8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Señor, ¿qué quieres que yo haga?
por el élder L. Tom Perry
del Consejo de los Doce
Mis amados hermanos y hermanas:
Es muy emocionante para mí el estar con vosotros esta noche en esta gran reunión. Deseo expresaros cuánto os amamos, apreciamos, y cuánta confianza tenemos en vosotros, y en lo que haréis para edificar el reino de nuestro Padre Celestial. Me gustaría contaros una historia esta noche. Se encuentra en el libro de Hechos, donde se nos cuenta de uno de los cambios más dramáticos efectuados en un hombre respecto a sus sentimientos hacia el Salvador y su evangelio. No creo que en toda la historia del hombre haya relato de una transformación más completa de un hombre y sus ideas que la que le aconteció a Saulo. Allí consta:
«Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres en este camino, los trajese presos a Jerusalén. Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón.» (Hechos, 9:1-5).
El ver una luz enceguecedora y oír al Señor mismo reprochándole sus acciones debe haber sido una experiencia aterradora para un hombre rotundamente resuelto a encerrar bajo siete llaves a todos aquellos que sirvieran al Señor. No es maravilla entonces que temblando y aturdido dijese: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?» Yo supongo que su reacción es lo más natural que se puede esperar después de ser sorprendido por el Señor de tal manera. Y yo diría que a cada uno de nosotros nos gustaría hacer la misma pregunta al Señor—»Señor, ¿qué quieres que yo haga?»
Estoy seguro de que las instrucciones dadas a Saulo, y el proceso al cual él se tuvo que someter, son muy semejantes a los requeridos por Dios en la actualidad. El Señor le mandó «Levántate y entra en la ciudad» y allí le sería indicado lo que debía de hacer. Para cerciorarse de que Saulo había comprendido el mensaje, el Señor hizo que éste se sintiera atemorizado y que no pudiera ver. Más se levantó de la tierra en donde había caído, y pidió a sus compañeros de camino que lo llevaran a Damasco.
Allí pasó tres días, sin vista y sin poder comer ni beber. Pero el Señor no le dejó en esta condición, pues una senda se había preparado para él. El Señor habló a Ananías, uno de sus discípulos, a quien mandó que se levantara y fuera a una calle que se llamaba Derecha, y allí preguntara por Saulo. Esta petición inquietó profundamente a Ananías, ya que él sabía que Saulo estaba determinado a eliminar a todos aquellos que seguían al Salvador. Sin embargo, obedientemente siguió las instrucciones dadas por el Señor y entró en la casa donde Saulo estaba, y colocando sus manos sobre él dijo: «… el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo. Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado.» (Hechos 9:17-18.)
Después de ser bautizado, pidió algo para comer, para ser fortificado. Una vez recibida su fortaleza, Saulo se embarcó en una nueva carrera. No ya en la de perseguir a los Santos, sino en la de predicar el evangelio de Cristo en las sinagogas, y testificar el hecho que Jesucristo era y es el Hijo de Dios. Las escrituras registran la reacción: «Y todos los que le oían estaban atónitos y decían: ¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos ante los principales sacerdotes?»
«Pero Saulo mucho más se esforzaba, y confundía a los judíos que moraban en Damasco, demostrando que Jesús era el Cristo.» (Hechos 9:21-22.)
Vemos que cuando Saulo preguntó, —Señor, ¿qué quieres que yo haga?, el Señor le dio por lo menos cuatro áreas diferentes en las cuales Saulo tenía que llenar ciertos requisitos. Hoy vamos a examinar esas áreas por nosotros mismos, porque nos dan la clave de lo que debemos hacer en nuestra vida para responder al llamado del Señor cuando Él nos da algo para hacer. Primero, el Señor tuvo que abrir los ojos de Saulo. Este tenía que poseer la capacidad de ver. Ananías, con el poder de Dios que poseía, confirió a Saulo el entendimiento y nuevamente la habilidad de ver tanto física como espiritualmente, induciéndolo a esto la fe en el Señor Jesucristo. En las Doctrinas y Convenios, sección 88, versículo 67 leemos:
«Y si sincero fuere vuestro deseo de glorificarme, vuestros cuerpos enteros se llenarán de luz, y no habrá tinieblas en vosotros; y aquel cuerpo que se halla lleno de luz comprende todas las cosas.»
