Junio de 1982
La reverencia
Por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia
El diccionario define el vocablo reverencia como «respeto o veneración que tiene una persona a otra». Y cuando hablamos de la reverencia para con Dios, ese respeto o veneración adquiere el matiz de supremo homenaje y adoración. Cuanto mayor sea el amor que la persona sienta hada El tamo más profunda será la reverencia que le demuestre.
La reverencia que pongamos de manifiesto en las diversas reuniones de la Iglesia estará en proporción directa con nuestro amor a Dios. Estoy al tanto de que, con cierta justificación, se han hecho comentarios desfavorables tocantes al orden en algunas de nuestras reuniones. Y, desde luego, tenemos que darnos cuenta de que debemos mejorar.
De todas las gentes del mundo, nosotros, los Santos de los Últimos Días, debemos tener el más grande amor a Dios; sí, debemos amarle más de lo que cualquier otra persona le ama por motivo de que sabemos mucho respecto de Él.
La persona que siente profunda reverencia por Dios le ama, confía en El eleva a Él sus plegarias, cuenta con El y es inspirada por EL Su inspiración siempre ha estado, y está, al alcance de todos los seres humanos que sienten una profunda reverencia por El.
Sabemos que Dios contesta las oraciones porque ha dado respuesta a nuestras; ha contestado las vuestras, y ha contestado las mías. Sabemos que podemos acudir a Él con nuestros problemas y que nos escuchará con interés y amor. Sabemos, asimismo, que procedemos de Dios, y nuestro deseo y esperanza se cifran en volver a su presencia y ser como El.
¡Qué prodigioso es conocer esas grandes verdades! El mero hecho de tener conocimiento de ellas engrandece nuestro amor por Dios; y al crecer nuestro amor, aumenta también la reverencia que le tenemos.
Si amamos al Señor, le serviremos y guardaremos sus mandamientos. El primer mandamiento, que según dijo el Señor, es el más grande de todos, es:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. . .
Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
Luego añadió:
“De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:37, 39-40.)
La “ley” a la cual el Señor se refería era la ley de Moisés, y “los profetas” a que aludía eran los escritos de los profetas del Antiguo Testamento, a quienes los judíos profesaban honrar. En suma, dijo que si lo amamos con todo nuestro corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, estaremos guardando todos los demás mandamientos, incluyendo, naturalmente, el de la reverencia a Dios.
Deseamos que todos los niños tengan reverencia por la casa del Señor. Sin embargo, no podemos persuadirlos a tener esa clase de reverencia diciéndoles meramente que estén callados. Estar en silencio en la capilla es, claro está, parte de la actitud reverente, más el no hablar ni hacer ruido no constituyen en sí la reverencia. De cualquier modo, cuando la persona reconoce la casa en que está en una reunión de la Iglesia como el lugar donde mora el Señor, a quien ama con todo su corazón, echa de ver en seguida que no le resulta difícil tener reverencia por ese lugar.
Recordaréis la manera en que se enseñó a Moisés la reverencia: Apacentando las ovejas de su suegro, llegó hasta un monte donde vio una zarza que ardía en fuego y que, sin embargo, no se consumía. Al acercarse a ver por qué la zarza no se quemaba, lo llamó Dios de en medio de ésta, y dijo:
“¡Moisés, Moisés!”
Y él le respondió:
“Heme aquí.”
Y el Señor le dijo:
“No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es.” (Véase Éxodo 3:1-5.)
En realidad, no había allí ninguna casa, sólo una zarza en un monte; pero aquél era un lugar santo y debía ser reverenciado porque el Señor estaba allí.
Vemos, pues, que la casa del Señor es el lugar donde mora su Espíritu. Por tanto, si amamos al Señor, no actuaremos con descortesía en su casa; ni tampoco los niños serán descorteses si comprenden y aman al Señor con todo su corazón. Es responsabilidad de los padres encargarse de que los hijos lleguen a obtener ese entendimiento y ese amor, y en este empeño pueden contar con la ayuda de los maestros de la Iglesia.
El Salvador tuvo gran reverencia por el templo de Jerusalén, al cual llamó la casa de su Padre. De hecho, demostró su respeto por él de un modo impresionante en una ocasión:
“Subió Jesús a Jerusalén,
y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados.
Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas;
y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.” (Juan 2:13-16.)
En esta dispensación, el Señor ha puesto nuevamente de relieve la santidad de su casa. Cuando en los primeros días de la restauración de la Iglesia el Señor dijo a los santos que le construyeran una casa, expuso manifiestamente que debían tener reverencia para con ella o de lo contrario Su presencia no estaría allí:
“Y si mi pueblo me edifica una casa en el nombre del Señor, y no permite que entre en ella ninguna cosa inmunda para profanarla, mi gloria descansará sobre ella.
Sí, y mi presencia estará allí, porque vendré a ella; y todos los de corazón puro que allí entren verán a Dios.
Mas si fuere profanada, no vendré a ella, ni mi gloria estará allí; porque no entraré en templos inmundos.” (D. y C. 97:15-17.)
