29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Las pruebas de la adversidad
por el élder Ernest Wilkinson
¡Qué espectáculo tan maravilloso éste, y cuán agradecido me siento por tener la oportunidad de encontrarme sentado a los pies del Profeta y de estar reunido con vosotros! Habiendo sido asignado por la Primera Presidencia, quisiera hablaros brevemente esta mañana con respecto al desarrollo espiritual que se logra mediante las pruebas de la adversidad.
Durante los primeros tiempos de la historia de la Iglesia restaurada, mientras los santos eran perseguidos y echados hacia el oeste a través de los Estados Unidos, entre sus himnos predilectos había uno nuevo: ¡Oh, está todo bien! El himno finaliza con las siguientes palabras:
Aunque morir nos toca sin llegar. . .
Alcemos alto el refrán
¡Oh, está todo bien!
(Himnos, 214.)
Aquellos santos fueron probados en la adversidad; los habían saqueado, violado, robado y asesinado; sus casas fueron destruidas y tuvieron que abandonar casi todas sus posesiones materiales. De esa forma fueron forzados a comenzar una nueva vida en un árido desierto, pero aún así sabían que Dios no habría de olvidarlos. Habían oído y comprendido el mensaje del Evangelio, y tenían una clara visión de lo que significaba la vida eterna; sabían sin duda alguna que llegaría el momento en que la justicia habría de triunfar.
Encontrándose José Smith preso en la cárcel de Liberty, se dirigió al Señor en desesperada oración, rogándole con las siguientes palabras:
“¿Hasta cuándo se detendrá tu mano, y desde los cielos eternos verá tu ojo, sí, tu ojo puro, los sufrimientos de tu pueblo y de tus siervos, y penetrarán sus llantos tus oídos?’ ’ (D. y C. 121:2.)
La respuesta que recibió, fue directamente de Dios, quien le dijo:
“Hijo mío, paz a tu alma, tu adversidad y tus aflicciones no serán más que un momento;
Y entonces si lo sobrellevas debidamente, Dios te ensalzará; triunfarás sobre todos tus enemigos.” (D. y C. 121:7-8.)
Y más adelante afirmó:
“. . .entiende, hijo mío, que por todas estas cosas ganarás experiencia, y te serán de provecho.” (D. y C. 122:7.)
Esto me recuerda a una dulce jovencita china, que había sido devota miembro de la fe budista. Su familia había llevado a cabo los preparativos para que ella entrara en un convento budista a los 18 años de edad. Tan sólo tres días antes de que esto ocurriera, una amiga la persuadió a que la acompañara a escuchar a unos misioneros mormones; así lo hicieron, y la consecuencia fue que el corazón de esta jovencita fue profundamente afectado por el mensaje; como resultado, volvió al día siguiente, y al otro, para seguir siendo instruida por los misioneros. Súbitamente, comprendió que el mensaje de los misioneros mormones había cambiado su vida, que no podría entrar al convento tal como antes lo había deseado, y de acuerdo con los planes que su familia tenía para ella.
Este desarrollo de los acontecimientos afectó profunda y negativamente a los miembros de la familia, quienes pensaron que no se trataba más que de una consecuencia de la inmadurez e indecisión de la juventud. La preocupación aumentó cuando ella fue bautizada sin la aprobación de sus parientes; pero aún así estaban seguros de que las fuertes relaciones familiares, al igual que la sociedad patriarcal en que se había criado, habrían de devolver a la joven al seno del hogar. Mas esas esperanzas se convirtieron en afrenta cuando, un año más tarde, la jovencita salió a cumplir una misión para la Iglesia Mormona.
El patriarca convocó entonces un consejo familiar, y demandó la presencia de la jovencita para que diera cuenta de sus transgresiones. A pesar de comportarse con respeto hacia sus mayores y con gran demostración de humildad, ella les expresó su ferviente testimonio de la veracidad del Evangelio.
El consejo, comprendiendo entonces que esto implicaba la total negación de su fe anterior, procedió a llevar a cabo la ceremonia de la excomunión familiar, durante la cual la piel de la joven fue quemada con incienso, como forma de demostrar su deslealtad y separación final de la familia. Con el espíritu destrozado y el corazón profundamente apesadumbrado, ella retornó a completar su misión.
Pocos meses después, un segundo miembro de la familia fue bautizado; y más adelante, en una comunidad distante, un tercer miembro. El consejo familiar comenzó a ceder, abrumado por el desconcierto e inundándoles la inquietud de saber cuál era el extraño poder e influencia que pudiera llevar a cabo tan grande cambio.
Al finalizar la misión, la familia invitó a la jovencita para que regresara al hogar y les explicara acerca de esa nueva religión. Así fue que, con verdadero amor cristiano y total devoción, ella regresó con humildad de corazón para cimentar una eterna relación familiar. Lo último que oí, fue que más de treinta miembros de su familia se habían unido ya a la Iglesia. Aquella pequeña adversidad que había tenido que enfrentar, se convirtió en su triunfo final.
Esa misma seguridad, hermanos, es la que me invade con respecto a quienes en esta audiencia sean en la actualidad víctimas de la adversidad. ¿Cuántos de vosotros habéis sido rechazados por familia y amigos, como consecuencia de haber aceptado el Evangelio restaurado? ¿Quién no ha sido sujeto al ridículo, a la crítica y a la discriminación? ¿Cuántos habéis sido víctimas de las trágicas consecuencias de enfermedades, imposibilidades de algún tipo, pérdida de seres amados, o desastres económicos? El presidente Kimball fue también víctima del mismo tipo de adversidades. Tuvo dos encuentros devastadores con el cáncer, siendo una de sus consecuencias la pérdida casi total de su voz. A los 78 años de edad, se vio sometido a una delicada operación al corazón a pesar de lo cual, con renovada fuerza y vigor y la ayuda de la mano del Señor, en la actualidad disfruta de salud y fortaleza, al igual que de una fe más firme en nuestro Padre Celestial.
Recordad, mis queridos amigos, que todavía no somos como Job. Aceptemos la adversidad y aprendamos de ella; desarrollémonos con ella y utilicémosla para nuestra ventaja. Resolvámonos a vivir dignamente y a llegar a saber que todas estas cosas nos habrán de dar la experiencia necesaria y habrán de ser para nuestro bien. Esto lo dejo en el nombre de Jesucristo. Amén.
























