«Así alumbre vuestra luz. . .»

C. G. Octubre 1975logo pdf
Así alumbre vuestra luz. . .
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballOs damos la bienvenida a esta conferencia general, tanto a los que estáis en el edificio como a los que escucháis la transmisión y os ofrecemos nuestros mejores deseos y nuestro afecto.

En esta ocasión anunciamos el nombramiento de cuatro nuevas Autoridades Generales para que ayuden en la obra del Señor, especialmente en la obra misional; el élder Gene R. Cook de Bountiful, que ha estado trabajando como secretario ejecutivo del Primer Consejo de los Setenta, ahora será miembro de dicho Consejo. El Primer Quórum de los Setenta se organizará gradualmente hasta llegar a setenta miembros, cuya presidencia estará constituida por los siete miembros del Consejo. Hoy se agregan tres hermanos al Primer Quórum de los Setenta: el élder Charles A. Didier, oriundo de Bélgica que trabaja ahora en Frankfurt, Alemania; el élder William Rawsel Bradford, de San Antonio, Texas, actualmente Presidente de la Misión de Chile -Santiago; el élder del George Patrick Lee de Towaoc, Colorado, que sirve como Presidente de la Misión de Arizona Hollbrook. Estos cuatro hermanos cumplirán con las responsabilidades de Autoridades Generales.

En febrero y marzo de este año hemos llevado a cabo conferencias de área, en Sao Paulo, Brasil, y BuenosAires, Argentina; en agosto, efectuamos otras en Taiwán, Hong Kong, las Islas Filipinas, Corea y Japón. Habría sido imposible que los aproximadamente 114,000 miembros que han participado durante los últimos cinco años en estas conferencias de área, hubieran venido a Salt Lake para asistir a la Conferencia General; de manera que les llevamos las conferencias a sus regiones.

Anunciamos a los hermanos de América del Sur que se edificaría un templo en Sao Paulo para los miembros de esos países; y más tarde, cuando estuvimos en Asia, también anunciamos la construcción de un templo en Japón para los miembros del Oriente. Nos parece que ésta es una señal de progreso y que una vez que se hayan construido y dedicado esos dos templos, disminuirá grandemente la distancia, el tiempo y el costo para los miembros de estas partes del mundo, a fin de que puedan ir al templo para recibir sus sagradas ordenanzas.

En esas oportunidades asistieron hermanos de lugares muy distantes que viajaron en automóvil, autobús, tren, aeroplano y barco, los cuales hicieron muchos sacrificios a fin de poder disfrutar de la conferencia. Una hermana escribió:

«La sesión final fue muy especial. El presidente Kimball se despidió de los miembros saludando con la mano mientras la congregación cantaba ‘Para siempre Dios esté con vos’. Mi amiga y yo nos abrazamos con los ojos llenos de lágrimas.

«¡Me siento tan bendecida por ser miembro de la Iglesia!»
Otra hermana dice en su carta:
«¡La Conferencia ha llegado a su fin!

Durante los días anteriores había estado lloviendo a cántaros, pero el sol salió en todo su esplendor poco antes de que el avión donde venía el Profeta aterrizara en el aeropuerto. Se había pronosticado que habría un huracán pero esto no ocurrió hasta después que los hermanos partieron del país. Estuve con la hermana Kimball y le dije que me parecía imposible estar a su lado. Pero ella me dijo que no hay diferencia alguna entre nosotras dos, que ella lava ropa, lava platos, cocina, planta legumbres y hace las mismas cosas que hago yo.»

«La Conferencia de Área fue verdaderamente admirable», dice una tercera carta, «una experiencia muy notable para todos los mormones filipinos que asistimos. Lloré cuando el Presidente entró al salón por primera vez y la congregación comenzó a cantar ‘Te damos, Señor, nuestras gracias’.

«Como no vivimos lejos de Manila, habíamos proyectado volver a casa cada noche después de la conferencia; pero el lunes la sesión concluyó casi a las diez de la noche, así que tratamos de apresurarnos para poder llegar a casa antes del toque de queda que es a medianoche. Íbamos viajando cuando se pinchó uno de los neumáticos traseros del coche, así que tuvimos que parar. Felizmente lo hicimos, porque en ese momento se acercó un agente de la policía filipina para advertirnos que no debíamos viajar más esa noche; por lo tanto, pasamos en una estación de servicio hasta las cuatro de la mañana, hora en que termina el toque de queda; luego volvimos a Manila para escuchar el resto de la conferencia.»

