Acuérdate del día de reposo

Junio de 1983
Acuérdate del día de reposo
Por Sipuao J. Matuauto

Durante mi niñez en Samoa, mis amigas y yo nunca parecíamos cansarnos de nadar, pues ése era nuestro pasatiempo favorito. Recuerdo que a la corta edad de cuatro años quería ir a nadar con mis amigas los domingos después de la Escuela Dominical, pues nos parecía que los seis días de la semana que nos restaban no eran suficientes para dedicarnos a dicha actividad. Sin embargo, yo provenía de un hogar ejemplar Santo de los. Últimos Días, y mi madre me había enseñado ‘con sus consejos y su ejemplo lo importante que era guardar santo el día de reposo.

Mi madre resolvió el problema fácilmente, pues sabiendo que a mí me gustaba dármelas de “sabelotodo» al recitar pasajes enteros de los libros, me preguntó si me gustaría aprender a recitar pasajes de las Escrituras. La idea me pareció fabulosa, de manera que me dijo: “Muy bien, cada domingo después de la cena te voy a ayudar a aprender pasajes de estos dos libros”, y tomó en sus manos la Biblia y el Libro de Mormón.

Los primeros pasajes que aprendí a repetir de memoria fueron los Diez Mandamientos y el primer Salmo, y luego aprendí a recitar la historia de la familia de Lehi que se encuentra en el Libro de Mormón.

Es natural que cuanto más aprendía los principios contenidos en estos libros, más se hacían parte de mi vida y se fortalecían con el ejemplo que me daban mis padres, quienes vivían dichos principios con mucha fidelidad en el hogar. Para el año 1962, época en que salí de casa para continuar mis estudios, las enseñanzas de mis padres estaban firmemente arraigadas en mi corazón.

Al principio asistí a la universidad de la Iglesia en Hawai (ahora conocida co­mo Universidad Brigham Young— Ciudad Universitaria de Hawai) donde permanecí hasta después de la muerte de mi madre el 2 de abril de 1964. (Mi padre había muerto cuando yo era muy jovencita.) Hasta ese momento mi ma­dre me había ayudado económicamen­te, y ahora me encontraba totalmente destituida.

Algunos meses después de su muer­te, sintiéndome descontenta con la uni­versidad y con mi vida en Hawai, decidí pedir transferencia a otra universidad; y en vista de que en esa época, mi her­mano, Tu’uaiofa, vivía en Tempe, Arizona, envié mi solicitud a la Universidad del Estado de Arizona, ubicada en esa ciudad, y fui aceptada, viniendo a ser Tempe mi nuevo lugar de residencia por un año.

En el año 1966, sentí el deseo de ir a vivir a Salt Lake City y continuar allí mis estudios. Al llegar a dicha ciudad, ave­rigüé todo lo necesario sobre un institu­to especializado en negocios y quedé favorablemente impresionada con sus cursos de estudio. De manera que de­cidí seguir ahí mi carrera aunque sólo tenía a mi nombre la escasa suma de $30.00 dólares. Afortunadamente se pudieron hacer arreglos para que asis­tiera a la universidad y pagara la matrí­cula poco a poco durante el primer se­mestre, alternativa que me vio obligada a buscar la forma de ganar dinero.

Durante la primera semana que pasé en Salt Lake City debo haber caminado unas treinta calles cada día tratando de encontrar un trabajo en el que sólo tu­viera que trabajar media jornada. Sin embargo, todas las empresas a las que fui buscaban personas que trabajaran jornada completa. Aun así, dejé una so­licitud en aquellas partes donde existía una posibilidad de trabajo. Para mi sor­presa, no habían pasado muchos días sin que recibiera varias ofertas, las que desafortunadamente requerían que tra­bajara los domingos por la tarde, impi­diéndome asistir a la reunión sacra­mental.

Medité mi situación con sumo cuida­do. Necesitaba dinero desesperada­mente, pero el trabajar en el día de re­poso significaría quebrantar uno de los mandamientos del Señor que con tanto afán había aprendido a obedecer des­de niña. Sabía con toda certeza que si mis padres estuvieran vivos, se opon­drían totalmente a que aceptara cual­quiera de esos trabajos. En vista de que necesitaba ayuda para tomar se­mejante decisión, busqué el consejo de un buen amigo. Le dije que nunca an­tes en mi vida había trabajado en do­mingo y que el solo hecho de pensar faltar a la Iglesia me hacía sentir indis­puesta, pues no quería quebrantar los mandamientos del Señor.

A mis inquietudes él respondió:

«Estoy seguro de que el Señor conoce tus necesidades. Si éste es el único tra­bajo que Él te ha proporcionado en es­tos momentos, tal vez lo mejor que de­berías hacer es tomarlo”. Su respuesta no satisfizo mi inquieto corazón y le pregunté: “¿Crees realmente que al Se­ñor no le importe que trabaje los domin­gos y falte a la reunión sacramental?”

«Estoy seguro de que el Señor sabe lo que necesitas”, me contestó. “En es­tos momentos necesitas dinero para re­solver tus problemas económicos; yo te sugiero que aceptes este trabajo». Sin más contemplación decidí trabajar co­mo cajera en una heladería. El sábado siguiente fui para que se me dieran las instrucciones del caso, y me pidieron que empezara a trabajar el miércoles; pero el lunes por la tarde estuve de vuelta en la oficina de mi amigo.

“No creo que sea correcto que yo tra­baje los domingos», le dije. El me miró seriamente.

“¿Qué vas a hacer entonces?”, me preguntó. “Pronto se vencerá tu matrí­cula!”

Después de hablar del asunto por al­gún rato, me aconsejó que tomara el empleo, a lo cual prometí que lo pensa­ría. Sin embargo, esa conversación no me ayudó del todo, por lo que decidí que lo único que me restaba era pre­sentarle mi problema a mi Padre Celes­tial, ya que nadie más podía compren­der cuán fuerte era mi fe en este mandamiento que había obedecido du­rante toda mi vida.

De manera que al encontrarme en mi cuarto, me arrodillé e imploré la ayuda de mi Padre Celestial. Le dije detallada­mente cuál era mi situación y le expre­sé mi deseo de cumplir con su voluntad en todas las cosas y luego le dije que con fe acataría cualquiera fuese su res­puesta. Cuando hube hecho esto, me sentí tranquila; fue como si un gran pe­so hubiese sido quitado de mis hom­bros. Recogí los libros y me fui a clase sintiéndome llena de paz y felicidad.

Esa misma tarde me llamó el gerente de una de las tiendas en donde sema­nas antes había solicitado empleo. Me dijo que la prueba de matemáticas que había tomado la había pasado con un puntaje muy alto y que deseaban que tomara el lugar que había dejado uno de los agentes de ventas, pudiendo empezar al día siguiente después de mis clases de la mañana y que trabaja­ría de lunes a sábado.

Colgué el auricular con el corazón lle­no de alegría y, con lágrimas en los ojos, me arrodillé y le di gracias al Se­ñor por todas sus bondades, ya que en lugar de permitirme desobedecer uno de sus mandamientos, me había pro­porcionado otro trabajo.

Después de mi oración y mientras me sentaba al borde de la cama, acudieron a mi mente las palabras; «Acuérdate del día de reposo para santificarlo”. El mensaje me fue repetido una vez más.

Ahora sé con toda seguridad que el Señor no cambia sus mandamientos para nuestra conveniencia, y sin lugar a dudas sé que Él puede y proveerá los medios para que podamos satisfacer nuestras necesidades personales de una forma digna y aceptable para EL pues nada es imposible para el Se­ñor.

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