Ayudemos a este matrimonio a progresar!

Febrero de 1984
¡Ayudemos a este matrimonio a progresar!
Por James M. Harper
Es profesor auxiliar de terapia matrimonial y familiar en la Universidad Brigham Young.

La joven a la cual atendí en mi despacho me describió lo que para ella parecía ser un matrimonio “sin esperanzas’’. Se había casado en el templo hacía sólo unos pocos meses, pero las cosas no andaban bien. Me dijo que el romance se iba desvaneciendo y que, entre las responsabilidades del diario vivir, había perdido la atracción hacia su marido. Cuando le pregunté por qué razón él no la había acompañado en esa ocasión, me explicó que su esposo no veía ningún problema en su matrimonio; en seguida, añadió: “En realidad, él es un hombre bueno, pero ya no siento nada por él. El amor que le tenía ha desaparecido.”

Desde aquel día he pensado muchas veces en la dedicación y lealtad a los votos matrimoniales. El Salvador enseñó el principio de dicha dedicación cuando respondió a los fariseos y dijo: “Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer. . . por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mateo 19:5-6). La expresión se unirá supone una estrecha adhesión.

El amor es el ingrediente indispensable para que un cónyuge se una estrechamente al otro. “Amarás a tu esposa con todo tu corazón”, ha dicho el Señor, “y te allegarás a ella y a ninguna otra” (D. y C. 42:22). Sin embargo, el término amor tiene diferentes significados para las diferentes personas. Para algunas, el amor es sólo una atracción emocional y física acompañada de Idealización romántica; para ellas, el amor no incluye necesariamente los valiosos conceptos de dedicación a los votos matrimoniales y de estrecha unión entre los cónyuges. Para otras personas, el amor es el sentimiento apacible, sereno y constante que crece entre dos personas que comparten las experiencias trascendentales de la vida. Ambas clases de amor son importantes, ya que ambas contribuyen a los buenos matrimonios. Pero en muchos casos, se exagera el amor romántico al mismo tiempo que falta la debida dedicación a los votos conyugales, la cual conduce a la verdadera unión entre los esposos.

Cuando de joven fui misionero en la República de Corea del Sur, me impresionó el rasgo distintivo de muchos matrimonios coreanos. Cuando se me informó que los casamientos los arreglaban los padres, me pregunté cómo podrían dos personas ser tan unidas sin haber pasado primero por una etapa de amor romántico del uno para con el otro. Por motivo de la estrecha visión que yo tenía en aquel tiempo de la dedicación a los votos matrimoniales, pensaba que los sentimientos románticos constituían la única fuerza de unión.

Pero aprendí algunos principios básicos acerca del amor con dedicación al observar aquellos matrimonios. Aprendí que cuando dos personas trabajan en estrecha colaboración para formar y establecer un hogar, cuando luchan por alimentar a sus hijos y conservarlos saludables, florece entre ellas el amor; cuando acometen las enfermedades y los golpes de la adversidad y uno de los cónyuges se sacrifica por ayudar al otro y atenderle, aprenden a amarse; cuando marido y mujer van progresando juntos espiritual y emocionalmente, su amor mutuo crece. Aprendí que el amor va creciendo a medida que los cónyuges van progresando.

¿En qué forma pueden entonces estos fomentar la dedicación el uno para con el otro?

  1. En los momentos críticos, unidos para salir adelante

Las dificultades pueden constituir el medio de fortalecer a un matrimonio. Es una vertedora desdicha que algunas parejas consideren las complicaciones en el matrimonio como una excusa para escapar de él. La mayoría de las veces los cónyuges incurren en el error de culparse mutuamente por los problemas en lugar de refugiarse el uno en el otro brindándose afecto y apoyo. Las pruebas de la vida pueden servir de fundamento al amor conyugal y a la dedicación de ambos cónyuges a sus votos matrimoniales.

Hace poco, mi esposa y mis hijos estuvieron muy enfermos con una infección bacterial extraña. Les di bendiciones de salud y oré por ellos y, como no deseaba exponer a nadie al contagio de la enfermedad, dispuse mi horario de trabajo de manera de poder estar en casa para atender a las necesidades de ellos. No tardó en hacerse evidente que lo que hice por ayudarles a lo largo de las tres semanas de su enfermedad se convirtió en una potente fuerza de unión entre nosotros. Las aflicciones de la vida, como ésa, a veces separan a los cónyuges, pero los momentos críticos ciertamente pueden servir de terreno de aprendizaje de lo que es la dedicación a los votos conyugales. Muchas veces efectuamos esos actos de servicio porque de antemano hemos hecho parte de nosotros esa dedicación, pero en muchos casos el servicio precede a la dedicación a los votos del matrimonio, ya que al servirnos y ayudarnos mutuamente nace y crece dicha dedicación.

La relación matrimonial se parece mucho al cultivo de hermosas flores exóticas: plantamos la semilla y la alimentamos con agua, abono y luz; pero si el delicado equilibrio de esos ingredientes se altera, también se pueden alterar por un tiempo el crecimiento y la belleza de la flor. Pero si nos esforzamos por lograr el equilibrio de la nutrición indispensable, podremos superar el problema. La dedicación al cuidado de la flor aumentará a medida que vayamos atendiendo a sus necesidades y procurando ayudarla a crecer en belleza.

