El enriquecer la vida familiar

Conferencia General Abril 1983logo pdf
El enriquecer la vida familiar
por el Élder James E. Faust
del Quórum de los Doce Apóstoles

James E. FaustOcho pautas que pueden aumentar la unidad y el amor familiar.

Hermanos, con gran humildad me dirijo a ustedes desde este púlpito. Recuerdo que cuando era joven el presidente J. Reuben Clark, en las reuniones generales del sacerdocio, imploraba para que hubiera unidad en el sacerdocio. Frecuentemente citaba el mensaje del Señor, «Sed uno; y si no sois uno, no sois míos». (D. y C. 38:27.)

La unidad en el sacerdocio debe reflejar la unidad en nuestros hogares. Nos preguntamos por qué hay tantos hogares que se están debilitando y por qué tantas familias están desintegrándose. Las razones son complejas y sin duda alguna tienen mucho que ver con los problemas sociales de la época. Todos nos vemos sujetos a la falsa propaganda que se presenta en forma centellante y provocativa. Por todas partes se puede sentir el azote de la violencia. En nuestra sociedad se ha infiltrado la idea de que el egoísmo y la gratificación instantánea son aceptables o incluso son características de una conducta respetable. La lacra social del alcoholismo ha aumentado y ha dado rienda suelta al abuso de las drogas. La revolución sexual ha debilitado la salud espiritual, mental y física de las familias.

Entre las cosas que debilitan la familia se encuentran los ataques contra nuestra fe, por lo que los padres deben preparar a sus hijos. Algunos de éstos ataques vienen de apóstatas que una vez tuvieron un testimonio y que ahora no pueden dejar a la Iglesia en paz. A uno de ellos que se quejaba de las normas de la Iglesia se le oyó decir: «Estoy tan enojado que si estuviera pagando el diezmo, dejaría de hacerlo.» La persecución no es algo nuevo para los seguidores devotos de Cristo. Sin embargo, ahora se está sintiendo con más vehemencia la ira y el veneno de nuestros enemigos. Brigham Young dijo: «Nunca empezamos a edificar un templo sin que las campanas del infierno empiecen a repicar.» (Discourses of Brigham Young, Salt Lake City, Deseret Book Co., 1973, pág. 410.) Ahora que veintidós templos se están construyendo, o están por empezar a construirse, parece que hubieran muchas campanas que repican.

Cuando me entero de una familia que se separa, me pregunto sí llevaban a cabo la noche de hogar, si tenían oraciones familiares regularmente y si observaban la ley del diezmo. ¿Guardaba esa familia el día de reposo? ¿Evitaban hablar los padres en contra de las enseñanzas y de los líderes de la Iglesia? No hay nada que pueda justificar olvidarse de las sagradas y eternas promesas eternas hechas en el templo o que justifique la destrucción de una familia con hijos de corta edad.

¿Por qué hay algunas familias fuertes y otras débiles? Aunque los problemas son infinitamente complejos, existen respuestas. Hay suficiente evidencia que demuestra que la presencia de un padre amoroso y firme en el hogar va a producir hijos más responsables y más obedientes a la ley que un hogar donde el padre no está presente o que, cuando lo está, no cumple con sus responsabilidades como tal. En estos casos es la madre la que queda con doble responsabilidad.

Malaquías dijo que toda la tierra sería herida con una maldición si los corazones de los padres no volvieran hacia los hijos y si los de los hijos no volvieran hacia los padres. (Malaquías 4:6.)

La presencia del padre en el hogar y el que uno o ambos padres sean activos en la Iglesia, junto con un hogar donde reine la disciplina, parecen dar como resultado familias estables y fuertes.

No hay duda de que el ingrediente más importante para producir la felicidad en el hogar de los miembros de la Iglesia es una dedicación religiosa total bajo la supervisión de padres sabios y maduros. La devoción a Dios en el hogar parece crear la base espiritual y la estabilidad que ayuda a la familia a salir adelante. Tal vez algunos digan que ésta es la simplificación de un problema muy difícil, sin embargo, yo creo que las respuestas nos las puede dar el Evangelio restaurado de Cristo.

