Conferencia General Abril 1981
Servimos lo que amamos
por el élder Marvin J. Ashton
del Consejo de los Doce
Hace algunas semanas, poco antes de las seis de la mañana, mi esposa y yo subimos a un taxímetro para iniciar el último trecho de nuestro viaje de regreso a Salt Lake City. El conductor, que había estado trabajando desde las tres de la mañana, estaba deseoso de conversar con nosotros, que éramos sus primeros pasajeros ese día. Nos dijo que sus padres habían nacido cerca de la Ciudad de México, se habían mudado a Chicago, donde él nació, y luego a Nuevo México. Veinte años antes él había ido a visitar San Francisco, quedándose a vivir allí. Durante el trayecto al aeropuerto, el hombre nos relató algunos incidentes que pusieron de manifiesto grandes verdades.
Nos dijo que sus padres se habían quedado en Nuevo México, pero que los visitaban a él y a su hermano siempre que podían porque les encantaba estar con sus hijos y nietos. En Nuevo México la salud de su madre era más bien precaria, pero siempre que iba a San Francisco a verlos, se sentía mucho mejor. Con gran discernimiento, este hombre le había dicho a su hermano: «Sé perfectamente lo que mamá necesita». Y nos contó que había alquilado un gran camión y habían ido ambos a buscar a sus padres. Llevándolos a vivir cerca de aquellos que más los querían. La salud de su madre mejoró notablemente. «Lo que pasa es que el amor es muy importante si se da como se debe», agregó.
El segundo comentario que nos hizo aquel hombre, humilde pero sabio, también fue significativo: «Les enseño a todos mis hijos a trabajar. Quiero que se eduquen, pero deben trabajar para lograrlo. Acabo de ayudar a mi hijo de dieciséis años a conseguir un empleo en un banco. Mientras estudia, sólo trabaja dos horas por día, pero aprende a trabajar; y sabe que lo quiero porque trato de ayudarlo. Por la irregularidad de mis horas de trabajo, no siempre puedo llevarlo al empleo, pero siempre lo voy a buscar cuando sale. El disfruta del tiempo que pasamos juntos, y yo también.»
Nuestro peculiar taxista señaló también otro detalle importante; nos dijo que algunos de sus amigos solteros que son taxistas como él a menudo se encuentran sin dinero y van a pedirle prestado, y que generalmente puede ayudarles. Cuando le preguntan cómo es posible para él mantener a su familia con lo que gana, si ellos no pueden mantenerse solos, responde: «Yo no malgasto el dinero en las carreras, ni en la bebida, ni en cigarrillos. Mi esposa cocina lo que comemos y no tenemos que gastar en comprar comidas preparadas». Y agregó sonriendo: «Nuestra diversión es estar con la familia». Los objetivos de este hombre están enfocados en su familia y él reconoce la insensatez del juego, la bebida y el derroche impulsivo de dinero.
Aquel taxista, un hombre feliz, ha aprendido por experiencia a ver importantes aspectos del amor. El sabe que el amor bien nutrido sana y enseña. También requiere sacrificio y fidelidad hacia aquello o aquellos que amamos. Nuestro taxista habló de algunos principios básicos e importantes del amor en acción. Francamente, disfrutamos tanto de la conversación que hubiéramos deseado que el aeropuerto estuviera más alejado.
Aquel hombre sabía dónde poner sus afectos. También nosotros debemos elegir con cuidado aquello que servimos, porque allí donde sirvamos estará nuestro amor; y en el curso de nuestra vida, tendremos que darle a ese amor la debida perspectiva.
En la infancia nos esforzamos con empeño, al andar en bicicleta o patinar, en dominar la ley del equilibrio. En la adolescencia nuestros intereses cambian. Al madurar, servir y sacrificarnos en favor de otros intereses, llegamos a amarlos. El granjero ama su tierra; el profesor, sus libros; el científico, su laboratorio. Todos conocemos el amor de los padres por sus hijos, el del obispo por los miembros de su barrio, el cariño de un niño por su animalito, el de la joven enamorada por el simple anillo que simboliza un amor muy especial.
Tan evidente como éstos es el amor que muchas personas tienen por el mal y que vemos por doquier a nuestro alrededor. Podemos arriesgar nuestro futuro si amamos y nos sacrificamos por aquello que no contribuirá a nuestra salud ni a nuestro progreso.
Actualmente, hay muchas personas atrapadas en su amor por cosas mundanas que ellas consideran les darán fama, fortuna o popularidad; éstas también cosechan los frutos de ese amor equivocado. Lo que aprendamos a amar puede enriquecer o destruir nuestra vida.
El amor por el dinero, las drogas y el alcohol pueden convertir al hombre en ladrón, asesino o en un ser inútil para la sociedad. Primero, gusta de los efectos que le producen; luego lo sacrifica todo -vida, salud y libertad- por aquello que considera su tesoro.
