Conferencia General Octubre 1981
La luz del evangelio
por el élder Adney Y. Komatsu
del Quórum de los Setenta
Hace algunos años, una de mis asignaciones me llevó hasta las islas del Pacífico Sur para dedicar un nuevo centro de reuniones. Esa noche, al acercarme al edificio con algunos de los líderes locales, nos sorprendimos mucho al fijarnos que éste estaba totalmente obscuro.
Cuando entramos, vimos a los miembros sentados en la capilla y preguntamos a qué se debía la falta de luz. El obispo nos informó que temprano por la tarde el supervisor de construcción había revisado el inmueble para asegurarse de que todo estuviera listo para la dedicación. Pero justamente cuando se acercaba la hora de iniciar los servicios dedicatorios no había luz, aunque todas las casas en los alrededores estaban alumbradas. Se hizo todo lo posible para corregir el problema sin ningún éxito, así que los líderes locales y yo decidimos llevar a cabo los servicios dedicatorios de cualquier modo.
Conforme se desarrollaba el programa, iluminados sólo por la lámpara de queroseno colocada en el estrado de la capilla, tuve la sensación de que aquella sería la primera vez en la historia de la iglesia que una dedicación se realizaba en total obscuridad.
No tengo ninguna duda de que todos los buenos hermanos de la congregación se unieron a mí en oración para pedir al Señor que nos permitiera tener luz a fin de que pudiésemos dedicar el centro de reuniones.
Uno tras otro, los oradores hablaron en la obscuridad. El coro entonó hermosas alabanzas, también en la obscuridad, y yo, el último orador, di mi discurso a obscuras. Al terminar, cuando pedí a los miembros que se unieran a mí para ofrecer la oración dedicatoria, repentinamente las luces se encendieron. ¡Cuán agradecidos nos sentimos al Señor por esta bendición tan especial! Me emocioné enormemente y me sentí manso y humilde por haber sido tan bendecidos: sin embargo, el alumbrado del edificio no se pudo comparar con la luz del amor que sentíamos por haber recibido respuesta a nuestras oraciones.
Recordé las palabras del profeta Moroni:
«Y ahora yo, Moroni, quisiera hablar algo concerniente a estas cosas. Quisiera mostrar al mundo que la fe es las cosas que se esperan y no se ven; por tanto, no contendáis porque no veis, porque no recibís ningún testimonio sino hasta después de la prueba de vuestra fe.
Porque si no hay fe entre los hijos de los hombres, Dios no puede hacer ningún milagro entre ellos; por tanto, no se mostró sino hasta después de su fe.» (Eter 12:6, 12.)
Sí, el Señor nos bendijo a medida que se puso a prueba nuestra fe v suplicamos llenos de esperanza buscan la luz en su vida. Un joven había violado muchas de las leyes del país, y como castigo recibió una sentencia y fue enviado a una prisión, de la cual se escapó; luego fue atrapado y volvieron a encerrarlo en la cárcel. Ciertamente su vida estaba llena de miseria y tinieblas, pero gracias a los esfuerzos de un abnegado obispo, este joven tomó la determinación de cambiar y regresar a Cristo. Lleno de mansedumbre y humildad empezó a arrepentirse, y la influencia del Espíritu Santo llegó a su corazón.
El día que iba a salir de la prisión, después de haber cumplido su condena, a las puertas de la cárcel estaba el obispo que lo había alentado durante sus años de encierro, y que había llevado consejo a los padres y hermanos del joven, quienes lo recibieron con los brazos abiertos y llenos de regocijo. ¡Cuán grande fue el agradecimiento que sintió por su obispo y su familia que se mantuvieron a su lado aun cuando él había sido para ellos causa de profunda vergüenza y muchas horas de desvelo debido a su comportamiento descarriado! La fe de sus seres amados se mantuvo firme y de hecho se efectuó un milagro. Hoy día, este joven es presidente del quórum de élderes en su barrio.
¿Cuál fue la fuerza motivadora que cambió la vida de aquel hombre de un mundo de tinieblas a uno de luz y verdad? Fue el amor puro de Cristo manifestado por el obispo a medida que trabajaba con él, y este amor puro de Cristo es la caridad (Moroni 7:47).
El profeta Nefi declaró:
«El Señor Dios ha dado el mandamiento de que todos los hombres tengan caridad, y esta caridad es dad, no son nada. Por tanto, si tuviesen caridad, no permitirían que pereciera el obrero en Sión. » (2 Nefi 26:30.)
