Conferencia General Abril de 1974
Pautas para efectuar
la obra de Dios con pureza

por el presidente Spencer W. Kimball
Mis hermanos y amigos, ha llegado otro abril y con él el aniversario de la Iglesia, organizada el día del cumpleaños de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que se celebra el 6 de abril. Este fin de semana llevamos a cabo la 144a. Conferencia anual de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Durante las tres últimas conferencias tuvimos como líder al presidente Harold B. Lee, a quien hoy extrañamos mucho. El era un hombre de muchos talentos, de gran fortaleza y valor, y dominado por la obsesión de cumplir las instrucciones del Señor.
Desde el 26 de diciembre nos hemos sentido muy solos sin él, que era como una elevada cumbre en una poderosa cadena de montañas. Ahora, se ha convertido en parte importante de la eternidad.
La hermana Jo M. Shaw ha escrito algunas líneas en su memoria, y me gustaría citarlas para expresar humilde y sinceramente nuestro amor y afecto por el presidente Harold B. Lee. Estamos agradecidos de que la hermana Lee nos acompañe hoy.
En memoria de un profeta de Dios El presidente Harold B. Lee
Un profeta ha muerto, y en su tumba
Permanecen dolientes los Santos de Dios.
Lloramos junto con los cielos, y nuestras lágrimas
Se confunden sobre el suelo invernal.
Algunos vivieron y murieron sin conocer
El valor de su palabra
Porque nunca supieron que él era Un profeta del Señor.
Algunos encontraron en él consuelo,
Aunque nunca conocieron su rostro,
Ni tocaron su mano, ni oyeron su voz;
Pero aún así, los alcanzó su gracia.
Algunos vivieron muy cerca del corazón del profeta
Y se arrodillaron en oración con él;
Amigos de hombre tan noble,
Supieron de su ilimitado amor.
¡Yo bendigo su nombre porque supe!
¡Y sé! Y recordaré
El día en que lloré junto con los cielos.
Un triste día de diciembre.
No hubiéramos deseado que sucediera, pero ahora lo único que podemos hacer es seguir adelante con firmeza.
En las conferencias de prensa se me ha hecho una pregunta frecuente: «Señor Presidente, ¿qué va usted a hacer ahora que tiene la dirección de la Iglesia en sus manos?
Mi respuesta ha sido que durante los últimos treinta años, como miembro del Consejo de los Doce Apóstoles, he tenido algo que ver con el establecimiento de métodos y la formación del extenso y completo programa actual. No preveo grandes cambios en el Futuro inmediato, pero sí espero dar mayor ímpetu a algunos de los programas que ya se han establecido. Esta es la época en que debemos consolidar nuestros esfuerzos, dar firmeza a nuestros programas y reafirmar nuestros métodos.
Reconocemos que nuestro mayor problema es el rápido crecimiento de la Iglesia. El aumento numérico es extraordinario, porque la cantidad de miembros es actualmente el doble de lo que era hace unos cuantos años. Hace treinta años contábamos a los miembros por cientos de miles y en la actualidad tenemos más de tres millones. En 1943, cuando por primera vez visité las estacas había 746 y ahora tenemos 635. Había 38 misiones en 1943; hoy tenemos 107. Entonces no había estacas en el extranjero, y ahora hay 70. Este crecimiento sin precedentes nos complace, pero constituye un gran desafío. Nuestro interés en los números es sólo accidental. Nuestra principal obsesión es procurar que todos los hombres alcancen la vida eterna.
De manera que el problema sobresaliente en 1974 es proporcionar líderes capacitados a las unidades de miembros que se multiplican tan rápidamente; así como ayudar a los santos a que se guarden sin mancha del mundo en el cual deben vivir. Quisiéramos, pues, reafirmar algunos asuntos de vital importancia que se relacionan con nosotros.
Uno de ellos concierne a nuestras obligaciones civiles. Nos estamos aproximando a la temporada de elecciones, al momento de elegir a aquellas personas que nos representarán en cargos de responsabilidad en nuestro gobierno, a nivel federal, estatal y local. En los primeros días de esta dispensación, el Señor aclaró la posición que la Iglesia restaurada debe adoptar con respecto al gobierno civil. En la revelación que dio al profeta losé Smith dijo: «Y ahora de cierto os digo…aquella ley del país, que fuere constitucional, que apoyare ese principio de libertad en la preservación de derechos y privilegios, pertenece a toda la humanidad, y es justificable ante mí.