El amor por lo sensual, las drogas y la mentira crece cuando servimos estos atractivos señuelos ofrecidos por Satanás; y nuestras ataduras se vuelven fuertes, en proporción directa al servicio que prestamos. La persona que ama la mentira sirve a la deshonestidad toda su vida. De hecho, es más fácil curar a un toxicómano que a un mentiroso.
Uno de los mayores logros de Satanás en éstos, los últimos días, es su éxito en lograr que los afectos del hombre se pongan al servicio de lo destructivo, lo efímero y lo mundano. En lugar de buscar aquello que sea mejor para todos, la gente del mundo está concentrándose cada vez más en el «yo». Por todos lados hay grupos cuyos dirigentes dicen: «tenemos nuestros derechos» o «exigimos». Muchos jóvenes creen que el amor tiene «derechos» que se pueden reclamar al ser amado. Por ejemplo, es común que los muchachos digan: «Si me quieres, me permitirás . . .» Y toman aquello que creen es su derecho, en lugar de obedecer las normas más elevadas de la moralidad; pero esta clase de exigencias no es una demostración de amor.
Los actos diarios de servicio, ya sean buenos o malos, quizás no parezcan importantes, pero establecen lazos tan fuertes y firmes que raramente se pueden romper. Es nuestra responsabilidad dar a nuestros afectos la debida perspectiva; el amor bien orientado siempre actúa en favor de nuestro progreso eterno, jamás en contra.
El que ama tiene una responsabilidad y la siente. Pablo dijo a los corintios: «El amor es sufrido, es benigno… no busca lo suyo, no guarda rencor.» (1 Corintios 13:45).
Si observamos el amor entre dos personas que se preparan para casarse en el templo, veremos en ellos una disposición al sacrificio y el deseo de servirse el uno al otro, en lugar de un interés centrado en el «yo». El amor y la felicidad verdaderos, en el noviazgo y el matrimonio, se basan en la honestidad, el autorrespeto, el sacrificio, la consideración, la cortesía, y en colocar el «nosotros» antes que el «yo».
Los que desean que perdamos la virtud y la castidad para «probar» nuestro amor en relaciones sexuales ilícitas no son amigos ni tienen sus ojos puestos en la familia eterna, y merecen que los califiquemos de egoístas y necios. Los que sirven los deseos de la carne jamás conocerán el amor por la pureza, ni sus frutos.
Un nuevo converso a la Iglesia hace poco relató lo siguiente:
«En mis años de adolescencia estuve gran parte del tiempo preso. No era tan terrible estar encerrado porque la comida era bastante buena y nos trataban bien, pero se hacía muy aburrido, así que cuando alguien tenía material de lectura -libros, revistas, cualquier cosa- le dábamos nuestra comida para que nos lo prestara. Un día vi a uno con un libro bastante grueso; me di cuenta de que me llevaría cierto tiempo leerlo, por lo que le ofrecí la carne, las papas y todo lo que me sirvieran como plato principal durante una semana. El aceptó la oferta y me lo prestó. Al leerlo, supe en seguida que era un libro muy especial y que su contenido era verdadero. El libro por el cual sacrifiqué mi comida se llamaba el Libro de Mormón. Apenas pude, me puse en contacto con los misioneros, cambié mi manera de vivir, y ahora he encontrado una nueva vida. Como podrán imaginar, siento gran amor hacia aquel libro por el que di mis alimentos.»
El de este hombre fue un sacrificio peculiar, pero que valió la pena y tuvo su recompensa. Según dice, cuanto más tiempo pasa leyendo el Libro de Mormón, más grande es su amor por las verdades que va encontrando en él.
Escoged cuidadosamente qué o a quién serviréis, o por qué cosas o personas os sacrificaréis, porque allí es donde estarán vuestros afectos e intereses. Es importante no sólo amar bien, sino amar prudentemente. Aquello que amamos exige nuestro tiempo, y a lo que dedicamos tiempo, llegamos a amar. Nuestras diarias acciones indican dónde hemos puesto nuestro amor.
El amor por la familia no debe ser el amor de un mártir. Recordemos la práctica declaración del taxista: «Enseño a mis hijos a trabajar… Sabe que lo quiero porque trato de ayudarlo . . .» El dedicarles tiempo, el escucharlos, el darles comprensión y un amor incondicional, e incluso el darles oportunidades son algunas formas de servir a los que amamos. Pero si les negamos a nuestros familiares la oportunidad de aprender a trabajar, si les enseñamos a evitar hacerse responsables por sus propias acciones, si los utilizamos en pro de nuestras ambiciones, entonces no los servimos bien ni los amamos prudentemente.
