El rebaño del pastor

El rebaño del pastor

Curtis E. Ledbetter
Profesor ayudante de Historia y Doctrina de la Iglesia en la
Universidad de Brigham Young
Liahona Septiembre 1973


Durante su ministerio terrenal, nuestro Salvador Jesucristo conoció a un gran número de personas de las diferentes sendas de la vida. Estas personas formaron opiniones vitales que resultaron en acciones que establecerían el curso de su destino eterno. A continuación aparecen narraciones breves de algunas de aquellas personas que han llegado a estar indeleblemente conectadas con los cuatro evangelios del Nuevo Testamento, a causa de su asociación con el Salvador y por su manera de responder al mensaje del evangelio.

Andrés

Poco tiempo después del bautismo de Jesús en el río Jordán, Andrés y un compañero se encontraban hablando con Juan el Bautista, a quien ambos aceptaban como un Profeta verdadero de Dios. De pronto Jesús se acercó hacia ellos, y Juan el Bautista contemplando al Señor, declaró: «He aquí el Cordero de Dios.» Después de esa experiencia Andrés adquirió un testimonio de que Jesús era el Cristo; y desde ese tiempo en adelante, siguió al Maestro. (Juan 1:35-3 7.)

Andrés estaba maravillado por su descubrimiento del Mesías, y se apresuró a darle las buenas nuevas a su hermano Simón. «Hemos hallado al Mesías,» declaró. No hubo una fe vacilante, un testimonio débil ni una convicción a medias. Andrés lo sabía; había tomado su decisión y se había entregado totalmente al Señor, y a causa de eso le fue posible llevar ante Cristo a su hermano, Simón Barjona. (Juan 1:38-42.)

Andrés, también llevó a otras personas a Cristo. Cuando una gran multitud se había reunido para oír a Jesús, el Señor se dio cuenta de que éstos tenían hambre. Preguntó: «¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?» a lo cual Andrés le respondió: «Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos. . .» Andrés llevó literalmente al muchacho hasta donde estaba Jesús, quien multiplicó los peces y el pan para alimentar a la multitud. (Juan 6:1-14.) Casi a la conclusión del ministerio terrenal de Jesús, después de su entrada triunfal a Jerusalén unos días antes de su crucifixión, ciertos griegos se acercaron a Felipe y le pidieron para ver a Jesús. Este inmediatamente se lo dijo a Andrés y juntos llevaron a los gentiles hasta donde estaba el Señor. (Juan 12:20-24.)

Desde el comienzo de su asociación con Jesús, Andrés pareció haber tenido un llamamiento constante: llevar a otros al conocimiento de Cristo.

Juan el Amado

Juan, el hijo de Zebedeo, era el hermano de Jacobo (Santiago). (Mateo 4:21.) Su madre, Salomé, parece haber sido hermana de María, la madre de Jesús. (Mateo 27:56; Juan 19:25.) Juan, un seguidor de Juan el Bautista, fue aparentemente el discípulo anónimo que se encontraba con Andrés cuando el Bautista declaró que Jesús era el Cordero de Dios. (Juan 1:35-40.)

Más tarde, Jesús invitó a Juan y a su hermano Santiago para que dejaran sus redes de pescar y le siguieran. (Mateo 4:21-22.) Con el tiempo, Juan fue llamado y apartado como Apóstol. (Mateo 10:2.)

Jesús se refirió a Santiago y a Juan como Boanerges, los hijos del trueno, evidentemente a causa de su temperamento. (Marcos 3:17.) Fue Juan el que reprendió a uno que estaba echando fuera demonios en el nombre de Cristo y tuvo que ser corregido por el Señor. (Lucas 9:49.) Cuando Jesús fue rechazado en la aldea samaritana, Juan se unió a su madre y a su hermano para solicitar los lugares de honor a ambos lados de Jesús en su reino. (Mateo 20:21; Marcos 10:37-40.) Aún no habían captado la visión del evangelio.

Sin embargo, Juan fue uno de los tres apóstoles con quienes el Señor deseó estar al levantar de entre los muertos a la hija de Jairo. (Marcos 5:37-43.) Durante la transfiguración, el Salvador, Moisés y Elías entregaron las llaves del sacerdocio a Pedro, Santiago y Juan. (Marcos 9:2-10.) En la última cena, Juan estuvo a un lado de Jesús (Juan 13:23.) Y cuando Jesús sufrió la agonía en el jardín, llevó consigo a Pedro, Santiago y a Juan. (Marcos 14:32-34.)

