Conferencia General Abril 1987
Vida después de la vida
élder Russell M. Nelson
del Quórum de los Doce Apóstoles
El testimonio de miles, tanto de la antigüedad como de la actualidad, da fe del hecho cierto de que Jesús resucitado es el Salvador del género humano. Él dio origen a la resurrección universal.
Ante este púlpito es un gran honor para mí seguir al Presidente de la Iglesia, el presidente Ezra Taft Benson, a quien sostengo como Profeta viviente de Dios. Él, que fue ordenado Apóstol en 1943, antes de que yo ingresara en la Facultad de Medicina, es ahora el Apóstol mayor de la tierra; y tengo el privilegio de expresar yo también mi gratitud por un Profeta y por su mensaje instructivo e inspirador.
Nos ha enseñado del ministerio del Señor resucitado entre los habitantes de la antigua América. Ese valioso conocimiento que contiene el Libro de Mormón es de importancia trascendental para todas las personas. ¡Ciertamente el Libro de Mormón es otro testamento de Jesucristo!
Mientras el presidente Benson hablaba, mis pensamientos se remontaron momentáneamente a una conversación que tuve hace unos años con un editor de libros que estaba interesado en el tema de la posible continuación de la vida después de lo que llamamos la muerte. Recuerdo que me preguntó si yo podría proporcionarle casos de experiencias de mis pacientes que hubieran traspasado apenas el umbral de la muerte y que hubieran vuelto luego a la vida para contar esa vivencia. Conocedor del interés del público en ese tema, deseaba dar al libro el título de Vida después de la vida.
Al pensar en lo que me pedía, recordé muchos casos que me habían contado confidencialmente a lo largo de los años. Sin embargo, los consideré demasiado sagrados para darlos a conocer a un modo mundano, particularmente tratándose de obtener lucro comercial. Por otro lado, ¿de qué valía el relato de casos aislados de la realidad de la vida después de la muerte sin que éstos fuesen corroborados por los testimonios de testigos?
Para mí, hubiera sido mucho más lógico y convincente un estudio de evidencias bien documentadas y meticulosamente confirmadas de la vida después de la muerte.
El presidente Benson ha hablado de una de esas importantes crónicas: los hechos del Cristo viviente en América después de su resurrección de entre los muertos. Muchas personas de diversos lugares han visto al Señor resucitado antes, durante y después del relato que ha mencionado el presidente Benson.
A conocidos en la Tierra Santa
- La primera persona mortal que se sabe vio al Salvador resucitado fue María Magdalena ( Juan 20:16-17).
- Otra aparición que se hace constar es la del Señor resucitado a otras mujeres, entre ellas, María (la madre de Jacobo), Salomé (la madre de Santiago y de Juan), Juana, Susana y muchas otras (Marcos 16: 1; Lucas 8:3).
- Jesús apareció a Simón Pedro (1 Corintios 15:5), el Apóstol mayor, el que poseía las llaves de la autoridad del sacerdocio sobre la tierra en aquel entonces como el presidente Benson las posee ahora.
- Más tarde, aquel mismo día, mientras Cleofas y probablemente Lucas, que iban camino a Emaús, hablaban entre sí, se les acercó el Señor resucitado. El Salvador tomó alimentos con ellos (Lucas 24:30, 33).
- También se apareció a los Apóstoles que estaban reunidos y les mostró sus manos y sus pies. «Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él. . . comió delante de ellos» (Lucas 24:42-43).
- Ocho días después de esa aparición a los Apóstoles, Jesús se les apareció de nuevo. Esa vez, estaba presente el incrédulo Tomás (véase Juan 20:26-28). Cristo dijo a Tomás: «Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron» (Juan 20:29).
- En el mar de Tiberias, Jesús se apareció a siete de los Doce, los cuales habían estado de pesca toda la noche sin haber pescado nada. El Maestro entonces hizo que las redes se les llenaran de peces. Después, a Pedro se le mandó apacentar la grey de Dios (véase Juan 21:1-24).
- Quizá la mayor congregación que en Palestina vio al Señor resucitado fue la que estaba en el monte cerca del mar de Galilea, donde le vieron ¡más de quinientos hermanos a la vez! (véase 1 Corintios 15:6).
