¿Y por qué peligramos?
por el presidente Spencer W. Kimball
Con el transcurso de los años, a medida que mis pensamientos y mi corazón se han tornado hacia la vida de mis nobles antepasados, he aprendido a apreciarlos más; esto no solamente me ha acercado a ellos en sentimiento, sino que me ha ayudado a ver la eternidad más claramente. Mi propia vida está arraigada no sólo en el presente, sino también en la vida de mis antepasados.
Recuerdo haber leído un mensaje que uno de mis abuelos escribió a sus hijos, en el cual decía:
“Sólo me preocupo por los asuntos de la eternidad. Cuando admiro los grandiosos hechos de Dios y la gloria que les espera a los justos, y cuando me doy cuenta, de lo recto que es el camino, a pesar de lo cual pocos lo encuentran, siento la necesidad de rogarle al Señor que bendiga y salve a mis hijos. Estoy agradecido a Dios porque vivó en una época en que algunos encontrarán ese camino y llegarán a ser dioses.” (Life of Heber C. Kimball por Orson F. Whitney. Bookeraft, 1945; pág. 513.)
Si vivimos teniendo siempre presente la idea de la eternidad, tomaremos mejores decisiones. Quizás esta sea la razón por la que el presidente Brigham Young dijo en una ocasión que si él pudiera hacer tan sólo una cosa para bendecir a los santos, lo que haría sería darles ojos con los cuales pudieran ver las cosas tal como son ” (Journal of Discourses, pág. 513). Es interesante notar cómo esas últimas palabras reflejan las de las Escrituras, en las cuales se describe la verdad como “conocimiento de las cosas como son, homo eran y como han de ser” (D. y C. 93:24). Asimismo, Jacob nos recuerda que el Espíritu “habla la verdad… de las cosas como realmente son, y como realmente serán…” (Jacob 4:13).
Cuanto más claramente vemos la eternidad, más obvio se hace que la obra del Señor en la cual estamos ocupados, es vasta y grandiosa y tiene marcadas semejanzas a ambos lados del velo que nos separa del más allá.
Tenemos grandes obras que efectuar en esta tierra y supongo que el programa entero de la Iglesia podría caber en una de estas tres categorías: obra misional, obra del templo, y la de hermanamiento, o sea la de mantener a los miembros de la Iglesia activos y fieles. Nunca se recalcará demasiado el valore; importancia de cualquiera de estas actividades. Nuestro grandioso y creciente programa misional entre los mortales, se encuentra en el punto más extenso en que jamás lo haya estado en esta dispensación, ya que estamos predicando, enseñando y bautizando a miles de nuestros prójimos. Sin embargo, esta obra no se limita a proclamar el evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo que actualmente se encuentren viviendo sobre la tierra; la obra misional también continúa más allá del velo entre los millones y billones de los hijos de nuestro Padre Celestial que han muerto, ya sea sin haber escuchado el evangelio, ya sin haberlo aceptado mientras moraron en la tierra; nuestra participación importante en dicho aspecto de esta obra, es efectuar en esta tierra las ordenanzas requeridas para aquellos que acepten el evangelio en el otro lado. El mundo espiritual está lleno de espíritus que ansiosamente esperan que nosotros efectuemos estas ordenanzas terrenales por ellos. Anhelo ver el día en que disolvamos la imaginaria línea divisoria que tan frecuentemente suponemos existe entre la obra misional y la obra genealógica del templo, porque es toda la misma gran obra redentora.
A través de las épocas ha habido periodos en que el Señor ha reunido a su pueblo y establecido el evangelio y ciertas ordenanzas de salvación entre ellos. A éstas les llamamos dispensaciones del evangelio; cada una de ellas ha sido dirigida por profetas que poseyeron el Santo Sacerdocio, y las llaves que les daba el poder para ejercerlo. A esos grandes hombres, los honramos por sus nobles e inspiradas obras de justicia. Notamos que en cada dispensación previa a la nuestra, se han introducido ciertos aspectos de la obra de salvación para toda la familia de Dios, y una parte de la obra ha sido terminada.
En nuestra propia dispensación, la cual las Escrituras han identificado como la “dispensación del cumplimiento de los tiempos”, el Señor ha prometido que juntaría “en una todas las cosas, tanto las que están en el cielo, como en la tierra…” (D. y C. 27:13; Efesios 1:10).
Ciertamente el juntar “en una todas las cosas” se relaciona con la declaración del apóstol Pablo concerniente a “los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:21). Esta sumamente importante profecía se refiere especialmente al regreso de aquellos profetas antiguos que poseyeron las diversas llaves del sacerdocio del reino.
