Cristo en América

Conferencia General Abril 1975

Cristo en América

por el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia


Habiendo regresado recientemente del viaje que nos llevara a los grandes y hermosos países sudamericanos, habiendo participado del espíritu y la fe de los devotos y abnegados santos sudamericanos y con el sentimiento de haber estado presente en las tierras del Libro de Mormón, me siento compelido a hablar del Libro de Mormón, que contiene la historia de los antiguos habitantes del Continente Americano.

Al participar en los inspiradores acontecimientos de las conferencias de área de Sao Paulo y Buenos Aires, y al convivir por algunos días con aquella maravillosa gente, me sentí conmovido por la fe simple y sin reservas de nuestros hermanos latinoamericanos, así como por el deseo que sienten de servir al Señor y de edificar su reino aquí en la tierra.

Dulce fue la sensación que experimenté al ver el amor que sienten los miembros de la Iglesia por nuestro Profeta, el presidente Kimball; al ver las lágrimas de gozo que derramaban mientras él les saludaba y bendecía.  Pude imaginarme entonces, la maravillosa emoción que tienen que haber experimentado los nefitas, aquí en el hemisferio occidental, cuando tuvieron el privilegio de recibir al Señor resucitado, quien vino a visitar a sus «otras ovejas» para que ellas también pudieran integrar el redil y tuvieran una organización para enseñar y llevar a la práctica su evangelio.

Es de esta sección del libro de Mormón, conocida como Tercer Nefi, que deseo hablaros hoy.  Pero antes de hacerlo, quisiera revisar algunas predicciones que se encuentran en la Biblia, que dan testimonio de la autencidad y de la aparición del libro.

Leemos en Ezequiel, en el Antiguo Testamento:

«Hijo de hombre, toma ahora un palo, y escribe en él: Para Judá, y para los hijos de Israel sus compañeros.  Toma después otro palo, y escribe en él: Para José, palo de Efraín, y para toda la casa de Israel sus compañeros. Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno solo en tu mano.» (Ezequiel 37:16-17.)

Conociendo el contenido de esos libros, sabemos que la escritura se refiere a la Biblia y al Libro de Mormón.  Cuando sabemos la forma en que se dio a conocer al mundo el Libro de Mormón en realidad fue un ángel el que le entregó a José Smith los registros cuya traducción dio lugar al libro- se hace evidente el significado de las palabras expresadas por Juan el Revelador, cuando dijo: «Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas» (Apocalipsis 14:6-7).

Muchas son las escrituras que nos aseguran que Dios está interesado en nosotros hoy, como lo estuvo en sus hijos desde el comienzo, por lo cual creemos en la revelación continua de Dios a través de sus profetas, para guiarnos en éstos, los últimos días.  El profeta Amós dijo: «Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas» (Amós 3:7).

El Salvador hizo la siguiente declaración, tal como está registrada en Juan:

«También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor» (Juan 10:16).

Por lo tanto se hace evidente el motivo por el cual el Salvador, después de su crucifixión y resurrección, vino al hemisferio occidental rodeado de las señales y maravillas que habían sido predichas, para que los pueblos de este continente pudieran contar con las mismas oportunidades de aprender y vivir el evangelio que tuvieron los pueblos del antiguo continente, aquellos entre quienes El vivió en su estado mortal.

No creo que exista otro pasaje de las Escrituras donde se encuentre más hermosamente relatado el registro de la relación de Dios con el hombre, que lo que podemos leer en el libro de Tercer Nefi. Recomiendo que todos lo leáis.  Ciertamente que no encontraremos nada más que algunas advertencias y hermosas enseñanzas que, si se aceptan y se viven, podrán lograr más que cualquier otra cosa para proporcionar la paz y la felicidad al mundo y al individuo que esté dispuesto a seguirlas.  Aquí es donde podemos encontrar las explicaciones a muchas preguntas que han quedado sin contestar en la Biblia.

En Tercer Nefi podemos encontrar más información adicional y en forma más detallada de la que nos proporcionan los cuatro evangelios del Nuevo Testamento, preservando en forma indeleble las doctrinas, enseñanzas y misericordia del Señor.

Ese es el motivo por el cual hay muchas personas que se refieren al libro de Tercer Nefi como el «quinto evangelio.»

