Oración dedicatoria del Templo de Oakland

Oración dedicatoria del Templo de Oakland

por el presidente David O. McKay
Liahona Febrero 1965

OH Dios Padre Eterno, Creador de los cielos, de la tierra y de todas las cosas que hay en ella, un grupo de tus hijos estamos reunidos en este sa­grado servicio, con nuestros corazones llenos de gra­titud por todas tus bendiciones.

Estamos agradecidos por el conocimiento que te­nemos acerca de nuestra relación contigo, que Tú eres nuestro Padre Celestial, a quien podemos recu­rrir en busca de inspiración y guía en nuestros mo­mentos de tribulaciones y congojas, con nuestros corazones llenos de esperanza y anhelos, como lo hacemos con nuestros padres terrenales.

Ayúdanos a librar nuestras mentes de los malos pensamientos y nuestras almas del egoísmo y la en­vidia, que podamos unimos en un espíritu de since­ridad y verdad con el sólo propósito de amarte, amar­nos unos a otros y ser sinceros con toda la gente del mundo.

Padre, sea tu Espíritu un guía mientras este­mos reunidos en este servicio, que la vía de co­municación entre Ti y nosotros sea abierta para que podamos sentir que realmente estamos participando de tu divino Espíritu.

Perdona nuestras debilidades y flaquezas y per­mite que nos presentemos ante ti con corazones sin­ceros y vidas puras, y que todo lo que hagamos en este día sea de acuerdo con tu voluntad y tus deseos.

Estamos agradecidos porque enviaste a tu amado Hijo para revelar al mundo tu existencia y señalar el camino, para que la humanidad pueda volver a tu presencia como hijos e hijas tuyos.

Estamos agradecidos también porque después de la época de oscuridad, cuando la Luz de la Verdad estaba oculto, restauraste el evangelio en esta dispensación revelándote en unión de Jesucristo, al pro­feta José Smith y declarándole: “Este es mi Hijo Amado, escúchalo”. Gracias por el mensaje que él declaró al mundo: que Tú vives, que escuchas y con­testas las oraciones de los hombres, que Jesucristo es el Salvador del mundo, y que por medio de Él la muerte ha sido vencida y el hombre está libre de ella.

Estamos agradecidos porque bajo tu guía e ins­piración la Iglesia de Jesucristo fue restaurada en su plenitud y está dando la oportunidad a todo hom­bre, mujer y niño, de servir a la humanidad en una manera correcta. No hay palabras para expresar nuestra gratitud por su influencia en el mundo ac­tual, y te suplicamos, oh Padre, que continúes ex­tendiendo dicha influencia para que pronto pueda ser establecida la paz sobre la tierra.

Estamos agradecidos porque después de tu glo­riosa revelación al profeta José Smith, restauraste por medio de mensajeros celestiales los sacerdocios Aarónico y de Melquisedec, y también todas las lla­ves del sacerdocio que tuvieron tus profetas desde la época de Adán a través de Abrahán y Moisés hasta Malaquías, que poseía el poder para: “. . . volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres… hasta la última generación. Por esta plena y estable restau­ración de tu autoridad te expresamos nuestra grati­tud y loamos tu Santo Nombre en este día.

Gracias por este continente de América “tierra escogida sobre todas las demás”, por la libertad con­cedida por la Constitución de los Estados Unidos, que garantiza a cada hombre el derecho de adorarte de acuerdo con los dictados de su propia conciencia, y que hizo posible el establecimiento de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Padre, haz que la gente del país no te olvide. Ayúdanos a comprender la grandeza de nuestra patria. Gracias por el derecho que tenemos de votar y por la libertad para reunimos legislativamente para aclarar y discu­tir problemas sin miedo o coerción de dictadores, policías secretos o campos de concentración. Ayuda a la humanidad a lograr un entendimiento más claro de que el gobierno existe para proteger al individuo —y no el individuo al gobierno.

Te suplicamos por este país. Bendice al presi­dente de los Estados Unidos, que tenga la inteligen­cia suficiente para salvar tanto a esta nación como al mundo de una guerra devastadora. Y ayuda a sus colaboradores; que sean guiados e iluminados por tu Espíritu para que mantengan y sostengan el glo­rioso principio de la libertad humana.

Te damos gracias por los hombres que has elegido para que guíen tu Iglesia, desde el profeta José Smith, su hermano Hyrum, sus colaboradores así co­mo sus sucesores, a través de los años hasta las Autoridades Generales actuales—la Primera Presi­dencia, el Consejo de los Doce, los Ayudantes de los Doce, el Patriarca de la Iglesia, el Primer Consejo de los Setenta y el Obispado Presidente. Dótalos rica­mente de tu Espíritu, para que bajo su guía, el evan­gelio pueda ser difundido por todas las naciones de la tierra.

