¿Comprendemos realmente lo que es la Santa Cena del Señor?

¿Comprendemos realmente lo que es la Santa Cena del Señor?

por el élder David B. Haight
del Quórum de los Doce
Liahona Marzo 1989

En esta última dispensación, el Señor volvió a instituir esta ordenanza por medio del profeta José Smith.

Ultimamente he pensado mucho acerca del Salvador, de su expiación y de cuán eficaces son nuestras reuniones sacramentales. Cuando pensamos en las reuniones más sagradas de la Iglesia, la reunión sacramental descuella entre ellas. Sin embargo, he podido obser­var algunas actitudes que me preocupan: una apa­rente falta de preparación y, muchas veces, un sen­tido de irreverencia general que impide rendir una verdadera adoración al Señor.

He reflexionado mucho y me he preguntado:

¿Qué estamos haciendo como miembros de la Iglesia para recordar a nuestro Señor y Salvador, su sacrifi­cio y la deuda que le tenemos? En nuestros servicios de adoración, ¿estamos tomando el tiempo para me­ditar, reflexionar, actuar con reverencia, arrepentirnos y perdonar?

Cuando medito acerca de la memorable ocasión en que el Salvador instituyó el sacramento de la Santa Cena entre sus Apóstoles, siento una honda gratitud y me conmueve Su gran amor. No hay duda de que esa noche fue única y especial en la historia del mundo, la noche de la fiesta de Pascua, que conclu­yó con la expiación infinita del Hijo de Dios.

Se inició la fiesta con la cena de Pascua. Jesús hi­zo los preparativos para que esa comida se repartiera en “un gran aposento alto…” (Lucas 22:12). Con esa Pascua se cumpliría oficialmente la ley del sacri­ficio de animales.

Es muy significativo el hecho de que el Hijo de Dios comenzara su ministerio terrenal con una ordenanza: el bautismo, y terminara también su ministerio con otra ordenanza: la Santa Cena. Ambas son una re­presentación de su muerte, entierro y resurrección.

La institución de la Santa Cena

El relato más completo de la institución de la Santa Cena lo registró Nefi, el discípulo nefita, en el Libro de Mormón:

“Y cuando los discípulos hubieron llegado con pan y vino, tomó el pan y lo partió y lo bendijo; y dio a los discípulos y les mandó que comiesen.

“Y cuando hubieron comido y fueron llenos, mandó que dieran a la multitud.

“Y cuando la multitud comió y fue llena, dijo a los discípulos: He aquí, uno de vosotros será ordena­do; y a él daré poder para partir pan y bendecirlo y darlo a los de mi iglesia, a todos los que crean y se bauticen en mi nombre.

“Y siempre procuraréis hacer esto, tal como yo he hecho, así como he partido pan y lo he bendecido y os lo he dado.

“Y haréis esto en memoria de mi cuerpo que os he mostrado. Y será un testimonio al Padre de que siem­pre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros.

“Y sucedió que cuando hubo dicho estas palabras, mandó a sus discípulos que tomaran del vino de la copa y bebieran de él, y que dieran también a los de la multitud para que bebiesen. . .

“Y cuando los discípulos hubieron hecho esto, Je­sús les dijo: Benditos sois por esto que habéis hecho; porque esto cumple mis mandamientos, y esto testi­fica al Padre que estáis dispuestos a hacer lo que os he mandado.

“Y siempre haréis esto por todos los que se arre­pientan y se bauticen en mi nombre; y lo haréis en memoria de mi sangre, que he vertido por vosotros,

para que podáis testificar al Padre de que siempre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí ten­dréis mi Espíritu para que esté con vosotros.

“Y os doy el mandamiento de que hagáis estas co­sas. Y si hacéis siempre estas cosas, benditos sois, porque estáis edificados sobre mi roca.

“Pero aquellos que de entre vosotros hagan más o menos que esto, no están edificados sobre mi roca, si­no sobre un cimiento arenoso; y cuando caiga la llu­via, y vengan los torrentes, y soplen los vientos, y den contra ellos, caerán, y las puertas del infierno están ya abiertas para recibirlos.” (3 Nefi 18:3-8, 10-13.)

Verdades acerca de la santa cena

Del relato del Libro de Mormón y de los testimo­nios de los testigos del Nuevo Testamento, aprende­mos varias verdades importantes sobre la Santa Cena:

  1. Jesús se entregó a sí mismo; dio su cuerpo y su sangre como pago por nuestros pecados. El sacrificó su vida para que nosotros pudiéramos volver a vivir.
  2. Cuando tomamos el pan, lo hacemos en me­moria de su cuerpo y recordamos la Pascua, la Ulti­ma Cena, el Getsemaní y la Resurrección.
  3. Su sangre representa un nuevo testamento: un nuevo convenio con Israel. Bebemos en memoria de su sufrimiento: un sufrimiento tan agudo que Él di­jo: “. . . hizo que yo, Dios, el mayor de todos, tem­blara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres” (D. y C. 19:18-19).