De este modo, las llaves del divino orden patriarcal, que antiguamente estuvieron en poder de los padres, fueron restauradas, con la declaración de que por fin había llegado el momento de que el gran linaje de Abraham fuese restaurado al evangelio y el sacerdocio. Mediante este sacerdocio “serán bendecidas todas las familias de la tierra’’ (Abraham 2:11); esto significa, en parte, que las bendiciones del evangelio llegarán a las personas y asimismo que, a través del nuevo y eterno convenio de matrimonio, todos los hijos elegidos de Dios pueden ser sellados en unidades familiares en el linaje de Abraham, o en otras palabras, en la familia organizada y eterna de Dios.
¿Es de extrañarse que la organización y obra de la Iglesia y su sacerdocio siga en la actualidad el modelo de las llaves que posee? La nuestra es una Iglesia misional, participando hasta el mayor grado posible en el recogimiento de Israel. Es una Iglesia que tiene como su fundamento la familia; una Iglesia que cuida de los suyos, recalcando el desarrollo económico, intelectual y espiritual de sus familias y de sus miembros personalmente, en preparación para la salvación en el reino de los cielos. Y es una Iglesia que está activamente ocupada en la obra vicaria y genealógica para nosotros mismos y para el gran número de los hijos de nuestro Padre que han recibido la promesa, pero que aún no han tenido la oportunidad de recibir las ordenanzas de salvación. Esta es una obra que hace aún más significativa la gran obra misional correspondiente que se está llevando a cabo en el mundo espiritual.
En repetidas ocasiones, cuando he leído ciertos pasajes en la Biblia concernientes a esta obra, me he quedado muy impresionado por las poderosas preguntas que Pablo formuló a los corintios:
“De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos?1
¿Y por qué nosotros peligramos a toda hora?” (1 Corintios 15:29-30; cursiva agregada.)
Esa última pregunta de Pablo me ha puesto a meditar mucho en estos últimos meses. ¿Por qué peligra la gente del mundo? Porque no pueden ser salvos sin sus familias y seres queridos. Y continuarán peligrando hasta que el evangelio les sea presentado de tal manera que estén dispuestos a recibirlo o rechazarlo. Esta responsabilidad también nos pone a nosotros en peligro en lo que respecta a la obra misional, si es que no compartimos con ellos el evangelio.
Al mismo tiempo, nosotros, como miembros de la Iglesia, también peligramos si no efectuamos nuestra obra en el templo. Naturalmente, gran parte de nuestro tiempo está ocupado con los detalles mundanos del diario vivir, lo cual es inevitable; pero aquellos que somos miembros del reino en este tiempo crucial, debemos preocuparnos por dedicarle tiempo y esfuerzo a esta importante obra.
Estos asuntos de la eternidad concernientes al mundo espiritual, estaban presentes en la mente del Salvador cuando fue crucificado, y se reflejaron en sus palabras al ladrón arrepentido, las cuales han inquietado a muchas personas:
“Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.
Respondiendo el otro, le reprendió diciendo: ¿Ni aún temes tú a Dios, estando en la misma condenación?
Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; más éste ningún mal hizo,
Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.
Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso,” (Lucas 23:39-43.)
¿Qué quiso decir? Quiso decir exactamente eso. Las horas pasarían, la muerte llegaría a todos, irían al otro mundo y estarían juntos “en el paraíso”.
Recordaréis también cuándo la mujer fue a la tumba del Salvador y no lo encontró en ella. Cuando Él se le presentó en el jardín, le dijo: “No me toques, porque aún no he subido a mi Padre, mas. . . subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17). Todavía no había ido a ver a su Padre Celestial, de modo que no había ido directamente al cielo que nosotros nos imaginamos, sino que había estado en otro lado.
Más tarde Pedro nos explica adónde fue el Salvador y con qué propósito.
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu;
En el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados…
Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios.” (1 Pedro 3:18, 19; 4:6.)
El Señor proveyó la oportunidad mediante la cual éstos pudiesen arrepentirse de sus pecados, cambiar su actitud y su vida y vivir en espíritu según Dios, No sabemos cuántos millones habrá de esos espíritus; sabemos que muchos son los que han muerto en guerras, pestilencias y en diversos tipos de accidentes; sabemos que el mundo de los espíritus está lleno de seres que están esperando que nosotros nos apuremos a hacer la obra, esperando y preguntándose por qué los hacemos esperar.