Bendice con salud y sabiduría a éste, tu siervo, a quien has llamado para dirigir tu Iglesia en estos días. Continúa revelándole tu deseo y voluntad en lo que concierne al crecimiento y avance de tu obra entre los hijos de los hombres. Bendice a sus consejeros. Une a la Primera Presidencia por el Espíritu y po­der de Dios en todos sus trabajos, y que con cada pensamiento, palabra y acción glorifique tu nombre. Aquí en esta sagrada casa, con humildad y profunda gratitud, reconocemos tu divina guía e inspiración. Ayúdanos a magnificar nuestros llamamientos y a predicar a todos la palabra de libertad que contiene el evangelio. Porque la verdad significa libertad y da a todos el derecho de adorar, obrar y servir. Ayú­danos para que nunca olvidemos el significado de estas bendiciones.

Bendice a las presidencias de estaca, sumos con­sejos, obispos de los barrios, presidencias de ramas, presidencias de los quórumes de los sacerdocios Aarónico y de Melquisedec, presidentes y superintenden­tes de las organizaciones auxiliares de todo el mundo. Guíalos para sean capaces de cumplir con las res­ponsabilidades que se les han dado. Te suplicamos que mantengas a los oficiales de los quórumes y de­más organizaciones auxiliares unidos, que sean “uno” como Tú y tu Hijo son Uno, porque la unidad es un principio básico del evangelio de Jesucristo.

Te rogamos que no olvides a tus siervos que pre­siden las misiones en todo el mundo, a los misio­neros que han salido a proclamar al mundo la restau­ración del evangelio y el plan de salvación. Protégelos de todo mal y bendícelos con los dones y poderes propios de su ministerio. Bendice a sus familias con paz y comodidad.

Estamos agradecidos porque Tú inspiraste al pro­feta Brigham Young para que profetizara a los santos que vinieron por el Cabo de Hornos, bajo la dirección de Samuel Brannan en 1847, que “vendrá el tiempo cuando las costas del Pacífico, podrán ser vistas des­de el Templo del Señor”, y más tarde, en 1924, al élder George Albert Smith del Consejo de los Doce, que declaró que algún día “un Templo se levantaría en las colinas de la Bahía del Este, un Templo que serviría de faro a los barcos de todas las naciones del mundo que cruzaran la bahía de San Francisco”. Estamos agradecidos también por los hombres que fueron nombrados en 1934 para buscar un sitio y que eligieron este glorioso lugar donde hoy se levanta el templo. Estamos agradecidos que por intermedio de tu divina inspiración el sitio quedara a nuestra dis­posición y que tu siervo, el presidente Heber J. Grant, autorizara su compra, y que finalmente en 1961 se decidiera la construcción del templo.

Estamos especialmente agradecidos, oh Padre Celestial, por el comité de las presidencias de estaca quienes tuvieron a su cargo la organización y cons­trucción del templo. Bendícelos por su devoción y servicio desinteresado.

Este templo, el decimoquinto que ha sido erigido a tu Santo Nombre, es un monumento que testifica la fe y lealtad de los miembros de tu Iglesia en el pago de sus diezmos y ofrendas. Estamos agradeci­dos que los miembros de la Iglesia reconocen que el pago de los diezmos y ofrendas trae bendiciones y hace posible el cumplimiento de tus propósitos a tra­vés de la construcción de capillas, tabernáculos y templos dondequiera que la Iglesia esté organizada.

Invocamos tus bendiciones particularmente sobre los miembros que viven en el perímetro del templo, por su desinteresada y generosa colaboración, con­tribuyendo su tiempo y esfuerzo para terminar esta Sagrada Casa.

Estamos agradecidos por el espíritu de coopera­ción que ha influido en los hombres y mujeres de esta ciudad y pueblos circunvecinos, y la cooperación del Alcalde, del Consejo Municipal, de la Cámara de Comercio así como de todos aquellos que han tenido una visión de la importancia de este templo.

Agradecemos todo el esfuerzo hecho por los miembros, aun los niños, quienes dieron monedas desde diez centavos hasta un dólar, así como los mi­llonarios que dieron de sus miles. Acepta, oh Padre, desde la contribución de la viuda hasta la de los jó­venes que se privaron de alguna ropa o diversión para hacer posible la erección de este edificio. Permanezca en ellos a través de su vida el espíritu que los alentó a dar y servir, porque sólo por servir podrán lograr la felicidad.

Nuestro Padre, te rogamos que bendigas a los que construyeron el templo, y a todos aquellos quie­nes en una u otra forma por su intermedio o influen­cia ayudaron a su terminación. Reine la paz en los hogares de tus hijos dondequiera que estén, que las enfermedades y las angustias sean expulsadas de entre ellos.