Al escuchar a los mil doscientos jóvenes que componían un coro, todos vestidos con trajes típicos, cantar el himno: «Adelante la antorcha», parecía como si ellos mismos lo hubieran compuesto por lo bien que lo hacían.
Se nos concedió el honor de visitar a los dirigentes políticos de esos países, y les explicamos que nuestros misioneros se convierten en embajadores del país donde han prestado servicio porque se desarrolla en ellos gran lealtad y amor por el país y enseñan a los nuevos miembros que sean leales, fieles y llenos de integridad. Tenemos unos 62,000 miembros en el Oriente.
En esta y otras sesiones de la conferencia, las Autoridades Generales estarán tratando muchos temas, de minera que limitaré mis palabras a tratar ciertos puntos sobre los cuales deseo llamar vuestra atención.

En ocasiones anteriores os hemos instado a que plantéis huertos y árboles y os felicitamos por el aumento de éstos que notamos este año; dondequiera que vamos, de una ciudad a otra, vemos huertos donde antes no había nada; surcos de maíz; plantas de tomates, zanahorias, cebollas, rábanos, repollos, y otras plantas. ¡Os felicitamos! Estamos seguros de que este trabajo habrá reducido hasta cierto grado el alto precio de los víveres.
Recibimos un mensaje de un hermano japonés que decía: «He plantado un huerto aquí en mi país, y mis papas están creciendo muy bien.»

Al plantar un jardín en Edén el Señor dijo:
«. . todas las cosas que preparé para el uso del hombre; y él vio que eran buenas para sustentarse» (Moisés 3:9).

«Y yo, Dios el Señor, tomé al hombre y lo puse en el jardín de Edén para que lo labrase y guardase» (Moisés 3:15).

En nuestra propia dispensación el Señor declaró:

«La abundancia de la tierra será vuestra, las bestias del campo y las aves del aire…
«Sí, y la hierba y las cosas buenas que produce la tierra, ya sea para alimento o vestidura, o casas; o alfolíes, o huertos, o jardines, o viñas;
“Sí, y todas las cosas que de la tierra salen, en su sazón, para el beneficio y el uso del hombre son hechas tanto para agradar la vista como para alegrar el corazón;
“Sí, para ser alimento, y vestidura, para gustar y para oler. . .» (D. y C. 59:16-19).

Una carta que recibimos de una niñita dice así: «Estoy ayudando a papá a plantar un huerto y mi hermano pequeño está limpiando el patio.

… Los árboles y las plantas pueden embellecer y bendecir y los árboles frutales pueden ayudaros en vuestro sustento diario.

También nos llegó una carta de una zona rural que venía dirigida a mí, y en ella decía: «Siguiendo su consejo hicimos un recorrido por nuestro solar y nos sentimos avergonzados. La vivienda es una casa rural del tiempo de los pioneros, con su acostumbrado granero, gallinero y cobertizos, pero el cerco que la rodea estaba todo roto.
«Derrumbamos el viejo granero, arreglamos y pintamos el cerco; blanqueamos los otros edificios, y donde había estado el granero plantamos un huerto, ¡y qué delicia! ¡Gracias por sus consejos!»

Se cuenta que un administrador en África, salió a inspeccionar una región que había sido devastada por una tormenta; en su recorrido, llegó a cierto lugar donde el viento había desarraigado y destruido unos cedros gigantescos y le dijo al oficial que lo acompañaba: «Habrá que plantar unos cedros aquí», a lo que él respondió: Para que un cedro llegue a ese tamaño se requieren casi dos mil años. Ni siquiera dan fruta hasta después de los cincuenta años.»

«Entonces», insistió el administrador «hay que empezar a plantarlos inmediatamente.» Y esa misma amonestación os hago a vosotros.
«Si cada uno barriera frente a su propia puerta», dijo Goethe, «todo el mundo estaría limpio.»
Deseo mencionar otro asunto de importancia: hemos notado que en muchos lugares de nuestro mundo cristiano, tenemos establecimientos comerciales que están abiertos los domingos y estamos seguros de que el remedio para esta enfermedad se encuentra en nosotros mismos, los compradores. Ciertamente, las tiendas y comercios no permanecerían abiertos ese día si nosotros, el público, no les comprara nada. Os ruego a todos que volváis a considerar este asunto, tratadlo en vuestras noches de hogar y discutidlo con vuestros hijos. Sería admirable si toda familia resolviera que de aquí en adelante no hará compras el día de reposo.

