Un Cónyuge Compasivo

Mayo de 1983
Un Cónyuge Compasivo
Por Terrance D. Olson

Estoy convencido de que el Evangelio de Jesucristo es la solución, una muy práctica, de los problemas matrimoniales.

Estábamos preparando todo para hacer un corto viaje a las montañas del norte de Nuevo México; los chicos ya se habían ubicado en el auto, y yo estaba cargando el último de los bultos cuando mi esposa apareció a la puerta y dijo alegremente:

— ¡Bueno, ya está todo listo! Mientras ella cerraba la puerta, la cual tenía ya puesto el seguro, me di cuenta de que no tenía mis llaves. Inmediatamente le grité:
— ¡NO CIERRES LA. . . puerta!

Demasiado tarde.

Mi enojo fue instantáneo y le dije a mi esposa, implicando que ella tenía la culpa:

— ¡Mis llaves están en la casa!

Afortunadamente, una ventana que se nos había olvidado cerrar nos permitió entrar en la casa sin mucha pérdida de tiempo. Con esto, mi enojo se disipó. “Perdoné” a mi esposa por haberme hecho alterar.

Más tarde, al pensar en la experiencia, me di cuenta de que me había sido más conveniente culpar a mi esposa, porque era una manera de justificar mi propio error. Al reaccionar en la forma hostil en que lo hice, hacía aparecer como que ella era la culpable y yo la víctima inocente.

La verdad es que mi enojo no se debió en absoluto a su comportamiento, sino que fue el producto de mi falta de buena voluntad en aceptar la responsabilidad de mis acciones y, obviamente, ella no necesitaba mi perdón, sino que, en verdad, yo necesitaba el de ella.

El verdadero problema era que necesitaba arrepentirme de la actitud que yo había tenido. Si ella hubiera cometido cualquier clase de error, entonces la solución del problema habría radicado en que ella se arrepintiera y yo la perdonara. Pero en este caso, sólo era necesario que yo me arrepintiera, para volver a sentirnos unidos. También comprendí que mi arrepentimiento, el desechar mi resentimiento, habría sido necesario, ya fuera ella culpable o no. Me di cuenta de que no podía ser rencoroso y compasivo al mismo tiempo, ya que éstas son dos actitudes incompatibles.

Este incidente casi sin importancia ilustra algunas verdades importantes acerca del perdón, la caridad y la compasión. He aprendido que estas virtudes cristianas son la base para afrontar tanto los problemas serios como los pequeños que acosan a un matrimonio, y pueden conducir a la unidad, aun en las situaciones más tirantes.

Como consejero matrimonial y familiar, a veces atiendo a personas que sienten que los problemas de su matrimonio son demasiado grandes para poder solucionarlos. Por ejemplo, la hermana Palacios (nombre figurado) era una de estas personas. Ella expresó sus sentimientos de impotencia porque el suyo era un matrimonio sin amor. Cuando le pedí que imaginara su vida un año después y que describiera lo que sería su matrimonio en ese entonces, su expresión pasó de la desilusión a la desesperación. Ella tenía el convencimiento de que su matrimonio no podía cambiar y dudaba de que alguna vez pudiera llegar a querer a su esposo; él estaba totalmente envuelto en su propio mundo, sin importarle nada más. Su esposo nunca tenía tiempo para ella ni para ellos; no la maltrataba, pero se mantenía distante.

Pude ver la situación de la siguiente manera: (1) Ella se sentía impotente ante lo que consideraba un callejón sin salida. (2) Se sentía emocionalmente perturbada por la indiferencia de su esposo. (3) Estaba convencida de que era víctima de las circunstancias, de que se encontraba atrapada en un laberinto y que era desdichada por la actitud de su esposo. (4) Veía el evangelio como un conjunto de buenas ideas que no podían ayudarle en su situación en particular. (Parecía como que ella insistía en que su sufrimiento era una excepción a la cual no se podían aplicar los principios del evangelio.)