Esto es exactamente lo que le ocurrió a Saulo cuando pudo ver de nuevo la luz del día. Su cuerpo se llenó con tanta luz del evangelio de Jesucristo que las tinieblas fueron vencidas dentro de él, y fue capaz de comprender las cosas del Señor. Por lo tanto, lo primero que nos enseña la experiencia de Saulo, es que debemos poseer la luz del evangelio en nuestra vida. Debemos tener la capacidad para ver. En segundo lugar Saulo tuvo que aceptar el bautismo, un requisito de Dios para demostrar el deseo de ser obediente a las condiciones impuestas sobre él por el Padre Celestial. De manera que el segundo punto que emerge es ser obediente a las leyes de Dios. El tercer elemento es que Saulo requirió ser fortalecido. Él ya era un hombre de gran conocimiento, pero después de ayunar por tres días, necesitaba sustento para recuperar su fortaleza física. Una gran mayoría de nosotros hemos podido obtener abundante fortaleza física, y hemos tenido el privilegio de contar con aquellas cosas que nos ayudan a conservarla. Lo que necesitamos más que nada es la habilidad de estudiar y fortalecer nuestra mente para mejor comprender las cosas de Dios. Esto requiere estudio de nuestra parte. En las Doctrinas y Convenios, sección 130, versículos 18 y 19, leemos: «Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección. Y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligencia que otra, por motivo de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero.» ¡Cuán esencial es que estudiemos! No todos nosotros hemos sido hechos iguales. Tenemos diferentes talentos que nos han sido conferidos por nuestro Padre Celestial. Tengo en mi bolsillo un juego de llaves; si las examinamos notaremos que cada una es diferente; una corresponde a mi auto, otra abre la puerta de mi casa, otra es para mí portafolio. Por cierto que la llave del portafolio no hará funcionar a mi auto, y la de mi casa no abrirá mi portafolio. Cada una es diferente. Esto también se aplica a nosotros como hijos de nuestro Padre Celestial. Todos hemos sido hechos con diferentes canales y diferentes marcas. Cada uno de nosotros posee diversos talentos, y estamos capacitados para hacer las cosas que nuestro Padre Celestial requiere de nosotros con varios grados de habilidad. Es por lo tanto esencial que magnifiquemos aquellos dones con los que el Señor nos ha dotado. No todos podemos ser grandes atletas, algunos de nosotros no podemos ni siquiera ser grandes estudiantes de ciencia, o historia, o de las otras disciplinas que se nos requiere que aprendamos. Pero todos tenemos la capacidad para hacer algo en especial.
Lo que entonces necesitamos hacer es fortalecer aquella cualidad especial que el Señor nos ha dado y perfeccionarla por medio del estudio para que se desarrolle en algo eternamente valioso, Oliver Wendell Homes dijo: «Una vez que una mente se ha estirado con una idea nueva, nunca regresa a su dimensión original». Ahora, cuando el Señor fortificó a Saulo, hizo posible que en vez de ser éste el hombre que destruyera la Iglesia, fuera el que la edificara. Tales son nuestras posibilidades siempre que nos preparemos para ir hacia adelante en el servicio de nuestro Padre Celestial, provisto que magnifiquemos los talentos que nos ha dado y que nos hacen únicos y distintos el uno del otro. Si hacemos esto, ¡cuán grande será nuestra capacidad para realizar los requisitos que el Señor nos impone!
El cuarto y último paso en las instrucciones que el Señor dio a Saulo perteneciente a lo que él debía hacer, es el mandato al servicio; por lo cual Saulo se dedicó diligentemente por el resto de su vida a predicar el evangelio y servir a sus semejantes. A veces las circunstancias bajo las cuales se vio forzado a trabajar fueron muy difíciles, pero siempre estuvo dispuesto a hacer todo lo que fuera necesario para cumplir con las instrucciones que el Señor le había dado.
Tenemos hoy grandes desafíos. Hay mucho que debemos hacer para realizar lo que el Señor ha pedido de nosotros. Y cada día se nos presentan muchas oportunidades para servir. Siempre recordaré en forma especial a un joven que conocí en el estado de Massachusetts, donde vivíamos en el pequeño suburbio de Weston. Es una comunidad amena y sofisticada, con más o menos 11.000 habitantes. Tiene muchos y pintorescos caminitos campestres tortuosos, definidos con viejos cercos de piedras hechos a mano, y una sección comercial que para las 9 de la noche aparece completamente desierta. Los residentes anunciaban con orgullo que Weston era una «ciudad seca», quiere decir, en la cual no se vendían bebidas alcohólicas. Sin embargo, Weston tenía sus problemas, ya que muchos de sus jóvenes en las escuelas intermedias como en la secundaria, traían las bebidas alcohólicas y las drogas que compraban en otras comunidades.
