C. G. Abril 1976
Para que seamos uno
por el élder Howard W. Hunter
del Consejo de los Doce
En la época de la conquista de Palestina occidental, tras la muerte de Moisés, las diez tribus de la antigua Israel se unieron bajo el liderazgo de Josué. Se hicieron preparativos y se impartieron las órdenes a fin de que él grupo se preparara para cruzar el Jordán y emprender camino a Jericó. Josué dijo a su gente que el Señor haría milagros tales como secar el río cuando los pies de los sacerdotes que guiaban la marcha y llevaban el arca del convenio, tocaran el agua. Tal como lo predijo, milagrosamente las aguas del Jordán fueron contenidas y pudieron cruzar sobre tierra seca.
Una vez que el pueblo de Israel hubo cruzado el río sobre tierra seca, el Señor mandó a Josué que escogiera a doce hombres, uno por cada tribu, para que cargasen sobre sus hombros doce piedras del Jordán y las depositaran en el lugar donde acamparían por la noche. Luego agregó: «. . . para que esto sea señal entre vosotros; y cuando vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana, diciendo: ¿Qué significan estas piedras? les responderéis: que las aguas del Jordán fueron divididas delante del arca del pacto de Jehová; cuando ella pasó el Jordán, las aguas del Jordán se dividieron; y estas piedras servirán de monumento conmemorativo a los hijos de Israel para siempre.» (Josué 4:6-7.)
Los padres han dejado monumentos conmemorativos para sus hijos y los hijos los han edificado para sus padres, desde el comienzo del tiempo.
Aquí, en la Manzana del Templo, nos hemos rodeado de dichas memorias: la antigua campana de Nauvoo, el monumento a la gaviota, estatuas de la restauración, del Cristo, etc. Esto contribuye a unir generación con generación, preservando en una larga e indestructible cadena los eventos importantes de nuestra herencia común. El paso del tiempo y el crecimiento de nuestras instituciones, tienden a menudo a separarnos, no solamente entre nosotros mismos, sino de nuestros propósitos comunes. A lo largo de la historia, se nos ha mandado construir monumentos conmemorativos, celebrar fiestas de pascua, o conferencias generales para preservar el poder de nuestra fe unido, y a fin de que recordemos los mandamientos de Dios para el logro de nuestras metas eternas e invariables.
No obstante, se necesita algo más que monumentos y festivales para tener éxito en el refuerzo de nuestra fortaleza y en la preservación de nuestra unidad. Como dijo el Salvador:
«Si un reino está dividido contra sí mismo, tal reino no puede permanecer. Y si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede permanecer.» (Mar. 3:24-25.)
Pero aun cuando la necesidad de unidad pueda ser enorme entre las naciones, existe una necesidad todavía mayor de armonía e independencia dentro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que es universal. Al acercarnos al final de esta conferencia, desearía leeros lo que, según un Profeta de nuestra época, es «la oración más grandiosa que se ha pronunciado en este mundo». Está registrada por Juan en detalle, tal como el Apóstol la escuchó de labios del Hijo de Dios al caer la tarde, cuando El y sus discípulos cenaron por última vez:
«Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti . . .
He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. .
Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son . . .
Padre Santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros.
Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.
. . . Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.
La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno.» (Véase el capítulo 17 de Juan.)
Es imprescindible que haya constante unidad dentro de nuestra Iglesia, pues si no somos uno, no somos del Padre. (D. y C. 38:27.) En verdad dependemos el uno del otro, pues «ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo ‘necesidad de vosotros» (1 Cor. 12:21). Tampoco pueden los norteamericanos decir a los asiáticos, ni los europeos a los de las islas del mar: «No tenemos necesidad de vosotros». No, en esta Iglesia necesitamos a todo miembro; y rogamos, como dijo Pablo cuando escribió a la Iglesia en Corinto: Para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan» (1 Cor. 12:25-26). Las palabras de Pablo se aplican a nosotros hoy, de la misma forma que se aplicaron a los santos de Corinto.
