29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
¿Nos avergonzamos de nuestros principios?
por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia
Al dirigirme a vosotros esta noche, ruego humildemente que el Espíritu y las bendiciones del Señor nos asistan, para que lo que os diga, sea de beneficio para todos los presentes.
Pablo dijo:
“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.” (Rom. 1:16.)
Por lo que me pregunto: ¿Qué hay en el Evangelio de Jesucristo de lo cual pudiéramos avergonzarnos?
Refirámonos por un momento al comienzo de la existencia humana. En el concilio de los cielos, donde todos estuvimos presentes, Dios presidió y Jesucristo fue elegido como el Salvador del mundo; Satanás se rebeló, por lo que decidió destruir al hombre y al plan de vida y salvación. Todo lo malo está bajo su dirección.
Creemos que fuimos creados por Dios, a Su imagen y semejanza, y que somos Sus hijos espirituales. ¿Hay en ello algo de que avergonzarse? ¿O acaso preferiríais creer que descendéis del mono? ¿Preferís creer y saber que Jesucristo es el Salvador del mundo o no creer en Dios en absoluto?
Mucha gente en el mundo no cree en Dios, el Padre Eterno, y una gran mayoría no cree que Él sea un Dios viviente. ¿Deberíamos avergonzarnos de creer en El, y en Jesucristo, el Salvador del mundo? Deberíamos avergonzamos de saber que Jesucristo, ya sea directamente o por medio de los profetas de Dios, nos da el plan de vida y salvación? ¿Y que Dios amó tanto al mundo que permitió el sacrificio expiatorio de su único Hijo amado, para que quienquiera que creyera en Su nombre no pereciera y tuviera vida eterna?
Creemos que por medio de Su sacrificio expiatorio toda la humanidad resucitará, y que puede ser salva por medio del cumplimiento de los mandamientos. ¿Preferís avergonzaros de esto, y creer que todo termina con la muerte?
Mucha gente del mundo cree que con la muerte se acaba nuestra existencia. ¿Nos avergüenza el creer que resucitaremos, y que podemos volver a la presencia de Dios, nuestro Padre Eterno?
¡Qué gran bendición es creerlo y saber que es verdad! ¿Nos avergüenza el hecho de que Dios el Padre y su Hijo Jesucristo reorganizaron la Iglesia sobre la tierra y que somos miembros de la Iglesia de Jesucristo? ¿O estamos agradecidos de pertenecer a la misma, al grado de preparamos para vivir de acuerdo con sus enseñanzas durante toda nuestra vida, y ayudar a nuestro prójimo, a nuestros hijos y amigos a comprender todas estas cosas y a vivirlas cada día? ¿Nos avergonzamos acaso de enfrentarnos al mundo y decir que somos miembros de la Iglesia de Jesucristo? ¿Nos avergonzamos de aceptar el hecho de que por medio de un Profeta se nos ha dado la Palabra de Sabiduría, así como otros mandamientos?
Hablemos por unos minutos acerca de la Palabra de Sabiduría. Sabemos que al no cumplirla destruimos nuestra salud. Los científicos ahora han comprobado lo perjudicial que son el tabaco, las bebidas alcohólicas, el té y el café. ¿Nos avergonzamos de que un Profeta de Dios nos haya dado la Palabra de Sabiduría, años antes de que la ciencia la aprobara? ¿Acaso nos avergonzamos por el hecho de que, guardando la Palabra de Sabiduría, evitamos las enfermedades y la destrucción que se nos ha dicho recaerá sobre aquellos que rompan este principio? ¡Cuán bendecidos somos de tener la Palabra de Sabiduría! Y tal como dije a las hermanas esta tarde, ¡cuán afortunados son nuestros hijos, de criarse en hogares donde se cumple con dicha norma, lo que hace que no estén sometidos a la tentación como aquellos en cuyos hogares se lleva a cabo dicha práctica!
Relaté a las hermanas esta experiencia que me gustaría repetir. Se trata de una joven pareja que murió en un accidente automovilístico. Cuando el padre de la joven-cita llegó al lugar del accidente y vio una botella de whisky mediada al lado de los cuerpos ya sin vida, dijo cegado de ira: “¡Mataría al hombre que dio esa botella de whisky a estos jovencitos!”. Cuando esa noche llegó a su casa, al abrir el armario donde guardaba el licor, encontró una nota de su hija, que decía: “Papá, espero que no te enojes porque me llevo tu botella de whisky”. ¿Podéis imaginaros por un momento cómo se habrá sentido ese hombre?
Nuevamente os digo: ¿Os avergonzáis de tener el principio de la Palabra de Sabiduría? ¿Os avergonzáis de que el Evangelio sea la respuesta a todas las preguntas del mundo de hoy?
Cuando se le preguntó a Jesús cuál era el más grande mandamiento, Él dijo:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. . .
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22:37-39.)
¿Hay algo de esta enseñanza que nos pueda avergonzar? Si el mundo actual guardara este mandamiento, no habría guerras.
Afortunadamente somos miembros de la Iglesia de Jesucristo y cuando pienso en eso, me repito la pregunta: ¿Hay algo en esta Iglesia de lo que tengamos que avergonzarnos? ¿O decimos con satisfacción a aquellos con quienes nos vinculamos: “Soy miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”? ¿Os avergonzáis acaso de estar preparándoos para sellaros en el templo, y estar unidos así a vuestra familia por tiempo y eternidad?
Hermanos míos, debemos apreciar todas estas cosas y esforzamos al máximo para ser dignos de ellas. ¿Os avergonzáis de que en esta Iglesia se nos enseñe a vivir moralmente limpios? ¿O acaso preferís ser como el mundo de hoy en día, donde se aprueban, aun por parte de los gobernantes, toda clase de inmoralidades?
Nosotros creemos que el hombre elige por sí mismo lo que será. El Señor dijo: “No cometerás adulterio” (Deut. 5:18), y también agregó que la fornicación era abominable ante Sus ojos. Seguramente que no os avergonzaréis de estas enseñanzas, por medio de las cuales debemos educar a nuestra familia y ser lo que queremos que nuestros hijos lleguen a ser.
Mis hermanos, no tengo vergüenza del Evangelio de Jesucristo, y soy muy feliz de saber y poder deciros y hacer que os unáis a mí para decir: “Yo sé que vive mi Señor”, “Soy un Hijo de Dios” en espíritu, y sé que Él amó tanto a cada uno de nosotros, que dio a su Hijo Bien amado, para que quien creyera en Su nombre y guardara Sus mandamientos fuera salvo.
¿Acaso nos avergonzamos del hecho de que Dios el Padre y Jesucristo nos quisieran de un modo tal que prepararan el sacrificio expiatorio de Jesús para beneficio nuestro? ¿Nos avergonzamos de que Dios el Padre y su Hijo Jesucristo se aparecieran a José Smith? ¿Nos avergonzamos de que el Evangelio de Jesucristo haya sido restaurado sobre la tierra y ésta sea Su Iglesia y Su reino? ¿Debemos acaso avergonzamos de que Dios amara de tal manera al mundo que nos diera un Profeta a quien tenemos hoy con nosotros, Spencer W. Kimball, nuestro amado Presidente?
Yo testifico que él ha cumplido con todos estos mandamientos, y ruego humildemente que lo aceptemos y sigamos, que nos preparemos para la exaltación y que nunca nos avergoncemos de hacer saber al mundo que somos miembros de la Iglesia de Jesucristo. Lo mego en Su nombre. Amén.
