También debemos recordar la fe y el valor de la familia del joven, mientras soportó muchas pruebas y aflicciones; y luego, le extendió los brazos al final de su penosa experiencia. El profeta Moroni nos recuerda:
«He aquí, fue la fe de Nefi y de Lehi lo que obró el cambio en los lamanitas, de modo que fueron bautizados con fuego y con el Espíritu Santo.
He aquí, fue la fe de Ammón y sus hermanos lo que obró tan gran milagro entre los lamanitas.
Sí, y todos cuantos han obrado milagros los han obrado por la fe, tanto aquellos que fueron antes de Cristo, como los que fueron después de él’.
Y en ningún tiempo ha obrado alguien milagros sino hasta después de su fe; por tanto, primero creyeron en el Hijo de Dios.» (Eter 12: 14-16, 18.)
El profeta Mormón también predicó:
«Es por la fe que se obran milagros. . .
Ningún hombre puede ser salvo a menos que tenga fe en su nombre. . .
De manera que si un hombre tiene fe, es necesario que tenga esperanza; porque sin fe no puede haber esperanza.
Y además, he aquí os digo que el hombre no puede tener fe ni esperanza, a menos que sea manso y humilde de corazón.
Y si un hombre es manso y humilde de corazón y confiesa por el poder del Espíritu Santo que Jesús es el Cristo, es menester que tenga caridad.» (Moroni 7:37-38, 42-44.)
Hoy en día se nos recuerda la importancia de la caridad y el amor por medio de la epístola de Pablo a los corintios.
«Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalos que retiñe.
Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.
Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.
El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;
no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;
no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.
Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor nunca deja de ser. (1 Corintios 13:1-8.)
En la Iglesia son muchas las oportunidades que tenemos para demostrar ese amor. Algunos de los actos más sublimes de amor y caridad comienzan al extender la mano en señal de amistad. En una conferencia de barrio, uno de nuestros ancianos hermanos relató un gran ejemplo.
Este buen hermano era el presidente de la Escuela Dominical y fue llamado para dar su testimonio. Durante los doce años que permaneció inactivo fue llevado de un lado a otro por los problemas y se hallaba lleno de profunda desesperación. Cuando parecía que estaba en la peor época de su vida, los maestros orientadores le extendieron las manos del hermanamiento la amistad, seguidos por el obispo los miembros del barrio. A medida que se fue activando y sintió el amoroso espíritu y el cariño que, sin reserva ni crítica emanaba de los miembros, supo que el Evangelio de Jesucristo es verdadero y que en él siempre hay cabida para el alma que se arrepiente. El Señor perdona, y sus verdaderos discípulos también. Se extiende una mano de la amistad; el pecador se arrepiente y el círculo del amor queda completo.
El profeta Mormón también enseñó:
«Por tanto, amados hermanos míos, si no tenéis caridad, no sois nada, porque la caridad nunca deja de ser. Allegaos, pues, a la caridad, que es mayor que todo, porque todas las cosas han de perecer; pero la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le irá bien.» (Moroni 7:46-47.)
Al grado que fielmente cumplamos nuestras mayordomías en la Iglesia, a medida que recordemos que nuestros hechos expresan los sentimientos de nuestro corazón y extendamos nuestro amor al Salvador, que espera para recibirnos en su reino, hagámoslo con esperanza, con amor y caridad. Su invitación a las generaciones resuena en las palabras del himno titulado «Venid a Cristo».
Venid a Cristo, desconsolados,
vuestros pesares El llevará;
El os invita al bello puerto,
donde descanso habrá.
Llamad a Cristo, El os atiende,
aun en sendas de la maldad;
con infinito amor os busca,
y os dará su verdad.
Orad a Cristo, El os escucha,
y suplicadle en oración;
El os envía ángeles santos,
de su eterna mansión.
Venid a Cristo, de toda tierra,
y de lejanas islas del r;
A todos llama su voz divina:
«Venid a Mí, a morar.»
(Himnos de Sión, 196.)
Mis queridos hermanos, os expreso mi humilde testimonio de que sé que Jesús es el Cristo, el Salvador del mundo, y que si atendemos a su llamado de ir a El, ciertamente nos dará todas las bendiciones que tiene reservadas para los fieles y justos. En el nombre de Jesucristo. Amén.
























