Nuestro testimonio al mundo

Conferencia General Octubre 1981logo pdf
Nuestro testimonio al mundo
por el élder Howard W. Hunter
del Consejo de los Doce

Howard W. Hunter 1En esta época del año, se reúnen miles de personas de todas partes del mundo, para llevar a cabo una conferencia de los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. Han pasado muchos años desde que los colonos llegaron con sus carretas a este valle, en las cumbres de las Montañas Rocosas. La época de las conferencias era una ocasión importante para ellos, y continua siéndolo para nosotros, que nos reunimos con fe y devoción para renovar y fortalecer nuestras creencias.

Estos son días de vinificación espiritual, en los que el conocimiento y el testimonio de que Dios vive y bendice a aquellos que son fieles aumentan y se fortalecen. Es la época en que la comprensión de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, arde en el corazón de aquellos que han tomado la determinación de servirle y de guardar sus mandamientos. Es la época en que nuestros lideres nos guían y nos orientan por inspiración en cuanto a nuestra conducta en la vida; en que el alma se agita, y se toman resoluciones de ser mejores esposos y mejores padres, de ser hijos mas obedientes, mejores amigos y vecinos.

Cuando participamos del espíritu de la conferencia, surge en nosotros otro sentimiento, uno de profunda gratitud por haber sido bendecidos con la comprensión del Evangelio de Jesucristo, restaurado a la tierra en esta dispensación de los tiempos. Nos reunimos con hermanos que vienen de otras partes del mundo, y que tienen el mismo sentimiento y desean que todas las personas puedan entender y encontrar la felicidad y la paz que se reciben con el conocimiento de que todos somos hijos de Dios y, por lo tanto, hermanos sin consideración de raza, color, idioma o creencia religiosa. En las Escrituras leemos:

«Y el invita a todos ellos a que vengan a el y participen de su bondad; y a nadie de los que a el vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o hembras; y se acuerda de los paganos; y todos son iguales ante Dios. . . » (2Nefi 26:33.)

Cuando participamos de una conferencia, se nos recuerda de la gran responsabilidad que tenemos con nuestros semejantes, nuestros hermanos de todo el mundo. Es la responsabilidad de compartir con ellos el don que poseemos, lo mejor que podemos dar, que es el conocimiento de la plenitud del evangelio. Tenemos la obligación de declarar a toda la humanidad que Jesús de Nazaret es el Salvador del mundo, que por medio de su sacrificio expiatorio pagó por nuestros pecados y que resucitó de entre los muertos y vive. Tenemos la responsabilidad de ayudar a que la gente del mundo comprenda la verdadera naturaleza de nuestro Padre Celestial, que El es una persona, un Padre amoroso a quien cada uno de nosotros puede dirigirse con sus problemas y preocupaciones.

Nosotros tenemos un conocimiento especial y único del Evangelio del Salvador. Lo que mas les sorprende a todos aquellos que se vinculan por primera vez con nosotros es nuestra declaración al mundo de que somos guiados por un Profeta de Dios; un Profeta que se comunica con El y que recibe su inspiración y su revelación.

¿Cómo sabemos que estas cosas son verdaderas? Lo sabemos porque Dios ha hablado en nuestra época, en nuestros días. Los cielos se han abierto y El se ha vuelto a comunicar con el hombre; nuestro Padre ha dado al mundo verdades eternas. Dios el Padre y Jesucristo, su Hijo, se han revelado y hablado al hombre en esta dispensación; de hecho, el Señor ha aparecido en varias ocasiones.

Sabemos que nuestro Padre Celestial nos ama y que se preocupa por nuestro bienestar espiritual y temporal; sabemos que su Hijo Jesucristo, nuestro Hermano Mayor, nos ha proporcionado la manera de que regresemos a la presencia de Dios; sabemos que nuestra estadía aquí en la tierra tiene un propósito divino, y que tenemos una obra que realizar, una obra muy importante en el plan de Dios. Además, conocemos muchos detalles de ese plan, y hemos recibido dirección especifica acerca de nuestras responsabilidades.