  1. Cuando somos obedientes y le recordamos, siempre nos edifica la roca de su evangelio. Siempre que vivimos de acuerdo con sus mandamientos, se nos bendice. Debemos tomar dignamente los emble­mas de la Santa Cena y tener presente que se re­ quiere que una persona sea digna de participar de ella antes de poder recibir al Espíritu Santo. Moroni nos amonestó: “. . . cuidaos de tomar el sacramento de Cristo indignamente…” (Mormón 9:29).

Jesús instruyó a los nefitas: “No permitiréis que ninguno a sabiendas participe indignamente de mi carne y de mi sangre, cuando las administréis;

“porque quien come mi carne y bebe mi sangre indignamente, come y bebe condenación para su al­ma; por tanto, si sabéis que un hombre no es digno de comer y beber de mi carne y de mi sangre, se lo prohibiréis” (3 Nefi 18:28-29).

¿Qué significa la dignidad? La dignidad abarca to­dos aquellos principios que se mencionan en las pre­guntas que nos hacen para darnos una recomenda­ción para entrar en el templo. Pero además de ello, se espera mucho más de los discípulos de Cristo, que simplemente refrenarse de cometer pecado. De­be también existir la armonía entre los discípulos de Cristo, sobre todo dentro de su familia.

La dignidad significa perdonar, no albergar envi­dia, ni rencor ni odio en el corazón. Vivir el Evan­gelio de Cristo significa tener caridad hacia todas las personas. Si guardamos algún resentimiento hacia alguien, debemos primero buscar la reconciliación antes de participar de la Santa Cena.

  1. Jesús prometió que no volvería a participar de esos emblemas hasta que los bebiera de nuevo con nosotros en el reino de su Padre. (Véase Mateo 26:29.) Nosotros somos realmente afortunados por tener re­velaciones actuales, por medio de las cuales el Señor nos hace saber que El beberá del fruto de la vid en una gran asamblea solemne que se llevará a cabo en los últimos días antes de que El vuelva con gloria?

En esa ocasión, Él se sentará junto a Moroni, Elías, Juan el Bautista, Elías el Profeta, José de Egipto, Ja­cob, Isaac, Abraham, Miguel (Adán), Pedro, San­tiago y Juan. Luego Jesús agrega: “y también con to­dos aquellos que mi Padre me ha dado de entre el mundo”, que significa todos los miembros dignos de la Iglesia de todas las dispensaciones. (Véase D. y C. 27:5-14, especialmente el versículo 14.)

La Santa Cena en los últimos días

En esta última dispensación el Señor volvió a ins­tituir esta ordenanza por medio del profeta José Smith. Cuando la Iglesia se restauró el martes 6 de abril de 1830, el Señor dijo:

“Conviene que la iglesia se reúna a menudo para tomar el pan y el vino en memoria del Señor Jesús.” (D. y C. 20:75.)

Existen instrucciones concernientes a las oracio­nes que deben ofrecer los presbíteros al administrar la Santa Cena.

El día en que tuvo lugar ese sagrado aconteci­miento, el Profeta escribió:

“Luego tomamos pan, lo bendijimos y lo partimos con ellos; también vino, lo bendijimos y lo bebimos con ellos. Después pusimos nuestras manos sobre ca­da miembro individual de la Iglesia que estaba pre­sente, para que recibiese el don del Espíritu Santo y fuese confirmado miembro de la Iglesia de Cristo.” (Elementos de la Historia de la Iglesia, pág. 95.)

No tenemos conocimiento de cuán seguido se ad­ministró el sacramento de la Santa Cena durante esos primeros meses de la historia de la Iglesia; lo que sabemos es que se administraba durante las con­ferencias. No fue sino hasta dieciséis meses después de que la Iglesia se organizara nuevamente, que el Señor ordenó que la Santa Cena se administrara to­dos los días de reposo:

“pero recuerda que en éste, el día del Señor, ofre­cerás tus ofrendas y tus sacramentos al Altísimo, confesando tus pecados a tus hermanos, y ante el Señor.” (D. y C. 59:12.)

Durante ciento cincuenta años, desde la restaura­ción de la Iglesia, el Señor y sus siervos han dado varias instrucciones inspiradas concernientes a la Santa Cena, las cuales hacen hincapié en lo sagrada y significativa que es esta ordenanza.