El presidente Spencer W. Kimball ha analizado la relación que existe entre el amor matrimonial y la adversidad:

“El matrimonio puede no ser siempre parejo y libre de incidentes, pero puede tener gran paz”, ha prometido. “Un matrimonio puede tener pobreza, sufrir enfermedades, desilusiones, fracasos y hasta la muerte en la familia, pero aun todo eso no le robará su paz. El matrimonio puede salir adelante con éxito mientras el egoísmo no se haga presente entre los cónyuges. Las aflicciones y los problemas acercarán a los padres y los unirán con lazos inquebrantables si ambos están totalmente despojados de egoísmo. Durante la depresión económica de la década de 1930, hubo una definida baja en el índice de divorcios. La pobreza, los fracasos y las desilusiones reforzaron la unión de padre y madre en el seno de la familia. La adversidad puede fortalecer las mismas relaciones que la prosperidad puede destruir.” (Marriage and Divorce, Deseret Book, 1976, págs. 19, 22.)

En mi propio matrimonio, he tomado conscientemente la determinación de no permitir que las dificultades externas me alejen de mi esposa. He aprendido que, además del Señor, ella es mi mayor fuente de apoyo en cualquier momento crítico. Si permito que los temores y la irritación concomitantes de un problema nos dividan, excluiré a la persona que puede ayudarme mejor que nadie a salir de la crisis con renovada fortaleza.

  1. Estableced metas comunes

Aun cuando los cónyuges experimenten una división entre ellos, el trabajar por alcanzar una meta de los dos podrá revivir los lazos que los unieron. Muchas veces los esposos recalcan negativamente las diferencias que existen entre ellos; pero es más importante recalcar las aspiraciones que tienen en común y esforzarse juntos por alcanzarlas. Aprendí este principio cuando era líder de escultismo y me vi ante el problema de procurar lograr que dos grupos de muchachos cambiaran sus actitudes negativas de los unos para con los otros. Tras poner a prueba varias técnicas estratégicas sin ningún resultado, los puse en una situación que requería la cooperación de ambos “bandos” para vencer un obstáculo. Se unieron para alcanzar una meta común y, desde aquel día, nunca más hubo conflicto alguno entre los dos grupos.

Hace poco hablé con un matrimonio que se quejaba de tener escasos intereses en común. A ella le gustaba leer, pero a él no. A él le gustaban los deportes, pero ella no los podía practicar por algunos impedimentos físicos que tenía. La lista de diferencias entre ambos cónyuges era interminable. Les pregunté si no había un interés que compartieran, pero ambos dijeron que no con un movimiento de cabeza. Finalmente, les sugerí que tomaran juntos una clase de cerámica. Dado que ninguno de los dos había intentado hacer nada como eso, dicho pasatiempo les brindó un nuevo interés común. El resultado fue increíble. Al trabajar juntos por alcanzar la misma meta, el entusiasmo que de ello se derivó les hizo ir olvidando gradualmente sus diferencias.

  1. Buscad las formas de alimentar el amor propio de vuestro cónyuge

Sería prudente que todos nos hiciéramos frecuentemente la siguiente pregunta: “¿Qué he hecho últimamente por mejorar los sentimientos de mi cónyuge con respecto a sí mismo o a sí misma?» Cuando decidimos realzar el amor propio mutuo, nos dedicamos mucho más el uno al otro; el crecimiento de la propia estimación de nuestro cónyuge se convierte también en nuestro éxito. Por lo demás, es preciso que estemos dispuestos a ayudar a nuestro cónyuge a progresar en cualquier aspecto que lo desee. Es indispensable que los esposos se infundan aliento el uno al otro para progresar tanto en el aspecto espiritual como en el intelectual, así como en aptitud física. Es importante que alentemos a nuestro esposo o esposa en lugar de desalentarle con observaciones y exigencias irritantes. Al aceptar la meta de ayudar a nuestro compañero o compañera a progresar en un aspecto determinado, experimentaremos hacia él o ella la dedicación que va unida a tal actitud.

Para alimentar el amor propio de nuestro cónyuge también es indispensable reparar en sus puntos fuertes más bien que en sus puntos débiles. Una de las características que se presentan más a menudo en los estudios de los matrimonios felices al comparárseles con los que tienen problemas es la “cantidad» de conversaciones positivas que sostienen diariamente. Una buena norma es la de hacer por lo menos dos tercios de las conversaciones con nuestro cónyuge agradables, positivas y propicias al mejoramiento de ambos. Es preciso hablar de los problemas y ponerse manos a la obra para resolverlos, pero no es atractivo para ninguna relación amistosa entre dos personas dedicar a la solución de problemas todo el tiempo que pasan juntas.

  1. Aprended a amaros a vosotros mismos

«El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida.” (Efesios 5:28-29.)