El Señor Jesucristo dijo(y me parece que con un poco de tristeza): ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor y no hacéis lo que yo digo?» (Lucas 6:46).

También tenemos este pasaje de Ezequiel: » … estarán delante de ti como pueblo mío, y oirán tus palabras, y no las pondrán por obra. . .» (Ezequiel 33:31).

Si amamos al Señor, ¿por qué seguimos quebrantando sus leyes? Os rogamos, pues, encarecidamente, que abandonéis la costumbre de comprar artículos en el día de reposo.
Estamos adelantando en la obra misional. Este año hemos logrado un aumento de miles de misioneros; el número de los cuales llega casi a 21,000, que están predicando el evangelio; esta cantidad es la mayor que jamás ha habido en el mundo.

Tal vez la nota más agradable sea el nuevo aspecto que ha tomado esta obra, con miles de misioneros locales en América del Sur, Europa, Oriente, los mares del Sur y otras partes; estos jóvenes nos complacen muchísimo con su devoción y eficacia. Los misioneros locales trabajan sin tener que aprender otro idioma, desempeñan su labor generalmente sin necesidad de una visa y conocen su propia cultura. También estamos llamando en todo el mundo dirigentes locales en las comunidades y vemos que son leales, eficaces y devotos.
Sigue inquietándonos el número cada vez mayor de divorcios. Cada uno de éstos significa personas afligidas, convenios quebrantados, niños abandonados y privados y hogares destrozados. Deploramos los divorcios, y opinamos que son relativamente pocos los que pueden justificarse. Se debe meditar muy bien antes de contraer matrimonio, tras lo cual ambas partes tienen que hacer cuanto puedan para que esa unión continúe siendo feliz; esto es algo que se puede lograr.

El egoísmo y otros pecados son los responsables de la mayor parte de los divorcios. El apóstol Pablo nos dio la solución cuando dijo que los hombres deben amar a sus mujeres y las mujeres a sus maridos. A fin de que dos personas puedan obtener éxito en su matrimonio; necesitan tener un presupuesto cuidadosamente preparado por ambos y ceñirse estrictamente a él; muchos matrimonios se disuelven en el mercado, cuando se hacen compras que no se habían proyectado. Recordad que el matrimonio es una sociedad y no es muy posible que se logre el éxito si no funciona como tal. Se debe obrar conjuntamente en la formación de planes y en la disciplina de la familia. Son demasiados los matrimonios civiles que se deshacen y nos sentimos agradecidos porque los matrimonios efectuados en el templo se conservan mejor.

También tengo la impresión de que el Señor debe haber sentido tristeza cuando dijo: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

«Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?
«Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad» (Mateo 7:21-23).

La estabilidad familiar se mide muy bien por el número de divorcios de la comunidad.
Por muchas otras razones importantes, deseamos instar a nuestros jóvenes a que consideren el matrimonio seriamente y que vayan al templo para efectuar esta sagrada ordenanza.

Deploramos los abortos y pedimos a nuestros miembros que se refrenen de esta grave transgresión. Hemos declarado lo siguiente concerniente a este pecado:

«La Iglesia se opone enérgicamente al aborto y aconseja a sus miembros a que no se sometan a un aborto ni lo efectúen. . .

«Esta debe considerarse como una de las prácticas más sucias y pecaminosas de una época en que estamos presenciando la espantosa evidencia del libertinaje que conduce a la inmoralidad sexual.

Los miembros de la Iglesia que sean culpables de participar en ese pecado del aborto se verán sujetos a los procedimientos disciplinarios de los Consejos de la Iglesia según las circunstancias lo requieran. El Señor lo declaró en la sección 59: «No hurtarás, ni cometerás adulterio, ni matarás, ni harás ninguna cosa semejante» (Ensign marzo de 1 973, pág. 64).

Un escritor lo expresó recientemente de esta manera en una revista: «La moralidad de la vida de la gente se ha hundido al nivel más bajo en toda la historia.”

Al presenciar la creciente ola de violencia e inmoralidad sexual, nos desesperan los esfuerzos que están haciendo tantas personas por introducir en nuestros mismos hogares representaciones tan detalladas de esta conducta. Al mismo tiempo, sin embargo, nos alienta el deseo expresado por los administradores de las redes de emisoras de televisión de reservar por lo menos parte de la s primeras horas de la noche para presentar entretenimientos que los padres puedan ver con sus hijos sin sentir bochorno. Es un principio que sinceramente esperamos se entienda más. Que Díos, bendiga sus justos esfuerzos a fin de que nuestras familias sean protegidas de esa depravación.