El trato especial hacia Juan no quedaba sin justificación, ya que el amado discípulo siguió al Salvador hasta el palacio del sumo sacerdote después que Jesús fue arrestado en el Jardín de Getsemaní, y de este modo manifestó su valor y lealtad hacia Cristo; (Juan 18:15.) Juan fue el único miembro de los Doce Apóstoles de quien se menciona que estuvo presente en la crucifixión; y cuando Jesús dejó a su propia madre al cuidado de Juan, éste aceptó la responsabilidad. (Juan 19:26-27.) Al igual que su hermano Santiago, Juan era firme en su devoción a cualquier cosa que se entregaba y estaba dispuesto a morir por su Maestro. (Mateo 20:24.) Era dócil y deseaba más que nada estar en armonía con la voluntad del Señor.

Junto con Pedro, Juan fue enviado por el Señor a Jerusalén a preparar los alimentos de la pascua antes de la Ultima Cena.

A través del poder transformador de Cristo, Juan llegó a ser un hombre de sacrificio, amor y ternura; llegó a ser un hombre de profunda percepción espiritual, disposición amorosa y gran compasión.

La misión de Juan fue declarar el amor de Cristo por el hombre. Expresó el deseo de una larga vida en la cual pudiese llevar almas al Señor. Por lo tanto, de acuerdo con su súplica recibió una promesa de que moraría sobre la tierra hasta que el Señor viniese de nuevo. (Juan 21:20-24; D. y C. 7:1-3; 3 Nefi 28:6-10.)

Nicodemo

Jesús había acabado de purificar por primera vez el templo. En la noche, Nicodemo, un fariseo y miembro del Sanedrín, fue y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él» (Juan 3:2).

Respondiendo con palabras que iban directamente al grano, Jesús dijo:

«El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Juan 3:5).

Esa enseñanza era nueva y extraña para Nicodemo. Jesús le dijo además que si no creía en los primeros principios del evangelio, no creía en las maravillas de la eternidad. Después de la íntima conversación de esa noche, Nicodemo no pudo permanecer indiferente.

Más tarde, durante una reunión del Sanedrín cuando Jesús fue denunciado como impostor, Nicodemo preguntó con valentía si la ley condenaba a un hombre antes de ser escuchado. (Juan 7:50-52.) No obstante que Nicodemo mostró cierto valor hasta este punto, sus colegas lo criticaron por defender a Jesús.

Después de la muerte de Jesús, Nicodemo tomó aproximadamente cien libras de mirra y de áloes, y ayudó en preparar el cuerpo de Jesús para la sepultura. (Juan 19: 39.)

Se desconoce hasta qué grado Nicodemo llegó a ser un valiente discípulo del Salvador; pero si dio oído a su consejo quizá entonces haya tenido el comienzo de una vida espiritual la noche que Jesús le dijo que debía nacer de nuevo.

María y Marta

María y Marta, que vivían en la aldea de Betania, se sentían tiernamente apegadas a Jesús, que visitaba su hogar. Lucas declara que una cierta mujer llamada Marta recibió a Jesús en su casa. (Lucas 10:38.)

Durante la primera visita de Jesús a su morada (Lucas 10:38-42), Marta quiso prepararle una comida, mientras que María prefirió deleitarse en las palabras de verdad que Él hablaba. Marta, habiendo sido orientada en servicio enérgico, se sintió desalentada porque María no la estaba ayudando con la comida. Y a pesar de que Jesús apreciaba la diligencia de Marta, le dijo que existía peligro en poner demasiado énfasis en la alimentación del cuerpo y descuidar el espíritu. Las cosas temporales son de ayuda y también convenientes, pero además se necesita el alimento espiritual.

Ambas se encontraban presentes cuando Lázaro fue levantado de entre los muertos. Al principio Marta corrió hacia el Salvador para decirle acerca de la muerte de su hermano. «Señor,» dijo ella «si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. » Entonces agregó con gran fe: «Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.»

Jesús le contestó: «Tu hermano resucitará.»

Marta, pensando que se refería a la resurrección, replicó: «Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.»

Entonces Jesús le recordó: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?» (Juan 11:25-26).

María, que al igual que su hermana Marta tenía un gran testimonio, se unió a ellos y lloró por la pérdida de su hermano. Y Jesús también lloró.

Entonces Jesús mandó que la piedra que se encontraba frente a la tumba de Lázaro fuese quitada; y después de haber orado a su Padre Celestial, clamó a gran voz: «¡Lázaro, ven fuera!» Y Lázaro salió envuelto en un sudario. (Juan 11:18-24.)

Cuán grande era la fe de María y de Marta, cuyos corazones rebozaban de amor y de oración para su Señor y Salvador, de que vencería a todos sus enemigos bajos sus pies, aun al último enemigo, que es la muerte y el infierno.

Joven rico

Cuando cierto hombre que poseía muchas características favorables oyó que Jesús estaba cerca, corrió y cayó a los pies del Salvador. Ese acto requirió diligencia y valor; parecía que había vivido en estricta conformidad a las leyes que conocía; podía responder inequívocamente: «Todo esto lo he guardado desde mi juventud.»

