Conferencia General Abril 1984
Consejo para los Santos
Presidente Ezra Taft Benson
del Quórum de los Doce Apóstoles
«Primero, debemos fortalecer la institución de la familia», y «más que en cualquier otra época de nuestra historia tenemos necesidad de mayor espiritualidad.»
Hace diez años, el presidente Spencer W. Kimball se paró detrás de este púlpito. Durante esa conferencia, fue sostenido por los santos de todo el mundo como Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En la década de su liderazgo que se inició desde entonces, hemos visto un progreso y un aumento inigualados en la historia de la Iglesia.
En su primer discurso como Presidente de la Iglesia, el presidente Kimball declaró que el programa de la Iglesia es «reafirmar y adelantar intrépidamente la obra de Dios con pureza y rectitud, y llevar el evangelio de verdad al mundo que tanto necesita de una forma de vida santificada» (Conference Report, abril de 1974, págs. 9-10). El mensaje que quiero dejar hoy es con el fin de proveer consejo sobre la manera en que podemos llevar la obra de Dios a todo el mundo, tanto a nivel de Iglesia como en forma individual.
Primero, debemos fortalecer la institución de la familia. Es necesario reconocer que la familia es la piedra angular de la civilización, y que el calibre de una nación jamás podrá sobrepasar al de los hogares de sus ciudadanos. La familia es parte de la roca sobre la cual está cimentada la Iglesia. Por lo tanto, hacemos un llamado a todo jefe de familia para que fortalezca la suya.
Creemos que el matrimonio fue establecido por Dios para un sabio propósito eterno. La familia es la base de una vida recta y desde el comienzo del mundo fueron impartidos los papeles o funciones del padre, la madre y los hijos.
Dios le dio al padre la responsabilidad de presidir en el hogar, y es por eso que los padres deben proveer lo necesario, amar, enseñar y guiar a su familia. Dios también designó el papel de la madre. Debe concebir, dar a luz, cuidar, amar y enseñar a sus hijos. La madre es la compañera y consejera de su marido.
En el plan de Dios no existe desigualdad entre los sexos, sino más bien división de responsabilidades.
En las sagradas Escrituras también se aconseja a los hijos en cuanto a los deberes hacia sus padres. El apóstol Pablo escribió: «Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.
Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra» (Efesios 6: 1-3).
El apóstol Pablo dijo que cuando los padres, en compañerismo, amor y unión, cumplen con esa responsabilidad de procedencia divina, y los hijos responden con un espíritu de amor y obediencia, el resultado es el de gran gozo.
Hace poco recibí una carta de un hermano en la que me indicaba algunas de las dificultades y problemas que él y su esposa estaban teniendo para criar a sus hijos. Se habían casado en el templo, pero poco después ambos se habían vuelto inactivos y sólo hasta ahora estaban volviendo a aceptar responsabilidades en la Iglesia. Pedían consejo sobre lo que ellos podían hacer para asegurar que sus hijos permanecieran fieles al evangelio y evitaran los mismos peligros y caídas que ellos habían experimentado, y por los que habían visto pasar a otras familias. En otras palabras, su incógnita era, «¿Cómo podemos fortalecer a nuestra familia espiritualmente?»
Quisiera invitar a cada uno de vosotros a meditar tan importante pregunta. Y como respuesta a esta petición, me gustaría invitaros a que considerarais la fórmula tantas veces probada, y que las familias con éxito han usado en el correr de los años para lograr el amor, la unidad y la lealtad mutua, y para comprenderlos principios del evangelio.
Las familias con éxito aman y respetan a cada uno de sus miembros y todos saben que se les quiere y aprecia. Los hijos sienten el amor de sus padres, lo que les da seguridad y con fianza.
Las familias unidas han cultivado la cualidad de la comunicación eficaz. En su seno se expresan los problemas, se hacen planes y todos cooperan para lograr los mismos objetivos, los cuales se obtienen cuando se hacen las noches de hogar, y se practican los consejos familiares.
Los padres y madres de hogares tan especiales mantienen fuertes los vínculos de unión; se comunican. Los padres, algunos observando más formalidades que otros, entrevistan a sus hijos; y otros buscan la manera de dedicar tiempo, en forma regular y por separado, a cada uno de sus hijos.
En todas las familias hay problemas y dificultades. Sin embargo, en los hogares fuertes los miembros se esfuerzan por encontrar juntos las soluciones, en lugar de recurrir a la crítica y a la contención. Oran juntos, expresan sus opiniones y se dan ánimo mutuamente. En ocasiones ayunan juntos para ayudar a uno de los miembros de la familia que puede estar pasando por momentos difíciles.
Entre las familias fuertes hay solidaridad.
Las familias especiales hacen cosas juntos: Proyectos familiares, trabajo, momentos de diversión y reuniones.
Los padres que han logrado buenos resultados con sus hijos se han dado cuenta de que no es fácil criar a sus hijos en medios contaminados por el mal, de manera que han tomado las medidas necesarias para contrarrestarlos con influencias positivas. En su hogar se enseñan los principios morales y se tienen y leen buenos libros; se escogen buenos programas de televisión y se oye música inspiradora. Pero lo más importante es que leen las Escrituras y las analizan como un medio de ayuda para que los miembros de la familia se inclinen hacia las cosas espirituales.
