EL CONOCIMIENTO A NUESTRO ALCANCE
élder Theodore M. Burton
del Primer Quórum de los Setenta
Hermanos y amigos, leyendo los primeros tres versículos del primer capítulo de los Hechos me asalta una pregunta:
“. . . hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar. hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; a quienes también después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.»
Después de su resurrección, Jesús debe haber recibido mucho más poder y conocimiento de lo que había tenido durante su vida. Sin embargo, no encontramos casi nada de lo que El enseñó a sus discípulos durante esos cuarenta días después de su resurrección. El interrogante es: ¿qué les enseñó?
Tenemos mucho de lo que Jesús enseñó durante los tres años de su ministerio terrenal; pero de las enseñanzas del Cristo resucitado tenemos muy poco. Sin duda, esas ideas y conceptos tienen que ser más importantes que lo que había enseñado antes.
Pero no estoy en lo cierto si doy la impresión de que no sabemos nada de lo que Cristo enseñó durante aquellos cuarenta días. Los apóstoles enseñaron estas cosas con mucha discreción, al escribir a los santos. No todos podrían entender su significado, excepto aquellos a quienes los apóstoles escribían. Un ejemplo se encuentra en la primera epístola de Juan:
«Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas.» (1 Juan 2:20) ¿Qué iglesia de hoy entiende y usa la unción para enseñar todas las cosas, como explica más claramente el versículo 27?
«Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él.»
Esta declaración-oculta al cristianismo moderno-debe haber significado mucho para aquellos a quienes Juan escribió. Los miembros fieles de nuestra Iglesia reconocerán y entenderán esta doctrina tal como la entendieron los antiguos cristianos.
Otro ejemplo se encuentra en lo que Pablo enseñó en su segunda epístola a los corintios:
«Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios,
el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones.» (2 Cor. 1:21-22.)
El poder de sellar, que menciona Pablo, fue dado a Pedro, Santiago y Juan, en el Monte de la Transfiguración. Ese mismo poder (restaurado por el profeta Elías) fue dado por Cristo a sus apóstoles como dice Mateo:
«De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.» (Mateo 18: 18.)
Las instrucciones y enseñanzas de Jesús después de su resurrección eran tan sagradas que no se escribieron. Sin embargo, los apóstoles dieron indicaciones de ellas a los miembros fieles, al exhortarlos a que cumplieran su deber de cristianos.
¿Qué hizo Jesús entre su muerte y su resurrección? Sabemos, por ejemplo, que no subió al Padre inmediatamente. En el capítulo 20 de Juan, versículo 17, está registrado lo que Jesús le dijo a María Magdalena:
«No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.»
Si Jesús no subió al Padre en seguida, ¿dónde estuvo y qué hizo?
Durante el tiempo que pasó entre su muerte y su resurrección, Jesús fue al mundo espiritual como había prometido a los ladrones en la cruz. Allí, él organizó la prédica del evangelio a los espíritus en prisión. Pedro lo dice en su primera epístola:
«Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados.» (1 Pe. 3: 1819.)
El presidente Joseph F. Smith, quien tuvo una extraordinaria visión de esta visita, escribió lo siguiente, que se encuentra en la adición a la Perla de Gran Precio, Visión de la redención de los muertos, versículos 29-30:
«Y mientras reflexionaba, mis ojos fueron abiertos y se vivificó mi entendimiento, y percibí que el Señor no fue en persona entre los inicuos y desobedientes que habían rechazado la verdad, para enseñarles; mas he aquí, organizó sus fuerzas y nombró mensajeros de entre los justos, investidos con poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y elevaran la luz del evangelio a los que se hallaban en tinieblas, si, a todos los demás espíritus de los hombres. Y así se predicó el evangelio a los muertos.»
Puesto que Dios no hace acepción de personas, sería injusto condenar a los que no tuvieron la oportunidad de escuchar el evangelio mientras vivieron en la tierra. Algunos nacieron en una época o lugar donde les fue imposible escuchar el mensaje de salvación; condenarlos por no haber tenido la oportunidad de aceptar el evangelio cuando vivieron, sería injusto. La salvación de los muertos fue uno de los conceptos enseñados durante esos cuarenta días después de la resurrección de Jesús.
Pedro explicó que la razón por la cual Jesús visitó a los espíritus encarcelados, fue llevarles el evangelio. En su primera epístola Pedro dice:
«Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios.» (1 Pe. 4:6.)
Es decir, reciben la salvación, aceptando ordenanzas terrenales en el mundo espiritual, después que éstas fueron hechas vicariamente por ellos en la tierra. Tal principio de salvación para toda la humanidad, refleja la misericordia, la bondad y el amor de Dios por todos sus hijos. ¿No es extraño que un principio tan noble e importante fuera olvidado y abandonado por el mundo cristiano de hoy?
La iglesia primitiva practicaba todo eso. La obra de la salvación para los muertos fue tan común, que Pablo se refirió a ella como prueba de la resurrección universal. En su primer epístola a los corintios Pablo dice:
«De otro modo, ¿que harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos?» (1 Cor. 15:29.)
No podría estar más claro de lo que está en esta escritura, el hecho de que la obra vicaria por los muertos era practicada por los antiguos cristianos. La ignorancia de todo esto en el cristianismo moderno, es prueba de que hubo una apostasía. Como dijo Isaías:
«Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno.» (Is. 24:5.)
Era necesario restaurar esta doctrina y ordenanzas. Ni durante ni después de la Reforma los hombres pudieron hacerlo. Esta doctrina ha venido del cielo con la restauración del evangelio. Tampoco José Smith podría haberla inventado. Como dijo el profeta Daniel es parte de la piedra cortada, no con mano, que hincharía la tierra. El reino está avanzando. En la tierra hay de nuevo profetas que enseñan la misma sagrada doctrina revelada por Jesús durante los cuarenta días después de su resurrección. Reconocer este hecho es en sí una amonestación a todos los miembros de la Iglesia para que se hagan dignos de estas bendiciones. Pues ellas serán reveladas a los justos que las crean y las practiquen.
Estamos viendo un apresuramiento de la obra, según el mundo muestra gran interés en la genealogía. Y parece tan natural, que muy pocos ven en ello la mano de Dios. Pero está allí. Los interesados en genealogía, sin duda, van a preguntarse el porqué de su interés. Y si buscan la contestación a su pregunta van a encontrar el evangelio restaurado, y van a recibir poderes de lo alto, tal como los miembros antiguos de la Iglesia de Jesucristo.
Vemos un aceleramiento en la construcción de templos en la Iglesia, y mucha actividad en la obra vicaria por los muertos. En ambos casos, debe servir de advertencia a los miembros para que tomen esta obra más en serio; es la continuación y el perfeccionamiento del trabajo misional; en verdad, es parte vital de éste. El descuido de esa responsabilidad pone en peligro nuestra salvación.
La urgencia de esta obra se hace sentir por todos lados. Se puede ver el apresuramiento de la mano de Dios; se siente la necesidad de avanzar la obra. Yo siento que debo enseñarla por dondequiera que voy para que tanto los miembros como los que no lo son puedan buscar ese conocimiento que ni está desconocido ni se oculta a quienes conocen y aman al Señor. Es mi testimonio en el nombre de Jesucristo: Amén.
