El uso de agua. El cambio más importante se dio por revelación en agosto de 1830. El Señor reveló a José Smith que “… no importa lo que comáis o bebáis al tomar la santa cena, si es que lo hacéis con la única mira de glorificarme, recordando ante el Padre mi cuerpo que fue sacrificado por vosotros, y mi sangre que se derramó para la remisión de vuestros pecados.

“Por tanto, os doy el mandamiento de no comprar vino, ni bebidas alcohólicas de vuestros enemigos;

“de modo que, no beberéis de ninguno, a menos que sea recién hecho por vosotros; sí, en este reino de mi Padre que se edificará sobre la tierra” (D. y C. 27:2-4).

Se impide a los miembros tomar la Santa Cena. La Primera Presidencia tomó la ordenanza de la Santa Cena en forma tan sagrada, que durante el período de la reforma (1856-1857) se les impuso a los miembros abstenerse de tomar la Santa Cena por al­gunos meses a fin de darles tiempo para arrepentir­se, restituir cualquier daño causado y, cuando estu­vieran listos, renovar sus convenios. (Véase “Journal History of The Church of Jesús Christ of latíter-day Saints”, 26 de enero de 1857, pág. 2.)

Se permite participar a los niños. El 11 de julio de 1877 la Primera Presidencia expidió uno de los do­cumentos más importantes de la historia de nuestra Iglesia. En esa histórica carta expedida un poco más de un mes antes del fallecimiento del presidente Brigham Young, la Primera Presidencia estableció que se le diera la Santa Cena a los niños durante la Escuela Dominical para que ellos pudieran “aprender el valor y la importancia de esa ordenanza”. La Primera Presidencia dijo: “Aumentará considerablemen­te la observancia apropiada del día del Señor en la generación futura si esto se convierte en una costum­bre en todos los lugares donde estemos congregados”. (James R. Clark, Messages of the First Presidency of the Church of Jesús Christ of Latter day Saints, 6 tomos, Salt Lake City; Bookcraft, 1965-1975, 2:289.)

La Santa Cena comenzó a formar parte de los ejercicios de apertura de la Escuela Dominical y esta ordenanza hoy se continúa dando a los niños sema­nalmente durante las reuniones sacramentales. De­bido a esta práctica, muchos miembros de la Iglesia han recibido grandes bendiciones.

Se dejan de dar sermones durante la Santa Cena. Al principio de la restauración de la Iglesia, se acos­tumbraba que los líderes locales discursaran durante la administración de la Santa Cena; sin embargo, ello se dejó de hacer durante la presidencia de Brig­ham Young.

Cuando tomamos el pan, lo hacemos en memoria de su cuerpo y recordamos la Pascua, la Ultima Cena, el Getsemaní y la Resurrección.

Se deja de tocar música durante la Santa Cena. Du­rante el siglo pasado se tenía por costumbre tocar música durante la Santa Cena. El 2 de mayo de 1946 la Primera Presidencia emitió la siguiente de­claración: “La condición ideal durante la adminis­tración de la Santa Cena es un absoluto silencio.

Por lo tanto, no estamos de acuerdo con que duran­te esta sagrada ordenanza se canten solos, dúos ni se presenten grupos, ni que se toque música instrumen­tal”. (Improvement Era, junio de 1946, pág. 384.)

Se evita el formalismo. Desde la presidencia de Heber J. Grant, la Primera Presidencia, por medio del Manual general de instrucciones, ha hecho hincapié en que se debe evitar toda forma establecida o uni­formidad en lo que se refiere a la vestimenta de los jóvenes del Sacerdocio Aarónico que pasan la Santa Cena. Su vestimenta debe ser apropiada y limpia, pero no es necesario que sea igual o parecida, ni tampoco que los jóvenes caminen con un brazo detrás de la espalda o que estén con los brazos cru­zados. No es necesario tampoco que los presbíteros levanten el brazo en forma de escuadra cuando ben­digan la Santa Cena.

Todas esas instrucciones se dieron con el propósi­to de que los miembros de la Iglesia puedan renovar su fortaleza espiritual al asistir a las reuniones sacra­mentales y participar de los emblemas sagrados con un espíritu de meditación, reverencia y adoración.