Una de las razones por las que las familias se debilitan es la falta de pautas firmes. Estas pautas son algo definido que no tiene restricciones, excepciones o condiciones, sino que es fijo y seguro. Deben existir algunas cosas que los miembros de la familia siempre deben tratar de hacer y algunas actividades que deben evitar totalmente. Toda familia debe tener la veracidad como una pauta firme.

¿Cómo pueden los padres y los miembros de la familia alcanzar y aumentar la fortaleza familiar? Hace poco murió de cáncer uno de mis mejores amigos de la niñez. Su familia decidió que él sería más feliz si pasara sus últimos días en su propio hogar, de manera que lo sacó del hospital donde habían diagnosticado su enfermedad y lo cuidó en su propia casa. Su anciana madre dejó su propio hogar en otro estado y vino para tener a su cargo el cuidado de su hijo. Una hermana y un hermano, aunque vivían lejos, vinieron varias veces para ayudar en casos de emergencias. Sus hijos, quienes también vivían en lugares muy distantes, vinieron para tomar turnos de veinticuatro horas y así nunca dejarlo solo.

Después de varios meses murió, y aunque su apariencia física era demacrada, dejó esta existencia contento y feliz, pues hasta el último suspiro recibió amor. Los miembros de su familia hubieran podido dejarle al cuidado del gobierno y del hospital sin incurrir ellos en gastos ni inconveniencias.

Sin embargo, prefirieron brindarle su amor hasta el fin. Quisiera sugeriros otras formas de enriquecer la vida familiar.

  1. Llevad a cabo la oración familiar por la mañana y por la noche. La fuente de nuestra gran fortaleza individual y de nuestro potencial no es un misterio sino que es un don de Dios. No necesitamos consumir substancias químicas que se encuentran en las drogas, incluyendo el alcohol, para poder enfrentarnos a los problemas de la vida. Lo único que constantemente necesitamos es acudir a la fuente de poder por medio de la oración humilde. A veces se requiere un esfuerzo sobrehumano para que los padres de una familia muy ocupada logren sacar a todos de la cama para tener juntos la oración familiar y estudiar las Escrituras. Incluso, es posible que no sintáis el deseo de orar cuando todos estáis por fin juntos, pero si perseveraréis, los resultados serán maravillosos.
  2. Estudiad las escrituras. Todos necesitamos la fortaleza que viene del estudio diario de las Escrituras. Los padres deben tener el conocimiento de los libros canónicos para poder enseñar a sus hijos. El niño a quien se le enseña de las Escrituras recibe un valioso legado. La fortaleza de los niños aumenta cuando se familiarizan con la personalidad y los relatos de los grandes héroes de las Escrituras como Daniel en el foso de los leones, David y Goliat, Nefi, Helamán y sus dos mil jóvenes, y todos los demás.

El orar, el estudiar las Escrituras y el sentarse juntos a la mesa para compartir los alimentos da a padres, hijos, hermanos y hermanas la oportunidad de hablar y de escuchar.

  1. «Enseñad a vuestros hijos a trabajar. En todo hogar hay quehaceres diarios de los que los hijos pueden hacerse responsables.
  2. Enseñad la disciplina y la obediencia. Si los padres no disciplinan a sus hijos ni les enseñan a obedecer, es posible que la sociedad lo haga de una forma que ni a los padres ni a los hijos les guste. El doctor Lee Salk, psicólogo infantil, dijo: «La tendencia a ‘no preocuparse por los demás’ no ha dejado que las personas desarrollen una verdadera relación familiar de confianza. Nos hace creer que si uno siente alguna responsabilidad por los sentimientos de los demás miembros de la familia es porque es un neurótico. A las personas también se les aconseja que expresen todos sus sentimientos, aunque al hacerlo ofendan a otros.» (Dr. Lee Salk, Special Section -Families, U.S. News and World Report, Inc. , 16 de junio de 1980, pág. 60.) Por supuesto, estas enseñanzas son totalmente erróneas, ya que si no hay disciplina y obediencia en el hogar, tampoco puede haber unidad en la familia.
  3. Dad gran importancia a la lealtad mutua. La palabra leal se define como «sincero y honrado; que guarda fidelidad».

