En resumen…

1977 Conferencia de Área en la Bogotá, Colombia
En resumen…
por el presidente Spencer W. Kimball
Sesión del Sacerdocio

Spencer W. KimballHermanos, hemos oído varios hermosos sermones en estas últimas horas. Nuestro tiempo con vosotros ya casi ha expirado, pero me gustaría tomar el que queda para hablaros. Tenéis entre vosotros grandes misioneros y discursantes. Sólo me resta deciros algunas cosas.

Espero que todo padre aquí haya adoptado el hábito de bendecir a sus niños. Vosotros los que tenéis hijos, recordad que ellos merecen recibir la bendición de sus padres. Al pasar ellos de la niñez a la juventud, quizás podréis vosotros fijar el tiempo propicio para darles esta bendición paternal. Además, todos los jóvenes en la Iglesia deben recibir su bendición patriarcal. ¿Tienen vuestros hijos sus bendiciones patriarcales, a lo menos, aquellos que se encuentran entre los 15 y los 20 años?

Cuando yo tenía 11 años, y mi madre falleció, mi padre reunió a todos los niños, 11 en total, y nos llevó a recibir nuestra bendición patriarcal. Mantengo un registro completo de las bendiciones patriarcales de la familia, y especialmente de la mía propia. En numerosas ocasiones a lo largo de mi vida he releído aquella bendición patriarcal. Mi esperanza es que no esperéis una semana más antes de dar a vuestros hijos esta oportunidad. Si hay muchos de ellos, algunos tendrán que esperar hasta que el patriarca tenga tiempo.

Mi bendición me daba una promesa maravillosa; decía que yo iba a cumplir una misión, y que iba a predicar el evangelio a los lamanitas. En esa época no se obraba mucho entre los lamanitas.

Pero por muchos años, yo alojé esa promesa en lo más profundo de mi corazón. Cuando fui llamado a la misión, fui asignado a Alemania y Suiza, y no encontré ningún lamanita por allí. Al estallar la Primera Guerra Mundial, recibí un llamamiento para ir a Independence, Missouri; allí tampoco encontré lamanitas. Entonces regresé a mi casa, y esperé 20 años, después de lo cual fui llamado a integrar el Consejo de los Doce Apóstoles. Cuando llegué a Salt Lake City, el presidente Smith, entonces Presidente de la Iglesia, me llamó a la obra misional entre los lamanitas. Desde entonces, el progreso de la obra entre los lamanitas ha constituido mi preocupación constante,

¿Estáis enseñando a vuestros niños a orar? “Y también han de enseñar a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor”. (D. y C. 68:28.) Si no lo estáis haciendo, comenzad hoy mismo. La noche de hogar se presta idealmente a la enseñanza de la oración, y no hay mejor manera de aprender a orar que haciéndolo. Desde que tienen dos o tres años de edad, los niños son capaces de orar. Un niño puede orar por y para la familia, y representar a la familia en oración.

Ahora me gustaría determinar cuántos niños están presentes que cuentan con ocho años de edad, y cuántos de ellos han sido bautizados. Me entristecerá mucho si hay entre vosotros alguien que tiene ocho años de edad y no ha sido bautizado. Padres, no esperéis hasta que los niños tengan ocho años para comenzar a enseñarles. Enseñadles antes de que lleguen a esa edad.

Vosotros, los que tenéis catorce años de edad: ¿Habéis sido ordenados a los oficios de diácono y maestro? Si hay alguno entre vosotros que no haya sido ordenado, lamento infinitamente que vuestros padres hayan ignorado sus responsabilidades.

Vosotros los que estáis en edad de ser maestros y presbíteros; ¿hay alguno qué no haya sido ordenado presbítero, después de haber sido ordenado diácono y maestro? Esperamos que nunca falléis en la obtención de vuestras bendiciones.

Y ahora vosotros, los que tenéis diez y nueve años y más: ¿Hay algunos en esté grupo que no hayan cumplido una misión, o no estén planeando cumplirla? En este caso, me limito a llamar la atención de vuestros padres y vuestros obispos concerniente a esta situación.

¿Tiene cada obispo un secretario de barrio? ¿Y tiene cada rama en esta área un secretario de rama? El élder Tuttle nos habló acerca de la delegación de responsabilidad. El secretario debe asegurarse de que el obispo tenga presente los cumpleaños de los jóvenes del barrio. Por supuesto que es la responsabilidad de los padres el recordar cuando los hijos deben ser avanzados en el sacerdocio, pero también lo es del obispo o del presidente de la rama. Claro está que no ponemos toda la carga sobre los hombros del obispo: nos aseguramos de que a todos los jóvenes se les brinden oportunidades para servir. Esperamos que nada haya sido pasado por alto. Esta noche se ha dicho aquí que no es lo que uno conoce, sino lo que uno hace lo que obra la salvación del alma.

Permitidme ahora decir una palabra a los misioneros, sin distinción de origen: se dirige tanto a los anglosajones como a los locales, Un gran Profeta del Señor dijo a un grupo de misioneros: “Vosotros estáis siendo relevados de vuestro llamamiento misional. Habéis cumplido con los dos años; mas no estáis siendo relevados de vuestras misiones, ni jamás lo seréis. Vuestra misión es por el resto de vuestras vidas; y recibiréis nuevas y diferentes asignaciones.”

Tuve un compañero de misión quien, al terminar los dos años de su llamamiento, dijo a sus compañeros: “Ahora regreso a casa. He trabajado dos años para el Señor; ahora voy a trabajar para mí mismo”. Eso es exactamente lo que hizo; y prácticamente se apartó de la Iglesia. Dos años de actividad no proveen salvación para el resto de la vida.

Mis hermanos, habéis oído tanta cosa buena esta noche de boca de las Autoridades. Espero que hayáis tomado copiosas notas de todo ello. Desearía que adquirieseis el hábito de tomar notas en todas las reuniones a las que asistís, y de prepararos todas las semanas como si fueseis a hablar en público. El élder Sill, uno de los Setenta de la Iglesia, una vez me dijo que él nunca asistió a una reunión de ninguna clase sin haber preparado previamente algo para decir, en caso de que fuera llamado al estrado. No es suficiente venir y sentarse a escuchar. Debemos pensar en nuestras responsabilidades y venir preparados para ellas, porque “… si estáis preparados, no temeréis” (D. y C. 38:30).

Que el Señor os bendiga hermanos. Estamos orgullosos de vosotros, y os amamos. Que Dios os bendiga. Digo estas cosas en el nombre de Jesucristo. Amén.

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