C. G. Octubre 1975
Defendamos lo que es justo
Por el élder L. Tom Perry
Del Consejo de los Doce
Una de las oportunidades más emocionantes que me presenta la Conferencia General, es llegar temprano a las sesiones, recorrer los pasillos de este magnífico Tabernáculo y tener el privilegio de saludar a los visitantes que van llegando para la conferencia. Entonces se descubre que ésta es verdaderamente una conferencia mundial.
Aunque hablamos idiomas diferentes hay otras formas de comunicación; al estrechar las manos o mirar a los ojos de una persona que ha venido de otro país, pronto uno se da cuenta que existe un vínculo que nos une, una fraternidad que no conoce límite de fronteras ni de idiomas.
Frecuentemente durante esta conferencia nos hemos referido al país en el cual se encuentra establecida la cabecera de la Iglesia, cuando esto ha ocurrido me he fijado en la expresión de los rostros de aquellos que reciben el mensaje por medio de un intérprete y he detectado algo más que una mera atención cortés, he observado interés y comprensión. Esto resulta explicable si tenemos en cuenta, que, al estudiar la historia, encontramos un elemento común que se repite una y otra vez a través de las épocas.
Nosotros amamos a nuestro país; también amamos al vuestro, la tierra donde habéis nacido. Tengo el honor de haber sido elegido para ayudar en los preparativos de la celebración del segundo centenario de la Independencia de los Estados Unidos, que se llevará a cabo en el 76. Nunca he tenido una asignación que me diera una visión más clara de la historia de este país.
Hace unos meses tuve que ayudar a extender invitaciones a líderes religiosos estadounidenses para asistir a una reunión especial, que tenía el propósito de aumentar el interés de las congregaciones religiosas en la participación de dicha celebración; éramos unas cuatrocientas personas y estuvimos reunidos durante dos días.
Muchos de aquellos ministros provocaron mi admiración y profundo respeto; pero muchos otros a los que describiría como elemento liberal religioso, me causaron grave preocupación.
Parte del programa requería que nos dividiéramos en grupos de unas veinte personas, para examinar y discutir el papel que deben tener las diferentes denominaciones religiosas en la conmemoración de este importante aniversario de nuestra nación.
Al finalizar el primer día de las reuniones estudié con un brillante joven colega la posibilidad de preparar una propuesta a las religiones de este país para que conjuntamente proclamáramos a nuestros coterráneos una reafirmación de la necesidad que tenemos de guía divina y nuestra gratitud hacia el Señor porque su mano dirigió la formación de la Constitución del país. No sé cuánto trabajaría aquel joven durante la noche, pero al día siguiente tenía un excelente bosquejo para la propuesta.
Yo estaba entusiasmado ante la posibilidad de presentar ese documento a nuestro grupo; pero lamentablemente, mi entusiasmo se enfrió rápidamente; pronto descubrimos que nuestro pequeño grupo se había puesto de acuerdo para no aceptar ninguna declaración oficial en la que se mencionara al Señor. El motivo que alegaban era que algo así sería ofensivo para los ateos, ya que según ellos, éstos también tienen derecho a sus creencias. Por supuesto, yo estoy de acuerdo con que todos los seres humanos tienen el derecho del libre albedrío; pero argüí con todas mis fuerzas contra la idea de acallar nuestras firmes convicciones sólo por que no todas las personas podrían aceptarlas. Cuanto más debatíamos el tema, la oposición era más cerrada y finalmente, nos fue imposible conseguir que el comité aceptara la publicación de ésa o de alguna otra propuesta.
Me quedé tan anonadado ante la obvia inutilidad de nuestros esfuerzos que sentí la necesidad de hablar con el ministro que más se había opuesto a nuestra declaración; pero hacerlo me causó un efecto todavía peor, al ver a aquel hombre que proclamaba su importancia como líder religioso con un pomposo título, el director de una congregación cristiana, dando a mis preguntas las respuestas que quisiera leeros a continuación.
«¿Cree usted que Dios haya inspirado a los héroes de nuestra independencia en la formación de esta nación?»
«En mis estudios no he encontrado evidencias de que la mano de Dios haya dirigido nunca los asuntos de la humanidad.»
«Con esa manera de pensar, ¿cómo puede pararse frente a su congregación todos los domingos y enseñar doctrina cristiana?»
«No es difícil. Lo que hago es reunir un grupo que pueda representar a la congregación y predico aquello que el grupo considere más conveniente por mutuo acuerdo.»
Una vez más aclaro que durante estas reuniones a las que me he referido, conocí muchos líderes religiosos excelentes y dedicados; pero al regresar de ese viaje lo hice con la grave preocupación de ver que existe la tendencia en muchas de las iglesias cristianas, aquí y en otras partes del mundo, a enseñar las doctrinas de los hombres en lugar de aquellas que Dios nos ha dado.
También me sentía desilusionado de que aquellas importantes personas se hubieran negado a proclamar una declaración de gratitud a nuestro Padre Eterno. Sin embargo yo tomé la decisión de que haré oír mi opinión en dos asuntos importantes.