A aquellos que escuchan nuestro mensaje y se preguntan cómo podemos afirmar que sabemos lo que para otros puede estar mas allá de cualquier lógica o prueba, les contestamos con una declaración escrita que Pablo envió a la Iglesia en Corinto:

«Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.

Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.

Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que esta en el? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.

Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido,

lo cual también hablamos, no con palabras ensenadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. (1Corintios 2:9-13.)

El aprendizaje y la sabiduría del mundo, así como todo lo que es temporal, nos llega a través de nuestros sentidos, según la manera temporal y terrenal. Tocamos, vemos, oímos, saboreamos, olemos y aprendemos. Sin embargo, el renacimiento espiritual, tal como lo explica Pablo, nos llega en forma espiritual y de su fuente espiritual. Pablo continua diciendo:

«Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para el son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.» (1Corintios 2:14.)

Hemos descubierto y sabemos que la única manera de obtener conocimiento espiritual es dirigirnos a nuestro Padre Celestial por medio del Espíritu Santo y en el nombre de Jesucristo. Cuando lo hacemos, si estamos espiritualmente preparados, vemos y oímos cosas que no hemos visto ni oído antes; utilizando las palabras de Pablo, cosas «que Dios ha preparado» y que se reciben a través del Espíritu.

Creemos y testificamos al mundo que en la actualidad existe comunicación con nuestro Padre Celestial y que tenemos su guía y dirección. Testificamos que Dios habla al hombre como lo hizo en los días del Salvador y en la época del Antiguo Testamento. Queremos decir al mundo: «Escuchad y considerad los mensajes de esta conferencia; considerad el consejo y la guía de aquellos que participan en ella; y, después de meditar con espíritu de oración, la dulce y cálida convicción que se recibe del Espíritu Santo os testificara la veracidad de nuestras palabras. «

Permitidme citar las palabras que el Señor habló por medio de uno de sus profetas:

«Dios es misericordioso para con todos los que creen en su nombre; por tanto, el desea, ante todo, que creáis, Si, en su palabra . . .

Mas he aquí, si despertáis y aviváis vuestras facultades hasta poner a prueba mis palabras, y ejercitáis un poco de fe, si, aunque no sea mas que un deseo de creer, dejad que este deseo obre en vosotros, si, hasta que de algún modo creáis que podéis dar cabida a una porción de mis palabras.

Comparemos, pues, la palabra a una semilla. Ahora, si dais lugar para que sea plantada una semilla en vuestro corazón, he aquí, si es una semilla verdadera, o semilla buena, y no la echáis fuera por vuestra incredulidad, resistiendo al Espíritu del Señor, he aquí, empezará a germinar en vuestro pecho; y al percibir esta sensación de crecimiento, empezareis a decir dentro de vosotros: Debe ser que esta es una semilla buena, o que la palabra es buena, porque empieza a ensanchar mi alma; si, empieza a iluminar mi inteligencia; si, empieza a ser deliciosa para mi.» (Alma 32:22, 27-28.)

A vosotros, los que estáis buscando o tenéis preguntas con respecto a los grandes propósitos de la vida; a vosotros, los que os preguntáis la razón por la cual estamos en esta tierra y lo que el Señor desea que logremos mientras estamos aquí; a vosotros os decimos, tal como lo ha dicho un profeta moderno:

«Nadie trate estas cosas con liviandad o duda; antes procure sencillamente todo hombre defender la verdad y enseñar a sus hijos a familiarizarse con las verdades del cielo que han sido restauradas en la tierra en los postreros días.» (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 5.)

Es un verdadero honor estar al servicio del Señor y ser comisionado por El para declarar al mundo que su reino esta sobre la tierra, disponible para todo aquel que quiera oír su mensaje, aceptar su evangelio y obedecer sus mandamientos. Sabemos que esta obra seguirá adelante tal como lo dijo el profeta José Smith:

«Hasta que haya penetrado todo continente, visitado todo clima, arrasado todo país y sonado en cada oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios y el gran Jehová diga que la obra se ha consumado.» (History of the Church, 4:540.)

Esto lo testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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