Amemos lo que Dios ama

Marzo de 1981
Amemos lo que Dios ama
Por Dennis R. Peterson

Yo tenía sólo diecinueve años, y había comenzado mi misión en Japón. A pesar de que creía en el evangelio y que tenía grandes deseos de ser digno y justo, me asaltaban grandes dudas: ¿Podría realmente llegar a ser lo suficientemente bueno como para ser aceptado por el Señor?

Había visto las tentaciones de ser egoísta, orgulloso, de no ser moralmente limpio, de sentir el deseo de tener poder y dinero, tentaciones que el mundo nos ofrece seductoramente, y me sentía débil. ¿Cómo podría yo reprimir todos esos deseos «humanos»? A veces parecía que el guardar los mandamientos era como una camisa de fuerza que el evangelio me había puesto y así adquiría una posición totalmente fuera de lo normal, mientras que Satanás trataba en forma permanente de deshacer dicha camisa.

Pero esto fue antes de haber hecho mi descubrimiento.

Como en muchas otras experiencias misionales, fue una familia especial la que aceleró este descubrimiento. La primera vez que visitamos a la familia Uno, quedamos tremendamente impresionados por el comportamiento del padre. Cuando se dirigía a su esposa, él utilizaba términos muy groseros, y sus hermosos niños se alejaban de él con expresión de temor en el rostro. A pesar de esto, él nos escuchó y nos pidió que volviéramos. Apenas cinco semanas más tarde, no pudimos menos que llorar al compartir nuestros testimonios acerca del evangelio y ver al hermano Uno juguetear y reír con sus amados y afectuosos hijitos.

Esa noche, cuando mi compañero y yo nos retiramos, tuve el sentimiento más hermoso de dicha que jamás haya experimentado al imaginarme a esa cariñosa familia unida por toda la eternidad. Al mismo tiempo me sentí tremendamente horrorizado al pensar que quizás yo no podría disfrutar con ellos de esa eternidad; y que posiblemente ni el mayor de mis esfuerzos para apartarme del pecado sería suficiente. Esa noche me puse de rodillas, y le imploré al Señor con todo mi corazón, que me hiciera saber la manera de ser digno y justo.

Oré diariamente repitiendo mi ruego, día tras día, semana tras semana, no solamente durante toda mi misión, sino después de haberla finalizado, y escudriñé las Escrituras buscando una respuesta. Por fin una mañana recibí la respuesta. El élder James E. Talmage, en el libro Jesús el Cristo, explica que el Salvador «tenía la capacidad, la habilidad para pecar, si hubiese deseado… Sin embargo, esta seguridad (contra el pecado)… no viene por causa de una compulsión externa, sino es una restricción interna nacida en él como consecuencia de la asociación que ha cultivado con el espíritu de la verdad.» (Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1975, pág. 141.)

Este fue para mí un momento de verdadera revelación, porque finalmente comprendí que la mayor defensa de Jesús no era su suprema fuerza de voluntad, sino simplemente que al estar empapado y nutrido por el Espíritu, Él no tenía deseo alguno de someterse a las tentaciones de Satanás. Él amaba lo que su Padre ama. De esta manera, al convertir sus deseos en acciones, éstas reflejaban una dignidad espontánea que surgía de lo más profundo de su ser.

Esa era la clave:’ amar lo que Dios ama, hacer que sus deseos fueran los míos y así ser como El. Mi problema era que yo trataba de actuar a la manera de Dios, al mismo tiempo que deseaba lo que no era de Dios. Si pudiera cambiar los deseos de mi corazón, mis acciones serían espontáneamente divinas.

Después de haber hecho este descubrimiento, tuve una esperanza que no había tenido antes. Volví a leer las Escrituras, buscando ávidamente lo que Dios ama. Mormón explica exactamente lo que yo sentí. Lo que yo deseaba era la caridad, la cual es «el amor puro de Cristo». Y para recibirlo, «pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo». Mormón hasta incluyó la promesa que yo necesitaba: «que lleguéis a ser hijos de Dios;. . . que podamos ser purificados así como él es puro» (Moroni 7:47-48).