Nuestra historia comienza con un resumen de las profecías sobre el nacimiento de Cristo.  Pero, tal como ha sido verdadero desde el principio y sigue siéndolo hoy, muchos hubo que se mofaron y dijeron que ya había pasado el tiempo del cumplimiento de las palabras de los profetas; éstos llegaron al colmo de señalar un día en el cual se habría de ejecutar a los creyentes a menos que se cumplieran las Escrituras.

Sabemos que Nefi «imploró al Señor fervientemente» (3 Nefi 1:12), por lo cual El le contestó que había llegado el tiempo en que se cumpliría todo lo que había sido predicho por los profetas.  Se produjeron todas las señales; apareció la nueva estrella en el cielo, y los incrédulos «. . . cayeron a tierra, y se quedaron como si estuviesen muertos, porque entendieron que se había frustrado el gran plan de exterminio que tenían tramado contra aquellos que creían en las palabras de los profetas. . .» (3 Nefi 1:16).  Aquí tenemos entonces una de las primeras lecciones que debemos aprender: las palabras de los profetas de Dios, siempre se cumplen.

Pero, pronto olvidaron las señales y maravillas que habían presenciado en esa oportunidad, y el pueblo se entregó a toda clase de iniquidades.  Leemos acerca de guerras, los ladrones de Gadiantón y la tierra de Desolación.  Pero aquellos nefitas que no olvidaron recurrir al Señor en justicia, pudieron vencer a sus enemigos y alabaron a Dios por su salvación.

Ellos «. . abandonaron todos sus pecados, abominaciones y fornicaciones, y sirvieron a Dios con toda diligencia de día y de noche» (3 Nefi 5:3).  Fue en esas condiciones que prosperaron.

«Y sucedió que se construyeron muchas ciudades nuevas, y se repararon muchas de las antiguas.

Yse construyeron muchas calzadas, y se hicieron muchos caminos que comunica ban una ciudad con otra, y un país con otro, y un sitio con otro» (3 Nefi 6:7-8).

Tenemos, entonces, evidencias de las antiguas civilizaciones americanas, tal como se encuentra registrado en este libro, traducido mediante el don y el poder de Dios, por un joven e inculto muchacho, y que da una descripción patente y detallada de cosas que ahora la ciencia está descubriendo y comprobando como verdaderas.  Sí, se trata en realidad de un registro verídico, preservado por Dios para aparecer en éstos, los últimos días.

Regresando a nuestra historia, encontramos que sucedió con los pueblos del Libro de Mormón, al igual que sucede en la actualidad, que al prosperar materialmente comenzaron a tener disputas entre ellos como consecuencia del orgullo, y algunos se rebelaron voluntariamente en contra de Dios.  En el transcurso de seis años, la gran mayoría del pueblo se volvió contra Dios, y Nefi comenzó a predicar valientemente el arrepentimiento.

Esta es la misión de los profetas de Dios: predicar el arrepentimiento.  Aun cuando esta obra no hace de los profetas individuos populares o agradables al público en general, la tarea de la prédica debe ser llevada a cabo.  El libro nos dice que el pueblo se enojó con Nefi, pero que aun así, él llevó adelante su ministerio con gran poder y autoridad.  Leemos que: «. . porque tan grande era su fe en el Señor Jesucristo que los ángeles lo atendían diariamente.  Y en el nombre de Jesús echaba fuera demonios y espíritus inmundos; y aun levantó a un hermano suyo de los muertos, después que el pueblo lo hubo apedreado y muerto» (3 Nefi 7:18-19.)

Nuevamente, tal como había sido predicho por los profetas, tuvieron lugar las señales de la crucifixión de Cristo, atestiguadas por grandes tormentas y terremotos, por una profunda oscuridad, truenos y relámpagos.  Ciudades enteras se hundieron en las profundidades del océano; se levantaron nuevas montañas y toda la faz de la tierra fue completamente cambiada.  Eso duró tres días, y se oían los lamentos de la gente que decía:

«¡Oh, si nos hubiésemos arrepentido antes de este grande y terrible día; entonces se habrían salvado nuestros hermanos, y no hubieran sido quemados en aquella gran ciudad de Zarahemla!