Primero, desarrollaré el valor necesario para defender firmemente lo que creo justo y proclamaré mi testimonio personal de que los cielos no están cerrados. El Señor continúa guiando y dirigiendo a sus hijos terrenales, basta que éstos obedezcan su voz. Proclamaré: mi firme convicción de que la base de cualquier gobierno justo, es la ley que se ha recibido del Señor para dirigir y guiar los asuntos de los hombres. La escritura que citó el presidente Tanner indica que esto es así: «Y para este fin he establecido la constitución de este país a manos de hombres sabios que yo he levantado para este propósito mismo, y he redimido la tierra por el derrame de sangre» (D. y C. 101:80).
He decidido hacer todo lo que esté en mi poder por mantener viva la misma fe: que existía en el corazón de los fundadores de nuestro país.
Deseo ratificar ante vosotros mi fe en que el Señor Dios continúa gobernando los asuntos de sus hijos; su ley tiene que ser el cimiento en el cual se funden todas las demás leyes y debemos estar listos para apoyar y defender la ley divina y vivir en armonía con ella.
En segundo término, deseo expresar públicamente mi oposición a todos aquellos que se encuentran tan enceguecidos por su propia erudición que creen tener el poder para cambiar las leyes de Dios. Un acuerdo entre los hombres no tiene ni nunca tendrá el poder de cambiar las leyes divinas.
Quisiera citar un ejemplo de cómo estas mentes aparentemente ilustradas, están tratando de destruir la sagrada institución del matrimonio con sus enseñanzas y su doctrina errónea. La siguiente cita es de una publicación reciente, un caso de los muchos que he recibido de ciudadanos preocupados por la situación actual:
«Basándose en ésta y otras evidencias similares, algunos observadores, sugieren que la institución del matrimonio, que a través de los siglos ha sido altera da a fin de adaptarla a las necesidades de una sociedad cambiante, se enfrenta ahora a la posibilidad de ir convirtiéndose gradualmente en algo obsoleto. Según la opinión de estos observadores, el matrimonio terminará por ser, no un voto religioso ni una certificación legal, sino simplemente un hecho sociológico» (The Pleasure Bond, por William Masters y Virginia Johnson. Toronto and Boston, Little, Brown and Co., pág. 179). Estas persona s desean un diferente enfoque cristiano del matrimonio, afirmando que el dogma se ve obligado a cada paso al humanismo; aunque sea en forma lenta y desga nada; también mencionan estudios que, según ellos están a punto de revelar que las relaciones extramaritales pueden servir como un medio para lograr la fidelidad a Dios.
Estas enseñanzas son completamente contrarias a las instrucciones que el Señor ha dado a la humanidad; al examina r el orden físico en su plan divino, no encuentro evidencia alguna de que El se haya enfrentado nunca a la necesidad de hacer correcciones. La tierra continua rotando en la misma dirección, con su eje en el mismo ángulo; el ciclo de la humedad continúa yendo del mar a la nube, de ésta a la tierra, a los ríos y el mar, con el mismo efecto beneficioso con que comenzó y sin alteraciones.
Igual estabilidad existe en la ley divina que el Señor ha establecido para el ser humano. En el principio, El declaró:
«Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.
«Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas. . .
«Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre.
«Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada.
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Gén. 2:1 8,21 -24).
La unión entre marido y mujer es sagrada ante el Señor, es algo con lo cual no se puede jugar. El convenio del matrimonio es esencial para que se cumplan los propósitos y la misión del Señor Dios, por los cuales El creó los cielos y la tierra.
En todas las épocas El ha declarado que su ley divina está para salvaguardar y proteger esta unión sacrosanta entre los esposos. Cuando Moisés tuvo la necesidad de leyes por las cuales gobernar a los hijos de Israel, uno de los mandamientos del Señor fue: «No cometerás adulterio» (Éxodo 20:14).
En otra época cuando el Hijo Unigénito estaba en la tierra, ratificó esta ley eterna con renovado énfasis: Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.
«Pero yo os digo que cualquiera que mira una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5:27-28).
En su visita al Continente Americano el Señor volvió a declarar la misma enseñanza tal como aparece en el Libro de Mormón: «No cometerás adulterio» (Mosíah 13:22).
Y no nos ha dejado sin esta instrucción en nuestras escrituras modernas, sino que en nuestros días ha dicho nuevamente: «No cometerás adulterio; el que cometiere adulterio y no se arrepintiere, será expulsado» (D. y C. 42:24).
Nunca ha habido ni jamás habrá contradicción en las leyes de Dios. En todas las épocas, escritura tras escritura declaran su divino mensaje que permanece invariable y no puede sufrir cambio alguno a manos del hombre.
Hoy deseo repetir las mismas palabras de advertencia pronunciadas por Pablo, el apóstol del Señor: «Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas (2 Timoteo 4:3-4).
Dejo con vosotros mi testimonio de que las leyes de Dios son constantes y no han de cambiar. Si adaptamos nuestra vida a ellas, encontraremos un gozo recompensador, un sentimiento de plenitud y de paz; si tratamos de cambiarlas o las desobedecemos, tendremos que enfrentar el juicio de Dios y sin duda alguna, el resultado será aflicción, dolor y remordimiento.
Tratemos de captar el espíritu del salmista que escribió: «De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan» (Sal. 24:1).
Que Dios nos conceda el valor de defender y apoyar todo aquello que sabemos es justo, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.
