Dadle a un niño la oportunidad de trabajar y contribuir al hogar, y su amor por la familia aumentará; si lo alentáis a sacrificarse para desarrollar sus talentos, sean académicos, musicales, teatrales, deportivos, directivos, etc., desarrollará amor por aquello que lo lleve al éxito. Los niños llegan a amar las posesiones o los talentos a los que hayan dedicado tiempo y esfuerzo a instancias nuestras.
Y los adultos, si damos prioridad constantemente a la adquisición de más y mejores bienes materiales, no nos llevará mucho tiempo ver que nuestro amor por esas cosas ha empezado a aumentar. La compra de artículos de lujo o los gastos descontrolados nos pueden hacer sacrificar nuestros recursos y sentir un amor necio por estos símbolos de la prosperidad o el placer. Aprendemos a amar aquello que servimos y a servir aquello que amamos.
¿Cómo podemos lograr que disminuya el amor por cosas que no son para nuestro beneficio? Debemos examinar nuestra vida y ver a qué cosas prestamos servicio o por cuáles hacemos sacrificios, y luego cortar tiempo y esfuerzo en aquello que no valga la pena. Si lo hacemos, nuestro amor por ellos se marchitará y morirá y entonces será posible encauzarlo por senderos de dirección eterna.
Nuestros vecinos y nuestros familiares responderán a nuestro amor tan sólo con que seamos firmes en nuestro apoyo y generosidad. El verdadero amor es tan eterno como la vida misma. Algunos llamamientos en la Iglesia pueden parecer insignificantes y sin valor en el momento, pero con cada asignación que cumplamos bien, crecerá nuestro amor por el Señor. Aprendemos a amar a Dios a medida que lo servimos.
¿Cómo podemos ayudar a un nuevo converso a amar el evangelio? Encontrando formas en que pueda servir y sacrificarse por él. Debemos hacer constante hincapié en la verdad de que amamos lo que servimos, ya sea el evangelio, Dios o el oro. A menudo oímos expresar amor por las Escrituras y las enseñanzas de Jesucristo. Aquellos que estudian, practican y aplican sus verdades no sólo las conocen mejor sino que también las usan como guía en los senderos de la vida. La persona que más aprecia la oportunidad de pagar el diezmo es la que experimenta los gozos y las bendiciones que se reciben por medio del sacrificio, la aplicación y la obediencia a esa ley. Nuestro aprecio y amor por el evangelio y sus enseñanzas estará en proporción directa con el servicio que le demos y la forma en que cumplamos.
El ejemplo de amor más grandioso es el de la escritura de Juan:
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito . . .» (Juan 3:16). Mediante el acto de amor más extraordinario y el sacrificio supremo, Dios dio el ejemplo y nos demostró que su amor era incondicional y suficiente para abarcar a todas las personas.
Mientras Jesús estuvo en la tierra nos enseñó a amar correctamente. Recordemos la ocasión en que escribas y fariseos llevaron ante el Salvador a la mujer adúltera. Ellos no tenían el propósito de demostrar su amor al Salvador ni a la mujer, sino de tenderle una trampa a Jesús; por eso citaron la ley de Moisés diciendo: «Moisés nos mandó apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?» Pero todos los acusadores tuvieron que alejarse uno por uno al decir el Maestro que el que no tuviera pecado tirara la primera piedra. Después preguntó a la mujer: «¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete y no peques más». (Juan 8:1-11)
Jesús no toleraba el adulterio; no hay duda alguna con respecto a su actitud hacia la moralidad. Pero enseñó con amor para demostrar a los escribas y fariseos la necesidad de servir a las personas, teniendo presente la mejor manera de, beneficiarlas y mostrarles la fuerza destructiva de las trampas y el bochorno.
El Señor nos demostró que bajo toda circunstancia hay siempre una manera apropiada de expresar el amor. Quizás nuestro taxista haya aprendido a aplicar este mismo principio cristiano en su vida, puesto que dijo: «El amor es muy importante si se da como se debe». La conducta del Salvador también nos enseña que el amor es apropiado cuando se dirige hacia personas o cosas apropiadas y se le da el lugar correspondiente en nuestra vida.
Vivimos en un mundo complejo, donde hay muchas fuerzas que quieren atraer nuestro amor. Una norma segura para elegir aquello que vamos a servir y que aprenderemos a amar es seguir la admonición de Josué: «… pero yo y mi casa serviremos a Jehová» (Josué 24:15). Observemos nuestra propia vida y recordemos que servirnos aquello que amamos. Si nos sacrificamos y damos nuestro amor por todo lo que nuestro Padre Celestial nos pida, ello nos ayudará a encaminar nuestros pasos por el sendero de la vida eterna. En conclusión, aprendemos a amar lo que servimos, damos tiempo a lo que amamos, y viceversa.
Que Dios nos ayude a amar la verdad y la rectitud, a amar todo lo que tenga un valor eterno y sea de servicio al prójimo, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
























