Nuestro Señor y Salvador

Conferencia General Abril 1988logo 4
Nuestro Señor y Salvador
por el élder David B. Haight
del Quórum de los Doce Apóstoles

David B. HaightSi pudiéramos percibir o ser sensibles aun en el más mínimo grado al amor incomparable de nuestro Salvador y a su buena voluntad de sufrir por nuestros pecados, nos apresuraríamos a borrar nuestros errores y a arrepentirnos de todas nuestras transgresiones.

He orado para que las bendiciones del cielo me acompañen al hablaros en este día.

El relato de Mateo que se encuentra en el Nuevo Testamento incluye estas palabras del Salvador: » . . . todo buen árbol da buenos frutos», y » . . . por sus frutos los conoceréis», ya sean buenos o malos (Mateo 7: 17, 20).

Mientras Michael Watson estaba leyendo el Informe Anual confirmando el continuo crecimiento y progreso de la Iglesia en todo el mundo, con un numero cada vez mayor de nuevos conversos que hacen posible la creación de mas estacas y barrios, con el aumento de poseedores del sacerdocio y de mujeres en sus organizaciones, y con el numero cada vez mayor de misioneros que hacen posible nuevas misiones sentí un ardor en el pecho, un sentimiento de que Dios apoya y dirige esta obra que ha salido «de la obscuridad» (D. y C. 1:30).

Esta es la iglesia de nuestro Señor Jesucristo, y en verdad trae frutos dignos de Él. Su crecimiento continuara sin interrupción debido a la fe de sus miembros y porque hay cada vez mas hombres y mujeres que descubren los preciosos hilos de oro de verdad, esperanza y salvación mientras aprenden los principios del evangelio y son «nutridos por la buena palabra de Dios, para guardarlos en el camino recto . . . confiando . . . en los méritos de Cristo, que [es] el autor . . . de su fe» (Moroni 6:4).

Fuera de nuestra Iglesia, muchos se asombran de este continuo crecimiento debido a que tienen un espíritu mundano. Esperamos que ellos un día conozcan el gozo y la felicidad que tienen los santos que se aferran a la barra de hierro (1 Nefi 1 1:25) del evangelio verdadero, el que atesoran como a la vida misma y que mantienen con su constante fe.

Vemos la luz del evangelio que va creciendo como la alborada de un nuevo día después de la intolerable obscuridad. Y continua extendiéndose en busca de nuevos horizontes, confirmando la revelación que recibió el profeta José Smith de que «La voz del Señor se dirige a todo hombre, y no hay quien escape» porque penetrara todos los corazones (D. y C. 1:2). El evangelio trae una vida nueva y una nueva esperanza y una nueva y desconocida santidad a este mundo convulsionado. Lo vemos, vemos la obra crecer y llegar a ser cada vez más irresistible, mientras se extiende como las aguas del mar que con suavidad refresca la playa.

Viendo este milagro que se sigue revelando, lo comparo con el relato que se encuentra en Hechos. Allí se nos dice que Pedro y otros Apóstoles estaban predicando sobre Jesús, y que el concilio de los sumos sacerdotes y los saduceos los pusieron en la prisión para impedirles hablar y enseñar de Cristo. Entonces un ángel del Señor abrió las puertas de la prisión, y otra vez fueron al templo a enseñar a la gente. Un fariseo llamado Gamaliel, que era doctor de la ley, habló en el concilio cuando querían volver a poner a los Apóstoles en la prisión y dijo:

» . . . Apartaos de estos hombres y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá;
«mas si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Dios.
«Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y los pusieron en libertad.
«Y ellos salieron . . . gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer . . . por causa del Nombre.» (Hechos 5:38-41.)

  1. fieles a sus llamamientos de testigos especiales de Cristo, los Apóstoles fueron «todos los días en el templo y por las casas, [y no cesaron] de enseñar y predicar a Jesucristo», que había sido crucificado. (Hechos 5:42; véase también I Corintios 1:23.)

Los primeros Apóstoles continuaron predicando sin temor los principios del evangelio, como lo hacemos hoy, e invitando a la humanidad a creer en el Hijo de Dios, nuestro Salvador, y a arrepentirse: a arrepentirse y a bautizarse para la remisión de sus pecados y a recibir el Espíritu Santo en preparación para recibir la administración de ordenanzas del evangelio aun mayores. Esos discípulos de antaño dijeron a los que buscaban la verdad, con claridad, que cuando el Espíritu Santo descansara sobre ellos, llenando sus corazones de gozo, sabrían por si mismos si la doctrina era de Dios o de los hombres.

