C. G. Octubre 1977
A la manera del Señor
por el élder Thomas S. Monson
del Consejo de los Doce
Con frecuencia cantamos el himno «Escuchad al Profeta» (Himnos de Sión, No. 69). Hoy hemos escuchado la voz de un Profeta, Spencer W. Kimball, proclamando la palabra de Dios.
Con humildad pido la divina ayuda al hablaros desde el «Crucero del Oeste». Salt Lake City es una «meca» para turistas de todas partes del mundo; miles de personas aprecian aquí las hermosuras de las montañas, tanto en invierno como en verano. Una atracción también en todas las estaciones es la de la Manzana del Templo, con su histórico Tabernáculo, su magnífico Templo, y el hermoso Centro de Visitantes, que dan a todos una amistosa bienvenida.
Situada más allá del bullicio cotidiano, se encuentra además otra famosa manzana. Allí, en una forma menos dramática y motivada por un amor verdaderamente cristiano, ancianos y personas con impedimentos físicos se sirven mutuamente siguiendo el plan del gran Maestro; hablo de la Manzana del Plan de Bienestar, conocida también como «almacén del obispo». En este lugar, al igual que en muchos otros sitios en todo el mundo, se envasan frutas y vegetales y se producen artículos, que se almacenan y distribuyen a los necesitados. Allí no existen señales de corrupción gubernamental ni de intercambio de dinero, porque el único poder adquisitivo es una orden firmada por un obispo de la Iglesia.
Los periodistas se maravillan de este Plan de Bienestar único, y escriben acerca de un pueblo que justificadamente se enorgullece de su independencia en el cuidado de los suyos. El curioso y agradablemente sorprendido visitante, formula por lo general tres preguntas: 1) ¿Cómo funciona este plan? 2) ¿Cómo es financiado? 3) ¿Qué promueve tal devoción por parte de cada obrero?
Muchas veces he tenido la oportunidad de contestar estas sinceras preguntas. A la pregunta de «¿Cómo funciona este plan?», generalmente respondo mencionando que durante el período de 1950 a 1955, tuve el privilegio de presidir como obispo sobre mil miembros, en un barrio de la zona central. En la congregación había 86 viudas y tal vez unas 40 familias que de un modo u otro necesitaban ayuda económica, o de Bienestar. Cada año, junto con otros miles de obispos, yo preparaba un presupuesto de artículos para el año siguiente basado en las necesidades de nuestra gente. Todos esos presupuestos eran cuidadosamente revisados y compilados. y se daban entonces asignaciones específicas a las unidades de la Iglesia para que fueran satisfechos los requerimientos de los necesitados.
En una unidad eclesiástica de la iglesia los miembros producen carne, en otras naranjas, en otra vegetales o cereales, para poder abastecer los almacenes y de esa manera proveer a los ancianos y necesitados. El Señor indicó la forma de hacerlo cuando declaró:
«Y el alfolí será abastecido con las consagraciones de la iglesia; y se proveerá lo necesario a las viudas y huérfanos, así como a los pobres.» (D. y C. 83:6.)
«Pero tiene que hacerse según mi propia manera. . .» (D. y C. 104:16.)
Cerca de mi vecindario llevamos a cabo un proyecto avícola. Se trataba de un proyecto eficientemente operado y que suministraba miles de docenas de huevos frescos al almacén, y cientos de quilos de aves. Algunas veces experimentamos dificultades características de los que no son expertos en este tipo de trabajo, que nos frustraron de corazón y mente. Recuerdo por ejemplo, la ocasión en que reunimos a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico para darles un verdadero tratamiento de limpieza y belleza a los gallineros. Nuestro entusiasta y enérgico grupo se encargó rápida y eficazmente de arrancar, juntar y quemar grandes cantidades de hierbas y basura. A la luz de las hogueras nos felicitamos por un trabajo que considerábamos bien hecho; los gallineros se encontraban perfectamente limpios y arreglados. Sin embargo, nos enfrentamos con un desastroso problema: el ruido y los fuegos habían perturbado la frágil y temperamental sicología de las cinco mil gallinas, que cesaron de poner huevos por un tiempo. De ahí en adelante tuvimos que tolerar algunas hierbas en los gallineros, a fin de poder recoger más huevos.