Nos preguntamos acerca de nuestros progenitores: abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, etc. ¿Qué concepto tendrán ellos de nosotros? Somos sus descendientes; tenemos la responsabilidad de hacer la obra vicaria por ellos; sin embargo, aunque los bellos templos del Señor están a nuestro alcance día tras día, no siempre los llenamos. Esta es una grave responsabilidad de la cual no podemos escapar, y podemos peligrar si no hacemos esta importante obra.
Espero que nuestros santos lleguen a comprender la gloriosa realidad de que a medida que efectuamos la obra en nuestros templos en este mundo, esto nos ayuda a prepararnos para otro mundo mejor.
Los templos se reservan para ordenanzas sagradas pertenecientes a los vivos y a los muertos; los miembros fieles de la Iglesia deberían asistir a los templos tan a menudo como les sea posible a fin de participar en esta importante obra. Una de las ordenanzas que se efectúan allí es la de la investidura, la cual comprende un curso dé instrucción en lo que concierne a la jornada eterna del hombre y de la mujer desde la existencia preterrenal a través de la experiencia terrenal y de ahí, a la exaltación que cada uno pueda lograr.
Brigham Young ha indicado lo siguiente concerniente a la investidura:
“Permitidme daros una breve definición. Vuestra investidura significa recibir en la Casa, del Señor todas aquellas ordenanzas que, después que hayáis partido de esta vida, os permitan volver a la presencia del Padre pasando frente a los ángeles que actúan como centinelas. . . y obtener vuestra exaltación eterna…” (Discourses of Brigham Young, pág. 416.)
A causa de la naturaleza sagrada de la investidura y de las demás ordenanzas efectuadas en el templo, aquellos que van para recibirlas deben estar preparados y ser dignos, Las personas que se convierten a la Iglesia por lo general se sienten entusiastas con respecto a su entrada al templo inmediatamente después de su bautismo; pero les requiere tiempo adaptar su manera de pensar a asuntos de naturaleza eterna, y adaptar su vida a fin de estar preparados y ser dignos cuando entren al templo. Por lo tanto, hemos aconsejado a los presidentes de estaca y obispos que no recomienden personas para que entren al templo a recibir su investidura, hasta que estén suficientemente maduros en el evangelio. Hemos establecido la norma de que los nuevos conversos deben prepararse por lo menos durante un año después del bautismo, antes de recibir estas ordenanzas y bendiciones adicionales.
Asimismo nos preocupa el hecho de que no se profanen nuestros templos mediante acciones incorrectas.
Las palabras “La Casa del Señor” aparecen en cada uno de los templos; un templo es la Casa del Señor, y cuando entramos en ella, lo hacemos como sus invitados. Por lo tanto, debemos hacer todo lo que sea posible para mantenerla santa, inmaculada, limpia.
Algunos de los templos antiguos fueron profanados por las acciones de intrusos; el Templo de Salomón, por ejemplo, fue profanado por aquellos que entraron sin autoridad, le robaron sus preciosos tesoros y los llevaron a países extranjeros para usarlos en prácticas idólatras. Pero las posibles acciones de intrusos no son los únicos elementos contaminadores en los lugares sagrados.
Los santos templos pueden también ser manchados y profanados por los miembros de la Iglesia que entran y hacen indignamente convenios que no están preparados ni dispuestos a aceptar y llevar adelante. Cuando las personas entran al templo y luego toman a la ligera sus principios sagrados, están profanándolo; cuando los que no son limpios aceptan las ordenanzas sagradas sin una firme determinación de probar que son dignos de recibirlas, están ayudando a violar la santidad del Santo Templo y están profanando un lugar que es sumamente sagrado.
Cuando.se hacen promesas o se efectúan convenios sin un intento serio y puro de magnificarlos, puede incurrirse en la contaminación de los santos templos, No. es suficiente recibir una recomendación para entrar al Templo del Señor, sino que se requiere a la vez un espíritu puro y contrito, Cuando entremos por la puerta de la Casa del Señor, deberíamos recordar siempre un tema que se mencionó en el Templo de Washington:
Entrad por esta puerta como si el piso fuese de oro:
Y toda pared de joyas de indecible riqueza;
Como si un coro de ángeles del cielo aquí cantara
No gritéis, andad con calma… Dios aquí mora.
(De “Words of Life” pág. 45)
La mayoría de nosotros ha tenido que esperar por algo o a alguien durante un minuto, una hora, un día, una semana o incluso un año. ¿Os imagináis cómo han de sentirse nuestros antepasados, algunos de los cuales quizás hayan estado esperando décadas, e incluso siglos, a fin de que se efectúe por ellos la obra vicaria? He tratado de imaginarme a nuestros antepasados quienes están esperando ansiosamente que nosotros, sus descendientes y miembros de la Iglesia sobre la tierra, cumplamos con nuestro deber hacia ellos.
