El único tesoro verdadero

Agosto de 1980
El único tesoro verdadero
por el élder P. Enzio Busche
del Primer Quórum de los Setenta

P. Enzio BuscheLas personas siempre han tenido la tendencia a buscar tesoros escondidos; quieren tener algo que sea sólo suyo, algo que puedan guardar, algo que los haga ricos, que les permita tener mayor fortaleza, seguridad, protección; algo que les ayude a sobrevivir. Buscan constantemente estos tesoros en el mundo, y esa búsqueda es una de las fuerzas que ha llevado a muchos en el pasado de un continente a otro y ha encendido su imaginación.

Sin embargo, es obvio que los tesoros que se pueden encontrar en el mundo no pueden dar lo que la gente busca y espera encontrar. Muchas personas tienen que vivir toda una existencia para comprender al final que con la cantidad de tesoros y riquezas del mundo que han reunido, todavía no han encontrado el verdadero tesoro y permanecen vacíos, desgraciados, insatisfechos y plagados con temores siempre en aumento. El milagro del único tesoro verdadero es que constantemente produce bendiciones y el valor para sobreponerse a la aprensión; me refiero al tesoro de haber encontrado a Cristo, de poder llegar a conocerlo (no simplemente saber todo lo que haya que aprender sobre El, sino conocerlo), lo cual es posible para aquellos que están en su servicio en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, restaurada en esta última dispensación,

Al servir como presidente de misión me siento abrumado por la humildad de compartir esta experiencia misional con muchos jóvenes de diferentes naciones, hijos de nuestro Padre Celestial que dan años enteros de su vida, olvidando su propio bienestar y carrera a fin de poder llevar el mensaje del verdadero evangelio de salvación a sus semejantes. Al desarrollar esta capacidad de seguir a Cristo, de hacer su voluntad, de sobreponernos a nuestros deseos personales y terrenales, elegimos un camino que nos conduce a una profunda y real satisfacción, la protección más segura de las amenazas de la vida y el poder de conquistar nuestros temores naturales y terrenos.

Como miembros de la Iglesia es necesario que día a día decidamos si deseamos permitir que nuestros temores dirijan nuestras acciones, o si viviremos con una constante oración en el corazón a fin de ser capaces de analizar todos los sentimientos y las emociones que experimentamos. En esa forma aprendemos a sacar valor de los poderes del cielo, lo cual nos permitirá sobreponernos a todo y “permanecer en tierra santa”, guiados y dirigidos por el Espíritu Santo. ¿Qué significa esto realmente? ¿Cuál es este verdadero tesoro que nos permitirá mantenemos con felicidad y gozo, con confianza y con seguridad cada día de nuestra vida? Significa que debemos desarrollar una relación cercana con Cristo, el Salvador, el Redentor, él Mesías, Jehová, el Unigénito del Padre, y dejar que El y su Espíritu tomen posesión de nuestra vida. Esto significa aprender a aceptar, a apreciar y seguir siempre la inspiración del Espíritu. Para hacerlo, se necesitan valor y decisión para cumplir con nuestro compromiso, pues esa inspiración puede asustarnos al conducirnos a caminar por nuevos senderos, senderos por los cuales nadie ha caminado, en los que se recorre “la segunda milla” y se actúa en forma totalmente diferente de cómo actúa la gente del mundo. Por ejemplo, quizás seamos inspirados a sonreír cuando alguien nos ha ofendido, a dar amor cuando otros solamente pueden sentir odio, a mostrar gratitud cuando otras personas no encuentran nada para estar agradecidos, a aceptar trabajos que los orgullosos no podrían aceptar, a disculparnos en lugar de tratar de defendernos, y a hacer todas aquellas cosas, aparentemente sin sentido para los demás, que el Espíritu inspira hacer a una persona justa, honesta y atenta. El ser conducidos por el Espíritu nos permite, como dicen las Escrituras, hacer tesoros en el cielo, “donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan” (Mt. 6:20).

No es suficiente que nos limitemos a saber que hay tesoros esperándonos en los cielos. Cuando seguimos persistentemente al Espíritu Santo, con un firme y constante espíritu de oración, el mundo de los milagros se abre ante nosotros en esta vida. El resultado de esto es un estado de continuo asombro, de sorprendente perspectiva y comprensión de los nuevos aspectos de la vida, de nuevas dimensiones de gozo y paz.

Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, hemos sido bendecidos con la revelación directa de los cielos, la que nos da el conocimiento de que al estar en armonía con el Espíritu estamos en armonía con la voluntad de Dios, y que en esa forma todo sucederá de acuerdo con nuestros deseos.

“El que pide en Espíritu, pide según la voluntad de Dios; por lo tanto, es hecho conforme pide.” (D, y C. 46:30; véase también D. y C, 50:29.)

Quisiera relatar una hermosa experiencia que afectó mi vida entera y abrió los ojos de mi comprensión. Como hombre de negocios me encargaba de hacer ventas para un grupo de clientes; constantemente tenía que enfrentar el problema de mantener una buena relación a fin de poder vender, a pesar de no participar en los comunes hábitos de beber, fumar o disfrutar de chistes subidos de tono, todas cosas que el Espíritu no me permitía hacer.