«Por tanto, yo el Señor, os justifico…por apoyar la que fuere la ley constitucional del país» (D. y C. 98: 4-6) .
En conformidad con esta declaración, la Iglesia más tarde adoptó como uno de sus Artículos de Fe: «Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; y en obedecer, honrar y sostener la ley» (12 Artículo de Fe).
En 1835, en una asamblea general, la Iglesia adoptó por voto unánime una «Declaración de creencia en cuanto a gobiernos y leyes en general», en la cual se declara:
«Creemos que todo gobierno necesariamente requiere oficiales y magistrados civiles que pongan en vigor las leyes del mismo; y que se debe buscar y sostener, por la voz del pueblo si fuera república, o por la voluntad del soberano, a quienes administren la ley con equidad y justicia (D. y C. 134:3).
En 1903 el presidente Joseph F. Smith dijo: «La Iglesia como tal no interviene en la política; sus miembros pertenecen a los partidos políticos de su elección». (Improvement Era, Junio de 1903, pág. 626).
Y en la conferencia de octubre de 1951, la Primera Presidencia dijo:
«En los indecorosos antagonismos personales que se desarrollan como consecuencia de las controversias políticas, vemos una amenaza a nuestra unidad. Aun cuando la Iglesia se reserva el derecho de sostener principios de buen gobierno, destacando la equidad, justicia y libertad, la integridad política de oficiales, la participación activa de sus miembros y el cumplimiento de sus obligaciones en asuntos cívicos, no ejerce compulsión alguna en la libertad que tiene el individuo de hacer su propia elección y determinar su afiliación. . . El hombre que expresare lo contrario lo hace sin autoridad, y de hecho, sin justificación (Presidente Stephen L. Richards, Conference Report, octubre de 1951, págs. 114-115).
Reafirmamos hoy que estas declaraciones expresan la posición de la Iglesia en la actualidad concerniente al gobierno civil y a la política.
Además, con el fin de desempeñar nuestro divino encargo de buscar «oficiales civiles…que administren la ley con equidad y justicia», instamos a los miembros a asistir a las reuniones masivas de sus respectivos partidos políticos y hacer sentir su influencia.
Todo Santo de los Últimos Días debe sostener, honrar y obedecer la ley constitucional del país en donde viva.
Junto con nuestro crecimiento sin precedente, nuestro siguiente problema es indudablemente el mundo; no las altas montañas ni los amplios valles, los candentes desiertos ni los mares profundos, sino el sistema de vida al cual muchos de nuestros miembros se adaptan.
«No améis al mundo, ni las cosas que salen del mundo’ dijo Juan. «Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.»
«Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo’ (Juan 2:1516).
¡La intrusión del mundo en nuestra vida es amenazadora! Cuán difícil nos parece a muchos de nosotros vivir en el mundo y sin embargo, no ser del mundo.
Por boca de Isaías llega la palabra del Señor:
«Y castigaré al mundo por su maldad, y a los impíos por su iniquidad, y haré que cese la arrogancia de los soberbios, y abatiré la altivez de los fuertes» (Isaías 13:11).
Satanás llevó al Señor a un monte muy alto, y le prometió: «Todo esto te daré, si postrado me adorares» (Mateo 4:9).
«Todo esto» se refería a los antros de vicio y los sitios de pecado, satisfacción física y tentaciones lujuriosas.
Desde hace mucho tiempo el Señor formó sus planes con gran precisión, y los declaró en estas palabras: «Porque, he aquí, esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39).
Y dijo después: «…para que seáis santificados de todo pecado y gocéis de las palabras de vida eterna en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero, aun gloria inmortal (Moisés 6:59).
Ahora bien, las obras de la carne son muchas, según lo expresa el apóstol Pablo: «. . .vendrán tiempos peligrosos (ya los tenemos aquí). Porque habrá hombres amadores de sí mismos. . .sin efecto natural…intemperantes». (2 Timoteo 3:1-6). Entregados «…a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra la naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros…
inventores de males. . .» (Romanos 1: 26, 27, 30), ladrones, borrachos, estafadores.
«¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera pues, que quiera ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios» (Santiago 4:4).