Sentí que un poder transformaba repentinamente los mandamientos y preceptos, el poder que cambia no solamente la apariencia, sino los sentimientos, el amor y los deseos. Con mucho cuidado tracé mi primera meta. No encontraba ninguna satisfacción en asistir a las reuniones de la Iglesia. Esto no era algo de gran importancia, pero era un problema persistente. Por las mañanas y las noches oraba: «Señor, bendíceme para que pueda sentir lo que tú sientes hacia los servicio» de adoración de la Iglesia. Ayúdame a encontrar en ellos lo que tú encontrarías. Ayúdame a participar en la manera en que tú lo harías». Poco tiempo después comenzaron a suceder cosas increíbles. El día domingo se convirtió en un día lleno de luz para mí; sentía un deseo enorme de saludar a los otros miembros de la Iglesia, de compartir mi testimonio con ellos, de aprender las enseñanzas de los maestros, de expresar por medio de los himnos los sentimientos que no podía expresar en palabras y de participar de los emblemas del sacrificio de nuestro Señor con humildad y gratitud. El domingo se convirtió para mí en un día de reposo, y asistir a la Iglesia no significaba tener que suprimir mis deseos de quedarme a dormir, leer, estudiar, ir a esquiar, jugar otros deportes, sino que llegó a ser una expresión de deseos justos y amorosos.

Por medio de esta simple experiencia, pude encontrar un nuevo significado en otro pasaje de escritura. La doctrina del sacerdocio había comenzado a destilar su rocío del cielo sobre mi alma; santificando espontáneamente el día de reposo, «sin ser compelido», y al sentir la compañía del Espíritu Santo, comencé a recibir sus bendiciones (véase D. y C. 121:45-46). Al continuar progresando con esta asombrosa experiencia, aumentó mi fe y comencé a estar verdaderamente esperanzado en que desde ese momento en adelante, mis cometidos podían convertirse en cambios.

Otra meta más que tuve que establecerme fue acerca de un compañero de trabajo. Mi trabajo estaba muy relacionado con el suyo; yo no sentía admiración particular por él, y era obvio que él no me tenía mucha simpatía. A medida que nuestra agresividad aumentaba, noté que el premeditadamente trataba de sabotear mi trabajo y de molestarme para provocar discusiones. A esto yo respondía al estilo más tradicional del hombre natural, lo que muy pronto provocó una encarnizada enemistad. Al meditar al respecto me di cuenta de que debido a esta contención me estaba destrozando a mí mismo y que el Espíritu se apartaba de mí.

Nuevamente me dirigí al Señor y oré por las mañanas y por las noches: «Padre, estoy pasando unos momentos terribles con este hombre. Bendíceme para que yo pueda tener hacia él el sentimiento que tú tienes». Muy pronto comencé a verlo como una persona totalmente diferente a la que yo había percibido anteriormente. Vi a un hombre sensible, susceptible; un hombre que se sentía solo, que era muy vulnerable, que se sentía inseguro y temeroso ante situaciones nuevas. Comencé a ver en él las grandes virtudes que había desarrollado y que lo habían llevado a ese punto, pero más que eso, poco a poco comencé a sentir respeto y hasta admiración por él. Yo estaba en presencia de un hijo de Dios, amado y valorado por El, y ¿quién podía resistirse a amar a una persona así? Yo no. El amor llegó, simplemente llegó. Otro pequeño rinconcito de mi corazón había cambiado y la promesa del Señor se había cumplido.

Por medio de mis experiencias aprendí que para que se produzca un cambio, es necesario a veces elevar nuestra oración al Señor durante semanas, por lo menos dos veces al día. Pero el cambio se produce; y si seguimos «adelante con firmeza en Cristo, teniendo una esperanza resplandeciente, y amor hacia Dios y hacia todos los nombres», no tenemos porqué perder estos sentimientos de gozo y de paz (2 Nefi 31:20).

¿Cuántos milagros se realizarían si al amar a otros sintiéramos la misma satisfacción que siente nuestro Padre Celestial, o sintiéramos su mismo respeto hacia nuestros hijos si al disciplinarlos utilizáramos la misma sabiduría que El aplica? Si amáramos lo que el Señor ama, ¿cómo nos sentiríamos acerca del dinero, la oración, la honestidad, el trabajo y nuestros llamamientos en la Iglesia?

Pocos de nosotros experimentaremos el dramático «potente cambio» que se produjo en los que oían a Benjamín, de modo que en un instante, «no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente» (Mosíah 5:2). El cambio en la mayoría de nosotros debe ser lento, línea por línea, precepto por precepto, gracia sobre gracia, hasta que pueda decirse de nosotros que cada uno «es sufrido, es benigno;… no tiene envidia,… no es jactancioso, no se envanece;… no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza en la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Cor. 13:4-7).

Creo que podemos arriesgamos a decir que aquellos que hereden los tronos celestiales y la vida eterna serán aquellos cuyo amor por las cosas buenas, la verdad y lo puro sea tan grande y espontaneo, que lo vivan día tras día, aun cuando no hubiera una vida después de esta tierra. De hecho, para estas personas, el regresar a nuestro hogar celestial ha de ser tan natural como el despertar de cada día.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario