EL MÁS ALTO HONOR
élder Robert L. Backman
del Primer Quórum de los Setenta
Cuando yo tenía tres meses, la Estaca de Salt Lake presentó el nacimiento de Jesús en este Tabernáculo. Mi querida madre interpretó el papel de María, la madre de Jesús, y yo tuve el honor de representar al Cristo niño. Seguramente me sentía más tranquilo en esa oportunidad que en este momento, probablemente porque no tuve que hablar. Desde aquellos días hasta hoy, mis queridos hermanos, he sentido siempre la guía y protección del Señor, protegiéndome algunas veces de mí mismo. Gocé de muy ricas experiencias mientras crecía y maduraba. Cada vez que esto ocurría, me preguntaba: «¿Por qué me pasa a mí? ¿Por qué el Señor me otorga tan buenas oportunidades de progreso y desarrollo? ¿Por qué se me presentan tantas ocasiones de servir?» Desde el fondo de mi corazón le doy las gracias por la felicidad y la plenitud de vida que he gozado.
Parece ser que toda mi vida he estado rodeado de gente que me ha elevado y ayudado a ser mejor, que me ha protegido de mí mismo, personas como mis buenos padres, que desde la cuna me enseñaron las prioridades que debía tener, buscando ellos mismos primeramente al Señor; mi amada esposa, que siempre me apoyó en cada llamamiento que he recibido; mis siete hermosas hijas, que tienen de mí tan alto concepto que piensan que debería ser el Presidente de la Iglesia; mis excelentes yernos, que son fieles a los convenios que han hecho en la Casa del Señor, y mis pequeños nietos que son un gozo en mi vida.
En nuestro seminario del viernes, el presidente Benson dijo que el más alto honor que una persona puede tener es ser miembro de la Iglesia de Dios, lo cual yo soy; saber que Cristo es nuestro Salvador, de lo cual testifico; poseer su Santo Sacerdocio, que yo poseo; y ser parte de una unidad familiar eterna, lo cual soy. Siento que tengo toda la honra a la que pudiera aspirar, todas las bendiciones que pudiera desear. Estoy muy agradecido por este sagrado llamamiento que he recibido.
Quiero deciros, mis amados hermanos, que cada bendición que he recibido y todo lo más precioso y querido que guardo en mi corazón, lo debo al hecho de ser miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, a mi amor por el Señor, al testimonio que tengo de su divino Evangelio, y a la forma en que he respondido a las oportunidades que tuve de servir.
Ahora me regocijo por esta oportunidad de dedicar mi existencia entera a Su servicio, y sin vacilar pongo mi vida y todo lo que poseo a Sus pies. Presidente Kimball y queridos hermanos, mi esposa y yo estamos preparados para ir donde queráis enviarnos y hacer lo que deseéis que hagamos, y rogamos que podamos ser instrumentos en las manos del Señor para poder ayudaros en la edificación del reino de Dios, para santificar a su pueblo y preparar el camino para cuando Cristo venga a reinar en toda Su gloria, cuando Satanás sea atado y toda rodilla se doble y toda lengua confiese que El es el Salvador del mundo y que reinará para siempre jamás. De esto testifico en ‘el nombre de Jesucristo. Amén.
