El Espíritu de verdad guía al hombre a la rectitud, pero debemos; tener el deseo de buscar la verdad y tomarnos el tiempo para formar hábitos espirituales y ser receptivos a las manifestaciones del Espíritu; ¿no es ahora el momento de empezar?

Una persona que se haya desarrollado espiritualmente puede sufrir mucho y conocer la frustración, pero puede seguir mostrando bondad y amor a causa del poder que surge de la base espiritual que gobierna sus acciones y le impulsa a hablar «con nuevas lenguas» (I Nefi 31:14), como dijo Nefi, y a dar lo mejor de si, pese a los obstáculos.

Mi deseo es contribuir a la causa de la verdad y la rectitud y. como los antiguos Apóstoles, dar testimonio de la divinidad de Jesucristo.

¡Mañana es Pascua! Los cristianos de todo el mundo conmemoraran la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Aunque la fecha del aniversario no sea exacta, la época de la Pascua debe inspirarnos a estudiar y a meditar en la infinita y eterna expiación de Cristo: «primicias de los que durmieron» (I Corintios 15:20). La resurrección de Jesús es el más glorioso de todos los mensajes para la humanidad.

Creo en Cristo. Sí, como Santo de los Ultimos Días, creo en Cristo con todo mi corazón. Como dijo Moroni: » . . . venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad» (Moroni 10:32). Declaramos sin reservas que Él es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.

José Smith, el primer profeta de esta dispensación, escribió:

«Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo.

«Creemos que por la Expiación de Cristo todo el genero humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.» (Artículos de fe 1, 3.)

Creemos que Cristo vino al mundo para rescatar a la humanidad de la muerte temporal y espiritual que trajo al mundo la caída de Adán, y que su sangre inocente se vertió para que la humanidad resucite en inmortalidad, y para que aquellos que crean y obedezcan sus leyes se levanten para vivir eternamente.

La salvación se ha administrado en los mismos términos y condiciones en todas las edades. Los hombres deben tener fe en Jesucristo, arrepentirse de sus pecados, bautizarse en su nombre, recibir el don del Espíritu Santo y permanecer fieles para lograr la vida eterna.

El Señor Dios ha enviado a sus santos profetas entre todos los hijos de los hombres en todas las edades para declarar estas cosas, así como lo hace hoy en día (véase Mosíah 3:13).

Un ángel enviado por el Señor instruyó al rey Benjamin, un profeta del Libro de Mormón, que anunciara a su pueblo la llegada del Mesías mas de cien años antes del nacimiento de Cristo, «a fin  de que ellos también puedan llenarse de gozo» (véase Mosíah 3:4). Este santo profeta dijo:

«Porque he aquí que viene el tiempo . . . que . . . el Señor Omnipotente, que reina. que era y que es de eternidad en eternidad . . . descenderá del cielo entre los hijos de los hombres . . .

Y . . . surtirá tentaciones y dolor del cuerpo . . . aun más de lo que el hombre puede sufrir, sin morir . . . la sangre le brotara de cada poro, tan grande será su angustia por la iniquidad y abominaciones de su pueblo.
«Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios . . . el Creador de todas las cosas desde el principio.
«Y he aquí, él viene . . . para que la salvación pueda llegar . . . mediante la fe en su nombre . . . [pero] lo consideraran como hombre . . . y lo azotaran, y lo crucificarán.
«Y al tercer día resucitara de entre los muertos . . . » (Mosíah 3:5, 7-10.)

El rey Benjamin había visto en una visión que Cristo expiaría los pecados de la humanidad y juzgaría al mundo. Los narradores del Nuevo Testamento, que fueron testigos, confirman las declaraciones proféticas del rey Benjamin con este breve relato:

Al tercer día de la crucifixión de Cristo, muy de mañana, María Magdalena y María, la madre de Santiago, fueron a la tumba de Jesús con especias aromáticas y ungüentos que habían preparado, y vieron que la piedra del sepulcro había sido quitada. Al no encontrar el cuerpo, corrieron a buscar a Pedro y a los Apóstoles y les contaron lo ocurrido. Pedro y Juan se apresuraron a ir a la tumba. Juan corrió mas aprisa que su compañero. Al llegar, se detuvo y miró la tumba vacía con silencioso asombro. Pedro entró y vio el sudario donde había estado el cuerpo de Jesús. Juan le siguió. Y a pesar del temor, empezó a surgir esa esperanza que pronto se convertiría en absoluta seguridad, de que Cristo en verdad había resucitado, aunque nadie le había visto. Los dos asombrados Apóstoles volvieron junto a sus hermanos.