Parecía tener todo en su favor; pero este joven rico, religioso y moralmente limpio carecía de algo: una entrega total a la causa de Jesucristo.

Jesús dijo: «Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres. . . y sígueme.»

Y por esta razón, no le fue posible seguir al Salvador a pesar de todo; de manera que se alejó afligido.

No obstante que sabía que Jesús estaba en lo correcto, aún deseaba aferrarse a sus posesiones mundanas. Se encontraba acosado por dos clases de valores; pese a lo bueno que era, su corazón se encontraba aún fijo en las cosas de este mundo en lugar de las cosas de Dios.

El Salvador requiere el alma entera con un deseo sincero de glorificarlo; la voluntad de abandonar aquello que se interpone a la obediencia total. De manera que el joven rico se alejó sin poder pagar el precio de la vida eterna; le fue difícil dejar las cosas del mundo. (Marcos 10:17-27; Mateo 19:16-30.)

¿Cuántos discípulos de Cristo han tenido grandes experiencias espirituales en donde han reconocido a Jesús como el Salvador de la humanidad y luego carecieron de la fortaleza para servirle sin restricciones?

Juan Marcos

La madre de Marcos, María, se encontraba en circunstancias favorables; su casa ubicada en Jerusalén era uno de los lugares de reunión de los santos y fue quizás sitio donde Jesús y sus discípulos se reunieron para su última cena. (Hechos 12:12-17.) Algunas de las escenas espiritualmente conmovedoras relacionadas con Pentecostés, quizá se hayan llevado a cabo en esa casa. (Hechos 1:13.)

Probablemente Marcos haya llegado a saber acerca de Cristo por medio de su familia. Algunos eruditos piensan que el joven envuelto en una sábana que se encontraba presente en el momento que Jesús fue arrestado, era Marcos. (Marcos 14:51-52.)

Cuando por medio de la influencia del Espíritu Santo, Pablo y Bernabé fueron llamados y apartados para salir en una misión, ellos llevaron consigo a Juan Marcos, un joven lleno de fe y celo. (Hechos 12:25.) Por alguna razón desconocida, al llegar a Perge, Juan Marcos se apartó de ellos y volvió a Jerusalén. (Hechos 13:13.) El sentimiento de Pablo acerca del asunto era de que no había excusa para que Marcos volviese. Tan firme fue su desaprobación que rehusó llevarlo consigo en una segunda jornada. (Hechos 15:37- 42.) De modo que Pablo llevó consigo a Silas, y Marcos partió con Bernabé hacia Chipre.

La próxima vez que oímos acerca de Marcos es cuando se encontraba con Pedro, siendo aparentemente un hombre mucho más maduro. Se había convertido en un santo firme, dedicado y leal. Tan profundo era el afecto y la confianza que existía entre Pedro y Marcos que el primero escribió: «La iglesia que está en Babilonia. . . y Marcos mi hijo, os saludan» (1 Pedro 5:13). Marcos se había probado a sí mismo de tal manera que anduvo con Pedro como un compañero y secretario devoto. De esa asociación con Pedro, se cree que le fue posible escribir la historia que ahora tenemos como el Evangelio de Marcos.

Parece también que Marcos se reivindicó ante los ojos de Pablo, ya que en la epístola a los Colosenses, éste pidió a la congregación que le diese la bienvenida a Marcos. (Colosenses, 4:10.) Si este es el mismo Marcos, parece que Pablo deseaba asegurarse de que el previo comportamiento de aquel no fuese a ser declarado en su contra. Marcos se había probado a sí mismo mediante sus obras.

En su última epístola, mientras afrontaba e l martirio, Pablo escribió una emotiva declaración a Timoteo: «Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio» (2 Timoteo 4:11).

Estando confinado a la soledad de la celda de una prisión, Pablo, al afrontar la ejecución, deseaba que Marcos estuviese a su lado; Marcos, quien previamente lo había desilusionado, pero que desde aquel entonces había ejemplificado la fidelidad y la lealtad.

Judas Iscariote

El nombre Judas es griego equivalente al nombre hebreo Judah; literalmente significa «alabado sea Dios.» Pero a causa de la traición de un hombre, ese nombre ha llegado a ser sinónimo de traición e infidelidad.

Judas era originario de Queriot al sur de Judea, y era por lo tanto el único miembro de los Doce que no era galileo. ¿Cómo fue que Judas, que durante tres años había vivido con Jesús, se alejó de la habitación superior después que el Maestro le lavó los pies, y traicionó a su Señor por el precio de un esclavo? ¿No había escuchado las enseñanzas del Señor? ¿No había oído sus oraciones? ¿No había presenciado milagros? ¿No había predicado el Reino de Dios con los demás discípulos?

