C. G. Abril 1977
Hermandad
presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia
En estos últimos años, me he asociado con una organización conocida como Organización Nacional de Cristianos y Judíos. Se trata de una organización que tiene concilios en las ciudades de todo el país, a cargo de oficiales y comités locales. En Salt Lake City, un católico, un protestante, un judío y un mormón, trabajan unidos como directores con el propósito de fomentar la coparticipación y la hermandad. He pensado cuán admirable sería poder extender esta clase de hermandad a todas las religiones y pueblos del mundo. El presidente de nuestra asociación, Dr. David Hyatt, ha declarado:
«La hermandad el respeto a la dignidad y el valor de otro ser humano debe llegar a ser una parte de nuestras actividades conscientes, y no sólo una expresión retórica, filosófica, o una idea pasiva.
¡La hermandad es la democracia en acción! Es dar a otros los derechos y el respeto que queremos para nosotros mismos. ¡Así es de sencilla y de profunda!» (Tomado del folleto NCCJ, dic. de 1974, pág. 3.)
Al observar a los miembros de esta organización y considerar sus fines e ideales, me ha impresionado lo que he visto que pueden llevar a cabo personas que colaboran mutuamente en armonía y unidad para realizar sus propósitos. He pensado en otros grupos que obran a favor de la hermandad, o para fomentar otras causas o proyectos, y mis pensamientos siempre se vuelven a la organización del Sacerdocio de Dios, que es la asociación más grande y más importante en todo el mundo. ¡Cuán afortunados somos de ser miembros de ella!
Pero, y parecería que siempre estoy repitiendo lo mismo, junto con este privilegio viene una gran responsabilidad y una gran oportunidad. No basta con que seamos miembros y nos sintamos satisfechos a causa de los números que tenemos en nuestros quórumes respectivos. Queremos extender nuestros brazos e incorporar al mundo entero en nuestra hermandad, que es la única organización que tiene por objeto llevar al género humano el don mayor que puede recibir, a saber, la vida eterna.
Los miembros de la Iglesia se hallan en una situación muy singular, porque saben y entienden que todos los seres humanos son literalmente hijos espirituales de Dios, y que la unidad familiar es eterna y pueden gozar de progreso eterno, que debe ser la meta de todos. A causa de que sabemos que Dios es nuestro Padre, nos tratamos unos a otros de hermanos, tal como lo hacen los hijos en las familias, y gozamos de una verdadera sensación de hermandad.
Algunas personas preguntan por qué razón debe haber una Iglesia organizada. Les parece que pueden labrar su salvación a solas, y que no hay necesidad de asistir a las reuniones de la Iglesia ni cumplir con otros requisitos, si es que son honrados y honorables y hacen bien a sus semejantes. Sin embargo, el Señor nos ha dado instrucciones de que debemos pertenecer a una Iglesia, y esta Iglesia, que es de El, tiene la misma organización que el propio Jesucristo estableció mientras estuvo en la tierra. Tenemos muchas declaraciones explícitas del Señor que aclaran esto, y también que necesitamos animarnos y ayudarnos unos a otros.
El dijo: «Y para que te conserves más limpio de las manchas del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo» (D. y C. 59:9.)
«Conviene que la Iglesia se junte a menudo para participar del pan y el vino en memoria del Señor Jesús.» (D. y C. 20:75.)
«Y os mando que os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino.» (D. y C. 88:77.)
«Tú, una vez vuelto, (es decir, convertido) confirma a tus hermanos.» (Lucas 22:32.)
Todas estas instrucciones tienen por objeto ayudarnos a disfrutar de la vida aquí y prepararnos para volver a la presencia de nuestro Padre Celestial. Para este propósito se creó la tierra, y encontramos en las Escrituras el relato del establecimiento del plan de Dios respecto de nosotros:
«Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales, y haremos una tierra en donde éstos puedan morar; y así los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare.» (Abraham 3:24-25.)
Para llevar a cabo los propósitos de Dios y probarnos a nosotros mismos, es necesario que obremos dentro de su Iglesia y bajo la dirección de sus siervos autorizados. Necesitamos la fuerza que sólo podemos obtener asociándonos con otros que estén procurando las mismas metas.
Para ilustrar esto, quisiera repetir un relato que hizo el hermano Henry D. Taylor hace pocos años, en un discurso intitulado «El hombre no está solo».