Es muy difícil ser personas dedicadas a nuestro esposo o a nuestra esposa si estimamos que no tenemos nada que ofrecer. De la misma forma en que no podemos concentrarnos únicamente en las debilidades de nuestro cónyuge, debemos esforzarnos por pensar positivamente de nosotros mismos.

A veces tenemos conversaciones degradantes en nuestro interior. El prestar atención a los pensamientos y a los sentimientos que invaden nuestra alma cuando nos miramos al espejo, conocemos a alguien por primera vez o llevamos a cabo una tarea puede constituir la clave para determinar el grado de amor que nos tenemos a nosotros mismos. El reemplazar los pensamientos negativos con pensamientos positivos puede aumentar nuestro amor propio. Otro recurso que ha beneficiado a muchas personas es el de imaginarse a sí mismas actuando de un modo positivo y triunfante.

  1. Esforzaos por ir descubriendo constantemente los cambios que vaya experimentando vuestro cónyuge

Nunca se sabe todo lo que se puede descubrir en una persona. Aun cuando estemos casados con alguien por toda una vida, nuestro cónyuge irá progresando y cambiando constantemente. Ese hecho hace emocionante el matrimonio, ya que siempre hay cosas nuevas y encantadoras que descubrir en nuestro compañero o compañera; todo lo que tenemos que hacer es tan sólo buscarlas.

Hace poco, un marido se quedó asombrado ante el amplio conocimiento de su esposa sobre los candidatos políticos. Ella había estudiado las opiniones y analizado la posición de cada candidato. El experimentó un renovado respeto hacia su esposa al procurar aprender de lo que ella sabía por medio de sus estudios. Otros cónyuges dedican tiempo a hablarse de los libros que lee cada uno; el marido no cuenta con mucho tiempo para la lectura, pero tiene a su esposa, que le habla de lo que ella lee, y la parte más agradable es que gracias a dichas charlas, él se entera de los valores y de los sentimientos de su mujer. Esa práctica conserva su matrimonio animoso y lleno de dinamismo.

  1. Dad a vuestro matrimonio un lugar superior de importancia

Hay cónyuges que traban lazos amistosos más estrechos con sus hijos que entre sí. Los hijos pueden aun procurar ganarse a uno de los padres para que se ponga de parte de ellos y en contra del otro; pero esa situación no beneficia ni a los hijos ni a los padres. Del mismo modo puede ocurrir que personas o actividades ajenas a la familia tengan mayor poder para absorber nuestra atención y nuestro tiempo que nuestras esposas o esposos. El trabajo, los pasatiempos y los amigos pueden constituir elementos destructivos para la fortaleza de la dedicación a los votos conyugales. Es importante ponerse en guardia para evitar que dichos factores interfieran en el amor y la dedicación mutuos, teniendo esto en cuenta de antemano y tomando tiempo para conversar y pasar tiempo juntos como pareja.

  1. Recordad los acontecimientos que simbolizan vuestro matrimonio

Los aniversarios son acontecimientos significativos, dado que simbolizan la renovación de los votos matrimoniales. También pueden tornarse simbólicos otros acontecimientos y lugares relacionados con el noviazgo y el casamiento. Al repetir acciones tales como la de obsequiar flores, escribir notas y celebrar fechas especiales, los cónyuges renuevan los votos de su unión matrimonial. Algunos matrimonios hacen arreglos para poder dejar a sus hijos al cuidado de una persona competente durante un fin de semana e irse los dos solos a algún sitio apartado. Esas prácticas sirven para fortalecer la unión entre marido y mujer.

De muy niño advertí que mi padre y mi madre se amaban entrañablemente. Ese amor se hacía evidente por los símbolos que representaban su amor y su unión matrimonial. Recuerdo que su aniversario de bodas era un acontecimiento notable que se distinguía por su gran celebración. En otras ocasiones, a lo largo del año, se valían de otros símbolos para renovar su dedicación el uno al otro. La expresión del rostro de mi madre, cuando mi padre le obsequiaba una docena de rosas rojas, ha quedado indeleblemente grabada en mi memoria. Aquel símbolo, que mis padres repitieron muchas veces en los años de mi juventud, ejerció un gran poder en mi vida.

En el día de mi boda, mi esposa y yo también escogimos las rosas como símbolo representativo de esa ocasión especial. De ese modo, hemos continuado con una tradición que es representativa de nuestros votos matrimoniales a la vez que es un símbolo cuya expresión fue mi delicia presenciar entre mis padres.

  1. Haced del evangelio el fundamento de vuestro matrimonio

El vivir celestialmente supone una relación matrimonial eterna. La obediencia a los principios del evangelio surte, entre sus muchos frutos, el de una vida de servicio y compasión a nuestro cónyuge y a nuestros hijos. Cuando un hombre y una mujer se casan por la eternidad, determinan que juntos pueden progresar espiritualmente más de lo que podrían hacerlo separados, cada uno por su lado. El casamiento en el templo no nos promete hacer desaparecer las dificultades de la vida matrimonial, pero sí nos ofrece el potencial de una dedicación a los votos conyugales que no se puede obtener de ninguna otra manera.

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