En los hogares de éxito de los miembros de la Iglesia, los padres enseñan a los hijos a comprender los principios de la fe en Dios, el arrepentimiento, el bautismo y el don del Espíritu Santo (D. y C. 68:25). La oración familiar es parte intrínseca de su vida, ya que ésta es el medio de reconocer y dar gracias por las bendiciones y de aceptar con humildad que dependemos del Dios Todopoderoso para recibir fortaleza y apoyo.
Es muy cierto el proverbio que dice que la familia que en unión dobla su rodilla ante Dios, se sentirá a gusto en su presencia.
De manera que ésta es la muy probada fórmula para criar buenas familias, y en esta ocasión os la recomiendo.
Como padres y abuelos siempre ha sido mi esperanza y la de mi esposa que todos estemos, juntos en las eternidades, que todos estemos allí sin tener que sufrir la ausencia de un ser querido. Y esa es también mi ferviente oración y deseo para cada familia de la Iglesia.
Ahora quisiera dirigir algunas palabras a todos los miembros de la Iglesia en forma individual. Hermanos y hermanas, más que en cualquier otra época de nuestra historia tenemos necesidad de mayor espiritualidad, la cual podemos lograr si nos deleitamos en las palabras de Cristo, tal como están reveladas en las Escrituras.
Uno de los acontecimientos más importantes en la historia de la Iglesia es la preparación de nuevas ediciones de los libros canónicos, los cuales incluyen nuevas notas al pie de la página y otras fuentes de ayuda. [En los dos próximos años se publicarán en español.]
Sin lugar a exagerar podemos decir que nunca antes, en ninguna de las dispensaciones, han sido los santos bendecidos en forma tan abundante con la palabra del Señor y de sus profetas, como lo somos nosotros en la actualidad.
Es por eso que ahora tenemos el cometido de hacer lo que nos mandó el Señor: «Estudia mi palabra que ha salido entre los hijos de los hombres» (D. y C. 11:22).
Este año, en el curso de estudios para adultos de la Iglesia, se leerá el Libro de Mormón. Refiriéndose a este registro sagrado, el profeta José Smith dijo: «El Libro de Mormón [es] el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y . . . un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro» (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 233-238).
Os instamos a que estudiéis el Libro de Mormón individualmente y con vuestras familias y a que luego hagáis lo que aconsejó el profeta Nefi, que apliquemos «todas las Escrituras a nosotros mismos para nuestro provecho e instrucción» (1 Nefi 19:23-24).
Hemos pedido a los líderes del sacerdocio que reduzcan a un mínimo las reuniones administrativas los domingos para que las familias pasen más tiempo juntas y dediquen ese día a adorar al Señor. Esperamos que ese día lo utilicéis para asistir a las reuniones, prestar servicio caritativo, visitar a otros miembros de la familia, llevar a cabo las noches de hogar y estudiar las Escrituras.
Os aconsejamos que aceptéis llamamientos en la Iglesia y que sirváis fielmente en las posiciones a las que se os llame. Servíos los unos a los otros; magnificad vuestros llamamientos, y al hacerlo, seréis el medio por el cual muchos recibirán bendiciones y seréis más espirituales.
Os instamos, especialmente a los poseedores del sacerdocio y a las hermanas de la Sociedad de Socorro, a que os déis cuenta de las necesidades del pobre, del enfermo y del necesitado. Tenemos la responsabilidad cristiana de asegurarnos de que las viudas y los huérfanos tengan lo necesario para subsistir.
«La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo» (Santiago 1:27).
Os amonestarnos a que guardéis los mandamientos de Dios, y al hacerlo, os veréis libres de las ataduras del pecado.
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás» (D. y C. 59:5).
Confesad la mano de Dios en todas las cosas (D. y C. 59:21).
Sed pacientes en las aflicciones (D. y C. 24:8).
Animaos (D. y C. 61:36).
Sostened al sacerdocio en el hogar y en la Iglesia (véase D. y C: 107:22). Pagad vuestro diezmo fielmente y contribuid con una ofrenda de ayuno generosa (D. y C. 1 19:4; Mosíah 4:21).
Amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos (D. y C. 59:6).
Enseñad a vuestros hijos. Criadlos en la luz y la verdad. (D. y C. 93:40, 42-43).
Cesad de inculparos los unos a los otros (D. y C. 88:124).
Perdonaos mutuamente (D. y C. 64:9).
Elegid como gobernantes a hombres honrados, buenos y sabios (D. y C. 98:10).
Obedeced y apoyad «la ley constitucional del país» (D. y C. 98:6).
Sed frugales y no contraigáis deudas (D. y C. 19:35).
Cesad de ser codiciosos (D. y C. 88:123).
Trataos honradamente los unos a los otros (D. y C. 51:9).
Santificad el día de reposo (D. y C.. 59:10, 12-13).
Absteneos de usar bebidas alcohólicas, tabaco y las bebidas calientes (D. y C. 89:5-9).
