Julio de 1978
La Santa Cena y los convenios
Adaptado de un artículo escrito por W. Colé Durham, Jr.
Me parece que la Santa Cena significa mucho más que el simple acto de sentarse en silencio y pensar en Cristo mientras participamos de los emblemas que simbolizan su expiación, ya que la misma constituye uno de los elementos vitales del proceso del arrepentimiento.
“Ofrecerás un sacrificio al Señor tu Dios en justicia, aun el de un corazón quebrantado y un espíritu contrito. . . irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo.” (D. y C. 59:8, 9.)
Si consideramos la. Santa Cena como una oportunidad de hacer una ofrenda específica y personal, como por ejemplo, la humilde promesa de superar una debilidad que nos esté separando del Salvador, este sacramento adquirirá un mayor significado en nuestra vida.
Todo lo que respecta a la Santa Cena, tiene por objeto ayudarnos a aumentar nuestro entendimiento de la expiación del Salvador; cuando El la instituyó, mandó a los hombres participar de ella para recordar su supremo sacrificio. “Haced esto en memoria de mí”, les dijo Jesucristo a los Doce en el aposento alto (Lucas 22:19).
Los presbíteros que cada semana bendicen la Santa Cena en nuestros barrios y ramas, oran diciendo: “Para que lo coman en memoria del cuerpo de tu Hijo” y “para que lo hagan en memoria de la sangre de tu Hijo que fue vertida para ellos; para que den testimonio ante ti, oh Dios, Padre Eter no, de que siempre se acuerdan de Él” (D. y C. 20:77,70).
Pero, ¿de qué manera podemos recordar verdaderamente a Cristo? ¿Qué oportunidades nos proporciona él referido sacramento para acercarnos más al Salvador? Por una parte, el concepto de tomar sobre nosotros el nombre de Cristo, como se menciona en la oración sacramental, nos ayuda a estar conscientes de nuestra relación personal con el Redentor. Tomamos sobre nosotros su Santo Nombre cuando nos unimos a su Iglesia, por lo que entonces se nos denomina miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; pero el tomar sobre nosotros su nombre implica mucho más que eso. A causa del convenio que hicimos en el bautismo, nos hemos convertido en “progenie de Cristo”, “engendrados espiritualmente” por El (Mosíah 5:7). Su nombre es el único “por el cual viene la salvación” (Mosíah 5:8), y cuando vivimos dignos de llevar ese nombre, desarrollamos en forma progresiva la comprensión y el testimonio del poder de la expiación de Cristo.
Cuando con nuestras acciones observamos el cometido sacramental de guardar los mandamientos, recibimos fortaleza espiritual; y una vez que empezamos a comprender la importancia de renovar nuestros convenios de ese modo, nos damos cuenta de que aprender a participar de la Santa Cena en todo sentido de la palabra, requiere más que el asistir a la capilla durante dos períodos sacramentales cada domingo; es una tarea que involucra todos los aspectos de nuestra vida.
La Santa Cena es un medio de que se vale Señor para llevarnos de la mano, limpiar nuestras almas, aligerar nuestras cargas y conducirnos por su sendero Desde este punto de vista, el sacramento es el medio para hacer convenios, recordar las promesas que hemos hecho, y renovar cometidos.
La oración frecuente y devota y el meditar las Escrituras, son dos de las ayudas principales para recordar al Salvador. No es posible “recordar” a Jesucristo a un nivel espiritual, a menos que continuamente tratemos de embebernos en las .cosas de Dios. Más aún, es necesario que estemos listos para efectuar ciertos cometidos específicos, como por ejemplo, dedicar media hora del domingo por la mañana a leer las Escrituras, y luego dedicar otra media hora para repasar con espíritu de oración nuestros cometidos de semanas anteriores y preguntarle al Señor qué espera de nosotros durante los siguientes siete días. El Señor no espera que nos pongamos a trabajar en todo inmediatamente, pero si nos recogemos para escucharlo con un corazón dispuesto, El abrirá nuestro intelecto a las cosas que desea que hagamos en seguida.
Cuando hayamos recibido esa ayuda del Señor—o cuando nos hayamos anticipado a tomar una decisión por nuestra propia cuenta por habernos parecido lenta en llegar la respuesta del Señor—, estaremos preparados para “ofrendar” algunos cometidos específicos a medida que vayamos participando de la Santa Cena. El anotar estos cometidos nos ayudará a recordarlos y a recalcar su importancia.
Ahora bien, aunque llevemos fielmente a cabo nuestro propósito, esto no significa que el sendero hacia la perfección se volverá repentinamente llano y fácil. El desaliento podrá salimos al encuentro, puesto que a medida que definimos más claramente nuestros convenios con el Señor, llegamos a ser más conscientes de las debilidades que nos apartan de nuestro propósito de cumplirlos, y nuestro sentimiento de culpabilidad podrá aumentar. Sin embargo, el desaliento no es la respuesta apropiada; en vez de ello deberemos sentir mayor humildad y agradecimiento por la expiación y la misericordia del Señor.
De esta manera, la Santa Cena se convierte en algo muy alentador; es una seguridad semanal que nos otorga el Señor, de que a pesar de nuestras constantes fallas, Él está listo continuamente para empezar a socorremos de nuevo. Si aplicamos la expiación del Señor a nuestra propia vida, y también a nuestras propias debilidades, recordar al Salvador llegará a ser mucho más que una simple reflexión.
























