Abril de 1982
«No soy sino un jovenzuelo»
Por el élder Neal A. Maxwell
Del Consejo de los Doce
Es necesario que busquemos al Señor, que dejemos que su divina influencia nos guíe a la plena realización de nuestro potencial.
Un antiguo caudillo griego trató de alentar a su pueblo instándolo a tener confianza en sí mismo y en la cultura de su ciudad, no solamente por lo que los ciudadanos eran, sino por lo que podían llegar a ser. Jóvenes de la Iglesia, éste es un mensaje apropiado para vosotros hoy día, aunque algunos tal vez os sintáis ineptos e inseguros.
Cuando el profeta Enoc fue llamado, se preguntó por qué lo había elegido el Señor y dijo:
“No soy más que un jovenzuelo, y toda la gente me desprecia, por cuanto soy tardo en el habla…” (Moisés 6:11.)
Sin embargo, Enoc sabía que al responder a Dios no se prueba nuestra capacidad, sino nuestra disposición para aceptar Su voluntad. Enoc obedeció los mandamientos y confió en el conocimiento que el Señor tenía en cuanto a sus posibilidades, transformándose en el arquitecto de la ciudad más grandiosa de todos los tiempos. Única vez en la historia de la humanidad en la que todo un pueblo que se tornó justo no volvió a la maldad. ¡Esa fue la ciudad de Enoc! Y todo comenzó con un jovenzuelo que estaba más que inseguro de sí mismo.
Vuestras posibilidades personales, no de posición o clase, sino de servicio a Dios y al género humano, son inmensas si tan sólo confiáis en que el Señor os guiará a la plena realización de vuestro potencial.
Algunos aspectos de las tres historias que se relatan a continuación ilustran este punto de vista.
No hace muchos años en un poblado maorí, en Nueva Zelanda, nació un niñito. Al poco tiempo recibió una bendición de su abuelo, en la cual éste le dijo que llegaría a ser un líder entre su pueblo en el campo educativo. Algunos de los hombres del pueblo se rieron de aquella bendición que parecía tan lejos de la realidad. Pero aquel niño, Barney Wihongi, obtuvo un doctorado, y es ahora Presidente de la Universidad de la Iglesia en Nueva Zelanda. Alcanzó este puesto a los treinta y cinco años de edad y tiene cada vez más influencia entre otros educadores de Nueva Zelanda. A pesar de que las promesas dadas al hermano Wihongi cuando era niño divirtieron a algunas personas, hoy en día mucha gente se siente inspirada por él.
Las bendiciones inspiradas pueden ayudar a que uno comprenda sus posibilidades, luego hay que actuar y tener paciencia.
En la época de la guerra de Corea, un joven llamado Rhee Ho Nam fue puesto como asistente por una unidad militar norteamericana que tenía que ver con los tribunales militares. En aquel momento, el ser arrancado de su forma regular de vida le parecía toda una tragedia. Sin embargo, tal como lo hizo José en el antiguo Egipto, el hermano Rhée sacó el mayor provecho a la situación: aprendió inglés. Cuidadosamente observó lo que hacían los soldados estadounidenses, especialmente un teniente Santo de los Últimos Días que era “diferente” de los demás y a quien él admiraba mucho. A menudo charlaban sobre diversos temas, hasta que un día el teniente le preguntó si sabía cuál era el propósito de la vida. Rhee Ho Nam no supo contestar, diciendo solamente que, a través de muchos siglos los filósofos habían intentado en vano responder esa pregunta. En consecuencia, el oficial tomó una hoja de papel y dibujó un esquema del plan de salvación. En aquel preciso instante, el Señor testificó a través del poder de su Espíritu directamente al corazón de Rhee Ho Nam que lo que el norteamericano le había dicho era la verdad. Él estudió y se unió a la Iglesia, guardando durante muchos años la hoja de papel como recordatorio de aquel momento tan especial.
Pronto terminó la guerra, pero la vida del hermano Rhee en la Iglesia apenas comenzaba. Cuando todavía no había llegado a los cuarenta años, fue llamado como el primer presidente de estaca de la primera estaca de la Iglesia en territorio asiático. Ahora está sirviendo como presidente de misión en Pusán, Corea, siendo un líder sobresaliente entre su pueblo. Con convicción personal, el presidente Rhee enseña a sus misioneros y miembros a mirar con esperanza por encima de lo que se es hacia lo que se puede llegar a ser. ¡A veces en lo que parece una tragedia hay una oportunidad!