- Después, el Maestro de nuevo llevó a los once «al monte donde Jesús les había ordenado». Allí dio a sus Apóstoles la responsabilidad interminable: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones» (Mateo 28:16, 19).
- Después, Jesús apareció a su hermano Jacobo, el que llegó a ser uno de sus discípulos especiales (véase 1 Corintios 15:7).
- Pablo añadió: «Y al último de todos . . . me apareció a mí» (1 Corintios 15:8; véase también Hechos 9:4-5).
- Jesús se despidió de los líderes de su Iglesia en Asia antes de su ascensión desde el monte de los Olivos y predijo: «Y fue seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8; véanse también Marcos 16:19; Lucas 24:50-51).
- Cuando Esteban fue apedreado y martirizado a las puertas de Jerusalén, «lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios» (Hechos 7:55).
A los nefitas
- El ministerio del Señor resucitado entre los nefitas que vivían en el continente americano ha sido descrito elocuentemente por el presidente Benson. Nos dijo que allí, al menos dos mil quinientas almas (véase 3 Nefi 17:25) oyeron su voz, palparon las marcas de los clavos en sus manos y en sus pies, y metieron sus manos en su costado (véase 3 Nefi 1 1:7-17). Pienso que muchos de ellos humedecieron los pies del Señor con sus lágrimas de gozosa adoración.
A los muertos
- El ministerio posmortal del Señor continuó en otros reinos.
Jesús ministró a los muertos en el mundo de los espíritus desincorporados (véase 3 Nefi 23:9-10). Pedro testificó diciendo «también (fue) predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios» (1 Pedro 4:6; véase también 1 Pedro 3:19-2 l).
Juan también enseñó de eso: «Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán» (Juan 5:25).
En esta época, se han añadido otras Escrituras, las cuales dan fe del ministerio del Señor viviente entre los muertos (véase D. y C. 138).
A las tribus perdidas
- Leemos en el Libro de Mormón que Jesús había de visitar a las tribus perdidas de la casa de Israel, para hacer por ellas, suponemos, lo que había hecho por los demás (véanse 2 Nefi 29:13; 3 Nefi 17:4, 21:26).
En esta dispensación
Después de casi dos mil años, nuevos testigos de la resurrección de Jesús han añadido su testimonio de esta verdad trascendental.
- El profeta José Smith recibió, en 1820, la visita de Dios el Padre y de su Hijo, el Señor resucitado (véase José Smith-Historia 1 7). José los vio y oyó sus voces. Recibió de nuestro Padre Celestial una confirmación personal de que Jesús es Hijo de Dios. José supo entonces que «el Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo» (D. y C. 130:22).
- Doce años después, el Salvador se manifestó otra vez a José Smith y a Sidney Rigdon. «Porque lo vimos», exclamaron, «sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre» (D. y C. 76:23).
- El 3 de abril de 1836 (ayer hizo ciento cincuenta y un años), junto con Oliverio Cowdery, en el Templo de Kirtland, el profeta José vio al Maestro una vez más:
«Vimos al Señor sobre el barandal del púlpito, delante de nosotros . . .
«Sus ojos eran como llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol; y su voz era como sonido del estruendo de muchas aguas, sí, la voz de Jehová, que decía:
«Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado ante el Padre. (D. y C. 110:2-4.)
Sí, la resurrección de Jesucristo es uno de los acontecimientos más detalladamente documentados de la historia. Aunque he mencionado un buen número de sus apariciones, se han registrado otras.
Aun más notable es el hecho de que su misión entre los hombres -la Expiación, la Resurrección- haga llegar los privilegios de la redención del pecado y de una resurrección gloriosa ¡a cada uno de nosotros! De un modo prodigioso, que sólo Dios comprende en toda su amplitud, su obra y su gloria es la de «llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39).
Los maestros de la Iglesia lo enseñan a los mayores y a los menores. A veces el aprendizaje de ese hecho tiene su lado humorístico. Un líder me contó lo siguiente:
Un día, cuando un pequeño llegaba a su casa después de la Primaria, la madre le preguntó qué había aprendido. El chico le dijo:
-Mi maestra me dijo que antes yo era polvo y que algún día volveré a convertirme en polvo. ¿Es cierto eso, mami?