Estos son algunos de los indecorosos hechos y actividades que llamamos el mundo.
Poco antes de la crucifixión, el Señor suplicó «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal» (Juan 17:15). Esta es la oración que continuamente repetimos, y nuestro esfuerzo mayor consiste en ver que todos los miembros de la Iglesia se santifiquen mediante su rectitud.
A aquellas censurables transgresiones, el apóstol Pablo dio el nombre de «doctrinas de demonios» y a sus autores él llama «espíritus engañadores». (Timoteo 4: 1 ) Estas tergiversaciones de la vida normal no han cambiado en este siglo, salvo que posiblemente se han vuelto más viles y licenciosas, más vulgares y degeneradas.
Suplicamos a nuestros miembros en todas partes: «Someteos, pues a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros» (Santiago 4:7). Nuestro sermón es de reafirmación y confirmación. Instamos a nuestros miembros a que permanezcan «en lugares santos», (D. y C. 45:32) y lo que decimos hoy, no es doctrina nueva, sino tan antigua como el día de la creación.
Puede haber algunos que tengan un sentimiento general de inquietud por motivo de las condiciones del mundo y la influencia cada vez mayor de la maldad, pero el Señor dijo: «. . .mas si estáis preparados no temeréis» (D. y C. 38:30), y también: «La paz os dejo…no se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).
Habéis venido aquí en busca de orientación, el propósito de vuestros líderes es proporcionaros esa dirección. Al oír hablar a los hermanos, sentiréis la inspiración de nuestro Señor. El evangelio trae propósito a nuestra vida y es el camino que conduce a la felicidad.
La hermana Elisa R. Snow escribió lo siguiente acerca de nuestro Señor:
«La senda de la verdad marcó, con toda claridad; la luz y vida que sin fin reflejan la verdad.»
Ahora bien, la familia es fundamental. Somos hijos de nuestro Padre Celestial, y así como El nos ama, en igual manera nuestras almas están entrelazadas con las de nuestra posteridad. La moral es parte integral de la trama del evangelio de Jesucristo.
La senda iluminada nos conduce pues, a un cortejo normal y puro entre jóvenes de ambos sexos, el cual finalmente lleve a una unión virtuosa ante el altar, donde un siervo de Dios debidamente autorizado selle la unión por la eternidad. A los santos hebreos se les enseñó debidamente: «Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios» (Hebreos 13:4).
Y a los que quieran impugnar el matrimonio, o aplazarlo o prohibirlo, el apóstol Pablo los condena. Generalmente es el egoísmo lo que conduce a las personas a rehuir la responsabilidad del hogar. Hay muchos que hablan y escriben contra el matrimonio; aun entre nuestros propios miembros algunos lo aplazan y lo impugnan. Instamos a todos los que son engañados por estas «doctrinas de demonios», a que vuelvan a un estado normal, y los amonestamos a que acepten el matrimonio como la base de la felicidad verdadera. El Señor no dio al hombre el sexo para que le sirviera de diversión. Básicamente, el matrimonio presupone una familia. El salmista dijo:
«He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre…Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos» (Salmos 1 27:3-5).
Ciertamente es digno de lástima cualquiera que intencionalmente se niegue una paternidad o maternidad honorable, porque el gran gozo de ser padres es parte fundamental de la vida normal y completa, y hay que tener presente el mandamiento que Dios dio en el principio: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla» (Génesis 1:28).
A continuación el escritor del registro anotó: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31).
En nuestra dispensación se ha dado esta doctrina: «. . .porque les son dadas [las vírgenes] a él, para multiplicarse y henchir la tierra, conforme al mandamiento…y para su exaltación en los mundos eternos y para engendrar las almas de los hombres; pues de esta manera se perpetúa la obra de mi Padre, a fin de que el sea glorificado” (D. y C. 132:63).
Lamentamos la frecuencia con que se están desbaratando los hogares. Todo hombre debe amar a su esposa y estimarla y protegerla todos los días de su vida, y ella de amar, honrar y estimar a su esposo; y hallamos que el historiador Moisés cita estas palabras de su Señor: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24).
El apóstol Pablo dice: «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como el Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la
Iglesia. . ..
«Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella. . .
«Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer a sí mismo se ama.
«Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida como también Cristo a la Iglesia» (Efesios 5:22, 23, 25, 28, 29).
