El «sistema de apoyo» del Señor

C. G. Octubre 1976logo pdf
El «sistema de apoyo» del Señor
por el élder Robert L. Simpson
del Primer Quórum de los Setenta

Robert L. SimpsonUna de las peores experiencias de nuestra era espacial es cuando un proyecto multimillonario se encuentra en su etapa final y tiene que ser suspendido debido a una falla técnica; el costo de esa falla puede ser astronómico y sin embargo, en una de esas oportunidades la falla fue causada por un pequeño transistor que costaba unos 30 centavos.

Del mismo modo que los proyectos espaciales dependen de miles de otros componentes más pequeños, llamados «sistema de apoyo», también el Señor depende de decenas de miles de elementos de su sistema de apoyo, para que su meta de bendecir a sus hijos y prepararles para la vida eterna se logre en el tiempo preciso.

Hoy quisiera sugerir un sincero tributo a este tremendo sistema que opera en toda la Iglesia, gente que trabaja en vitales llamamientos, que cumple paciente y fielmente con sus obligaciones el año entero, sin ostentaciones y a veces sin un merecido agradecimiento.

Quisiera agradecer a los conserjes de los edificios de toda la Iglesia, que mantienen las capillas en el estado adecuado para nuestras reuniones.

¡Qué bueno sería que cada rama o barrio tuviera recepcionistas para dar la t bienvenida a cada reunión! Puede haber una gran diferencia cuando se saluda a las personas en la puerta, cordialmente pero con reverencia, para que puedan ser conscientes del espíritu que debe reinar en la casa del Señor.

Mientras esperamos que comiencen los servicios, tenemos que hacer la transición de las preocupaciones mundanas. Rendimos homenaje a los organistas que se encargan de la música que nos inspira y nos imparte la paz mental, compatible con el espíritu de la reunión.

Poco es lo que agradecemos a nuestros maestros de la Iglesia. Cada maestro dedica muchas horas de su semana en la preparación necesaria; estudia y medita escrituras y conceptos, y debe encontrar las palabras adecuadas para después expresarlas de acuerdo con el Espíritu, como se enseña en nuestra Iglesia: «. . . y si no recibiereis el Espíritu, no enseñaréis» (D. y C. 42:14). Bendigamos eternamente los nombres de quienes imparten la verdad.

La nuestra es una Iglesia de actividad. Somos testigos constantes de que, habiendo recibido un llamamiento, muchos responden, «¿Quién, yo?», a pesar de lo cual poco después se hace evidente en ellos el progreso personal, cuando comienzan a desarrollarse los talento, escondidos.

En la obra del Señor no ambicionamos cargos ni debemos rehusar las oportunidades cuando se nos llama a servir. Se cuenta la anécdota de un hermano, bastante nuevo en la Iglesia, que estaba ansioso por servir en puestos de importancia. En una oportunidad en que pudo saludar al élder Hugh B. Brown le preguntó: «Hermano Brown. ¿cómo se puede llegar a ser obispo en la Iglesia?» A lo cual el élder Brown respondió: «El proceso es simple: sólo tiene que esperar la invitación del Señor.» ¡Qué extraordinaria meta para cada uno de los santos! Reunir las condiciones para ser digno de recibir una invitación del Señor.

En las obras teatrales o de cine, existen los llamados «extras», que complementan el escenario. Nuestra Iglesia, al igual que este arte, perdería su «sabor» sin los «extras», que completan la escena con su presencia, perdiéndose al mismo tiempo en el anonimato; éstos son los fieles miembros que forman el «sistema de apoyo» del Señor. Cada uno de los grandes líderes de la Iglesia de hoy, fue un «extra» ayer. Este divino proceso del desarrollo humano es el fundamento mismo del plan del evangelio.

Quisiera también rendir tributo a los miles que han bajado momentáneamente de sus altos puestos para desempeñar el papel de «extras» en las escenas finales de esta vida. Conozco a un ex presidente de misión que ahora es secretario de barrio; a un presidente de estaca que es asesor de un quórum de diáconos y prepara a jóvenes para cumplir misiones. Repito una de las grandes observaciones de esta dispensación: «No importa dónde servimos sino cómo servimos.»

Preguntad a cualquier padre cuán importante es un buen maestro Scout; a un obispo, cuán importante es el secretario del barrio; a cualquier maestro. cuán indispensable es el bibliotecario.

Lástima que no podamos preguntar a alguien que haya vivido hace 300 años. su opinión sobre la importancia de un investigador genealógico.

Algunos de los «extras» del ejército del Padre Celestial son los que llamamos consejeros. Manteniéndose siempre un paso atrás de su buen líder, siempre dispuestos a expresar su opinión, pero también a aceptar una decisión final, aun cuando sea totalmente opuesta a lo que piensan.

Los conceptos del evangelio tal como los enseñó el Salvador son a veces difíciles para la mente de un mortal. Los caminos del Señor no son los del hombre; todos debemos aprender bien esa lección. Puede que haya muchas sorpresas en la eternidad cuando exclamemos asombrados: «Pero, ¡si él era sólo un maestro!» Todos sabemos que si era el tipo de maestro orientador del cual habla el Manual de Instrucciones, ese hombre será digno de heredar TODO lo que el Padre tiene y nos ha prometido.

Es también interesante destacar que estos hermanos que forman las Autoridades Generales, están regidos por las mismas normas eternas que cualquier otro miembro de la Iglesia. En ese juicio final, que será justo y verdadero, habrá sólo una norma y un grupo de reglas, ya que Dios no hace acepción de personas; y ¡cuán significativo es que no haya Escrituras que sean privadas! Sino que todas son las mismas para el miembro más nuevo como para los miembros de la Primera Presidencia.

A todos los «extras» de la Iglesia queremos expresar nuestro sincero agradecimiento desde el fondo del corazón. Gracias por la forma en que lleváis a cabo vuestras responsabilidades por amor al Señor; gracias por vuestro apoyo e influencia, que sentimos tan poderosamente cuando nos reunimos con vosotros. Sin ese apoyo no podría existir la organización de la Iglesia ni la vida de los miembros podría ser tan abundantemente bendecida. Que podamos actuar todos con total voluntad, eficacia, y con la fe puesta sólo en la gloria del Señor, es mi ruego y oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

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