«Y en otro lugar se les oía quejar y lamentar diciendo: ¡Ojalá nos hubiésemos arrepentido antes de este grande y terrible día! ¡Oh, si no hubiésemos apedreado, quitado la vida y desechado a los profetas; entonces nuestras madres, nuestras bellas hijas y nuestros niños habrían sido preservados, y no enterrados en aquella gran ciudad de Moroníah!  Y así, grandes y terribles eran los gemidos del pueblo» (3 Nefi 8:24-25).

Aquí se pone de manifiesto otra gran lección.  A través de la historia eclesiástica encontramos que aquellos que rechazaron a los profetas y no se arrepintieron de sus maldades, fueron afligidos por calamidades que les hicieron llorar y sufrir, así como se apesadumbraron por no haber obedecido las advertencias de los profetas.  Sabemos que Cristo fue crucificado y que algunos de sus apóstoles fueron perseguidos por tratar de establecer el reino de Dios e impulsar a la gente al arrepentimiento y a un mejor y más feliz modo de vida.

En la actualidad se está repitiendo la historia; el mundo está rechazando los mensajes de los profetas de Dios. ¿No es acaso cierto que existe el lloro y el lamento en todo el mundo, porque los hombres están en guerra? ¿No existen acaso entre nosotros aquellos que se lamentan por los errores de la juventud y por las tragedias que les sobrevinieron como consecuencia de sus imprudencias con el alcohol, el tabaco, las drogas y otras cosas prohibidas? ¿Cuántos hay entre nosotros que se lamentan como consecuencia de la delincuencia existente en nuestras comunidades?  Es necesario que aprendamos las lecciones de la historia, si es que no queremos ser consumidos del mismo modo que lo fueron algunas de las primitivas civilizaciones.

Este es el mensaje que trajo Jesucristo a los nefitas, cuya voz se oyó entre todos los habitantes de la tierra.  Les recordó sus iniquidades y abominaciones, así como las ciudades que habían sido destruidas como consecuencia de las maldades de sus habitantes, después de lo cual dijo:

«¡Oh vosotros, todos los que habéis sido conservados porque fuisteis más justos que ellos! ¿No os volveréis a mía hora, y os arrepentiréis de vuestros pecados, y os convertiréis para que yo os sane?

«Sí, en verdad os digo que si venís a mí, tendréis la vida eterna.  He aquí, mi brazo de misericordia se extiende hacia vosotros; y a quien viniere, recibiré, y benditos son los que vienen a mí» (3 Nefi 9:13-14).

Esta misma invitación se le extiende al hombre actual mediante los profetas que hablan en el nombre del Señor.  Se trata del mismo evangelio que El enseñó en Jerusalén, y que enseñó al organizar la Iglesia para beneficio y bendición de aquellos primeros habitantes de América.

Después de oír la voz, una gran multitud se reunió en el templo, donde conversaban acerca de Jesucristo y sobre las cosas que habían oído.  Entonces oyeron nuevamente una voz que dijo: «He aquí a mi hijo amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd» (3 Nefi 11:7).

Al elevar la vista hacia el cielo, vieron a un hombre que descendía vestido con un manto blanco, y creyeron que se trataba de un ángel hasta que habló, diciendo: «He aquí, soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo. Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo» (3 Nefi 11:10-11)

Llamó también a otros, a un total de doce, a quienes les dio su poder, dejando claramente establecido que es necesario tener la autoridad correspondiente para actuar en el nombre del Señor.  Les hizo saber cuáles eran las palabras que debían de usar, y les instruyó para que bautizaran por inmersión siempre que llevaran a cabo la ordenanza.  Esta es la forma de bautismo practicada por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días.  Dejó aclarado que no debía haber disputas entre ellos con respecto a asuntos de la doctrina que El había explicado, la cual dijo que era la doctrina que el Padre le dio.  Les mandó a los Doce que fueran y declararan sus palabras a los cuatro cabos de la tierra.

