Conferencia General Abril 1981
«En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos. . .”
por el presidente Spencer W. Kimball
Mis queridos hermanos. Os saludo a los que estáis reunidos aquí, en el Tabernáculo de Salt Lake City y en cientos de otros lugares en todo el mundo. Estamos muy complacidos con la hábil dirección que en todos los niveles proveen los poseedores del sacerdocio de la Iglesia. Al honrar nuestros llamamientos, espero que siempre recordemos que la Iglesia es un apoyo para toda la familia. La Iglesia no busca ni debe buscar desplazar a la familia, sino que está organizada para ayudar a crear y nutrir familias rectas y justas, al igual que individuos rectos.
En relación con esto, hermanos, esperamos que tengáis en cuenta vuestras propias necesidades y reservéis algo de vuestro tiempo para vuestra esposa y familia. Sed considerados también con vuestros compañeros en la obra de la Iglesia, para que no tengan que robar tiempo innecesariamente a sus familias.
Evitad la tendencia a llevar a cabo demasiadas reuniones en el día domingo.
Al tener vuestras reuniones regulares, hacedlas lo más espirituales y eficaces que sea posible. Las reuniones no deben apurarse para terminar pronto, sino que deben planearse de manera tal que permita lograr sus sagrados propósitos sin mayores dificultades.
El nuevo programa de reuniones dominicales se estableció principalmente para proveer más horas en el día domingo para las familias. Por lo tanto, dedicad tiempo a estar juntos en vuestro hogar, a tener conversaciones unos con otros, a estudiar las Escrituras, visitar amigos, familiares, enfermos y afligidos. Este tiempo es también ideal para trabajar en vuestro diario y genealogía.
No descuidéis a aquellos de entre nosotros que no tengan la bendición de una familia establecida. Estas son almas especiales que a menudo tienen necesidades especiales; no los dejéis aislarse de vosotros 9 de las actividades del barrio o la rama.
Mis queridos hermanos, especialmente aquellos que presidís las estacas, barrios o ramas, desearía reiterar un ruego que os hice en nuestra sesión del sacerdocio, en octubre de 1980.
Por favor, tened un particular interés en fortalecer y mejorar la calidad de la enseñanza en la Iglesia. El Salvador nos encargó que apacentáramos sus ovejas. (Juan 21:15-17.) A veces temo que demasiado a menudo muchos de nuestros miembros van a la Iglesia, se sientan allí para una clase o reunión y regresan a su hogar sin haber recibido nada. Es especialmente desafortunado si esto sucede en una época de su vida en que estén pasando por un período de tensión, tentación, o una crisis personal o familiar. Todos necesitamos que el Espíritu nos nutra e inspire, y la enseñanza eficaz es una de las maneras más importantes en que esto puede suceder. Regularmente hacemos trabajo de reactivación entusiasta a fin de lograr que los miembros asistan a la Iglesia, pero a menudo no nos fijarnos en lo que reciben cuando asisten.
Hermanos, quizás recordéis que cuando hablé esta mañana, me refería a nuestra reciente visita a las islas del Caribe y a la maravillosa obra misional que se ha efectuado en los dos cortos años desde que abrimos la misión para la prédica del evangelio en esas islas.
Quisiera relataros un incidente que ocurrió durante nuestra visita.
En Santo Domingo, la ciudad capital de la República Dominicana, tuvimos una reunión general nocturna. Hubo casi 1.600 asistentes.
