblo a edificar «una casa a mi nombre, para que en ella more el Altísimo.
«Porque no existe lugar sobre la tierra a donde él pueda venir a restaurar otra vez lo que se os perdió, o lo que él ha quitado, aun la plenitud del sacerdocio.
«Porque no hay una pila bautismal sobre la tierra en la que mis santos puedan ser bautizados por los que han muerto.
«Porque esta ordenanza pertenece a mi casa, y no puedo aceptarla sino en los días de vuestra pobreza, en los cuales no podéis edificarme una casa» (D. y C. 124:27-30).
Entonces habla de otra ordenanza sagrada que debe efectuarse en su casa o sea en el templo.
Así que es necesario construir templos, casas del Señor, edificios sagrados dentro de los cuales puedan efectuarse las ordenanzas del bautismo y otras ordenanzas sagradas, por nuestros antepasados muertos.
Elías trajo las llaves para efectuar todas las ordenanzas sagradas pertenecientes al reino de Dios. Todas las ordenanzas necesarias para la exaltación del hombre en la vida venidera, aun la vida eterna, son aceptadas por Dios sólo cuando se administran en su sagrada casa, un templo de Dios.
Por esta razón, los hijos de Israel construyeron un «arca del convenio», que era portátil para poder contar con las bendiciones del reino de Dios.
Para recibir la plenitud de las bendiciones de exaltación y vida eterna, el hombre debe recibir toda la ley y las ordenanzas del reino de Dios.
Otro requisito para cumplir toda la ley es la gente. Nosotros, como miembros de la Iglesia, debemos vivir de tal manera que seamos dignos de entrar a la casa del Señor, para efectuar estas ordenanzas tan sagradas, primero por nosotros mismos y luego por nuestros antepasados muertos.
Los vivos son primero. Es necesario que recibamos estas ordenanzas primero; luego podemos tener el privilegio de hacer esta obra por nuestros antecesores, a quienes les fue hecha la promesa de que nosotros vendríamos a la tierra en ésta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos, a hacer la obra por ellos.
Llegará el tiempo en que se encuentren templos sobre toda la faz de la tierra. Esto es lo más necesario para la salvación, exaltación y vida eterna del hombre. Entonces debemos todos ser muy diligentes en recolectar registros familiares y vivir dignos para poder participar en esta obra.
Oro al Señor para que nos bendiga para que podamos hacer este trabajo, en el nombre de Jesucristo. Amén.
























