1977 Conferencia de Área en la ciudad de Santiago, Chile
“Bienaventurado el… que puso en Jehová su confianza”
por el élder L. Tom Perry
del Consejo de los Doce
Sesión para madres e hijas
Mis queridas hermanas, daré comienzo a mis palabras mencionando el versículo 4 del Salmo 40, que dice lo siguiente: “Bienaventurado el hombre que puso en Jehová su confianza”. En un mundo tan lleno de antagónicas opiniones y creencias como éste en que vivimos, somos en verdad bendecidos al saber que existe una fuente constante e inalterable de conocimiento cierto, en la que podemos depositar plenamente nuestra confianza, fina vez que aprendamos a amoldar nuestras vidas a las leyes del Señor así como a depositar en El nuestra confianza, recibiremos las más ricas bendiciones.
En esta oportunidad quisiera hablaros en cuanto a la confianza que hemos de poner en el Señor, y me gustaría recordaros una historia del Antiguo Testamento; sí, la de una gran mujer que es para mí un relevante ejemplo por la forma absoluta y total en que confió en el Señor, y la manera en que El la bendijo por ello. Me refiero a Ester. En el libro que lleva su nombre, leemos de tiempos tristes para el pueblo judío, pues éste había sido llevado cautivo, lejos de su país.
En aquella época, en la tierra del cautiverio de los judíos, subió al trono del reino un hombre sumamente orgulloso, el cual, para mostrar sus riquezas y su gloria, así como el brillo y la magnificencia de su poder, hizo preparar un gran banquete al que invitó a todas las personas importantes que merecían su consideración. Durante aquel banquete, habiéndose el rey emborrachado más de la cuenta, mandó a que llevasen a la reina a su presencia, para mostrar a los pueblos y a los príncipes la belleza de ésta, pues era hermosa. Mas la reina, conociendo el estado de embriaguez de él, se negó a comparecer a la orden enviada. El rey, encolerizado ante semejante afrenta, la destituyó de su lugar. Al cabo de un tiempo, pasadas esas cosas, ordenó a sus cortesanos que hiciesen los preparativos para elegir nueva reina.
Recordemos que había en aquel lugar un varón judío que había sido llevado hasta allí entre los cautivos, y cuyo nombre era Mardoqueo, hombre compasivo y bondadoso, quien, al morir su tío, dejando huérfana a su hija Ester, adoptó a esta última y la crió como si hubiera sido su verdadero padre.
Sucedió entonces que Ester fue seleccionada entre las doncellas que habían de ser preparadas y presentadas ante el rey, para que éste escogiera de entre ellas a la nueva reina.
Después de los largos meses de la acostumbrada preparación, Ester fue llevada ante el rey. Y nos dice el relato que la doncella agradó a sus ojos, y halló gracia delante de él; y le “puso la corona real en su cabeza, y la hizo reina…” (Ester 2:17).
Debido al cautiverio en que se hallaba el pueblo judío, Mardoqueo aconsejó a Ester que nunca declarase cuál era su pueblo ni su parentela, pues temía que si ella revelaba su origen, perdería gracia a la vista del rey.
Había un hombre en el reino, de nombre Aman, a quien el rey tributó grandes honores. Aquel hombre, lleno de orgullo, llegó al punto de lograr que el monarca decretara que todo individuo se arrodillara y se inclinara ante él cuando atravesara la puerta real. Y sucedió que todos cumplían con dicha orden, con excepción de Mardoqueo, que ni se arrodillaba ni se humillaba. Esto enfureció a Aman, quien al enterarse de que Mardoqueo era judío, decidió exterminar a todos los judíos que había en el reino.
Cuando la atroz noticia llegó a oídos de Mardoqueo, éste “rasgó sus vestidos, se vistió de cilicio y de ceniza, y se fue por la ciudad clamando con grande y amargo clamor” (Ester 4:1). Cuando Ester supo del lloro y lamentación de Mardoqueo, envió un mensajero a éste con el objeto de que le preguntase qué le sucedía, y “Mardoqueo le declaró todo lo que le había acontecido…” (Ester 4:7), enviándole también un copia del decreto de la destrucción de los judíos.
Aquello supuso un enorme conflicto a la reina Ester, pues mientras se cernía sobre su pueblo la fatal amenaza, ella, en su categoría de reina del país, se hallaba sana y salva. En realidad, para salvar su vida, todo lo que tenía que hacer era guardar silencio; sin embargo, quiso hacer algo para salvar a los suyos.