A1 pensar en el tremendo crecimiento de la Iglesia, la diversidad de lenguas y culturas, y la tarea monumental que aún descansa sobre nuestros hombros, nos preguntamos si existe un objetivo más importante ante nosotros que el vivir de forma tal, que podamos disfrutar el espíritu de unión que emana del Señor. Como Jesús oró, debemos ser unidos si es que el mundo va a convencerse de que El fue enviado por Dios su Padre para redimirnos de nuestros pecados.
Es la unidad de acción y propósito, lo que nos habilita para declarar nuestro testimonio en todo el mundo por medio de decenas de miles de misioneros. Pero es necesario hacer más todavía. Es la unidad lo que ha permitido a la Iglesia, a sus barrios, a sus ramas, estacas, distritos y miembros, construir templos y capillas, llevar a cabo proyectos de bienestar, hacer obra por los muertos, velar por la Iglesia y edificar la fe. Aún debemos hacer mucho más. Estos grandes propósitos del Señor no se hubieran podido lograr en medio de la disensión, los celos o el egoísmo. Quizás nuestras ideas no siempre estén de acuerdo con las de quienes presiden sobre nosotros, mas ésta es la Iglesia del Señor y El nos bendecirá si nos alejamos del orgullo, oramos por fortaleza y contribuimos por el bien de todos.
De la misma manera, puedo deciros que no conozco arma más poderosa en las manos del adversario contra cualquier grupo de hombres o mujeres en esta Iglesia que la división, el encontrar faltas y crear antagonismo. En un período difícil en la historia de la Iglesia, el profeta José Smith habló de la oposición que puede llevarla al desastre cuando no estemos llenos del espíritu de apoyo y colaboración:
«La nube que ha estado pendiendo sobre nosotros, se ha desatado con bendiciones sobre nuestra cabeza, y Satanás ha visto frustrados sus intentos de destruir la Iglesia y a mí, causando celos en el corazón de algunos de los hermanos. Agradezco a nuestro Padre Celestial por la unión y armonía que prevalecen entre nosotros en la Iglesia.»
Por supuesto, la clave para que una Iglesia sea unida es un alma unida, que esté en paz consigo misma y no entregada a conflictos y tensiones interiores. Hay muchas cosas calculadas en nuestro mundo actual para destruir esa paz personal mediante pecados y tentaciones de mil naturalezas distintas. Rogamos porque los santos vivan en armonía con el ideal que Jesús de Nazaret dejó establecido.
Es nuestro ruego también, que los esfuerzos de Satanás se vean destruidos, que nuestra vida pueda ser pacífica y calma, que la familia pueda permanecer unida y velar por cada uno de sus miembros; que los barrios y estacas, ramas y distritos, puedan formar el gran cuerpo de Cristo, satisfaciendo toda necesidad, calmando toda herida, sanando todo mal hasta que todo el mundo, como Nefi lo deseó; siga «adelante con firmeza en Cristo, teniendo una esperanza resplandeciente y amor hacia Dios y hacia todos los hombres . . . amados hermanos, ésta es la senda; y no hay otro camino . . .» (2 Nefi 31:20-21).
Por toda esta Iglesia universal, por el gran cuerpo de santos en el este y en el oeste, en el norte y en el sur, oramos porque todos podamos ser uno, como Cristo lo desea.
Esta ha sido una conferencia gloriosa. Ha reinado en ella un buen espíritu, y a causa de haber estado unidos bajo la dirección de un Profeta de Dios, apoyándolo y sosteniéndolo, el Señor nos ha bendecido. Os dejo mi testimonio de que Dios vive y que continuará bendiciéndonos si permanecemos como uno y seguimos sus mandamientos. Que así sea, es mi humilde oración, en el nombre de nuestro Salvador y Maestro, Jesucristo. Amén.
