La traición de Judas probablemente no ocurrió repentinamente; deber haber sido un procedimiento que evolucionó día tras día, paso por paso.

Los otros apóstoles no sospecharon de Judas; fue elegido tesorero de los Doce, lo cual indicaba que confiaban en él; en la habitación superior cuando Jesús dijo: «. . . uno de vosotros me va a entregar,» cada uno preguntó: «¿Soy yo, Señor?» Pero Jesús sabía; Él supo cuando los primeros pensamientos de resentimiento penetraron el corazón de Judas. (Mateo 26:17-25.) Reflexionando, Juan el Amado escribió: «. . . era ladrón y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella» (Juan 12:6). Debió haber habido alguna evidencia para tal declaración, pero quizás fuera solamente reconocida más tarde.

Judas Iscariote tuvo su libre albedrío. Eligió confiar en sí mismo más que en su Salvador, y «Satanás entró en él» (Juan 13:27). El pecado que verdaderamente apagó la chispa espiritual de Judas no fue su errado sistema de valores ni su traición por treinta piezas de plata, sino que fracasó en volver al Señor con un corazón verdaderamente arrepentido. No le concedió al Salvador la oportunidad de perdonarlo. El pasaje de escritura declara: «Cuando él, pues, hubo tomado el bocado, luego salió; y era ya de noche» (Juan 13:30). Para Judas desde entonces ha de haber sido de noche.

Los dos malhechores

Jesús no fue crucificado solo; hubo tres cruces en el calvario. Tres habían sido crucificados, Jesús en medio de dos malhechores: un estudio en contraste.

Mientras la multitud se mofaba, los gobernantes los injuriaban y los soldados echaban suertes, los fariseos clamaron burlonamente: «A otros salvó; sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios.» Entonces el primer malhechor le reprochó a Jesús: «Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.»

Pero el segundo malhechor le reprendió, diciendo: «¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo.

«Y dijo a Jesús Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.

«Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:34-43).

El primer hombre no tenía ningún interés en el reino de Dios; su súplica revela que no sentía ninguna preocupación por Dios, por el arrepentimiento, el perdón, la justicia; su dolor era resultado de donde se encontraba, no de lo que era, y maldecía la vida como un fraude. Tal hombre desearía continuar en su amarga evaluación de la vida en vez de arrepentirse, ser perdonado y experimentar el poder transformador de Dios. Confrontado con su cruz, prefirió responder aumentando su amargura y rebelión.

Por otra parte, el segundo hombre llegó a darse cuenta de quién era realmente Jesús. Por consiguiente, tuvo una perspectiva de las cosas más importantes eh la vida; sabía que había cometido errores y que él era el único culpable. A causa de que reconoció su propia iniquidad, le fue posible ver la justicia y misericordia de Dios: su dolor no era causado solamente por saber dónde estaba, sino por saber lo que era. Esa dolorosa experiencia lo llevó al remordimiento, lo cual ocasionó la promesa de Jesús: «Te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.»

Dos hombres que sufrían las cruces hicieron decisiones; la decisión de uno podría ocasionar más amargura y aflicción; la decisión del otro podría traerle perdón y la esperanza de una vida mejor en el mundo venidero.

María Magdalena

María Magdalena llegó a ser una fructífera discípula del Salvador; se unió al pequeño grupo de discípulos inmediatos de Jesús y le administró de su sustancia. (Marcos 16:9; Lucas 8:1-3.)

Cuando Jesús estaba siendo crucificado, en un tiempo en que necesitaba la presencia consoladora dé sus discípulos, María Magdalena fue una de las mujeres que estuvo allí para socorrerle. (Marcos 15:40-41.)

Cuando el cuerpo del Señor fue puesto en la tumba, ella fue al sepulcro para ungir el cuerpo, expresar su aflicción y ungir y envolver el cuerpo adecuadamente. (Marcos 16:1.) Mas cuando vio que la piedra había sido movida, inmediatamente regresó a la ciudad para decirles a Pedro y a Juan que el cuerpo de Jesús había desaparecido. (Juan 20:1-2.) Esta siguió a los dos apóstoles a medida que se apresuraban al sepulcro; y después que ellos se fueron desalentados, ella se quedó ahí sollozando.

Y luego oyó la voz de alguien, y pensó que era el hortelano. «Mujer,» preguntó él, «¿por qué lloras?» «¿A quién buscas?»

Y ella le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.»

Y Jesús le dijo: «¡María!» entonces ella supo que era Jesús.

Volvió y le dijo: «¡Raboni!» que quiere decir, Maestro.

«No me toques,» dijo Jesús, «porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios » (Juan 20:14-18).

¡Cuán apropiado que ella fuese el primer ser terrenal que tuviera conocimiento de que su Maestro crucificado, Jesús de Nazaret, se había levantado de entre los muertos!

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