Cesad «de ser impuros»; apartaos de la pornografía (D. y C. 88:124). Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros (D. y C. 88:118); evitad los libros o las películas que representan lo malo como algo bueno y lo bueno como algo malo.
No cometáis adulterio «no . . . ninguna cosa semejante» (D. y C. 59:6), lo cual incluye las caricias impúdicas, la fornicación, la homosexualidad y toda clase de inmoralidad.
Dejad «que la virtud engalane [vuestros] pensamientos incesantemente» (D. y C. 121:45). Poned «en práctica la virtud y la santidad» continuamente (D. y C. 38:24).
Vestíos «con el vínculo de la caridad» (D. y C. 88:125).
Vivid «de acuerdo con toda palabra que sale de la boca de Dios» (D. y C. 98:11).
Compartid con valentía vuestro testimonio de Cristo (D. y C. 76:51, 79).
Honrad vuestros convenios (D. y C. 25: 13).
Perseverad hasta el fin (D. y C. 14:7).
En pocas palabras, aunque vivís en el mundo, no seáis del mundo.
La misión de la Iglesia es la de salvar almas por medio de la proclamación del evangelio, el perfeccionamiento de los Santos y la redención de los muertos.
Os instamos a hacer todo lo que esté a vuestro alcance, con vuestros talentos y medios, para edificar el reino de Dios en la tierra.
Esforzaos siempre por sostener, apoyar y hacer todo lo que sea mejor para el reino de Dios.
Finalmente, quisiera dejar unas palabras de encomio y aliento.
Hace más de 40 años que el presidente Kimball y yo fuimos llamados a ser miembros del Quórum de los Doce Apóstoles y fuimos ordenados con tan sólo unos minutos de diferencia. Para entonces la Iglesia contaba con 146 estacas. Hoy día hay 1.460, entre las cuales más de 800 de ellas han sido organizadas desde que el presidente Kimball asumió la presidencia de la Iglesia.
En 1943 había menos de un millón de miembros en la Iglesia; hoy día sobrepasamos los cinco millones. En la última década más de dos millones de personas se han convertido.
Nunca había estado la Iglesia en una mejor posición. Nunca habíamos contado con tan gran número de miembros dedicados. La obra misional ha hecho que la Iglesia se expanda por todo el mundo. La obra genealógica y del templo también han aumentado cuantiosamente. La calidad de los líderes ha mejorado y nuestra juventud está mejor preparada espiritualmente.
Nos place ver que muchos de nuestros hermanos y hermanas se han reactivado e instamos a los líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares a continuar trabajando en este aspecto.
¡Santos de los Últimos Días, os felicitamos! Admiramos vuestra fidelidad. Nunca habían sido tan grandes nuestras oportunidades y bendiciones. El profeta José Smith preguntó: «¿No hemos de seguir adelante en una causa tan grande? Avanzad, en vez de retroceder. ¡Valor . . . e id . . . adelante a la victoria!» (D. y C. 128:22).
A algunos de nuestros miembros les han molestado las palabras de menosprecio dirigidas en contra de la Iglesia y sus líderes, o la mala interpretación de nuestra doctrina y prácticas. Sin embargo, la oposición no es algo nuevo para nosotros. Fuimos objeto de ella en el pasado y continuaremos siéndolo en el futuro. No os desaniméis por lo que otros digan o hagan, sino más bien permaneced en la senda recta y angosta, lo cual lograréis si os aferráis a la barra de hierro, la palabra de Dios, tal como aparece en las Escrituras y como nos la dan sus siervos vivientes en la tierra.
Siempre surge a mi mente algo que el Señor dijo en el Libro de Mormón y que los hermanos del Quórum de los Doce ya me han oído mencionar:
«Ninguna arma forjada en contra de ti prosperará; y toda lengua que se levantare contra ti en juicio tú condenarás. Esta es la herencia de los siervos del Señor, y su justicia viene de mí, dice el Señor» (3 Nefi 22:17).
Hermanos y hermanas, esta es la obra del Señor. Esta es su Iglesia en la tierra. El la ha dejado en manos de humildes hombres que tienen grandes responsabilidades. Necesitarnos vuestra fe, vuestro apoyo y vuestras oraciones constantes.
Os testifico que Dios vive y que hoy día El comunica a sus siervos su voluntad divina. El presidente Spencer W. Kimball es su profeta escogido sobre la tierra en la actualidad. Testifico que esta es la Iglesia de Jesucristo, el reino de Dios aquí en la tierra.
Pido de todo corazón que el Señor derrame sus bendiciones sobre vosotros, sobre vuestros seres queridos y sobre los hombres y mujeres buenos del mundo, pues todos somos sus hijos.
De esto testifico, y os dejo mi bendición, en el nombre de Jesucristo. Amén.

























En el mes Junio del año 1984 en el Barrio Catrihuala de la Estaca Temuco, junto a mi familia abrazamos los convenios del Bautismo y la Confirmación; han pasado 40 años desde ese momento. Me doy cuenta que los consejos de los profetas, apóstoles, lideres y del mismo señor no han cambiado.
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