Nos ha causado satisfacción poder ayudar un poco a los refugiados de Vietnam que vinieron de su patria para establecerse aquí. Conocí personalmente a los primeros refugiados, y al verlos en su nuevo ambiente en un mundo desconocido para ellos, recordamos a nuestros propios miembros en la época de los carros tirados por bueyes y de los pequeños carros de mano, que llegaron a esta nueva tierra, trayendo consigo poco o nada. Tenemos algunos centenares de hermanos de Vietnam que están labrando una nueva vida entre nosotros; algunos son miembros de la Iglesia, otros no lo son. Los hemos ayudado a establecerse sin el dinero que el gobierno ofreció, pero nuestra recompensa ha sido lo que el Salvador expresó:

«En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mateo 25:40).

Expresamos nuestro agradecimiento al sacerdocio y a las hermanas de la Sociedad de Socorro y otras obreras que han ayudado a encontrar alimentos, y ropa y abrigo para estas buenas gentes.

Quisiera tratar un asunto básico de integridad que se manifiesta cuando se cruzan las fronteras internacionales sin pagar las cuotas aduanales correspondientes. A veces las personas se justifican en esto, hay algunas que se refrenarían de tomar lo que pertenece a un vecino o hurtar a un comerciante, pero han desviado su manera de pensar en tal modo que no ven nada malo en evitar la aduana y no hacer una declaración correcta de sus compras. Lamentamos que esto suceda, e instamos a nuestros miembros a que sean honrados en todo lo que hagan. Cualquier excepción que se quiera hacer a esta regla es deplorable, y esperamos que nuestros miembros sean escrupulosamente honestos en sus obligaciones respecto a las aduanas, como también en sus demás tratos.

No puedo concluir esta declaración general sin reiterar nuestra posición concerniente a la moralidad. Dios es el mismo ayer, hoy y para siempre. Nunca ha tenido por objeto que cambiemos o analicemos con nuestra visión las pautas morales que El estableció hace mucho; el pecado todavía es pecado y siempre lo será. Nosotros abogamos por una vida de pureza. Proclamamos que es una iniquidad tener cualquier clase de relaciones sexuales fuera del matrimonio en toda época de la vida, desde la niñez hasta el sepulcro, afirmamos que todos los que contraen matrimonio deben regirse por los convenios que hicieron.

En otras palabras como tan frecuentemente hemos dicho, debe haber una castidad total por parte de los hombres y las mujeres antes de casarse, y una fidelidad completa en el matrimonio. Me repugna el hecho de que haya ciertos innovadores sexuales, que quieren cambiar el orden y alterar el estado normal de las cosas. Aborrecemos con toda el alma la pornografía, el libertinaje y la llamada libertad de los sexos, y tememos que los que han apoyado, enseñado y alentado el libertinaje que provoca esta conducta inmoral, algún día se hallarán en una situación lamentable ante Aquel que ha establecido las normas.

Nuevamente repetimos las palabras del Salvador: «¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?» (Lucas 6:46).

El también dijo: «No prediquéis sino el arrepentimiento a esta generación» (D. y C. 6:9).

«Y atribularé a los hombres y andarán como ciegos, porque pecaron contra Jehová; y la sangre de ellos será derramada como polvo. . .
«Ni su plata ni su oro podrá librarlos en el día de la ira de Jehová, pues toda la tierra será consumida por el fuego de su celo; porque ciertamente destrucción apresurada habrá de todos los habitantes de la tierra» (Sofonías 17-18).

Seguimos amonestando a los miembros y suplicándoles que cumplan con su deber porque somos atalayas sobre la torre y en nuestras manos tenemos una trompeta que debemos tocar fuertemente para dar la voz de alarma.

Isaías dijo: «Porque la nación o reino que no te sirviere perecerá, y del todo será asolado» (Isaías 60:12).

Al participar en las sesiones de esta conferencia, quisiéramos invocar las bendiciones del Señor sobre todos los hermanos que nos hablarán y sobre todos vosotros que estaréis escuchando, a fin de que el mensaje llegue a vuestro corazón y vuestro testimonio se fortalezca. Bienaventurada la nación cuyo Dios es el Señor. Pido las bendiciones del cielo sobre vosotros en el nombre de Jesucristo. Amén.

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