Un día, mientras trabajaba en mi oficina de Dortmund, Alemania, recibí una llamada telefónica de uno de mis clientes que me llamaba desde París porque su compañía presentaba allí una exposición y deseaba invitarme a reunirme con él para hablar sobre algunos negocios más. Inmediatamente sentí que el Espíritu me advertía y pensé alarmado que su verdadero motivo para invitarme a ir a París, aparte de hablar de negocios, era encontrar a alguien que pudiera pagarle algunas horas de placer en aquella ciudad. Sentía satisfacción ante la oportunidad de hacer un buen negocio, pero al mismo tiempo estaba atemorizado por la perspectiva de las difíciles decisiones que me esperaban; también sabía que debía ir, pues ésta era mi obligación como agente comercial.

Esa noche tomé el tren hacia París, viajando constantemente con una oración en mi corazón, suplicando al Señor que me diera la posibilidad de tener éxito en el negocio sin transigir en mis normas de conducta.

Mi cliente me recogió temprano por la tarde en la estación de trenes de París. Inmediatamente comprendí que no estaba en ánimo de hablar de negocios, sino que deseaba mostrarme la ciudad con todos sus atractivos que para mí como forastero eran totalmente desconocidos. Silenciosamente, intensifiqué mis súplicas al Padre Celestial y recibí de Él un sentimiento de consuelo y aun de felicidad y gozo; entonces le dije a mi cliente que me sentía muy feliz de verlo, pero que debía tomar el tren de la noche para regresar a mi hogar, pues tenía allí algunas importantes responsabilidades que cumplir. El me miró incrédulo, y sonriendo me dijo:

—No, no, usted se quedará conmigo hasta mañana. Tenemos muchos asuntos importantes que discutir y además, deseo mostrarle la ciudad y sus lugares interesantes. ¡Hoy gozaremos de la vida!

Yo sabía que su idea de gozar de la vida era totalmente diferente a la mía, pero también sabía que el negocio que pudiéramos hacer con su compañía era vital para la nuestra; por lo tanto oré aún con más fervor, suplicando la ayuda del Señor.

Más tarde ese día, me invitó a cenar con él en un pequeño y agradable restaurante, con el obvio deseo de mostrarme los lugares que solamente la gente de buen gusto conocía; puesto que mi inspiración me decía que no había nada de malo en cenar con él, acepté y nos embarcamos en una de esas excelentes cenas francesas, interminables’ y caras; como yo no hablaba francés y él lo hablaba perfectamente, se encargó de pedir el menú y junto con éste pidió dos botellas de vino, a pesar de mi enérgica protesta para que no ordenara vino para mí.

La conversación se desarrolló amigablemente; al cabo de un tiempo su botella estaba vacía, la mía permanecía sin tocar. Finalmente él se dio cuenta de esto, tomó la botella, llenó ambas copas, y tomando la suya me miró a los ojos y me dijo:

—Mi estimado amigo, usted sabe cuánto disfruto yo de su compañía y cuánto respeto la norma de conducta que sigue, pero ahora espero que beba esta copa en un brindis a mi salud. Si se niega, me veré obligado a no hacer más negocios con usted.

Sentí como si la sangre se me congelara en las venas e inmediatamente fue como si oyera una voz: Hermano Bus-che ¡ahora tienes que tomar una decisión! En unos segundos comenzaron a insinuarse en mi interior toda clase de justificativos; pero antes de que pudiera decir nada, me sobrecogió un poder que me llenó de gozo y luz y para mi sorpresa, me encontré rodeándole los hombros con el brazo. En ese momento el Espíritu me hizo decir algo que jamás hubiera sido capaz de pensar por mis propios medios, algo que cambió la situación totalmente. Me oí a mí mismo diciéndole lo siguiente:

—Señor S…, yo sé bien que usted no sería capaz de exigirme tal cosa; me consta que jamás tomaría una decisión de negocios basada en condiciones tan ilógicas.

Le di un fuerte abrazo y lo miré sonriendo a los ojos con un cálido sentimiento de estima y amistad. Esto lo sorprendió y por un momento no pudo hablar; luego los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas, me devolvió el abrazo y empezó a hablar disculpándose, mientras le corrían las lágrimas por las mejillas:

—Le ruego que me perdone. Si usted hubiera bebido esa copa de vino, ya me habría encargado yo de ponerlo en ridículo toda la noche. No obstante, a pesar de mis deseos de hacerle daño, usted ahora será mi amigo para siempre. No tiene por qué preocuparse, pues apenas terminemos la comida lo llevaré personalmente a la estación a fin de que pueda llegar a tiempo para tomar el tren de regreso. Y también le prometo que haremos todos los negocios que usted quiera y pueda manejar.

Así sucedió. Cuando me encontraba en el pequeño compartimiento del tren nocturno que me llevaba de regreso a casa, lloré de gozo y felicidad y alabé al Señor por la ayuda que me había dado en el momento preciso y en la forma más adecuada.

Yo sé que Dios vive, y lo he sabido desde que me convertí hace más de veintiún años; pero constantemente me maravilla el ver cuánto más puede ayudamos el Señor cuando cumplimos con el requisito de tener una constante oración en nuestro corazón para lograr la rectitud.

No nos permitamos sentirnos satisfechos de vivir sin conocer a Cristo. El consuelo de su Espíritu nos capacita para recorrer un sendero diferente, en la dirección que desbabamos tomar antes de venir a esta tierra, un sendero en el cual encontraremos más luz, conocimiento, capacidad y gozo cada día. Encontrar este sendero y seguir su curso es el único tesoro verdadero en la vida.

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