Ahora bien, en lo que respecta al hogar, quisiera decir que la irreverencia que a veces se insinúa en éste no siempre se puede achacar exclusivamente a los hijos, puesto que muchas veces ello se debe al modo de proceder de los padres, ya sea por motivo de que no enseñan a sus hijos como es debido o porque quebrantan ciertos mandamientos del Señor. Los padres que en verdad aman al Señor y guardan sus mandamientos tocantes al modo en que deben tratarse el uno al otro, por lo general, tienen reverencia en sus hogares.
Como miembros de la Iglesia, nuestra responsabilidad principal es la de cobrar, en primer lugar, en lo más profundo de nuestro ser, la clase de amor a Dios que enciende la chispa que origina e impulsa el espíritu de reverencia en nuestros sentimientos para con El. Debemos obedecer los mandamientos de manera tal que inculquemos, en nuestros hijos ese mismo sentimiento tanto por el techo paterno como por la casa del Señor.
Luego, si comprendemos nuestra relación con nuestro Padre, no podremos ser irreverentes con nosotros mismos porque nos reconoceremos como sus descendientes directos, es decir, sus hijos. Pablo enseñó a los santos de su época que tuviesen respeto y reverencia para consigo mismos diciendo:
“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?
Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él.” (1 Corintios 3:16-17.)
Pienso que es probable que no haya incentivo más poderoso para que una persona tenga reverencia para consigo misma, es decir, para que conserve su cuerpo y su mente limpios y realice buenas acciones, que el que logre obtener un entendimiento y una apreciación del significado cabal de las siguientes palabras del apóstol Juan:
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios: por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.
Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.” (1 Juan 3:1-2.)
En seguida explica el cambio que se verifica en aquellos que comprenden ese elevado concepto en toda su profundidad:
“Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” (1 Juan 3:3.)
Con esas palabras, Juan pone de relieve un hecho que extralimita la comprensión de quienes no conocen al Dios verdadero. La promesa de que cuando veamos a Dios será porque ya habremos llegado a ser como El motivará a purificarse del pecado a todas las personas que tengan dicha esperanza. Esa esperanza produce sus frutos en todos los que creen en la promesa y alienta en ellos un espíritu de reverencia: reverencia no sólo hacia su propio yo, sino también por Dios y por su hogar.
Quisiera mencionar algo en cuanto a la reverencia por el sacerdocio. En el Antiguo Testamento se encuentra un incidente que ilustra lo que deseo destacar, el cual tiene que ver con la actitud de David para con Saúl. Como recordaréis, en una ocasión en que éste buscaba a David por los montes para matarlo, porque pensaba que iba ganando más popularidad que él entre los del pueblo, llegó hasta la entrada de una cueva, y sin saber que David y sus hombres se hallaban dentro de ella, en los rincones interiores, entró allí a descansar. Entonces, los hombres de David dijeron a éste:
“He aquí el día de que te dijo Jehová: He aquí que entrego a tu enemigo en tu mano, y harás con él como te pareciere. Y se levantó David, y calladamente cortó la orilla del manto de Saúl.
Después de esto se turbó el corazón de David, porque había cortado la orilla del manto de Saúl.” (1 Samuel 24:4-5.)
Se podría pensar que; considerando las circunstancias, le hubiera cortado la cabeza a Saúl, ya que el propósito por el cual este último andaba por allí era quitarle la vida. Pero David no le hizo ningún daño; tan sólo le cortó la orilla del manto; y aun sintió remordimiento de haber hecho eso. ¿Por qué? Pues veamos la explicación que nos da la Escritura:
“Y dijo [David] a sus hombres: Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová, que yo extienda mi mano contra él; porque es el ungido de Jehová.
Así reprimió David a sus hombres con palabras, y no les permitió que se levantasen contra Saúl. Y Saúl, saliendo de la cueva, siguió su camino.
También David se levantó después, y saliendo de la cueva dio voces detrás de Saúl, diciendo: ¡Mi señor el rey! Y cuando Saúl miró hacia atrás, David inclinó su rostro a tierra, e hizo reverencia.
Y dijo David a Saúl: ¿Por qué oyes las palabras de los que dicen: Mira que David procura tu mal?
He aquí han visto hoy tus ojos cómo Jehová te ha puesto hoy en mis manos en la cueva; y me dijeron que te matase, pero te perdoné, porque dije: No extenderé mi mano contra mi señor. . .” (1 Samuel 24:6-10.)
¿Y por qué razón no levantó David la mano contra Saúl? Por el motivo que él mismo mencionó: “. . . porque es el ungido de Jehová.”
Considero que la forma en que David actuó en aquellas difíciles circunstancias nos enseña una gran lección con respecto a la reverencia en lo tocante al sacerdocio, o sea, reverencia para con los poseedores del sacerdocio que representan al Señor.
Si amamos al Señor, tendremos reverencia por El, por su casa, por nuestro hogar, por nosotros mismos y por su sacerdocio.
Ruego que tengamos el amor de Dios en nuestro corazón, como también el deseo de traspasar ese amor de nuestro corazón al de nuestros hijos, a fin de que ellos puedan llegar a sentir y poner de manifiesto la verdadera reverencia.
