Estoy convencido de que el Evangelio de Jesucristo es la solución, una muy práctica de los problemas matrimoniales. Aun cuando algunas parejas piensan que el consejo espiritual es demasiado “abstracto” o demasiado “idealista”, constantemente veo cómo el evangelio es la fuente de la felicidad personal y matrimonial, y la respuesta para solucionar problemas conyugales. Por consiguiente, me esforcé por explicarle a la hermana Palacios cómo tres aspectos importantes del evangelio —el perdón, la caridad y la compasión— podían ayudarle, tanto a ella como a su esposo, a solucionar las dificultades por las que estaban pasando. Traté de hacerle ver que, de la misma manera en que yo había sentido que mi esposa había “causado” mi descontrol cuando cerró la puerta de la casa estando mis llaves dentro, ella estaba culpando injustamente a su esposo por ser la “causa” de su desdicha. Ya sea que mi esposa fuera responsable o no, yo estaba, erróneamente, culpándola por la reacción que yo había tenido. Mis sentimientos de resentimiento eran la manera de rehusar sentir compasión hacia mi esposa. La hermana Palacios se encontraba en una posición similar: Ya sea que su esposo fuera culpable o no, los sentimientos que ella tenía de desamparo eran una manera de demostrar que le era imposible verlo con ojos compasivos.

Ahora no estoy diciendo que su esposo era inocente, que la solución del problema de ella radicaba en que cambiara de actitud, sino que estoy sugiriendo que parte de su problema era la manera en que veía las circunstancias. Al insistir en que su problema no tenía solución, ella estaba generando sus sentimientos de desamparo e impotencia. Supongamos que el hermano Palacios era, de hecho, tan indiferente y desamorado como su esposa lo describía, y que todo lo que ella decía era cierto; aun así, si viviera los principios del evangelio, podría hacer mucho para mejorar la situación. Aun cuando no hay nada que garantice que su esposo reaccionara y cambiara, ella podría despojarse de los sentimientos de desamparo e impotencia, y crear así una vida mejor para ella y hasta para su esposo.

Las personas que se encuentran en la situación de la hermana Palacios comenzarían a solucionar sus problemas si tan sólo se dieran cuenta de que pueden hacer algo al respecto. Recuerdo a un hombre que, al igual que la hermana Palacios, se sentía totalmente desanimado y sin solución aparente de sus problemas; estaba convencido de que no había nada que pudiera hacer para resolver los problemas de su matrimonio. Aun cuando sus sentimientos de desamparo eran reales, éstos no eran el producto de su situación, sino que él mismo los fomentaba como medio para poner en evidencia a la persona a quien consideraba culpable. Sus sentimientos eran “la prueba” de que no podía hacer nada para cambiar las circunstancias excepto el sentirse derrotado por ellas mismas. El albergar estos sentimientos era una manera de vengarse de su esposa por su manera de ser.

¿Qué podía hacer él respecto a estos sentimientos? Al igual que la hermana Palacios, podría reemplazarlos por las cualidades cristianas de perdón, caridad y compasión. Él no puede sentirse moralmente frustrado y tener al mismo tiempo un sentimiento de perdón; o continúa insistiendo en que su situación no tiene remedio o vuelca su corazón en el Señor y comienza así a solucionar el problema. Nuestros sentimientos hostiles hacia una persona repercuten mucho más en nuestros problemas que el comportamiento de dicha persona. No es lo que nos hacen los demás lo que nos hace sentir despiadados o rencorosos, sino nosotros mismos desarrollamos dentro de nuestro ser esos sentimientos al rehusarnos a perdonar. Para tener paz interior, es necesario que nos arrepintamos de tener sentimientos de rencor.

Consideremos, por ejemplo, lo que dice Doctrina y Convenios 64:10: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”. El tener una actitud de perdón hacia nuestro cónyuge es un comienzo muy importante; al tener fe en los primeros dos mandamientos, nos hacemos acreedores de sus bendiciones; al amar al Señor con todo nuestro corazón, podremos ver nuestra situación de una manera diferente; al amar a nuestro esposo o esposa como a nosotros mismos, tendremos una actitud más compasiva y ya no nos sentiremos desesperados. Estamos andando por la senda del evangelio y no por la que lo niega.

Podemos aliviar nuestra carga emocional si nos damos cuenta de que no todo está perdido, pero para ello se requiere fe, no la fe que yace adormecida, sino la que obra en el corazón, en la mente y en la vida de las personas. Una de las ventajas del evangelio es el conocimiento que nos da de que Dios no desconoce nuestros pesares ni permanece indiferente ante nuestros problemas. Al estribarnos de esa manera en los fundamentos del evangelio, cambiaremos nuestros sentimientos de desesperanza por la fe.

Algunos dirán: “Pero eso no hace que dejemos de ser víctimas. ¿Acaso la manera de ser de mi cónyuge no ha hecho imposible que yo me sienta de otra manera?”

El evangelio nos enseña que somos libres de “. . . obrar por [nosotros] mismos, y no para que obren sobre ellos,… y [nos] son dadas todas las cosas que para [nosotros] son propias”. (2 Nefi 2:26-27.) En otras palabras, cualquiera que sea la actitud o errores de nuestro esposo o esposa, su comportamiento no debe controlar nuestra manera de vivir.