Muy a menudo tanto el hombre como la mujer interpretan erróneamente estas palabras. Consideradlas bien y no contendáis ni disputéis con vuestro Padre Celestial. No puede haber nada más importante que un hombre dé a su hogar la dirección que Cristo da a su Iglesia.
Analizad los casos de divorcio que conocéis y hallaréis que con frecuencia el egoísmo ha predominado.
En la mayoría de ellos no hay justificación, suceden por debilidad y egoísmo y con frecuencia resultan en mucha infelicidad para los cónyuges, así como un daño y frustración casi irreparables para los hijos desamparados que se ven heridos y confundidos.
Ciertamente el egoísmo llega al colmo cuando los niños inocentes tienen que padecer por los pecados de los padres. Con frecuencia monótona declaran los divorciados que es mejor que los hijos se críen en un hogar en donde sólo haya un padre, que en un hogar donde haya riñas. La respuesta a este falso razonamiento es que no hay necesidad de que haya padres combatientes ni hogares que sean campos de batalla.
Analizando una larga lista de divorcios se descubrió que casi todos fueron causados por el egoísmo, y que las personas estaban decididas a obtener lo máximo y ceder lo mínimo. Se descubrió en esta encuesta que un 90 por ciento citaba como razón de separación la inmoralidad de uno o ambos participantes.
La inmoralidad es completamente egoísta. ¿Podéis ver un sólo elemento de abnegación en ese pecado? Por consiguiente, si dos personas desechan el egoísmo, generalmente lograrán la compatibilidad.
Asimismo, el aborto es una maldad cada vez mayor que nosotros impugnamos. Ciertamente sería difícil justificar el terrible pecado de un aborto premeditado. Es casi inconcebible que se cometa para evitar el bochorno, conservar las apariencias o escapar a la responsabilidad. ¿Cómo puede uno someterse a tal operación o participar en ella en manera alguna, aconsejándola o costeándola? Si pudiera encontrarse justificación en casos raros y especiales, no cabe duda que efectivamente serían raros. Colocamos este pecado entre los primeros de la lista de transgresiones contra las cuales vigorosamente amonestamos a los miembros.
«El aborto debe ser considerado como una de las prácticas más pecaminosas y repugnantes de esta época, en la que estamos presenciando la espantosa actitud licenciosa que conduce a la inmoralidad sexual» (Boletín del Sacerdocio, febrero de 1973).
En cuanto a las drogas, «. . .la Iglesia continuamente se ha opuesto al uso indebido y perjudicial de las drogas o sustancias similares, en circunstancias que pueden conducir al enviciamiento, el daño físico o moral o en la relajación de las normas morales». Reafirmamos esta declaración positiva.
Y con respecto a una de las maldades más destructivas de Satanás, amonestamos vigorosamente a todos nuestros miembros, desde la niñez hasta la ancianidad, que se cuiden de las cadenas de la servidumbre, padecimiento o remordimiento que resultan del uso indebido del cuerpo.
El cuerpo humano es el hogar sagrado para el espíritu que es el Hijo de Dios, y su manipulación injustificada o su profanación sólo pueden ocasionar remordimiento y pesar. Os instamos a que permanezcáis limpios, sin contaminación, puros.
El apóstol Judas dice: «En el postrer tiempo habrá burladores, que andarán según sus malvados deseos» (Judas 18), junto con el apóstol Pedro os instamos a que «os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma» (1 Pedro 2:11 ). No deben existir exposiciones indecentes del cuerpo, ni pornografía, ni otras aberraciones que corrompen la mente y el espíritu; tampoco el manoseo del cuerpo ya sea el propio o el de otra persona, ni las relaciones sexuales, excepto dentro de los debidos vínculos conyugales. Esto está terminantemente prohibido por nuestro Creador en todo lugar y en toda época, y nosotros lo reafirmamos. Hasta en el matrimonio puede haber algunos excesos y tergiversaciones. Ninguna autojustificación al respecto podrá conformar a un Padre Celestial desilusionado. En relación con esto citamos palabras de un conocido evangelista norteamericano:
«La Biblia aprueba la función sexual y su uso debido, y la presenta como algo creado, ordenado y bendecido por Dios. Aclara que Dios mismo implantó la atracción física entre los sexos por dos motivos: para la propagación de la raza humana y para la expresión de esta clase de amor entre el hombre y la mujer, que constituye la verdadera unidad. Su mandamiento a la primera pareja de ser ‘una sola carne’ fue tan importante como su precepto de fructificad y multiplicaos».