Pero lo que me gustaría contarles es acerca de uno de estos estudiantes de la escuela secundaria que estaba demasiado ocupado con otras actividades para necesitar estimulantes artificiales. Este joven pasa una gran parte de su tiempo de esparcimiento en las laderas de las montañas, esquiando. Esto no es raro en la región donde vivíamos; pero lo que él hacía con su talento, sí lo es. Este joven es un experto esquiador, y ama el deporte. Es un instructor, y pasa todo su tiempo libre enseñando a otros. Uno lo puede ver bajando la ladera de la montaña, muy cerca a su pupilo, quien a veces es mucho mayor que el instructor. Comienzan despacio, pero ganan velocidad a medida que bajan, dando vueltas y turnos con gracia y facilidad, al mismo tiempo hablando y riendo como amigos, disfrutando el aire vigorizante y el calor del sol brillante. Los que los observan y los siguen con sus ojos hasta que la pareja llega al pie de la ladera, los consideran simplemente como dos amigos más, pasando un buen rato.
Lo que los observadores no se dan cuenta es que uno de los esquiadores es ciego. Este estudiante de la escuela Secundaria de Weston, enseña a los ciegos a esquiar. Lo hace gratis. Cuando a él se le ocurrió la idea, fue aconsejado por otros que la desechara. Repetidas veces le dijeron que era imposible. Pero él había notado el descorazonamiento de algunos de los privados de la vista, y deseaba compartir con ellos uno de los placeres de su vida. Él quería que ellos también tuvieran el sentimiento del éxito, de la satisfacción de algo conquistado. Deseaba darles una nueva dimensión a sus vidas, y contribuir a ayudarles a sentirse como entidades completas y sustantivas. A él realmente le importaba. Le importaba lo suficiente como para invertir tiempo y paciencia para desarrollar una armoniosa mezcla de amor, aliento y compresión en sus relaciones con estas personas, para imbuirlas con fe en sí mismas y en sus propias habilidades. Gradualmente, se cimentó una amistad mutua. Estas personas pusieron su confianza en este joven. Él era su amigo. Solamente a él le permitían que les pusiera sus botas y ligaduras. Él dice que lo más importante era ayudarles a desarrollar una actitud de fe y confianza en sí mismos. Una vez conseguido esto, las técnicas del deporte se convertían en juego de niños. Hacia el tiempo en que nos mudamos de Weston a Salt Lake City, este joven había enseñado con éxito a esquiar a 13 ciegos, y estaba en el proceso de enseñar a otro grupo, y le habían pedido que compilara un manual de instrucciones para la enseñanza de esquí a las personas ciegas. Este joven ha desarrollado la confianza que proviene del éxito. Pero, más importante aún, ha fomentado amistades duraderas, y ha aprendido a amar y compartir mediante un servicio valioso.
Creo que más que nada, la historia de Pablo nos enseña el gran gozo que proviene de servir a nuestros semejantes. Cada uno de nosotros tiene oportunidades para ello. Alrededor nuestro cada día están aquellos que necesitan de nuestra atención, cuidado y ayuda. Hay muchas oportunidades para levantar a los decaídos. Permitid que os exhorte a que os embarquéis en el servicio de vuestros semejantes. Estoy seguro que el Señor se siente complacido con la juventud de la Iglesia. Vosotros habéis sido reservados para venir a la tierra durante este importante período. Él cuenta con vosotros para que le ayudéis a construir su reino aquí. Os ha educado, instruido y equipado como a ninguna otra generación. Ahora él espera que vosotros pongáis en acción vuestro conocimiento. Desde el principio Dios dio el mandamiento a Adán y Eva de multiplicar, henchir, tener dominio, y sojuzgar la tierra. El espera que sus hijos realicen lo que Ies ha mandado. Al leer, estudiar y escudriñar las historias de las escrituras, recojamos de ellas las enseñanzas que necesitamos para nuestra vida. De la historia de Pablo saquemos la determinación de ver la luz y conocimiento del evangelio. Seamos obedientes a los mandatos del Señor. Fortalezcámonos a través del estudio y entendimiento para estar mejor equipados para enfrentar el futuro. Entonces, con todo lo que nos ha sido dado, embarquémonos diligentemente en el servicio de nuestros semejantes.
Que el Señor continúe bendiciéndoos con fe, el deseo y la fuerza para servirle como Él os ha dicho que lo hagáis. Hacedlo con todo el entusiasmo que vuestras almas son capaces, y yo os prometo el gran gozo que sólo resulta del cumplimiento del mandamiento de servir en su reino.
Que el Señor nos bendiga para que seamos imbuidos del espíritu de este gran programa del evangelio, y nos embarquemos en el servicio de nuestros semejantes. Lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.
