Dejémonos guiar por el espíritu

Durante la presidencia de Joseph Fielding Smith, se dieron también otras pautas inspiradas sobre la reunión sacramental. El 17 de diciembre de 1970, se expidió una carta para instar a los miembros de la Iglesia a tener una reunión sacramental de una hora y media de duración. Aun cuando más tarde se ha acortado ese tiempo, adviértase el consejo que se dio concerniente a las normas espirituales que deben regir durante las reuniones sacramentales:

“Claro que el objeto no es solamente tener una reunión que dure un tiempo determinado, sino pla­nearla con el propósito de que proporcione a los miembros de la Iglesia la influencia espiritual y las enseñanzas doctrinales que necesitan en estos críti­cos momentos. Teniendo este concepto en mente, se debe instar a los oradores a hablar sobre expe­riencias que fomenten la fe, a dar su testimonio, a explicar temas doctrinales y a hablar con espíritu de amor y hermandad. Al mismo tiempo, se les debe exhortar a evitar contar historias relacionadas con sus viajes, hablar de sus desacuerdos, hacer críticas y analizar temas discutibles que no tengan relación di­recta con los principios de salvación del evangelio. Al planificar las reuniones sacramentales, se debe incluir en ellas a los coros de barrio o rama y utili­zar las aptitudes musicales de los miembros con el ob­jeto de darles variedad y hacerlas más interesantes.”

Opino que necesitamos frecuentemente hacer hincapié en los principios fundamentales para no alejarnos nunca del propósito y la base de nuestra fe. En los primeros tiempos de la historia de nuestra Iglesia, el Señor recalcó ese importante principio concerniente a las reuniones de la Iglesia:

“Pero a pesar de las cosas que están escritas, siempre se ha concedido a los élderes de mi iglesia desde el principio, y siempre será así, dirigir todas las reuniones conforme los oriente y los guíe el Espíritu Santo.” (D. y C. 46:2; cursiva agregada.)

Instamos a los líderes locales de la Iglesia a asegurarse de que sea el Espíritu Santo quien guíe y dirija las reuniones sacramentales de la Iglesia. El espíritu de las reuniones sacramentales debe ser un tema en el que tanto la presidencia de estaca como el obispado deben hacer hincapié constantemente.

A nuestros miembros se les debe recordar siempre la necesidad de hacer imperar en ellas una atmósfera de adoración. Invitar o llevar investigadores a reuniones irreverentes constituye una vergüenza tanto para los miembros como para los misioneros.

El planeamiento de las reuniones sacramentales debe ser una de las responsabilidades más importantes de todo obispo. El obispado entero debe planear cada reunión con un espíritu de oración, teniendo en mente preguntas tales como: ¿Qué mensajes necesita escuchar nuestra gente? ¿Se necesita hablar sobre los problemas o preocupaciones de la juventud? ¿Quiénes pueden hablar mejor sobre estos temas? ¿Quiénes deben ofrecer las oraciones?

Los miembros deben comprender claramente qué da a entender el Señor por dignidad. La dignidad abarca también el perdón y la caridad.

Fortalezcamos nuestra fe            

El objetivo principal que debe tener en mente un obispado para la reunión sacramental es el de ver que se edifique y fortalezca la fe de los miembros de la Iglesia y que, como resultado de sus esfuerzos y planeamiento devotos, el Espíritu Santo pueda estar presente en esas reuniones.

Hace algunos años hablé sobre este tema en una conferencia general. (Conferencia General de abril de 1983; “El Sacramento de la Santa Cena”, Liahona, julio de 1983, pág. 13.) En ella recordé los días de mi juventud y la forma en que el obispado y los miembros mayores del sacerdocio infundieron en mí lo sagrado de la Santa Cena. Me pregunto si seguirá siendo lo mismo para la juventud de hoy, o si se ha perdido algo de ello.

Hemos comenzado una gran campaña para “invitar a todos a venir a Cristo” (D. y C. 20:59). Aun cuando nuestras condiciones sean diferentes, es menester que los miembros, al congregarnos en esa reunión, sintamos el Espíritu, el amor y el perdón. Para todos nosotros ese debe ser un momento de meditación, oración y acción de gracias.

Moroni nos dice que los de la Iglesia dirigían esas “reuniones de acuerdo con las manifestaciones del Espíritu, y por el poder del Espíritu Santo; porque conforme a lo que el Espíritu Santo les indicaba, bien fuese a predicar, o a exhortar, a orar, a suplicar o a cantar, así se hacía” (Moroni 6:9).

Ese es el espíritu que debe caracterizar nuestra forma de adoración y nuestras reuniones sacramentales.

Después de una de esas reuniones espirituales, una hermana me comentó: “No recuerdo todo lo que se dijo, pero recuerdo cómo nos sentimos al cantar el último himno y bajar la cabeza en oración”.

Que Dios nos bendiga para que podamos recordar al Salvador y su sacrificio expiatorio, y también para que unidos podamos hacer de la reunión sacramental un momento de reverencia, meditación y adoración. □

Cuando tomamos el pan, lo hacemos en memoria de su cuerpo y recordamos la Pascua, la Ultima Cena, el Getsemaní y la Resurrección.

Instamos a los líderes locales de la Iglesia a asegurarse de que sea el Espíritu Santo quien guíe y dirija las reuniones sacramentales de la Iglesia.

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