Ningún miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que haya envasado vegetales, cosechado remolachas, cargado heno o paleado carbón por esa causa, jamás olvida ni se arrepiente de la experiencia de ayudar para proveer a los necesitados. Devotos hombres y mujeres ayudan constantemente en la operación de este vasto e inspirado programa. En realidad el plan jamás triunfaría sólo con el esfuerzo, ya que el programa funciona mediante la fe y de acuerdo con la manera del Señor.
El compartir con los demás nuestras posiciones, no es algo nuevo para nuestra generación. Sólo tenemos que leer el relato que se encuentra en el Primer Libro de los Reyes, para apreciar el principio de que cuando seguimos el consejo del Señor, cuando cuidamos de los necesitados, el resultado beneficia a todos. Allí leemos que una severa sequía asoló la tierra, provocando gran escasez. Elías el Profeta recibió del Señor lo que quizás haya considerado una instrucción asombrosa:
«Levántate, vete a Sarepta… he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente» (1 Reyes 17:9). Cuando encontró a la viuda, Elías le dijo:
«Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba.
Y yendo ella para traérsela, él la volvió a llamar, y le dijo: Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano.» (1 Reyes 17: 10-11)
La respuesta describe la patética situación en que se encontraba la viuda, cuando explicó que estaba preparando una comida final y escasa para ella y su hijo, para después morir. Cuán extraña tiene que haberle parecido la respuesta de Elías:
«No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después, harás para ti y para tu hijo.
Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.
Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días.
Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó. . . 1 Reyes 17:13-16.)
Esta es la fe que siempre motivó e inspiró el Plan de Bienestar del Señor
En respuesta a la segunda pregunta «¿Cómo se financia vuestro Plan de Bienestar?», no tenemos más que describir el principio de las ofrendas de ayuno. El profeta Isaías describió al verdadero ayuno cuando preguntó y él mismo respondió:
«¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa-, que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?
Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto: e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será su retaguardia.
Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí.
Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías rociará tu alma. . . y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan.» (Isaías 58:7-8, 11.)
Guiados por este principio en un plan bosquejado y enseñado por profetas inspirados de Dios, los Santos de los Últimos Días ayunan un día por mes y contribuyen generosamente a un fondo de ofrendas de ayuno, por lo menos por el equivalente de las comidas por las que ayunaron y a veces aún más. Tales ofrendas sagradas financian la operación de los almacenes, proveen el dinero en efectivo necesario para los pobres y cuidado médico a los enfermos necesitados.
En algunas zonas, los jóvenes que son diáconos van mensualmente a recoger las ofrendas de ayuno a la casa de los miembros, usualmente a tempranas horas del día domingo. Recuerdo una ocasión en que los muchachos de mi barrio se reunieron una mañana, con sueño y quejumbrosos por tener que levantarse tan temprano para llevar a cabo esa asignación No se oyó ni una palabra de reproche, pero durante la siguiente semana llevamos a los muchachos a una gira por la Manzana del Plan de Bienestar. Primero vieron a un inválido a cargo del conmutador telefónico, un anciano almacenando alimentos, mujeres arreglando ropa que habría sido distribuida, y a un ciego pegando etiquetas en las latas. Eran individuos que se ganaban el sustento mediante la labor honesta. Un profundo silencio cayó sobre los muchachos al ser testigos del resultado de sus esfuerzos mensuales, cuando ayudaban a recoger los sagrados fondos que prestaban asistencia a los necesitados y proveían empleo a aquellos que de otra forma estarían desempleados.