-Sí -le afirmó la mamá-. En las Escrituras dice: «Pues polvo eres, y al polvo volverás» (Génesis 3:19). ¡A los ojos del niño aquello era asombroso! A la mañana siguiente, apresurado, preparándose para ir a la escuela, el chiquitín se metió debajo de la cama en busca de sus zapatos, y he aquí que allí vio montoncitos de polvo. Admirado, corrió a ver a su mamá y le dijo:
-¡Mamá, mamá, debajo de mi cama hay alguien; alguien que va a existir o que ha dejado de existir!
Naturaleza de la resurrección
Sí, compuestos derivados del polvo -elementos de la tierra- se combinan para formar cada célula viviente del organismo humano. El milagro de la resurrección se iguala sólo al milagro de nuestra creación.
Nadie sabe a ciencia cierta cómo dos células embrionarias se unen para formar una sola; tampoco se sabe cómo esa célula resultante se multiplica y se divide para formar otras: algunas para conformar ojos que ven, oídos que oyen y dedos que palpan las cosas maravillosas que nos rodean. Cada célula contiene cromosomas con miles de genes, los cuales afianzan la identidad y la autonomía de cada persona. Nuestro organismo se reconstituye constantemente con arreglo a una fórmula genética que es exclusivamente nuestra. Cada vez que tomamos un baño, nos despojamos no sólo de suciedad sino también de células muertas o que están muriendo, y éstas son reemplazadas con células nuevas. Ese proceso de regeneración y de renovación no es sino el preludio del fenómeno prometido y el hecho futuro de nuestra resurrección.
«Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?», preguntó Job (Job 14:14). Con fe, respondió a su propia pregunta:
«Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo;
«Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios.» (Job 19:25-26.)
En el momento de nuestra resurrección, levantaremos nuestro tabernáculo inmortal. El cuerpo que ahora envejece, se deteriora y se debilita no estará ya sujeto al proceso de degeneración orgánica. «Porque es necesario que. . . esto mortal se vista de inmortalidad» (1 Corintios 15:53).
Ese gran poder del sacerdocio de la resurrección yace en el Señor de este mundo. Él enseñó: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:18). Aun cuando en los últimos momentos de su vida mortal suplicó a su Padre que lo ayudara, a fin fue el Hijo el que obtuvo la victoria sobre la muerte. Estas son sus palabras:
«Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.
«Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.» (Juan 10: 17- 18.)
Con sutileza proclamó ese poder al decir a los judíos: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. . . Mas él hablaba del templo de su cuerpo» (Juan 2:19-21).
Las llaves de la resurrección se encuentran a salvo en poder de nuestro Señor y Maestro. Él dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.
«Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.» (Juan 11:25-26.)
Pero para resucitar con un cuerpo celestial, la obediencia a los mandamientos de Dios es indispensable. En esta conferencia se hablará de las leyes que conducen a la gloria celestial. Nuestro cometido es aprenderlas y obedecerlas.
Doy gracias a Dios por su Hijo Jesucristo, por su misión en la vida mortal y por su ministerio como el Señor resucitado. Él efectuó su propia resurrección. El testimonio de miles, tanto de la antigüedad como de la actualidad, da fe del hecho cierto de que Jesús resucitado es el Salvador del género humano. Él dio origen a la resurrección universal. «Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22; véase también Mosíah 3:16).
Su sacrificio y su gloria aseguran que «el espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma; los miembros así como las coyunturas serán restaurados a su propia forma, tal como nos hallamos ahora». (Alma 11:43.)
Con gratitud y convicción afirmo que hay vida después de la muerte, primero en el mundo de los espíritus y, luego en la resurrección, para todos y cada uno de nosotros. Sé que Dios vive y que Jesús el Cristo es su Hijo. Él es «la resurrección y la vida» (Juan l 1:25). Él vive. Él es mi Maestro. Yo soy su siervo. Lo amo con toda mi alma y testifico de Él en su santo nombre: el nombre de Jesucristo. Amén.
