Un jovencito recibió una invitación de visitar a su tío que trabajaba en la industria maderera en el noroeste del país. Cuando llegó, su tío lo estaba esperando en la estación y al dirigirse al aserradero, el jovencito quedó muy impresionado con el enorme tamaño de los árboles que había por todos lados. En la cima de una pequeña colina había un árbol gigantesco que coronaba su cumbre. El jovencito, lleno de asombro, exclamó entusiasmado: «Tío George, ¡mira que árbol tan grande! Produciría una gran cantidad de madera buena, ¿verdad?»
Su tío George lentamente movió la cabeza de un lado al otro, y contestó: «No, hijo, ese árbol no produciría mucha madera buena Tal vez producirá mucha madera, pero no mucha madera buena. Cuando un árbol crece aislado, se llena de ramas. Estas ramas producen nudos en la madera que sale del árbol. La mejor madera proviene de árboles que crecen juntos en arboledas. Los árboles también crecen más altos y más rectos cuando crecen juntos.»
Entonces el hermano Taylor hizo esta observación: «Así es con la gente. Llegamos a ser mejores individuos, madera más útil, cuando crecemos juntos más bien que aislados.» (Conference Report, abril de 1965, págs. 54-55.)
El hermano Sterling W. Sill dijo:
«Se dice que la invención mayor de todas las épocas ocurrió hace 2500 años en Platea, cuando un griego desconocido perfeccionó el método de hacer marchar a los hombres llevando el mismo paso. Cuando se descubrió que se podían organizar y coordinar los esfuerzos de un grupo numeroso de personas, con diferentes motivos y diferentes personalidades, de modo que funcionaran como uno, ese día fue cuando empezó la civilización.»
Podría decir que el día en que todos los poseedores del sacerdocio de la Iglesia empecemos a marchar llevando el mismo paso, en calidad de ejército de Dios, para cumplir con nuestro deber, ayudarnos unos a otros, velar por la Iglesia y hermanar a todo el género humano, entonces estaremos cumpliendo con los propósitos de Dios y haciendo lo que El tuvo por objeto que hiciéramos cuando estableció su Iglesia.
La Iglesia ha establecido el Programa de Bienestar mediante el cual podemos obrar en forma organizada para ayudar a los necesitados. Hombres y mujeres pasan incontables horas trabajando juntos en proyectos de bienestar que se almacenan para el tiempo en que lo necesiten otras personas que no sean ellos mismos. Es una sensación maravillosa la que se siente al comprender que en toda la Iglesia tenemos los medios para producir y proporcionar artículos de primera necesidad, que se han almacenado y dispuesto para distribuirse a las personas necesitadas que pueda haber entre nosotros.
En esto consiste la hermandad verdadera en marcha: trabajar en programas designados para personas que tal vez nunca veamos ni sepamos de ellas, o apoyarlos financieramente. Es fácil hacer cosas por nuestras propias familias y seres amados, pero el dar de nuestra sustancia al desconocido que tiene necesidad, constituye la verdadera prueba de nuestra caridad y amor por nuestros semejantes.
Otro campo en el que trabajamos para el beneficio y bendición de los que no conocemos es el de la obra genealógica y del templo; efectuamos miles y miles de ordenanzas por aquellos que murieron sin haber tenido la oportunidad de hacer por sí mismos las cosas que son requeridas para su progreso en el reino de los cielos.
En estos dos campos de actividades de nuestra Iglesia, nos inspira ver grupos de hombres y mujeres obrando conjuntamente en buena hermandad, para hacer algo por otra persona. Estos proyectos fortalecen las relaciones personales entre aquellos que trabajan juntos, y edifican testimonios de la verdad de un evangelio que nos enseña que somos el guarda de nuestro hermano y que «en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mateo 25:40).
En ocasiones podemos lograr que nuestros hermanos inactivos ayuden en tales proyectos y si aceptan el espíritu de la obra, no tardan en querer continuar asociándose con sus hermanos en las reuniones de quórum. El presidente David O. McKay dijo en una ocasión:
«Hay muchas maneras en las que podemos conseguir que estos élderes indiferentes se reúnan, sin invitarlos a que hagan cosas que son difíciles. A algunos de ellos no les gusta orar; otros tienen miedo de levantarse en público para predicar, y muchos prefieren salir a pescar o divertirse el domingo más bien que asistir a una reunión. Sin embargo, ni uno solo de esos élderes indiferentes rechazará una invitación, por ejemplo, para asistir al funeral de uno de sus vecinos, o de uno de los miembros del barrio, o de la esposa de uno de los miembros; y si asiste todo el quórum y os sentáis todos juntos, allí tenéis un medio para hermanar. Nuestros sumos sacerdotes lo están haciendo más que los setentas o élderes. He asistido a un número de funerales donde he visto que se han reservado asientos para los sumos sacerdotes que se reúnen en memoria de un hermano fallecido. Esto es hermanamiento en grupo.» (Conference Report, Sesión del sacerdocio, sábado 6 de octubre de 1951.)