Desde aquel sagrado día en adelante nuestros diáconos cambiaron su actitud. Los domingos de ayuno estaban presentes a las siete de la mañana, vistiendo su mejor ropa y ansiosos por llevar a cabo sus obligaciones como poseedores del Sacerdocio Aarónico. Ya no sólo distribuían y recogían los sobres, sino que sentían que estaban ayudando a proveer alimentos a los que padecían hambre, y abrigo para los desamparados, todo de acuerdo con la manera del Señor; siempre sonreían, su andar era más decidido y actuaban con más humildad. A partir de ese entonces tal vez comprendieran mejor el clásico pasaje expresado por el Señor:
«De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.» (Mat. 25:40.)
Con respecto a la tercera y última pregunta «¿Qué promueve tal devoción por parte de cada obrero?», eso se puede contestar muy simplemente: un testimonio individual del. Evangelio de Jesucristo, y un sincero deseo de amar al Señor de todo corazón, mente y alma, y al prójimo como a uno mismo.
Eso fue lo que motivó a un amigo personal, ahora fallecido, que negociaba en productos agrícolas, para llamarme por teléfono en los días en que yo era obispo y decirme: «Le voy a enviar al almacén un camión cargado de frutas cítricas, para aquellos que de otro modo no las podrían comprar. Hágales saber a los del almacén que el camión va a llegar y que la carga es gratuita; pero, por favor obispo, nadie debe saber quién lo envió». Muchas veces he visto el gozo y el aprecio que este generoso acto provocó. Jamás puse en tela de juicio la eterna recompensa que ahora disfruta aquel anónimo benefactor.
Tales actos de generosidad no son raros, sino frecuentes. Al lado de una autopista que rodea Salt Lake City, se encuentra la casa de un hombre de sesenta años que debido a una despiadada enfermedad jamás conoció un día sin dolor, pero tampoco muchos días sin soledad. Un día de invierno cuando lo visité, demoró en contestar el timbre de la puerta. Entré en su bien arreglada casa; allí la temperatura, excepto en la cocina, era muy fría. La causa: no tenía suficiente dinero para calentar ningún otro cuarto. Las paredes necesitaban pintura, había que reparar el cielorraso, las alacenas estaban vacías.
Preocupados por la situación de mi amigo, consultamos con su obispo y tuvo lugar un milagro de amor. Se organizaron los miembros del barrio y comenzó la obra de amor. Un mes más tarde, mi amigo me llamó y me pidió que fuera a visitarlo y a ver lo que le había sucedido. Así lo hice y entonces fui testigo del milagro. Las veredas que habían sido destrozadas por grandes árboles, habían sido reemplazadas por otras nuevas; el cielorraso fue reparado, las paredes pintadas, las maderas barnizadas; se construyó un nuevo techo y las alacenas estaban llenas. Ahora la casa estaba caliente y acogedora, pareciendo susurrar una cálida bienvenida. Mi amigo reservó para mostrarme por último el motivo de su orgullo y gozo: sobre su cama se encontraba un hermoso acolchado bordado con el escudo de su familia. Había sido hecho con gran amor y cuidado por las hermanas de la Sociedad de Socorro. Antes de irme descubrí que una vez por semana los Jóvenes Mayores le llevaban una comida completa caliente, y compartían con él una noche de hogar. El calor había reemplazado al frío, las reparaciones habían transformado el desgaste de los años; pero lo más significativo era que la esperanza había disipado a la desesperación y ahora el amor reinaba triunfante.
Quienes habían participado en este emotivo drama de la vida real, descubrieron un nuevo aprecio personal por la enseñanza del Salvador, de que es mejor dar que recibir.
A todos aquellos que oyen mi voz, declaro que el Plan de Bienestar de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es inspirado por el Dios Todopoderoso. En verdad, el Señor Jesucristo es su Arquitecto. A vosotros os extiendo una sincera invitación: Venid a Salt Lake City y visitad la Manzana del Plan de Bienestar. Entonces vuestros ojos brillarán más, vuestro corazón palpitará más rápidamente y la vida misma adquirirá un nuevo significado. Que tal sea vuestra experiencia, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
