María se había quedado junto a la tumba y estaba llorando cuando alguien se le acercó. Pensando que era el hortelano, le preguntó dónde había puesto a su Señor. Jesús le dijo: «¡María!» (Juan 20:16).

Jesús mismo estaba allí, ante ella, pero El no se veía como ella le había conocido; ahora era un ser resucitado y glorificado. Entonces lo reconoció y debe de haber tratado de abrazarlo, porque Él dijo: «No me toques, porque aun no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Juan 20:17).

Llena de asombro, se apresuró a obedecer y a repetir ese glorioso mensaje que daría esperanzas a través de todas las épocas futuras y al que ella agregó su declaración personal de que había visto al Señor resucitado. (Véase Juan 20:1-18.)

El presidente John Taylor escribió: «La deuda esta paga, se ha efectuado la redención, se ha cumplido el convenio, se ha satisfecho la justicia, se ha hecho la voluntad de Dios, y todo el poder esta en manos del Hijo de Dios el poder de la resurrección, el poder de la redención y el poder de la salvación» (Mediation and Atonement, Salt Lake City, Deseret News Co., 1882, pág. 171).

Cientos de años antes del ministerio terrenal de Cristo, el profeta Isaías predijo el establecimiento de Sión y dijo que Jehová es el Dios verdadero:

«Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores . . .
«Mas el herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados . . . y por su llaga fuimos nosotros curados.» (Isaías 53:4-5.)

Las siguientes palabras de un himno sacramental mormón expresan nuestra sincera gratitud por el Salvador:

Más digno otro nunca fue de darnos expiación;
La puerta El abrir logro de nuestra salvación.

Su gran amor debemos hoy saber corresponder,
Y en su redención confiar  y obedientes ser.
(Himnos y cantos para los niños, PSMU0406SP, pág. 19.)

Y repito la eterna admonición del Señor: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan 14:15).

Incontables bendiciones se les han prometido a aquellos que sean fieles y obedezcan las leyes de Dios.

Cuando una persona es sincera y obediente a la luz y al conocimiento que recibe, no sólo desarrolla la habilidad de utilizar lo que se le ha dado, sino que aumenta su capacidad de recibir mas conocimiento, porque entiende y aprecia ese don.

Las personas aprenden obediencia al ser obedientes. Vemos sus frutos. La obediencia a medias no tiene recompensa. El evangelio requiere una vigorosa participación en sus principios. Dios nos manda que le sirvamos con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza, y con lo mejor de nuestra inteligencia.

Nuestro Salvador nos dice: » . . . tus votos se ofrecerán en justicia todos los días y a todo tiempo» (D. y C. 59:11).

Si pudiéramos percibir o ser sensibles aun en el más mínimo grado al amor incomparable de nuestro Salvador y a su buena voluntad de sufrir por nuestros pecados, nos apresuraríamos a borrar nuestros errores y a arrepentirnos de todas nuestras transgresiones.

Eso significaría guardar los mandamientos de Dios y poner nuestras vidas en orden, examinarnos a fondo y arrepentirnos de nuestros pecados, grandes o pequeños. Quiere decir amar a nuestro prójimo, vivir una vida ejemplar y, sobre todo, ser buenos esposos y esposas. Esto significa enseñar a nuestros hijos por el ejemplo y el precepto a vivir en la verdad y la cordura. Quiere decir ser honrados en todos nuestros hechos y servir a los demás, que incluye dar a conocer el Evangelio de Jesucristo a todo el mundo y, con amor, socorrer a los que lo necesiten.

Es mi deseo que todos lleguemos a conocer y amar a nuestro Señor por medio de la obediencia a su palabra lo suficiente para ser dignos de formar parte del bendito circulo de aquellos que han creído al saber de las preciosas palabras habladas en el Getsemaní durante Su ultima noche en la mortalidad: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Juan 17:3); a lo cual agrego mi testimonio en su santo nombre. Amén.

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