Había en el reino una ley que dictaminaba que la persona que osaba entrar en el patio interior del palacio sin ser llamada por el rey, era condenada a muerte; salvo aquella a quien el monarca se dignaba extender su cetro de oro. Aun cuando Ester conocía bien dicha ley, se vistió con su ropa real y entró en aquel recinto prohibido. Cuando el rey la vio desde su aposento, “ella obtuvo gracia ante sus ojos; y… extendió a Ester el cetro de oro que tenía en la mano” (Ester 5:2). Al preguntarle él cuál era su petición, ella le respondió que deseaba invitarlo tanto a él como a Amán, al banquete que había preparado para ambos. La invitación de la reina llenó de júbilo a Amán; lo único que ensombrecía su vida era ver al judío Mardoqueo sentado a la puerta del rey; y sucedió que su ira llegó a tal punto, que mandó a que hicieran una horca para colgar en ella a Mardoqueo.
Y la historia continúa:
“Fue, pues, el rey con Amán al banquete de la reina Ester… y… dijo el rey a Ester: ¿Cuál es tu petición, reina Ester, y te será concedida? ¿Cuál es tu demanda? Aunque sea la mitad del reino, te será otorgada.
Entonces la reina Ester respondió y dijo: Oh rey, si he hallado gracia en tus ojos, y si al rey place, séame dada mi vida por mi petición, y mi pueblo por mi demanda.” (Ester 7:1-3.)
Cuando el monarca le preguntó quién era el que deseaba quitarle la vida y llevar a cabo tal atrocidad, ella señaló a Amán, acusándolo. El rey se encendió en ira en tal forma, que ordenó colgar a Amán en la horca que éste había hecho preparar para Mardoqueo, y puso a este último sobre la casa de Amán.
Como podéis ver, la historia de Ester es la de una mujer que tuvo la valentía de depositar su confianza en el Señor, pues en verdad otorgó a su fe en El, más valor que a la vida misma.
En un mundo en que reinan tan diversas opiniones, creencias y doctrinas, el contar con un conocimiento del evangelio de Jesucristo constituye un verdadero bálsamo de paz. He aquí un plan, una guía, un rumbo para la vida que merece nuestra más absoluta confianza, pues la destinación que nos traza, es la vida eterna.
Al contemplaros mientras os hablo, me doy claramente cuenta del selectísimo grupo que formáis. A vosotras se os ha dado la responsabilidad de dar la vida en esta tierra a una generación justa, sí, a una generación a la que habéis de enseñar a seguir por las vías del Señor, ¡Qué sagrada obligación se ha depositado en vuestros hombros, hermanas de la Iglesia!
Permitidme daros dos sugerencias en cuanto a la manera en que podéis llevar a cabo este deber que se os ha encomendado.
Primero: por medio del ejemplo, del modo en que vivís. Cuidad de que todas vuestras acciones reflejen vuestra confianza en el Señor. Jamás contemporicéis con las normas del evangelio de Jesucristo que se os han enseñado, pues indudablemente, siempre os saldrán al paso personas insidiosas que procurarán engatusaros alejándoos de la senda del Señor. Hermanas, haced acopio de valor para que tengáis la fortaleza de manteneros firmes con respecto a lo que sabéis que es verdadero, tened la firmeza que precisáis para decir “no” a lo que no es correcto. ¡Cuánto os bendecirá el Señor si vivís en estrecha comunicación con El!
Segundo: más que a cualquier otro grupo de gente, se os ha dado a vosotras la más grande de las oportunidades de enseñar a los hijos de Dios que Él os ha confiado. Muchos serán los momentos de que dispondréis para enseñar a los niños las vías del Señor, muchas las oportunidades de imprimir en la vida de ellos el recuerdo indeleble de una buena enseñanza, ya sea en vuestros hogares como madres, como maestras de la Escuela Dominical, de la Primaria, o en cualquier otro plano u ocasión. Cada vez que se os presente la oportunidad de enseñar a un niño, aprovechadla, y enseñadle la más grande e importante de las lecciones, a saber, la de aprender a confiar en el Señor, para que en ello fundamente su vida, pues si así lo hace, habrá labrado el camino que lo llevará nuevamente a Dios, nuestro Padre Eterno.
Quisiera exhortaros a que recordaseis siempre esta importante escritura: “Bienaventurado el hombre que puso en Jehová su confianza” (Salmos 40:4), y que hagáis de ella el fundamento de vuestra vida. Sigamos el camino que nos conduce de regreso a Dios, nuestro Eterno Padre.
Mis queridas hermanas, esta obra es verdadera. Que el Señor os bendiga para que la luz que lleváis dentro de vosotras, irradie de tal modo que llegue a iluminar la vida de otros, y que en esa forma, seáis el instrumento que medie entre vosotras y los demás para que éstos conozcan también la luz del evangelio; lo ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.
