Tal como lo hizo Enoc, vosotros debéis confiar en el Señor. Si sois justos, vuestros propósitos se cumplirán. Eso es justamente lo que hizo José en Egipto, habiendo tenido muchas oportunidades de mostrarse amargado por la forma en que fue maltratado. No solamente se levantó por encima de sus dificultades, sino que ayudó a los demás, alimentando a millones de personas que tenían hambre; aunque sus hermanos habían intentado hacerle mal, el Señor usó aquellos malos designios para dar a José oportunidades muy superiores a las que pudiera haber imaginado en sus sueños de juventud. (Véase Génesis 50:20.)
Hace algunos años, en Italia, dos misioneros fueron acosados por un grupo de jóvenes, entre los que se encontraba uno llamado Felice Lotito. Este joven fue desafiado por un osado misionero a visitar el local de la Iglesia para poder juzgar por sí mismo. Fue un reto que Felice aceptó: fue, escuchó, estudió, creyó y se bautizó. Posteriormente, fue enviado a cumplir una misión a Inglaterra donde su fe creció, así como también su habilidad de hablar inglés. Sirvió honorablemente, volvió a su casa, se casó con una encantadora joven italiana en el Templo de Suiza, y llegó a ser uno de los directores del programa de seminarios e institutos en Italia, el cual presta servicio a unos 1.000 jóvenes estudiantes.
En julio de 1980, Felice Lotito, a la edad de 32 años, fue llamado como Presidente de la Misión Italia—Padova de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Dios vio en el hermano Lotito posibilidades que él mismo no veía. Cuando el evangelio le fue presentado, este hermano tuvo la integridad de corazón y el intelecto como para creer, aunque había acosado a los misioneros unos pocos días antes. El Señor le extendió su brazo, y él ahora hará lo mismo con miles de sus compatriotas e influirá en cientos de misioneros, misioneros como aquellos a los que tanto criticaba hace algunos años.
Creed en vosotros mismos no por lo que ahora sois, sino por las posibilidades que tenéis de llegar a lo que podéis ser. Una de las razones por las que debemos confiar en Dios es que nosotros sólo podemos ver el presente, mientras que Él puede ver el más allá- Una experiencia que tuve hace algunos años aclara este punto:
En mayo de 1945, como combatiente temeroso y no muy eficiente en el servicio militar de mi país, destacado en Okinawa, tuve varias experiencias que ensancharon mi alma y fomentaron mi fe, incluyendo una contestación a mis oraciones durante un bombardeo de artillería sobre nuestra compañía de morteros. En esa oportunidad, el Señor volvió a demostrarme que escucha y contesta nuestras oraciones. En aquellas oraciones sinceras aunque egoístas que uno ofrece cuando está en verdaderos problemas, le prometí que si me protegía en esa ocasión, trataría de servirlo durante toda mi vida. La oración fue contestada inmediatamente, y tontamente creí que podría pagarle al Señor. Desde entonces estoy más endeudado que nunca.
De paso por Okinawa, en 1973, encontré el mismo lugar donde estaba mi trinchera durante aquel bombardeo, el que ahora está cubierto de caña de azúcar. Unos cerros más allá, tuve el privilegio de hablar en una capilla llena de miembros de la Iglesia … no muy lejos de donde yo y otros soldados pasamos aquellas terribles noches, tantos años atrás.
¡Pronto habrá una estaca de la Iglesia en Okinawa!
Si se me hubiera dicho en la primavera de 1945 que estas cosas acontecerían, me pregunto si mi mente y corazón hubieran podido aceptar y entenderlo. El Señor veía, yo no.
Confiad en el Señor, que ve el fin desde el principio. . . ¡y todo lo que está en medio! Os ve tal como vosotros sois y también como podéis llegar a ser. Entretanto, no permitáis que vuestros sentimientos de incompetencia os impidan progresar o hacer frente a vuestros problemas. No permitáis que la presión del momento os haga escoger aquello que vaya en perjuicio de vuestra eternidad.
El Señor extendió su mano hacia su elegido durante una escena callejera en Italia, hizo promesas a un niñito en una humilde población maorí, y llevó un trozo de verdad en una apacible conversación durante la guerra de Corea. El ve más allá de nuestras trincheras repletas del presente y nos prepara, por así decir, ¡para las capillas de nuestro futuro!
Si obedecéis sus mandamientos, cada uno de vosotros tendrá más oportunidades para servir de lo que puede imaginar. ¡Algunas de ellas os rodean en este momento!
¿Quién es el hombre más feliz? Pues aquel que sepa reconocer los méritos de los demás y pueda alegrarse con el bien ajeno, como si fuera propio.
Johann Wolfgang Goethe
