Durante los últimos meses he tenido el privilegio de asistir a la rededicación de algunos de nuestros templos. Quizás el Señor nos permita efectuar tales servicios de rededicación a fin de que nos sentemos en el templo y reflexionemos en las cosas que deberíamos estar haciendo. Como resultado de estas experiencias, he hecho la resolución de continuar dedicando mis energías a esta gran e importante obra y exhortar a otros a hacer lo mismo.
Recientemente me he sentido impresionado al compartir algunos pensamientos acerca de la obra por los muertos, porque siento por ésta la misma urgencia que por la obra misional, ya que básicamente son una y la misma. Que yo sepa, nunca ha habido otra época en esta dispensación en la que tuviéramos cuatro templos en varias etapas de planeamiento y construcción como actualmente, además de los que se están reparando y rededicando. Por lo tanto, les dije a mis hermanos de las Autoridades Generales: “Esta obra está constantemente en mi mente, porque debe seguir adelante.”
Teniendo presente la importancia de la obra vicaria no puedo menos que pensar que sería maravilloso si en cada hogar de Santos de los Últimos Días hubiera en el dormitorio de cada niño, o sobre la chimenea en la sala, una fotografía de buen tamaño de un templo; esto les ayudaría a recordar con frecuencia el propósito de estos bellos edificios. Creo que habría muchos más casamientos en el templo que los que se efectúan en la actualidad, ya que durante sus años de crecimiento, los niños tendrían la fotografía de uno de nuestros templos como un recordatorio y una meta constantes. Recomiendo esto a todos los Santos de los Últimos Días; no cuesta mucho y. ciertamente ayudaría a desarrollar el proceso de pensar de esas mentes que están en evolución, a medida que el templo y su significado se consideran y discuten en la Noche de Hogar.
Esta es la obra del Señor y Él nos la ha encomendado; llevar adelante esta obra es nuestra responsabilidad, nuestro placer y privilegio; debemos organizamos de tal modo, que la hagamos progresar rápidamente. En el libro de Apocalipsis, Juan vio que en lo futuro (y todavía es futuro para nosotros), aquellos que sean fieles y hayan purificado su vida trabajarán noche y día en los templos sagrados. En este tiempo, evidentemente, habrá una sucesión constante de grupos que entrarán al templo, semejante a como era en los días del Templo de Nauvoo. Mi abuelo, Heber C. Kimball, escribió en su diario que durante los últimos días de febrero de 1846, había grupos entrando al Templo de Nauvoo día y noche, que el hermano Brigham se encargaba de un grupo, el hermano Willard de otro y él de otro, y así sucesivamente. En aquel entonces, los fieles santos estaban tan ansiosos de recibir las numerosas bendiciones y ordenanzas que se impartían en el templo, que casi vivían en él en esas últimas horas, antes de cruzar los llanos. También nosotros debemos empezar a actuar con ese mismo fervor y deseo.
Hemos pedido a los miembros de la Iglesia que continúen la obra de volver los corazones de los hijos a los padres, poniendo en orden sus sagrados registros familiares. Tales registros, incluyendo especialmente un libro que contenga “el registros de nuestros muertos” (D. y C. 128:24), son una porción de la “ofrenda en justicia” a la que se refiere Malaquías (Mal. 3:3), que hemos de presentar en el Santo Templo de Dios y sin la cual no permaneceremos en el día de su venida.
Hemos suplicado también que las familias de la Iglesia se organicen para efectuar más eficazmente sus sagradas responsabilidades misionales, de bienestar, de educación en el hogar, del templo y genealógicas, y pongan el ejemplo para acontecimientos futuros. Recuerdo que se dijo que las últimas palabras que pronunció en público Heber C. Kimball, fueron respecto a que ya era tiempo de que todos los hombres pusiesen sus casas en orden.
El profeta José Smith dijo:
“Hermanos, ¿no hemos de seguir adelante en una causa tan grande? Avanzad, en vez de retroceder. ¡Valor hermanos; marchad a la victoria! ¡Regocíjense vuestros corazones y llenaos de alegría!” (D. y C. 128:22.)
Mi oración para todos aquellos que son miembros de la Iglesia en esta gran dispensación del cumplimiento de los tiempos, es que podamos verdaderamente seguir adelante en esta gran obra, a fin de no poner en peligro nuestra recompensa eterna.
