Sea consolado el espíritu de cada contribuyente y prospere cien veces más. Y que todos sepan que cuentan con la gratitud de miles, posiblemente de millones de seres que están del otro lado del velo, y para quienes las puertas de la prisión podrán abrir­se y proclamarse la libertad a los que acepten la verdad para que sean libres.

Mientras su cuerpo estaba aún en la tumba, Cristo, tu Hijo Amado, predicó a los espíritus en prisión que habían sido desobedientes en los días de Noé, y esto prueba que todos los que han pasado por el velo deben oír también la palabra de Dios y obe­decer sus principios eternos de vida y salvación.

Los templos se construyen a tu Sagrado Nombre como un medio de unir a tu pueblo, vivos y muertos, con los lazos de la fe, paz y amor a través de las eternidades.

Ayúdanos, oh Padre, a entender con más entu­siasmo y sinceridad que nunca, que sólo por medio de la obediencia a tus principios eternos y a las ordenanzas del evangelio de Jesucristo, podrán nues­tros seres queridos que han muerto sin bautizarse, tener el glorioso privilegio de entrar en tu reino. Te rogamos, por tanto, que aumentes nuestro deseo de hacer todo el esfuerzo posible para la consuma­ción de tu propósito de traer a la inmortalidad y a la vida eterna a todos tus hijos.

Con estos y muchos otros gloriosos principios en nuestras mentes, nos hemos reunido en este día para expresarte la gratitud de nuestros corazones.

Y ahora, Padre, como uno de tus siervos, y por la autoridad del Sagrado Sacerdocio de Melquisedec, te dedico este Templo de Oakland, de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y lo consagro para los sagrados propósitos para los que ha sido edificado. Te lo dedicamos a Ti, con todas sus pertenencias, como una Casa de Oración, una Casa de Adoración, de Alabanzas, de Inspiración y Comunión contigo.

Te rogamos, Padre Celestial, que aceptes este edificio en su totalidad y que lo guardes desde el cimiento hasta las torres que lo coronan. Protégelo de los terremotos, huracanes, tormentas, y contra cualquiera otra amenaza devastadora. Sean santifica­dos la fuente bautismal, los salones de las ordenan­zas y muy especialmente los cuartos de sellamientos, para que tu Espíritu siempre esté presente para consolar e inspirar. Protege todo el sistema me­cánico concerniente a luz, calefacción, ventilación, ascensores, etc. Bendice a todas las personas que tienen a su cargo el cuidado de estas cosas para que puedan hacer su trabajo fiel, hábil y reverente­mente.

Te dedicamos el terreno sobre el cual está edifi­cado el templo, así como el que lo rodea, sus muros, ornamentos florales, árboles, plantas, flores y los arbustos que crecen en sus tierras, que puedan re­toñar y florecer y tomarse bellísimos y fragantes, que tu Espíritu more en todo ello, y que esta porción de terreno sea un lugar de descanso y paz, un lugar para meditar santamente e inspirar bellos pensa­mientos.

Bendice al presidente del templo y a su esposa. Sea la humildad la fuerza motriz de sus sentimien­tos, y la sabiduría y la amabilidad guíen sus acciones. Deja que tanto ellos, como todos los obreros que sean llamados como asistentes, selladores y guar­dianes, mantengan una atmósfera de limpieza y santidad en cada habitación. No permitas que nin­guna persona o cosa inmunda penetre en esta casa, porque “mi Espíritu” dice el Señor “no morará en tabernáculos impuros”, ni tampoco morará en una casa donde haya egoísmo, arrogancia e insalubridad. Por tanto, todos los que se alleguen dentro de los muros de este Sagrado Templo, vengan con manos limpias y corazones puros, y tu Santo Espíritu siempre esté presente para consolar, inspirar y ben­decir, para que todos puedan sentir tu influencia apa­cible y sagrada. Haz Señor, que aún la gente que pase por los jardines o mire el templo desde lejos, eleve sus ojos y sus pensamientos de las cosas sórdidas y viles de la vida y mire hacia Ti y tu Divina Provi­dencia.

Ahora, oh Dios, nuestro Eterno Padre Celestial, los fieles miembro de tu Iglesia, llenos de amor hacia Ti y tus hijos, han erigido este templo con los diezmos y las ofrendas, y te lo ofrecen, para que en él se realicen las ordenanzas y ceremonias esen­ciales para lograr la felicidad, salvación y exaltación de tus hijos que viven tanto en la tierra como en el mundo espiritual. Acepta nuestra ofrenda, inúndala con tu Santo Espíritu y protégela con tu poder.

Con esta oración dedicamos nuestras vidas al establecimiento del Reino de Dios en la tierra, para la paz del mundo y para tu gloria eterna, en el nom­bre de tu Hijo Amado, nuestro Señor Jesucristo, Amén.

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