Eliminemos la contención

Enero de 1981
Eliminemos la contención
por A. LaVar Thomock

Satanás procura sembrar la contención en todas partes, incluyendo la Iglesia. Por lo general, la persona que tiene un espíritu de contención piensa primeramente en sí misma; y cuando nos dejamos vencer por esta tentación, nos alejamos más del Espíritu de Dios. El Señor declaró:

«Porque. . . aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos contra otros.» (3 Nefi 11:29.)

En algunas ocasiones las contenciones se presentan porque no estamos de acuerdo con lo que alguno de nuestros líderes está tratando de llevar a cabo. Recuerdo a una pareja que estaba bastante molesta con su obispo y fue a hablar conmigo, que era presidente de la estaca.

El obispo le había pedido al hijo de este matrimonio que fuera su asistente, pero le dijo que antes de presentarlo al quorum, iba a ser necesario que se cortara el pelo. El joven había llegado a la casa bastante molesto, pues hacía sólo unos días que lo había cortado y no creía que fuera necesario volver a hacerlo. Al presentarme sus quejas, los padres mencionaron cuanto más seno hubiera sido si él fumara o tomara bebidas alcohólicas. Sin embargo, el largo del pelo parecía algo tan intranscendente que no podían comprender por qué insistía el obispo en ello.

Después de escuchar lo que tenían que decir, les pregunté si ellos verdaderamente amaban a su hijo. Se sorprendieron ante mi pregunta, pero rápidamente me aseguraron que ésa era la razón principal por la cual se encontraban conmigo. Entonces les dije que si se tratara de mi hijo, me iría rápidamente a casa y le diría cuan agradecido estaba de que el obispo tuviera tanto amor y respeto por él, y que era un gran honor haber sido elegido para ser su asistente; que sin duda alguna, el obispo sabía que él tenía la capacidad para ser un buen director y, además, un buen ejemplo para todos los demás presbíteros en el barrio; le explicarla también la manera en que el Señor ama a un siervo obediente y que muchas veces la obediencia está basada en la fe. Además, les dije que debían apoyar al obispo ante los ojos de su hijo en todas las maneras posibles; si hacían lo contrario, no serían felices, pues el mensaje que estarían comunicando a su hijo con su actitud sería que el obispo no es llamado por Dios y que debemos seguir los consejos de nuestros líderes sólo cuando queremos. El peligro de esta situación es que le estarían enseñando que su opinión personal es ley y que se puede erigir en juez de todas las palabras y hechos de aquellos que han sido llamados para dirigirlo. Les hice comprender que llegaría un día en que la situación que se presentaría para probar a su hijo sería mucho más crítica que un simple corte de pelo, y que la manera en que él y ellos enfrentaran esta pequeña prueba determinaría la forma en que él se comportaría cuando se le presentaran otras mayores.

Conforme conversábamos, el espíritu de contención desapareció. Por medio del Espíritu se nos da a conocer que la contención viene del diablo y que sólo puede traernos resultados destructivos.

Algunas veces en la Iglesia se crea la contención cuando somos insensibles a los sentimientos de los demás. Cuando era misionero, fui llamado para trabajar en la casa de la misión; tenía la responsabilidad de enseñar cada mañana una clase de teología a todos los misioneros que estaban allí. Una mañana, una misionera ya mayor de edad que hacía poco había llegado a la misión se unió a nuestra clase. Durante la discusión contradijo un concepto que yo había enseñado y hasta quiso discutirlo para defender su punto de vista; rápidamente me encargué de demostrarle que estaba equivocada. Después, el Espíritu del Señor me conmovió y note la expresión de dolor que tenía en la cara; entonces una pregunta me pasó por la mente: ¿Qué derecho tenía yo de predicar el evangelio cuando había sido tan insensible y tenido tan poca consideración con una de mis hermanas?

Al finalizar la clase me apresuré a ir hasta la biblioteca de la misión, donde durante una hora y media busqué algún concepto que estuviera de acuerdo con el punto de vista de la hermana; por fin encontré una declaración que apoyaba su manera de pensar. Contento con lo que había encontrado, supe que tenía que enfrentar una de las situaciones más difíciles de mi vida: puesto que la había avergonzado enfrente de todos los compañeros, tenía el deber de arrepentirme y pedirle perdón enfrente de todos ellos.

Cuando íbamos a arrodillamos para la oración antes de tomar el desayuno, le pedí al presidente de la misión si podía concederme unos minutos para decir algo; entonces me dirigí a aquella buena hermana, le pedí disculpas por lo que había pasado y leí en voz alta la declaración que había encontrado y que apoyaba su punto de vista; con una sonrisa ella me dio las gracias. Después, un gran sentimiento de amor me inundo; había aprendido una lección.

Si permitimos que el orgullo nos impida hacer lo que es correcto, estaremos perdiendo uno de los gozos más grandiosos en la vida.

Aquella mañana la oración pareció más pura, la vida más emocionante, y yo me encontraba extremadamente feliz. El arrepentimiento había substituido a la contención, y el resultado había sido la paz mental. Después del desayuno, la hermana me dio las gracias otra vez.

Estamos más cerca de Cristo cuando aprendemos a vencer la contención, pues- ésta destruye los lazos familiares e impide el progreso de la Iglesia. Cuando aprendemos el evangelio, nos arrepentimos de nuestros errores y vivimos obedeciendo los consejos de nuestros profetas, podemos vencerla y regresar a la senda que nos lleva a Dios. Cuando, por medio de la expiación de Cristo y de nuestro autocontrol, nos elevemos por encima de nuestros instintos, estaremos capacitados para comenzar a vivir las leyes eternas y, por lo tanto, seremos acreedores de bendiciones eternas.

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