Expresando el mismo concepto, el presidente McKay dijo en otra ocasión, dirigiéndose a los miembros del sacerdocio:
«Oficiales que presidís con nosotros en las misiones, estacas, barrios y quórumes, haced que vuestros quórumes sean más eficaces en lo concerniente a hermandad y servicio. Los quórumes son unidades, las cuales eficazmente deberían conservar el sacerdocio dentro de vínculos sagrados y de utilidad.
Me refiero particularmente a los miembros adultos del Sacerdocio Aarónico. Vosotros, hombres de negocios’ que habéis logrado el éxito; vosotros, profesionales que habéis dedicado vuestro tiempo a triunfar en vuestra carrera, si habéis logrado el éxito y os destacáis en asuntos cívicos y políticos, uníos más estrechamente en vuestro quórum . . . y ayudaos los unos a los otros. Si un miembro de vuestro grupo está enfermo, reunios dos o tres de vosotros e id a visitarlo.
Vosotros, élderes, tal vez uno de los vuestros esté enfermo, y no haya quien levante su cosecha. Juntaos y levantad vosotros la cosecha. Uno de vuestros miembros tiene un hijo en la misión y se le están acabando los fondos; preguntadle si podéis ayudarle; él jamás olvidará vuestra consideración. A esta clase de actos se estaba refiriendo el Salvador cuando dijo: `En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis’.» (Mateo 25:40.) (Conference Report, 2 de octubre de 1955, pág. 129.)
A fin de extender esta hermandad a todo el mundo, enviamos a miles de misioneros de conformidad con la instrucción del Salvador:
«Por tanto id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo;
Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» (Mateo 28: 19, 20.)
Siempre es interesante escuchar a los misioneros que vuelven, no importa en qué lugar hayan obrado, cuando dicen que sirvieron en la misión más importante de mundo.
Esto se debe a que han captado el espíritu de la obra misional y se han convencido de que todos los hombres son hermanos, e hijos de Dios. Al enseñar el evangelio aprenden a reemplazar con amor cualquier prejuicio que pudieran haber sentido hacia aquellos entre quiénes obran. Es notable lo que el Espíritu del Señor puede hacer por nosotros.
Todos los días oramos para que los gobiernos de los países que no están abiertos a nuestros misioneros, abran sus puertas y nos permitan enseñarles el evangelio, que es lo único que puede traer una comprensión plena de la paternidad de Dios y la hermandad del hombre. Queremos explicarles cómo pueden volver a vivir con Dios, su Padre, ser reunidos con sus familias, y por fin vivir eternamente como una gran familia.
Aunque se nos acusa de prejuicio, no hay pueblo en ninguna parte del mundo que sienta mayor amor e interés por la humanidad, que el de los Santos de los Últimos Días. Expresamos esta sensación de hermandad por medio de los principios que enseñamos y la obra que hacemos. Hemos mencionado la obra del templo por los muertos, nuestros servicios de bienestar y el gran programa misional. También expresamos nuestra preocupación e interés por nuestros semejantes, por medio de los maestros orientadores de las organizaciones del Sacerdocio, y de las maestras visitantes de la Sociedad de Socorro. Donde se están haciendo estas visitas como es debido, los miembros de la Iglesia deben sentir que se les está asociando dentro de una gran hermandad.
Deseo relataros dos experiencias para demostrar a lo que me estoy refiriendo. Un hombre de una de nuestras organizaciones fue trasladado a la ciudad de Nueva York para dirigir la obra de una de nuestras estaciones de radio. Jamás había estado en Nueva York antes, pero encontró una de nuestras capillas y asistió a la Iglesia el primer domingo que estuvo allí. Se le recibió como a un hermano en el quórum del sacerdocio y su esposa e hijos también fueron recibidos en forma similar, y en breve se sintieron perfectamente cómodos.