Ya se sabe que no hay una guía mágica a seguir, pero imaginemos lo que podría ocurrir si un esposo, por ejemplo, tuviera compasión hacia su esposa; si contemplara sus “errores” con un sentimiento de caridad. ¿Vería él su punto de vista y comprendería su frustración? ¿Se daría cuenta él de que ella se creía justificada en sus acciones? ¿Meditaría acerca de cómo podrían los dos, en un esfuerzo unido, superar sus dificultades? ¿Tendría él esperanzas para el futuro? La respuesta del evangelio a estas preguntas es sí.

Con una actitud como ésta, seríamos “libres” para hacer que nuestro. matrimonio fuese mejor; en lugar de insistir en que nos encontramos en un callejón sin salida, veríamos en nuestra situación una oportunidad para ser persuasivos, amables, bondadosos y tener “amor sincero” (2 Corintios 6:6) el uno para el otro; veríamos a nuestro cónyuge de la misma manera que el Señor lo ve; tendríamos una nueva percepción de nosotros mismos, de nuestro cónyuge y de nuestro matrimonio; en una palabra, tendríamos una nueva perspectiva, que sería el resultado de vivir el evangelio. Tendríamos una actitud compasiva en lugar de acusadora, resentida o desesperada.

Este cambio que se produce en el corazón no es más que el comienzo. No cambia los problemas matrimoniales inmediatamente, pero al vernos mutuamente con sentimientos compasivos, abrimos la puerta a una solución efectiva del problema. El poder y la influencia surgen de un amor sincero, de la compasión y el verdadero interés del uno por el otro; entonces, si contamos con estas cualidades, podemos llegar a ser una influencia justa y buena en nuestro matrimonio. Por supuesto que es posible que nuestro compañero o compañera no cambie, y que no tengamos la unidad matrimonial que deseamos, pero aun si esto sucede, podremos al menos ser libres del cautiverio, del resentimiento y la desesperanza, y ver que la vida tiene un significado y una recompensa. No somos víctimas de las circunstancias, ni nos encontramos en un callejón sin salida. Sin embargo, muy a menudo, en situaciones como éstas, en que uno de los cónyuges comienza a tener una actitud compasiva, muchos de los “problemas” del compañero desaparecen. Cuando nos aferramos a la inquina o albergamos hostilidades en nuestro corazón, los problemas que vemos en nuestro compañero o compañera son a veces los que nosotros mismos hemos elaborado para justificar nuestro resentimiento. Cuando nos arrepentimos de nuestros sentimientos egoístas, esos resentimientos desaparecen y vemos a nuestros seres queridos de otra manera. Entonces nos convertimos en el cónyuge paciente y compasivo que nosotros mismos deseamos tener, y podemos comenzar a desempeñar un nuevo papel en bendecir su vida.

Juan dijo: “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano [o esposo o esposa, o hijo] tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:16-18).

El evangelio es la solución de los problemas matrimoniales. Cuando aceptamos el sacrificio expiatorio del Salvador, se produce un cambio en nuestro corazón, y esto es una condición previa a cualquier cambio, incluyendo los que se producen en los matrimonios o familias. No podemos determinar la actitud de otros, pero el Evangelio de Cristo, que incluye el perdón, la caridad y la compasión, está a nuestro alcance. Gracias a él y al libre albedrío que tenemos, podemos decidir lo que vamos a hacer, y, como cosechamos el espíritu que sembramos, podemos establecer una base de hostilidad y resentimientos, o plantar las semillas de una vida compasiva como una invitación a la paz y la armonía que deseamos en nuestro hogar,

Hablemos de ello
Es posible que después de leer este artículo desee meditar acerca de algunas de las siguientes preguntas o analizarlas con su esposa o esposo.

  1. ¿En qué manera puede el evangelio solucionar problemas específicos de mi matrimonio?
  2. ¿Soy yo a veces el de “duro corazón”? ¿En qué manera mejoraría nuestro matrimonio si los dos estuviéramos dispuestos a aceptar que somos responsables de nuestras acciones?
  3. El autor de este artículo dice que nuestros resentimientos son una manera de eludir la responsabilidad. ¿Cómo podemos eliminar esos sentimientos?
  4. ¿Cómo sería un matrimonio basado en sentimientos “compasivos”? Si nos sintiéramos con corazones quebrantados y contritos, ¿cómo nos trataríamos el uno al otro?
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