Si los miembros de la familia no son leales entre sí, tampoco pueden serlo consigo mismos.

  1. Enseñad principios del valor personal y la autosuficiencia. Uno de los problemas principales que hoy día tienen las familias es que cada vez pasan menos tiempo juntos, y cuando lo hacen, algunos pasan gran cantidad de tiempo frente a la televisión, lo cual les roba del tiempo en que podrían fortalecer los sentimientos de valor personal. El tiempo que los miembros de la familia pasan juntos es precioso, tiempo en que se necesita hablar, escuchar, darse ánimo y aprender a hacer muchas cosas. Entre menos sea el tiempo que se pase juntos, más es la soledad que puede producir sentimientos internos de insatisfacción e insuficiencia. El valor personal se puede fortalecer de muchas formas. Por ejemplo, cuando los padres le dicen a su hijo o hija que va a salir de casa para asistir a alguna actividad, las simples pero importantes palabras «recuerda quien eres» están ayudándole a sentirse importante.
  2. Mantened las tradiciones familiares. Uno de los aspectos que fortalecen los lazos familiares radica en las propias tradiciones hogareñas, las cuales pueden consistir de muchas cosas, como por ejemplo, convertir en ocasiones especiales las bendiciones de los niños, los bautismos, las ordenaciones al sacerdocio, los cumpleaños, los viajes de pesca, la Navidad, las noches de hogar, etc. Las tradiciones de cada familia son únicas y, hasta cierto punto, es la madre la que las inspira.
  3. Haced todo en un espíritu de amor. El élder LeGrand Richards nos dijo acerca de la relación tierna que él tenía con su padre: «Fui al apartamento de mi padre cuando él tenía noventa años . . . Al abrir yo la puerta, él se puso de pie, caminó hacia mí, me dio un abrazo y me besó. Siempre hizo eso. Al abrazarme, me llamaba siempre por el nombre que tenía de niño y me decía: ‘Grandy, hijo mío, te quiero.’ » (Conference Report, octubre de 1967, págs. 111-112.)

Para algunos padres es difícil expresar su amor física u oralmente. Nunca recuerdo que mi propio padre haya usado las palabras «hijo, te quiero», sin embargo, me demostró su amor miles de veces en formas más elocuentes que las palabras. Muy pocas veces faltó a uno de los partidos, a una carrera o cualquier actividad en que sus hijos participaran.

El amor y el tiempo que dedica la madre al hogar hacen de él un hogar cómodo y placentero. Nuestras esposas y madres merecen apoyo especial. Dirigiéndose a los esposos y a los padres, el presidente George Albert Smith dijo: «Algunos parecen pensar que la responsabilidad de la mujer es encargarse del hogar y de todo lo demás mientras que el hombre va a sus reuniones. Deseo deciros que vuestra responsabilidad primordial radica en vuestro propio hogar.» (George Albert Smith, Seventies and Stake Missionary Conference, 4 de octubre de 1941 , pág. 8.)

El presidente Harold B. Lee ratificó esa frase al decir: «Lo más importante de la obra del Señor que vosotros hagáis, hermanos, será como padres dentro de las paredes de vuestro propio hogar.» (Conference Report, abril de 1973, pág. 130.)

Que no haya malos sentimientos o enojo entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas y entre parientes. Los desacuerdos o sentimientos heridos deben resolverse rápidamente. ¿Para qué esperar hasta que uno de los ofendidos esté muerto o vaya a morir? Que entre nosotros reine la ternura, y que en nuestros hogares se restaure la unidad y el amor familiar.

¿Cómo pueden nuestros líderes del sacerdocio, a pesar de todas sus responsabilidades administrativas, ser de ayuda a los padres para que ellos puedan ayudar a sus hijos? Yo creo que la respuesta es básica. En los últimos días de su ministerio terrenal, el Salvador le dijo a Pedro:

«Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por tí, que tu fe no falte, y tú, una vez vuelto, confirma (fortalece) a tus hermanos.» (Lucas 22:31, 32.)