Como contraste, al mismo tiempo, otro joven a quien conocí fue enviado por su compañía a dirigir otra estación. Aunque era miembro de una iglesia que era mucho más numerosa que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, le fue sumamente difícil sentirse cómodo, y al poco tiempo pidió que se le trasladara de nuevo a su estación original. Pudo haber sido culpa de él, o pudo haber sido culpa de su Iglesia. En nuestra Iglesia, sin embargo, si el individuo y el quórum están funcionando como deben, todos los miembros de la Iglesia deben sentirse felices, estimados y aceptados, dondequiera que vayan.
Esta otra experiencia me la relató recientemente uno de nuestros poseedores del sacerdocio.
«Mi esposa y yo, mi hijo adolescente y una hija, tuvimos un accidente automovilístico bastante grave. Mi esposa e hijos, salieron sin heridas serias. El automóvil quedó hecho pedazos. Cuando me sacaron del vehículo aplastado, yo había sufrido un choque nervioso, estaba paralizado y medio inconsciente. Los que nos sacaron no podían creer que estuviéramos con vida.
Al llegar la gente al sitio del accidente, un hombre les dijo que no me movieran por temor de ocasionarme una parálisis. Fue el primero en llegar, y al examinarme descubrió que yo llevaba puesto el garment del templo; el también era mormón y después de ver que me pusieran en la ambulancia para llevarme al pueblo más cercano, se comunicó con el obispado; y al llegar yo al hospital los hermanos estaban esperando allí para ungirme. El médico que me atendió en el hospital era un presidente de estaca.
Toda la semana siguiente estuve en condición crítica, y un miembro del obispado insistió en que mi esposa y mis hijos se quedaran en su casa, donde podrían darles comida y alojamiento. Después de tres o cuatro días, mi esposa y familia regresaron a Phoenix y los miembros del barrio se reunieron en torno a ellos para brindarles cuanta ayuda pudieran. Un hermano ofreció su avión particular o su casa rodante para llevarme de regreso a casa; usamos esta última lo cual facilitó la entrada de la camilla sobre la cual yo iba acostado.
Cuando volví a casa se presentaron muchos amigos para saludarme, y uno de mis queridos amigos y miembro de mi quórum del sacerdocio, que es un excelente médico, se encargó de mí. No podemos expresar nuestro agradecimiento a aquellos que ofrecieron su ayuda de tantas maneras; en esa ocasión presenciamos de la forma más patente al sacerdocio en acción, y siempre estaremos agradecidos a los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días donde se fomenta tal hermandad.»
El presidente Stephen L. Richards, en otro tiempo consejero en la Primera Presidencia, dijo:
«He llegado a la conclusión de que, pese a lo grandes que sean sus logros intelectuales, pese a lo grande y extenso que sea su servicio, ningún hombre puede llegar a la medida completa de su estatura que el Señor tuvo por objeto que él lograra como hijo y hombre, sin la investidura del Santo Sacerdocio. Y estoy agradecido por ello, mis hermanos, he dado las gracias al Señor toda mi vida por esta bendición maravillosa que he recibido, una bendición que tuvieron algunos de mis progenitores, y una bendición de la que quiero que disfruten mis hijos, mis nietos y mis bisnietos, más que de cualquier otra herencia.» (Conference Report, oct. de 1955, pág. 88.)
Pues bien, hermanos, he tratado de ayudar a todos nosotros a que comprendamos mejor nuestro deber para que verdaderamente se nos diga: «Bien hecho, buen siervo y fiel» (Mat. 25:21).
Ayudemos a nuestro Profeta, el presidente Spencer W. Kimball, a realizar sus grandes deseos para el beneficio de todo el género humano. Sus metas principales y dignas en extremo consisten en llevar el evangelio a toda nación, familia lengua y pueblo; y en construir templos en los cuales se pueda hacer la obra de sellar en la tierra y en los cielos aquellas bendiciones que están reservadas para los justos que son fieles.
Procuremos con todo nuestro corazón, mente y fuerza, hacer lo que el Señor quiere que hagamos como preparación para su segunda venida. Yo creo plenamente que cuando El venga, va a llamar a los fieles hermanos que poseen este sacerdocio más bien que a cualquier otro, para ayudarle en la consumación de su obra gloriosa. Sé que El vive, que volverá a la tierra, y es mi sincera oración que nos hallemos dignos de recibirlo y de ayudarle. En el nombre de Jesucristo. Amén.
