La Biblia aclara que la maldad, mando se refiere a la función sexual, no significa el uso de algo inherentemente corrupto, sino el abuso de algo puro y bueno. Claramente enseña que la función sexual puede ser un siervo maravilloso, pero un amo terrible; que puede ser una fuerza creadora más potente que cualquier otra en la formación del amor, el compañerismo y la felicidad, o, por el contrario, la más destructiva de todas las fuerzas de la vida» (Billy Graham, Reader’s Digest, mayo de 1970, pág. 118).
Nuevamente reafirmamos nuestra fuerte e inalterable posición contra la incontinencia en todas sus muchas manifestaciones.
Ahora quisiera hablar del papel sagrado que nuestras madres desempeñan. Lo siguiente es una cita parcial de las palabras de la Primera Presidencia de la Iglesia. Las ratificamos vigorosamente:
«De modo que la maternidad llega a ser un santo llamamiento, una sagrada devoción a la realización de los planes del Señor, una consagración absoluta a la crianza, el cuidado y la nutrición, tanto del cuerpo como de la mente y el espíritu, de aquellos que guardaron su primer estado y que vienen a esta tierra para adquirir su segundo estado, con objeto de ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare» (Abraham 3:25). La obra de la maternidad consiste en conducirlos a que guarden ese segundo estado, pues «quienes guardaren su segundo estado recibirán aumento de gloria sobre su cabeza para siempre jamás» (Abraham 3:26).
Sólo las madres pueden prestar este divino servicio de la maternidad. No se puede confiar a otros. Las enfermeras no pueden hacerlo; las guarderías públicas no pueden hacerlo; las criadas no pueden hacerlo. Solamente la madre, con cuanta ayuda puedan proporcionarle las manos amorosas del padre y los hermanos, puede brindar el atento cuidado que se requiere.
La madre que confía su hijo al cuidado ajeno a fin de dedicarse a otras actividades, sea por dinero, fama o servicio cívico, debe tener presente que ‘el muchacho consentido avergonzará a su madre ‘ (Proverbios 29:15). En nuestros días el Señor ha dicho que si los padres no enseñan a sus hijos las doctrinas de la Iglesia, ‘el pecado recaerá sobre la cabeza de los padres’ (D. y C. 68:25). «La maternidad está casi al nivel de lo divino. Es el servicio más alto y sagrado que puede prestar el género humano, y coloca a aquella que honra su santo llamamiento a la par de los ángeles. A vosotras, madres en Israel, os decimos Dios os bendiga y proteja, y os de la fuerza y el valor, la fe y el conocimiento, el santo amor y la consagración al deber, que os permitan cumplir en la medida más cabal el sagrado llamamiento que tenéis. A todas las madres y futuras madres, os instamos: Sed castas, guardaos puras, vivid rectamente para que vuestra posteridad, hasta la última generación, os llame bienaventuradas» (Mensaje de la Primera Presidencia, Deseret News Church Edition, octubre de 1942, pág. 5).
De manera que éste es el programa que tenemos: reafirmar y llevar adelante sin temor la obra de Dios con pureza y rectitud, y llevar este evangelio de verdad a nuestro mundo, que tanto necesita de una forma de vida santificada.
La vida eterna es nuestra meta, y sólo se puede alcanzar siguiendo el camino que nuestro Señor nos ha señalado.
Yo sé que la obra es justa y verdadera. Amo a nuestro Padre Celestial y su Hijo, y me siento orgulloso de ser, aunque sea un débil instrumento para Llevar adelante su gran obra eterna. De todo esto testifico humildemente y sinceramente en el nombre de Jesucristo. Amén.

























ADMIRO MUCHO LA GRAN LABOR QUE HACE MI AMADA ESPOSA EN NUESTRO HOGAR CON NUESTRAS TRES QUERIDAS HIJITAS. MUCHAS VECES FUI PACIENTE CON ELLA Y HE PRACTICADO LA VOZ APACIBLE, MI SERVICIO Y MI AGRACIMIENTO, SOLO PARA VERLA CONTENTA Y PERMANECER JUNTOS.
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