Es necesario que los padres se conviertan y fortalezcan; esto se logra al enseñar y comprender y aplicar los principios del evangelio. Los líderes del sacerdocio tienen la desafiante tarea de lograr que en los barrios, ramas y quórumes todos los miembros aumenten su comprensión del evangelio. Los líderes del sacerdocio están investidos de gran autoridad, y cuando a los obispos y otros líderes del sacerdocio se les necesita por razones personales o familiares específicas, el que estén dispuestos a ayudar es un gran consuelo y fortaleza. Su interés y la preocupación genuinos que sienten por nosotros como individuos son un apoyo vital.

Ahora, mis hermanos, para concluir quisiera deciros algo que nos ayude a comprender más nuestro trabajo. No creamos que simplemente por tener nuestras reuniones, llevar a cabo nuestras visitas de maestros orientadores y participar en otras actividades estamos sirviendo a los miembros de la Iglesia a cabalidad. Nuestro ministerio en la Iglesia y en nuestros hogares debe ir acompañado por el espíritu, la bondad y la misericordia de Cristo.

En el pasado la religión se caracterizaba por el fanatismo riguroso, el prejuicio y la intolerancia. Con la restauración del evangelio recibimos el santo sacerdocio de Dios, el cual debía ejercerse no en un espíritu de coacción y compulsión, sino de libre albedrío teniendo como base, la «benignidad, mansedumbre y.. . el amor sincero». (D. y C. 121:41.) Este es el dulce espíritu de Jesucristo mismo.

Sin embargo, estos conceptos exaltados deben ser llevados a la práctica por hombres sabios. Al darse la dirección y guía en la Iglesia y en nuestros hogares, no debe haber un espíritu de dictadura o de injusto dominio, pues las llaves y poderes del sacerdocio no pueden ser «manejados sino conforme a los principios de justicia» (D. y C. 121:36).

Por medio de sus profetas, Dios ha dado a su sacerdocio en esta dispensación el gran cometido de llevar a todo el mundo la santa obra a la que estamos dedicados. Ahora se puede conferir el sacerdocio a todo hombre digno. Me pregunto si, con los cambios inspirados que se han efectuado y en base a los principios que el Salvador enseñó, ha mejorado nuestra actitud. ¿Ha causado el aumento de responsabilidad en el sacerdocio que comprendamos mejor nuestro trabajo? ¿Acaso no logramos algunos de nosotros diferenciar entre el pecado y el pecador?

Muchos de nosotros hemos estado presentes en consejos de barrio, consejos ejecutivos del sacerdocio, y otras reuniones a nivel de barrio. Entonces tomamos el tiempo para identificar los nombres de aquellos que se habían apartado del verdadero camino; sin embargo nuestros esfuerzos para llegar a ellos podrían haber sido más eficaces, pues en ocasiones juzgamos demasiado y perdimos contacto con las personas por concentrarnos en los programas. No critico las actividades y los programas, ya que estoy muy agradecido por ellos, pues son necesarios, son inspirados y tienen gran valor. Sólo pido que aumente nuestro interés en las personas y en las familias, pues, después de todo, ese es el propósito de la sagrada obra de Dios. «Esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.» (Moisés 1:39.)

Ojalá que podamos poner nuestra vida y hogar en orden. Debemos permanecer fieles a las grandes verdades del evangelio restaurado: Jesucristo crucificado, la restauración divina del evangelio en nuestra época, la veracidad del Libro de Mormón, el llamamiento divino de José Smith como profeta de Dios, y la revelación continua a sus sucesores de acuerdo con las necesidades de la Iglesia y de sus miembros.

Si unidos continuamos hacia adelante bajo el liderazgo de aquellos. que tienen las llaves del reino de Dios sobre la tierra, nuestros hogares serán enriquecidos, nuestras vidas purificadas y las puertas del infierno no prevalecerán en contra de nosotros.

Es mi oración que podamos seguir el consejo de Alma y «ser testigos de Dios a todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar . . . aún hasta la muerte.» (Mosíah 18:9.) En el nombre de Jesucristo, Amén.

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