Alrededor de una hora después de haber terminado la reunión, llegó al lugar un ómnibus cargado con cien miembros de la Rama de Puerto Plata, que se habían visto retrasados por un desperfecto del vehículo. Bajo circunstancias normales hubieran hecho el viaje en unas cuatro horas, pero cuando llegaron después de las 10 de la noche, encontraron el lugar vacío y oscuro; muchos lloraron por la gran desilusión. Todos eran conversos, algunos de pocos meses y otros de apenas semanas o días. Mi esposa y yo ya nos habíamos acostado después de un largo y fatigoso día. Al enterarse de la situación de aquellas fieles almas, mi secretario fue a llamar a la puerta de nuestro cuarto en el hotel, para despertarnos. Se disculpó por llamarnos, pero pensaba que a mí me gustaría saber del arribo de aquellos hermanos y que quizás quisiera darle un mensaje personal para ellos. Sin embargo, sentí que un simple mensaje no sería suficiente ni justo para aquellos que habían ido de tan lejos y con tanta dificultad: nada menos que 100 personas amontonadas en un ómnibus. Me levanté, me vestí y bajé a ver a los miembros que habían hecho un esfuerzo tan grande sólo para recibir una desilusión por causa de un desperfecto. Los santos todavía lloraban cuando entramos al salón, así que me quedé con ellos más de una hora conversando. Después de esto parecieron aliviados y satisfechos y volvieron a su ómnibus para el largo viaje de regreso, pues tenían que volver al día siguiente a su trabajo y a la escuela. Estos buenos hermanos demostraron tanta alegría por los breves momentos que pasamos juntos, que yo no hubiera podido decepcionarlos. Al volver a la cama, lo hice con un sentimiento de paz y contentamiento en el alma. Hermanos, todos tenemos oportunidades de rendir servicio a otros; ése es nuestro llamamiento y es un privilegio. Al servir las necesidades de los demás, recordemos las palabras del Salvador:
«De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis». (Mateo 25:40.)
Hermanos, ¿podemos daros un consejo sobre otro asunto que a todos nos toca muy de cerca? Al pedir las contribuciones de nuestros santos para los diezmos y las ofrendas de ayuno, hablemos, más a menudo de lo que a veces lo hacemos, en cuanto a las bendiciones que recibiremos al guardar los mandamientos y cumplir con nuestro deber. De vez en cuando oímos informes de presiones injustificadas que acompañan los requerimientos financieros que se hacen a nuestros miembros; éste es un asunto de importancia muy grave. En estos tiempos de inflación y de inquietud política y emocional, en todas partes nuestra gente se enfrenta a experiencias difíciles y angustiosas casi en todo sentido. La prudencia y la sabiduría no sólo sugieren sino que imponen que reduzcamos y economicemos nuestros recursos. No debemos recargar con obligaciones a nuestro pueblo. Teniendo presente esto, la Primera Presidencia ha preparado una carta que fue enviada ayer, en la cual declaramos nuestra preocupación, al igual que la del Consejo de los Doce Apóstoles, en relación con el aumento de las cargas financieras sobre los miembros de la Iglesia, además del pago de diezmos y ofrendas de ayuno. Junto con la carta preparamos algunas pautas para ayudar a los líderes de barrios, estacas o misiones a actuar de acuerdo con el consejo y las instrucciones recibidas. Hemos instruido a los Representantes Regionales de los Doce para que den inmediata atención y aplicación a este asunto.
Que podamos, hermanos, como individuos, como familias, y como barrios y estacas, aprender a vivir dentro de nuestras posibilidades. En este principio hay fortaleza y salvación. Alguien ha dicho que nuestra riqueza está en proporción a nuestro sentido de la economía. Como familia y como Iglesia, podemos y debemos proveer todo aquello que sea verdaderamente esencial para nuestra gente; pero debemos tener cuidado de no extendernos más allá de lo indispensable, o de servir propósitos que no estén en relación directa con el bienestar de nuestras familias o con la básica misión de la Iglesia.
Mis hermanos, jóvenes y viejos, os quiero mucho y estoy agradecido por vuestra fe y vuestra devoción a la gran causa del Maestro. Quiero expresar mi afecto por todos vosotros y dejaros a todos mi bendición. Y ruego a nuestro Padre Celestial que os bendiga, a vosotros y vuestras familias, vuestros hogares y vuestro trabajo. Que Dios os bendiga, que la paz sea con vosotros, en el nombre de Jesucristo. Amén.
