Les dejó el Sermón del Monte, en forma casi idéntica al que se encuentra registrado en Mateo.  Les dio la Regla de Oro y les enseñó con respecto al matrimonio, y les advirtió contra la lujuria y la fornicación.  Les enseñó todo lo concerniente al ayuno y la oración, y les dio el gran ejemplo de aquello a lo que nos referimos como la Oración del Señor, Les dijo que no podrían servir a Dios y a las riquezas, sino que debían buscar primero el reino de Dios y su justicia.

Les habló en parábolas y les enseñó todas las cosas relacionadas a su salvación y exaltación.  Les dio instrucciones especiales a los doce que había elegido, diciendo:

«Vosotros sois mis discípulos; y sois una luz a este pueblo, que es un resto de la casa de José.

Y he aquí, éste es el país de vuestra herencia; y el Padre os lo ha dado.» (3 Nefi 15:12-13.)

Les mandó a los nefitas que escribieran sus palabras, y si los de Jerusalén no aprendían de los nefitas y de las otras tribus, por medio del espíritu Santo, aprenderían y se enterarían a través de esos escritos, que llegarían a ser el medio de enseñanza del evangelio a los de la casa de Israel.

Al comprender que ellos no entendían todas sus palabras, les dijo que regresaran a sus hogares v meditaran sobre las palabras que habían escuchado; pero al ver sus lágrimas y sentir el deseo que tenían de que prosiguiera hablándoles, sintió compasión por ellos y llamó a los enfermos, los lisiados, ciegos y afligidos por toda clase de enfermedades, y los sanó.  También les pidió que le llevaran a sus pequeños, y mientras se encontraba en medio de ellos, mandó a los de la multitud que se arrodillaran.  Leemos entonces:

«Y cuando hubo pronunciado estas palabras, se arrodilló también en el suelo; y he aquí, oró al Padre, y las cosas que dijo en su oración no se pueden escribir, y los de la multitud que lo oyeron, dieron testimonio.

«Y de esta manera testifican: jamás el ojo ha visto o el oído escuchado hasta ahora, cosas tan grandes y maravillosas como las que vimos y oímos que Jesús habló al Padre:

«Y no hay lengua que pueda hablar, ni hombre que pueda escribirlo, ni corazón de hombre que pueda concebir tan grandes y maravillosas cosas como las que vimos y oímos que habló Jesús; y nadie se puede imaginar el gozo que llenó nuestra alma cuando lo oímos rogar por nosotros al Padre (3 Nefi 1 7:1 5-1 7.)

Entonces tomó uno a uno a los pequeños, les bendijo y orando por ellos dijo:

«Mirad a vuestros niños,

«He aquí, al levantar la vista, dirigieron la mirada al cielo, y vieron que se abrían los cielos y que descendían ángeles, como si fuera en medio de fuego; y bajaron y cercaron a aquellos niños, y quedaron rodeados de fuego; y los ángeles ejercieron su ministerio a favor de ellos» (3 Nefi 1 7:23-24.)

Instituyó la Santa Cena entre los nefitas administrándola a sus discípulos, e hizo que ellos a su vez se lo dieran a la multitud; reconoció su deseo de poseer el Espíritu Santo, el cual les confirió.  Llevó a cabo milagros y les hizo grandes promesas, recordándoles que investigaran las escrituras de Isaías y los demás profetas, en procura de las señales que determinarían la proximidad de su segunda venida.  Les advirtió sobre los juicios que sobrevendrían y les dejó las enseñanzas de los diezmos y la obra vicaria por los muertos.  Les dijo que su iglesia debe llevar su nombre, y nuevamente les advirtió que debían arrepentirse, diciendo:

«Y éste es el mandamiento: Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y bautizaos en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os halléis en mi presencia, limpios de toda mancha» (3 Nefi 27:20.)

Todas estas enseñanzas dio Cristo a aquel pueblo nefita al ir a ellos como ser resucitado.  Nosotros también tenemos en su Iglesia de la actualidad las mismas enseñanzas, y es mi ruego que las aceptemos y vivamos de acuerdo con las mismas; que aceptemos a Dios como nuestro Padre y a su hijo Jesucristo como al Salvador del mundo: que aceptemos y sigamos al presidente Spencer W. Kimball como Profeta de Dios; y que por hacerlo podamos disfrutar de las bendiciones prometidas.  En el nombre de Jesucristo.  Amén.

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